LA SEMANA SANTA EN EL CERRO DE PASCO (Segunda parte)

semana santa 4El Lunes Santo, los fieles recuerdan la visita de Jesús a casa del resucitado Lázaro y la manera cómo la hermana de éste ungió de perfumes los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Por eso este día muy especial la misa es celebrada preferentemente para los dolientes. Los pacientes del hospital Carrión ayudados por enfermeros están presentes en la santa misa. Éste como los siguientes días santos, se realizará pláticas doctrinales alternadas con  sermones morales, trisagio con la exposición de su Divina Majestad, Salve en honor de la Virgen Madre y antes de cada acto, el rezo del Santo Rosario.

El Martes Santo, siempre en completo recogimiento, se efectúa las oraciones y el recorrido de las siete estaciones dentro del templo guiados por el cura y la colaboración de las numerosas hermandades religiosas de la localidad. Del lunes al viernes santo, el devotísimo ejercicio del Quinario.

El Miércoles Santo comienzo del gran duelo cristiano. Se recuerda el día en que fue sentenciado a morir el divino Nazareno. El dolor de los penitentes es cada vez más dramático. La iglesia con asistencia de todos los fieles celebra el Oficio de las Tinieblas en el que se enciende once cirios colocados en un candelabro triangular, que se van apagando sucesivamente al final de cada Salmo. Demás está ponderar el recogimiento con que es acompañado este rito cristiano.

Ahora es jueves santo, Día de Todos los Misterios. El frío intenso ha sosegado al pueblo minero que dando tregua a sus afanes observa un recogimiento inusitado. Desde las primeras horas de la mañana premunidas de magros fiambres las familias han ido a recoger abundantes flores silvestres que, en mantas y talegas, llevarán a la procesión nocturna del día siguiente o, desde balcones y ventanas las arrojarán sobre el cuerpo inanimado del Divino Maestro, y más tarde, bendecidas ya por la sangre redentora, servirán para frotar los cuerpos de críos asustados y enfermos incurables.

Con las sombras vesperales oscureciendo el ambiente, ataviadas de severísimo luto, las mujeres entran en la iglesia en compungido silencio. Allí están todas. Las del pueblo, esposas, novias, hijas y hermanas de los obreros, con pañolones de Alaska o mantas de Castilla cubriéndoles la cabeza. Las espléndidas y bellas mujeres extranjeras, españolas, italianas, francesas, inglesas, yugoslavas; esposas e hijas de los ricos mineros, hacendados y comerciantes mayores, llevando vistosos rosarios y libros de rezo en una mano y blancos cirios con festones negros en la otra. Ellas, cumplen un papel importante en todas estas celebraciones luciendo sus lábaros distintivos primorosamente bordados y sus insignias personales, conformando las diversas agrupaciones eclesiales: “La Congregación  de los Sagrados Corazones y Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento”, “Las Hijas de María”, “La Venerable Tercera Orden Franciscana”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Carmen”, “La Hermandad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”, “La Hermandad del Niño Jesús de Praga”, “La Hermandad de la Virgen del Tránsito”, “La Hermandad del Beato Martín de Porras”. Los hombres que las acompañan, raramente silentes, caminan de puntillas no obstante sus pesados zapatones. Allí en la santidad del templo están los que mandan y los que obedecen; los campanudos dueños de los filones y los que los trabajan de sol a sol; cada uno en su lugar, respetuosos y silentes; el dolor del Hijo del Hombre los ha reunido en el santo lugar ajeno a las negras galerías mineras, usinas, talleres y oficinas.

El Altar Mayor que ha sido cubierto con un gigantesco paño negro, oculta hornacinas que cobijan a santos menores; el monumento a la Santa Eucaristía preside los actos litúrgicos. Debajo de este túmulo santo, en sendos recipientes de vidrio, el Aceite para los enfermos, el Santo Crisma para el bautizo y el óleo para los catecúmenos. En su debido momento, todo es bendecido por el sacerdote como parte fundamental del rito vespertino que recuerda los grandes Misterios de la Pasión del Señor. Al leerse la Epístola sacada del capítulo XI de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios se recuerda la institución del Sacramento de la Santa Eucaristía promulgada por el Nazareno en la Ultima Cena y, el cura remarca, una y otra vez, el crimen y el castigo de los que a ella se acercan indignamente.

El lavatorio de los pies de doce mendigos lo efectúa el Vicario Parroquial a imitación de su Maestro y Señor que lavó los pies de sus apóstoles; para finalizar se entregará la llave del Sagrario al Prefecto del Departamento que debe guardarla hasta el día siguiente en que la devolverá al inicio del ritual.

Concluida la Santa Misa -siempre en ordenado recogimiento- el sacerdote guía el itinerario del Santo Rosario. Voces en sordina entremezclan sus susurros suplicantes cubiertos de lágrimas. De rato en rato, para mantener activa la vigilia, con su patética voz de bajo, el cura estremece el templo con plañideros motetes gregorianos. Todo, durante el velatorio, es a capella; la música instrumental está ausente. Las horas transcurren así, lentas y dolorosas, en las que más de unos ojos se han cubierto de lágrimas. Los cofrades de las diversas instituciones eclesiales asisten religiosamente al acto que transcurre en un recogimiento ejemplar y, al aparecer los primeros rayos del alba,  retornan silenciosamente a sus hogares.

Cercano ya el mediodía del Viernes Santo, todo el pueblo -sus autoridades por delante- asisten a escuchar las siete palabras que las dirá un orador religioso invitado especialmente para la ocasión. Durante el Sermón de las Tres Horas se evocará la agonía del Señor y se meditará profundamente acerca del significado de las siete palabras pronunciadas en la cruz.

Llegada la hora nona, ya muerto el Salvador después de pronunciada sus últimas palabras, cuando las tinieblas cubren al mundo, los integrantes de la cofradía de los Santos Varones, ataviados de túnicas y turbantes blancos, auxiliados de escaleras, sogas, tenazas y lienzos, proceden a descolgar el sangrante y descoyuntado cuerpo de Cristo como lo hicieran José de Arimatea y Nicodemo. Este es un momento muy emocionante. Las mujeres lloran desconsoladas y más de un hombre deja caer gruesos lagrimones por sus mejillas. En silencio reverente, guiados por las conminatorias voces del prioste, los hombres de blanco proceden a  colocar el  Santo Cadáver en su iluminado féretro de gruesos cristales. Un poco más tarde –no importa que llueva o nieve o el cielo esté encabritado entre ramalazos eléctricos- sacarán en procesión los despojos del Salvador que entonces deberá recorrer las calles cerreñas.

Iglesia de Chaupimarca
La vieja iglesia de Chaupimarca en los últimos años del siglo XVIII. En las paredes pueden verse las publicaciones que, andando los años, originaron el comienzo del periodismo en la tierra minera.

Continúa…

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