CURIOSIDADES MINERAS Por Heinz Brieger (Segunda parte)

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En el grabado que mostramos se puede distinguir que ya el “japiri” lleva una “Machina” (así se le llamaba a ese aditamento laboral que era una lámpara de aceite). Ya se habían dejado de lado las velas. Con la llegada de los norteamericanos se van a utilizar las lámparas de carburo que llegaron a ser muy funcionales. Hace muy poco los mineros –modernizados- utilizan lámparas eléctricas. El minero cerreño del grabado viste una leve camisa por el calor que en algunos niveles de la mina se daban. Lleva manquillas para proteger sus antebrazos. Detrás de él tiene un “Capacho”, es decir una bolsa de cuero con el que sacaba el mineral de la mina a la cancha. Ya el mineral fuera, se depositaba en los “Cajones”. Estos de acuerdo al número que habían llenado determinaban el pago del salario de los japiris. Puede verse que los pantalones de lana están cubiertos con un protector de cuero tosco que fungen de “rodilleras” porque en muchos tramos de las galerías el hombre tenía que desplazarse de rodillas. Cubriendo sus pies, el famoso “Shucuy”, calzado confeccionado en cuero de llama u oveja a manera de los mocasines de los pieles rojas.

Siendo así la verdadera fecha del descubrimiento de las Minas del Cerro de Pasco, hizo mucha impresión cuando -1905- el ingeniero Carlos E. Velarde mencionó un expediente de más de  100 hojas respecto de un pleito sobre “Unas minas de plata en un cerro pelado de Yauri, poco apartado de la laguna de Yauricocha”.

El contenido de este expediente es “Un mestizo, hijo del español don Diego Cantos de Andrade, denunció en el año de 1567 el descubrimiento de esas minas y un grupo de indios presentó oposición, en primer lugar el cacique Manuel Chumbe de Laraos, localidad apartada poco de la laguna de Yauricocha” hacía que Velarde pensara tener allí el documento más antiguo respecto del Cerro de Pasco.

Visto hoy, será fácil rectificar ese error. Exactamente en esos años, 1904 y 1905, tenían las minas del Cerro de Pasco su renacimiento no solamente mencionadas con mucha frecuencia, sino nuevamente admiradas –ahora ya no como producción de plata, sino de cobre. Y las minas de Yauricocha en la provincia de Yauyos, hoy también de nuevo en plan o trabajo, estaban paralizadas y abandonadas.

Ya en el año de 1940, publicó el señor Víctor Rodríguez Bao esta rectificación. Naturalmente no disminuye el valor del legajo de 1567, el cual daba la historia del descubrimiento de Yauricocha en Yauyos y no en el Cerro de Pasco.

Dejamos ahora estos tiempos remotos para agregar un dato más nuevo y bien curioso. Respecto al transporte de los minerales de Cerro de Pasco por bote.

Estudiando periódicos de 1900, encontré en el minero ilustrado –un semanario del Cerro de Pasco- (19 de marzo de 1900) que dice lo siguiente: “Navegación fluvial” Se ha celebrado un contrato con los doctores Elías Malpartida y Francisco García Calderón para que ejecuten la obra de alimentar el río Mantaro a fin  de que sea navegable por embarcaciones menores entre la Oroya y el puente de Upamayo. El contrato será de diez años, vencidos los cuales serán de propiedad del Estado, todas las obras que se lleven a efecto, así como el material fijo. Siguen las tarifas señaladas: Pasaje, carga general de subida y de bajada, ofreciendo reducir el flete por cada saco de mineral de S/. 3. 00 a S/. 1.50.

También hay un mapa mostrando los sitios en los cuales se construirán muros de retención y no menos de 31 represas de diversas dimensiones.

Parece que un nuevo aumento en el precio hizo innecesario el plan o una nueva baja se hacía imposible… En todo caso fue abandonado y olvidado el proyecto. Después del año 1900 no se le mencionó más.

Durante la época colonial, el Cerro de Pasco no ha sido sitio de tanto valor como Huancavelica con su minas de mercurio la cual tuvo una importancia mucho mayor. En cada uno de los Archivos Grandes de la Nación hay miles de hojas con con datos y relaciones respecto de esta ciudad y su real mineral lo que fácilmente entendemos si recordamos que se producía la plata por el proceso de amalgamación para el que se necesitaba mercurio.

Ya alrededor de 1570, ordenó el Virrey Francisco de Toledo, a la expropiación de la mina de Huancavelica para sí asegurar la producción de la mina de Potosí. El cronista Montesinos habla de esta orden como “el casamiento de más importancia del mundo entre el cerro de Potosí y el de Huancavelica”.

Aquí una hoja más del libro de Herndon. Este oficial de la Armada de los Estados Unidos se quedó unos días en Morococha. Uno de sus compañeros sufrió un fuerte ataque de soroche. Él dice: “Llegamos a Mortococha a las cinco de la tarde. Es una mina de cobre propiedad de los hermanos Pflucker de Lima. Ellos son también dueños de algunas minas de plata en el mismo distrito. El asiento minero emplea unos 100 obreros. Hay trabajo para más gente, pero por el momento no se les consigue por ser época de cosecha. Los indios están recolectando maíz, cebada y habas de las quebradas de más abajo. La administración de la hacienda, quiere decir, la parte comercial y las relaciones con las autoridades estén en manos de un español, don José Francisco de Lazaralde, hombre joven y bien simpático. No olvidaremos su amabilidad. El mecánico encargado de todas las máquinas de la empresa, es un amigo mío, compañero de estudios en el Escuela Naval de los Estados Unidos, se llama Sheperd. Él es un hombre que sabe todo, como se necesita en las minas: herrero, carpintero, relojero y hasta médico. Había que ver su habitación. Nunca he visto tantas cosas diferentes reunidas en un espacio tan reducido: libros, medicinas y herramientas, desde comba y corvina hasta instrumentos finos de relojería. En las paredes había grabados indicando tratamientos para toda clase de enfermedades y accidentes. Además había sillas y botas de montar, zapatos y toda clase de vestidos desde el grueso poncho de lana para hombres hasta enaguas finas de mujeres, pue mi amigo vive con una serranita muy simpática.

Herndon no menciona a las minas de Casapalca. Cuando él subió de Bellavista a Morococha, todavía no había en Casapalca ninguna empresa bastante grande para llamar la atención. El desarrollo fuerte de Casapalca comenzó más tarde. Dos ingenieros, Jacob Backus y J. Howard Jhonson, trabajan en la construcción del ferrocarril Central con el famoso contratista Henry Meiggs. Cuando se paralizó la construcción del ferrocarril en 1870 no se transformaron inmediatamente en mineros sino varios años más tarde.

Han sido hombres de empresa. Habiendo quedado sin trabajo en su profesión, se fueron a Lima e instalaron una fábrica de hielo, la primera en Lima. No de helados ni de dulces sino hielo para conservar carne y pescado y para enfriar bebidas; después de ellos instalaron una cervecería. Después de esto los dos se fueron a comprar y denunciar minas en Casapalca usando el primero el laboratorio de la cervecería para sus ensayos.

FIN…………..

 

 

CURIOSIDADES MINERAS Por Heinz Brieger

Hace muchos años, cuando nos hallábamos abocados a reunir todas las referencias válidas para escribir la historia de nuestro pueblo, nos topamos con una serie de valiosos artículos firmados por el investigador Heinz Brieger, publicados en la revista EL SERRANO de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Corporation. Uno de ellos lo reproducimos aquí. Estamos seguros que habrán de ilustrar a quienes quieran saber sobre nuestras minas.

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En el primer grabado que presentamos, vemos al “Barretero” hombre encargado de romper las rocas a pulso. Llevaba siempre tres tipos de barretas para el cumplimiento de su misión En la imagen lo vemos con la pica en la mano derecha. La cabeza cubierta con una gorra de cuero de carnero donde, antes, había llevado una vela para alumbrarse. Con el tiempo –como en este caso- ya el barretero usa la “machina” Lámpara de aceite para alumbrarse.

“Para un ingeniero de hoy, sería difícil imaginar una mina en la que todo se hace a mano. La perforación la efectúa un barretero, usando comba y tres tipos de barretas; y el transporte del mineral, desde el frontón hasta la cancha, lo hace un japiri, usando capachos que son fuertes costales de cuero. Será difícil figurarlo. Pero más o menos imposible sería imaginar una mina en la cual los barreteros alumbran el sitio de su trabajo por medio de una vela y los cargadores de mineral ni velan usan. Así lo describe un informe del año 1879 de Mauricio Chatenet”.

“Este profesor de la antigua Escuelas de Minas de Lima dice que los japiris llevan sus pesadísimos capachos casi siempre en la oscuridad. Pero ya en el año 1828 nos llegan dibujos de barreteros y japiris, mostrándonos lámparas de construcción bien avanzada. Nada de velas delgadas llevadas a mano”.

“Mientras los dibujos demuestran que la forma de alumbrar las minas no ha sido tan atrasada, no hay duda, que la ejecución de las labores ha sido horrorosa. Hay una descripción de una visita a las minas del Cerro de Pasco del año 1851”.

Dice: “Considerando que muy probablemente nunca tendré otra ocasión para visitar estas minas, entré resueltamente a pesar del hecho que la bocamina tenía más bien aspecto y tamaño de un pozo de agua. Bajar ha sido no solamente desagradable sino parecía, para un novato, además muy peligroso. La bajada tenía una inclinación de por lo menos 75º y en vez de peldaños de escalera, había solamente huecos para los tacos de nuestras botas, excavados en terreno húmedo en distancias desiguales. Tenía la idea que de un momento a otro perdería un taco de mis botas, cayendo a un abismo oscuro, empujado además por lo menos a una persona más de nuestra fila. ¡Qué felicidad sentir el terreno más ancho y menos plano bajo mis pies, cuando llegamos al Gran Socavón”.

“Con escaleras peor que las anteriores, bajamos 110 pies más a la cámara de bombas. Estas bombas se trabajan con cadenas y con barras de cobre. Todas las partes metálicas de esta bombas son de cobre, pues el ácido sulfúrico que contiene el agua de esa mina se comería el hierro en poco tiempo”

Los pormenores de esta visita se encuentran en un libro escrito en inglés: EXPLORACIÓN DEL VALLE DEL RÍO AMAZONAS” por William Lewis Herndon, teniente e la Armada de los Estados Unidos. La obra fue publicada en 1853. Es un informe tan interesante y tan amplio que sorprende que el libro no haya sido traducido al español.

Unos 55 años antes, en 1798, se publicó otro libro que contiene largos informes sobre las minas de Yauricocha, como se llamaba en aquella época a lo que hoy es el Cerro de Pasco. Este libro se escribió en alemán: “Diario de viajes a través del Perú desde Buenos Aires por el gran Río de la Plata, por Potosí hasta Lima”, por Antonio Zacarías Helms, ex director de las minas cercanas a Cracovia en Polonia y luego Director de las Minas y Procesos de Amalgamación en el Perú.

La obra fue traducida al inglés y al francés pero no se sabe de ninguna traducción al castellano. Mientras que el teniente Herndon hizo un viaje de exploración, quedándose solamente una semana en el Cerro, Helms trabajó allá ocho meses presentando durante ese tiempo un informe al virrey que dice: “Las ordenanzas reales obligan al diputado provincial de minas a visitar cada año por lo menos dos veces todas las minas de su distrito. El tiene que vigilar que los dueños de minas ejecuten sus labores debidamente cumpliendo con las órdenes de seguridad. A pesar de esto, gran parte del yacimiento contiene innumerables perforaciones, sin  orden ni método, por cuanto es un milagro que esta mina no se haya desplomado. Frecuentemente hay derrumbes de pozos sepultando a sus trabajadores, pero estos accidentes llaman muy poco la atención. La peor parte es la que se llama Santa Rosa.

Parece que este libro se la primera descripción de las minas del Cerro de Pasco, hecha por un “minero facultativo” como llamaron a esta época a la gente bien preparada.

Pero no solamente los informes de extranjeros quedaron desconocidos, también los trabajos de historiadores nacionales se olvidaron y, errores ya aclarados, aparecen de nuevo después de pocos años.

No había nadie que no se haya cansado de oír repetir el cuento que las minas del Cerro fueron descubiertas en 1630 por el pastor de ovejas Huaricapcha. La tradición dice que este que este indígena se quedó una noche en la cueva de Yauricocha y para defenderse del frío encendió un fuego. A la mañana siguiente encontró que el calor de esta hoguera había fundido el mineral de plata de las paredes de la cueva. Muchos de ustedes sabrán que cuentos similares se dicen en un gran número de minas en todas partes del mundo, pero parece poco probable que un fuego que daba suficiente calor hubiera sido agradable para Huaricapcha. Tenemos buenas razones para creer que él busco comodidad y no un calor del infierno.

Continúa……

LA MUERTE DEL MATÓN

la muerte del matonEl Club Juventud Cerro, más conocido por sus siglas C.J.C, fue una institución pujante y dinámica que había nacido como acto contestatario a la anquilosada tradición de los viejos y conocidos clubes cerreños. Estos círculos como el Club de la Unión, Centro Social Cerro de Pasco, Unión Copper, Team Cerro, etc. eran completamente elitistas y excluyentes con una regla muy rígida para su membresía. Así, cuando efectuaban una  fiesta, por ejemplo, la invitación era enviada al titular; si éste no asistía, ninguna persona, así fuera el hijo o pariente más cercano, podía reemplazarlo. Eran muy estrictos. Eso exigía que a las fiestas tuvieran necesariamente que asistir los viejos troncos familiares que, en consideración a las noches frías y demás obstáculos, no iban, dejando con los crespos hechos a los hijos. Por esta exclusivista razón, los muchachos cansados de tanta exigencia decidieron fundar una institución donde los viejos nada tuvieran que hacer. Así nació el C.J.C.

Desde sus primeros momentos, el éxito coronó todas las expectativas: la totalidad de socios eran jóvenes. Hombres y mujeres. Sus afiliados llegaron a ser tan numerosos que en poco tiempo adquirieron mobiliario ad hoc y convirtieron una casa que don Elías Malpartida les cediera en el Parque Centenario en un lugar placentero y cómodo. Sus fiestas –por otro lado- eran las más sonadas y espectaculares del medio. No había cumplido un lustro y era la más notable de las instituciones juveniles.

Así las cosas, el sábado 13 de setiembre de 1943 se realizó la fiesta de confraternidad de socios y amigos del Club.

El baile amenizado por la orquesta Paredes había largado con toda puntualidad a las diez en punto con el consabido paso doble. Todo transcurría exitosamente cuando se presentó, con unos tragos de más, Francisco Otiniano, un hombre de elevada talla y complexión atlética al que, como era de rigor, se le reclamó su correspondiente invitación. Éste no sólo no tenía la tarjeta correspondiente sino que en el colmo de la prepotencia quiso ingresar a empujones. Los encargados de la recepción se lo impidieron, entonces con palabras mal sonantes y a grito pelado comenzó a insultarlos, originando un pugilato en medio de un griterío incómodo. En eso, haciendo uso de la fuerza, cuatro mocetones de la comitiva de recepción lo bajaron en peso al primer piso. Esto no fue del agrado del soez metiche que siguió profiriendo insultos y agravios a los vigilantes de la puerta. Ante el escándalo soberano muchas parejas del interior asomaron por las amplias ventanas que da al ingreso y lo vieron partir haciendo aspavientos e insultando a todo el mundo. Un rato más tarde todo quedó tranquilo por lo que siguieron bailando alegremente.

Era las dos y media de la mañana del día siguiente, cuando se armó un barullo a la puerta del local. Habían encontrado yaciente sobre un charco de sangre a Francisco Otiniano Arana. Allí estaba tirado cuando grande era roncando y con escasas señales de vitalidad. Aquella noche, entre los invitados, estaba el comisario del lugar, teniente guardia civil Leopoldo Sánchez que ordenó la inmediata remisión del herido a la Asistencia Pública ubicada en el primer piso del Edificio Proaño. Allí fue atendido por el doctor Hipólito Verástegui Cornejo que tras efectuarle las primeras curaciones de urgencia, dispuso que por el estado comatoso en que se hallaba, fuera remitido al Hospital Carrión donde fue alojado en la cama Nº 4 de Cirugía. En unas horas le practicarían una curación más especializada. No pudo ser. Falleció a las 6.30 de la mañana del domingo 14.

El lunes a las doce del día, se realizó la autopsia del cadáver ante el  juez instructor, doctor Rosendo Paiva Araoz, practicada por los doctores, Ángel Madrid Dianderas e Hipólito Verástegui Cornejo. El resultado fue: Muerte por factura en la base del cráneo.

Inmediatamente se realizó una prolija investigación ocular en el escenario del accidente y se interrogó a las personas que esa noche habían estado presentes. Todos los testigos confirmaron su desatinada accionar de aquella noche, de las palabras soeces que sin miramientos expresaba a viva voz; de la urgente necesidad que tuvieron los miembros de la comisión de recepción para desalojarlo. Más de uno afirmó que, sentado sobre la balaustrada del balcón interior que daba al patio interno –su talla descomunal se lo permitía- dirigía piropos subidos de tono a las muchachas que necesariamente tenía que pasar por ese lugar para ir al baño y no contento con eso, con palabras altisonantes insultaba a los que mal quería. Todos quedaron extrañados cuando, de repente, todo quedó tranquilo en el lugar; pasados unos momentos una pareja de jóvenes lo encontró tirado debajo del balcón, manando abundante sangre  por los oídos y la boca. Ya casi no tenía signos vitales.

De todos los comentarios expresados por los testigos se dedujo que, en un momento, debido a su talla descomunal había caído del balaustre hacia el empedrado patio interior. Una declaración que dejaba entrever que alguien lo había empujado al pasar, desapareció como por encanto. No se volvió a mencionar el comentario. La policía tuvo que concluir que la víctima, “…al perder el equilibrio por su avanzado estado de embriaguez había caído al piso empedrado del primer piso quebrándose el cuello”. Todos asintieron en silencio que eso es lo que había ocurrido. Por mucho tiempo los malintencionados  mencionaron los nombres de las personas “que lo habían empujado al pobre hombre”. El caso es que todo quedó en nada. De la indagación se sacó en claro que el occiso, Francisco Otiniano Arana, de treinta años de edad, era natural de El Callao de donde había venido dos años antes; que era integrante de la policía particular de la compañía norteamericana en condición de “Wachimán”; que era socio del “Sport Peruano”, destacado equipo de básketbol. De 1.80 de estatura y muy  belicoso y pleitista. Numerosas eran las quejas que la policía había registrado en la comisaria de la calle Parra donde en más de una oportunidad había amanecido detenido por armar grandes escándalos.

El día de los funerales, una abrumadora cantidad de personas acompañaron el entierro. Había enorme cantidad de oletones y curiosos. Sacado el ataúd del Club Centro Peruano donde había sido velado bajo severa capilla ardiente, las cintas fueron llevadas por los señores Julio Vera Martínez, Francisco Fretell, Hermógenes Oviedo y Alfredo Lavado. Fueron numerosas las coronas de flores que hicieron llegar. En el cementerio dijeron sentidas oraciones por el difunto, don Isaías Malpartida a nombre del Club Peruano; el señor Aurelio Sáenz por sus compañeros de trabajo de la vigilancia y por el señor Juan Rodríguez, a nombre de sus amigos. Todos, sin excepción dijeron que en vida había sido un gran hombre al que le recordaría por mucho tiempo.

A parte de los severos informes de la policía y de los médicos, muchos se habló a partir de entonces y, como si aquella muerte hubiera desencadenado una maldición, no obstante el celo de sus directivos, el club fue muriéndose lentamente. Los socios, movidos por una extraña decisión dejaron de asistir  hasta que el club desapareció originado por el ausentismo de sus socios y amigos que antes habían sido numerosos.

MELCHOR GAMARRA Nuestro primer mártir obrero (12 de junio de 1904) (Segunda parte

Melchor Gamarra 2Delante del grupo de hombres armados, hombres de la Guardia Civil están el subprefecto, Enrique Frías y el Inspector Policial de Unish, Agustín Bustamante. También están, los ingenieros Donald Harrison, Wilhelm Hartmann, William Higgin y George Frott. Todos están muy bien armados. Sofrenan sus cabalgaduras entre una nube de polvo y la voz retadora del subprefecto:

— ¡¡¡Qué pasa aquí, carajo!!! – las palabras estallan como bofetadas en el rostro de los peones. Éstos, con la indignación en los ojos, se arremolinan en derredor de los recién llegados.

— ¡¡¡He preguntado que quién es el causante de todo esto!!!

— ¡Yo! – la voz decidida de Melchor Gamarra ha originado un silencio expectante.

— ¿Ha sido Ud. capaz de originar semejante motín?

— Sí.

— ¿Por qué, so indio atrevido?

— Porque estos gringos abusivos han herido gravemente a nuestras mujeres e hijos…

— No venga usted con cojudeces, carajo… ¡ha sido un accidente!

— ¿Usted lo ha visto?

— No, pero…

— Entonces no puede opinar al respecto. Es necesario que alguna vez nos escuche a nosotros los peruanos. Necesitamos que alguien haga justicia en este lugar.

— No les haga caso, señor subprefecto. Estos hombres son unos levantiscos y atrevidos. Los jefes no son abusivos. Son buenos. Yo conozco a mister…-¡Fuera!, ¡Silencio!, ¡Vendido!… ¡¡Vende patria!!… las voces obreras cortan las frases del Inspector Policial de Unish que, acomodaticio y minúsculo, aboga por sus amos.

— Digan lo que digan, jamás permitiré una asonada – grita el subprefecto- ¡no voy a escuchar a unos vulgares indios atrevidos! ¡Todos irán a secarse a la cárcel!

Fue suficiente.

Los hombres indignados proceden a apedrear a las autoridades; en respuesta, de la boca de los máuseres una nutrida lluvia de plomo los hace huir en busca de escondites de donde arrojan piedras, palos y toda clase proyectiles.

La lucha es desigual.

Iracundos y ágiles como jaguares, los peones, van rodeando a las autoridades, cerrando el cerco poco a poco. Aprovechando la confusión en filas yankis, arrebatan sus armas a dos policías y a culatazos los dejan tirados, sin sentido. Comienzan a disparar sorprendiendo al enemigo que huye a campo traviesa hasta la Villa de Pasco. El norteamericano Peroy Boyd, armado de una carabina y atrincherado en un lugar estratégico, cubre la retirada de sus parciales.

Cuando ya parecía inminente el triunfo de las fuerzas rebeldes, un pelotón de veinte policías armados, enviados por el secretario de la subprefectura, irrumpe en el escenario. El jefe es el tránsfuga Zachary Doolan, que rehecho de su cobardía, va delante del grupo. Al entrar galopando en el centro del campamento, un acertado balazo hace caer al malvado con el hombro destrozado. La balacera es general entre las dos fuerzas. Sólo dos fusiles rebeldes, parcos pero diestros, mantienen en jaque a los extranjeros. En medio de la desigual trifulca logran desarmar a dos guardias y ya son cuatro fusiles obreros, pero la superioridad numérica del armamento se hace sentir. En un instante han caído seriamente heridos los peones Manuel Rojas, con un tiro de rifle en el hombro y Calixto Sánchez, con la pierna astillada de un balazo. Las descargas son continuas, y en muchos casos, acertadas. Santiago Buendía, lugarteniente de Gamarra, tiene partida la frente; se sostiene la cabeza con las manos. Rostro y vestiduras están ensangrentados. Parece una marioneta tambaleante; se ladea a la izquierda y a la derecha; se inclina fuertemente hacia delante y luego se sacude hacia atrás. Su indómito valor le exige a seguir luchando en los umbrales de la inconsciencia. Camina un largo trecho y, luego, rendido, cae grotesco y exangüe.

Durante todo ese tiempo el tiroteo ha sido continuo. Un tropel más de hombres venidos del Cerro de Pasco, como fantasmagóricas apariciones, arremeten contra los obreros que se defienden. En medio de una polvareda originada por la caballería se han enfrentado en una lucha sin cuartel.

No obstante la avasalladora superioridad, los peones se defienden como fieras siguiendo a su adalid. En un instante de dramáticos contornos, los fusileros norteamericanos, pie en tierra, hacen una cerrada descarga que destroza al generoso corazón del caudillo cerreño. En ese momento, la lucha termina. Los bravos peones al ver la muerte de Melchor Gamarra, comienzan a huir para salvar sus vidas. Lo propio hacen las mujeres y los niños. Los pocos combatientes que quedan luchando o heridos, son hechos prisioneros.

A la llegada del Superintendente de la compañía norteamericana, Dennis Blackford, el Juez de Turno levantó un acta consignando la muerte de los obreros Melchor Gamarra y Santiago Buendía así como de todos los heridos. Por expresa disposición del Superintendente norteamericano,  la aprobación del Juez, del Prefecto, del Subprefecto y demás autoridades del gobierno, todos aquellos hombres –maniatados y ensangrentados- fueron despedidos del trabajo e inmediatamente recluidos en la cárcel central del Cerro de Pasco.

Estos luchadores estuvieron encarcelados cuatro años. Al final, salieron con la frente alta. A la puerta de la cárcel, estaban esperándolos sus compañeros de lucha con banderas y pañuelos en alto. En todo ese tiempo no los habían olvidado. Era gente cerreña, gente brava e indomable que con Melchor Gamarra a la cabeza, había peleado valientemente por vengar una infamia y un cruel abuso. Había peleado contra esos gringos abusivos, contra el gobierno, sin importarles de la clase que fuera, porque a través de toda la historia, los gobiernos sólo se acordaron de los “cholos cerreños” para bajarlos a las minas como topos, para hacerlos morir en las oquedades en la incesante saca de riquezas que otros aprovecharon, para la recaudación de impuestos, para reclutarlos como “contingente de sangre” y enviarlos como carne de cañón a las fronteras. Ya era hora de que pelearan por su libertad. Ese día lo hicieron. Aquellos héroes sembraron las semillas del sindicalismo en el Perú: Melchor Gamarra y Santiago Buendía, los primeros mártires de la lucha laboral del Perú.

FIN…..

MELCHOR GAMARRA Nuestro primer mártir obrero (12 de junio de 1904) (Primera parte)

Melchor GamarraTranscurría el cuarto año del siglo pasado. Los tentáculos de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Mining Company comenzaban a dilatarse por toda la sierra central. El tendido del ferrocarril La Oroya-Cerro de Pasco, sinuosa columna vertebral de la Meseta de Bombón, llegaba a su fin. Se había establecido la Estación de Unish, correspondiente a la Villa de Pasco, a quince kilómetros de la ciudad minera. El valioso servicio que estaba llamado a cumplir consistía en el transporte masivo del mineral cerreño al embarcadero del Callao, y de vuelta, la conducción de maquinarias y herramientas para el duro trabajo en los socavones. La expectativa que había despertado la obra era mayúscula.

Iniciado el tendido de rieles en el pasaje de “Shinca Machay” con ochenta obreros, requirió el concurso de miles posteriormente; la mayoría eran  campesinos de todo el centro serrano de nuestra patria. Estos hombres trazaban la ruta, apisonaban la tierra, reforzaban el tramo, enterraban los equidistantes durmientes de pino y tendían los paralelos raíles por donde  discurrían las enormes riquezas de las minas cerreñas.

Las luces aurorales de los páramos los sorprendía al inicio de las diarias jornadas; el frío inclemente que agarrotaba músculos era sucedido por repentinos chubascos que se convertían en violentas trombas de agua; en otros casos, cellisca y granizo, con tempestades eléctricas que desataban rayos y truenos espasmódicos, destellando el yermo con fogonazos de luz escalofriante. En estos casos la vida pendía de un milagro. En los meses invernales, la nieve  borraba los trazos cubriendo de blanco la ruta; y en días serenos lejanos al invierno, el tímido sol alumbraba el escenario en tanto un vientecillo silbante y fino, estremecía sus carnes tostándoles los rostros cobrizos, oscureciéndolos más; sus manos ateridas manipulaban fierros y palancas al compás de broncos gritos de concertación. Ya entrada la noche, cuando las sombras comenzaban a devorar las inmensidades, exhaustos, como autómatas, dejaban las herramientas. Habían trabajado doce inacabables horas. Nadie podía decir nada. Los obreros estaban prohibidos de asociarse, de reclamar, de hablar.

Este duro trajinar que debían sobrellevar con entereza, se agravaba con el abusivo trato que jefes norteamericanos en contubernio con sus aliados, jefes y capataces peruanos. Así, entre otros, el jefe del último ramal ferrocarrilero, Zachary Doolan, aprovechando su condición de jerarca, respaldado por su talla descomunal, anchas espaldas y una cohorte de guardaespaldas, trataba con censurable desprecio a los obreros del tramo. Muchas veces había humillando sus espaldas con una fusta de cuero que siempre llevaba consigo. Es más. Efectuaba descuentos  antojadizos sin respetar la puntualidad de los pagos, la mayoría de los cuales con vales sin valor real.

El incalificable atropello, sin embargo, había logrado unificar la indignación que bullía rugiente en los corazones obreros. El abanderado de estos sentimientos era Melchor Gamarra: el coraje, convertido en líder. Encarnaba como nadie el tipo de hombre de estas tierras. Lo admiraban por su jovialidad y sencillez, por su estruendosa risa chola restallando fácilmente por su noble corazón, franco en el afecto y recio en la disciplina; sus palabras cálidas eran el evangelio para los peones de la ruta. Su nombre animaba a los operarios en el trabajo donde era el primero. Risueño y decidor, acompañado de su guitarra improvisaba versos hermosos dedicados a su tierra amada: el Cerro de Pasco.  De duras facciones, alto, recio, de torso poderoso que su poncho de vicuña agrandaba, era el enérgico defensor de sus compañeros. Su voz bronca se había alzado en infinitas oportunidades para reclamar contra los abusos de los jefes; por eso  había atraído sobre sí el oído de éstos que esperanzados abrigaban la oportunidad de deshacerse de él. Cuando los obreros se hallaban sumidos en este mundo de tensión y zozobra; de encontrados intereses y pasiones desbocadas ocurre un doloroso accidente.

Era domingo 12 de junio del año de 1904.

Aquella mañana llegaba a la estación de Unish un tren de carga de La Oroya con destino al Cerro de Pasco. Sobre tres lisas y desprotegidas plataformas, transportaba una cuadrilla de peones del campamento de Uco, con sus mujeres e hijos. La locomotora,  conducida por el déspota Zachary Doolan, ora aceleraba rauda, ora frenaba bruscamente, haciendo caer a los pasajeros que no podían mantenerse en pie. Su temeridad llegó al extremo de acelerar imprudentemente al entrar en una zona de cambios sin que éstos hubieran sido efectuados. La desastrosa consecuencia fue el violento descarrilamiento de las tres plataformas que fueron a caer fuera de la vía. Hombres, mujeres y niños quedaron completamente mal heridos, muchos de ellos, inconscientes. El chirrido de las chispeantes ruedas y el estruendo de la caída de las plataformas, convocó con vertiginosa prontitud a los hombres que desde el andén habían visto la temeraria maniobra de Doolan.

Inmediatamente proceden a atender a las víctimas sangrantes que yacen al borde de la vía. Ninguna padece como Candelaria Apaza, compañera de Melchor Gamarra; con ella, sus tres hijas: Zenaida, Orfelinda y Margarita que, no obstante sus heridas, rodean solícitas y sangrantes a doña Josefina Peña, madre de Melchor. La pobre anciana, casi baldada por el reumatismo, tiene una seria herida en la frente y una fractura en el brazo.

Los lastimeros quejidos de los heridos y la conmiserativa atención de todos los hombres se han trastocado en rabiosa indignación. Temblorosos de ira contenida increpan a grandes voces la conducta del jefe norteamericano que desafiantemente ríe a más no poder. La prepotente actitud colma la medida. Melchor Gamarra herido en lo más profundo de su alma, cruza, iracundo, varias sonoras bofetadas en el rostro del yanqui que queda estático sin saber qué hacer. Ha sido suficiente. Los otros obreros la emprenden a puntapiés y a puñetes contra el gringo que ha demudado de color.

A los desesperados gritos del gigantesco norteamericano, ha acudido con presteza el vigilante de la Estación: Cecilio Salazar, admirador incondicional de los yanquis que, ciego de ira, procede a castigar a los hombres con un tremendo zurriago que usa para azotar a los obreros. Los peones le arrebatan látigo y bajándole los pantalones flagelan sin misericordia sus carnes descubiertas. Entre tanto, Doolan, presa del terror, ha huido a campo traviesa y de unos barracones envía a dos jinetes para que pidan auxilio a las autoridades cerreñas.

En el campamento, gritos unánimes estremecen el dolorido escenario. Los hombres de la ruta vivan emocionados a Melchor Gamarra. Las manos tiemblan coléricas de emoción, los ojos llamean desafiantes. Cada uno de aquellos hombres que hace un momento estaban compungidos y azorados, ahora sólo anhelan seguir a su líder. Detienen a los capataces serviles de los gringos y proceden a destrozar las instalaciones del campamento en protesta por el abuso de que han sido víctimas.

Las horas han transcurrido raudas en todo este ambiente de indignación y venganza, cuando en medio del griterío, una voz alarmada acalla a las demás:

— ¡¡La caballería!!… ¡¡la caballería!!

CONTINÚA…

Agua Potable. Un cuento de nunca acabar

agua para C de PEl 12 de junio de 1936, se remitieron tres telegramas reclamando la instalación de agua potable para el Cerro de Pasco. (Miren el tiempo que ha transcurrido desde entonces) El primero, dirigido al secretario del Presidente de la República, decía: “Suplicámosle transmitir señor Presidente de la República, agradecimiento esta ciudad, dignándose atender memorial reclamo agua potable. Atentamente (firmas).

El otro, múltiple, para el Director de obras Públicas, Comercio, Universal, Crónica, Prensa-Lima, decía: “Rogámosle atender memorial enviado esta ciudad, señor Presidente República, que alivie angustiosa situación pobladores por escasez. Respetuosamente.

El tercero con el mismo tenor es dirigido al ingeniero Ernesto Diez Canseco, mismo que no fue firmado por los señores Germán Minaya y Tello Véliz. Los que sí firmaron son:Minaya Rolando, Gerardo Patiño, Octavio  Calderón, Manuel Noria, Juan Brown, Pedro Rodríguez, Miguel Lovatón, Augusto Lusares, Fermín Tello, Manuel Rey, José Villaorduña, Julio Almeida, Julio Morón, Irlando Llanos, Alberto Úngaro, Oscar Lavado, Demetrio Colca, Juan Kukurelo, Claudio Medrano, Juan Cortelezzi, Leoncio Villar, Marcelino Merino, García Milla, Teófilo Orna, Blas Raycovich, Heraclio Llanos, Roque Rockovich,  Buenaventura Ávila, Tello Véliz, Federico Malpartida, Julián Verástegui, Oliveros Mondragón, Miguel Inocente, Eliseo Malpartida, Germán Minaya, Isidoro Borcich, Marcelino Llanos, Teodoro Raycovich, Pedro Castellanos, Cayetano Rojas, Augusto Collao…

Éste, como se puede ver, es un eslabón más de la cadena suplicatoria que hacía llegar el pueblo al gobierno que, en todas las épocas, nos ignoró de manera discriminatoria y escandalosa; tanto que hasta ahora tenemos el agua más infame del mundo.

Hoy, transcurridos tantos años, todavía continuamos con la misma cantaleta. ¿Hasta cuándo?

 

MONGE REALIZA ESTUDIOS DEL HOMBRE DE ALTURA EN COLQUIJIRCA (Junio de 1937)

El hombre de alturaUtilizando las instalaciones del moderno hospital de Colquijirca, adecuadamente actualizadas por disposición de don Eulogio Fernandini, el acucioso investigador y hombre de ciencia, Carlos Monge Medrano, realizó estudios de los efectos de la altura en los hombres. Monge era en ese momento Director del Departamento de Medicina Interna del Hospital Arzobispo Loayza y Director del instituto de Biología y Patología Andinas.

De sus estudios, siempre atinados y precisos, tomamos algunas generalidades –más tarde ampliadas por su discípulo el doctor Alberto Hurtado- que bien puede abonar para el conocimiento del efecto que la altura produce en los hombres.

La disminución en la presión parcial del oxígeno aspirado, consecuencia de la menor presión barométrica, origina, en las grandes alturas, una condición de hipoxia. La sangre arterial sale de los pulmones con la hemoglobina sólo parcialmente saturada de oxígeno y la fracción de este gas, físicamente disuelto en el plasma, tiene también una menor tensión. En estas condiciones se dificulta su difusión a los tejidos de nivel tisular, y su utilización por las células metabólicamente activas.

Cuando la hipoxia es moderadamente severa, como ocurre sobre los cuatro mil  metros de altura, se requiere la adaptación de mecanismos adaptativos. Numerosos trabajos han demostrado que estos mecanismos adquieren su máxima eficiencia en el hombre nacido y desarrollado en un ambiente elevado. El término de “aclimatación natural” se ha aplicado al conjunto de características compensadoras que exhibe este sujeto, en contraste con la “aclimatación adquirida” presente en individuos expuestos temporalmente a la hipoxia y que, al parecer, no llegan a adquirir un grado similar de tolerancia.

El estudio del nativo de altura atrajo relativamente poca atención hasta hace pocos años. En 1857 Jourrdanet, de observaciones realizadas en México, concluyó que este hombre posee limitaciones en su rendimiento mental y físico. Poco tiempo después, Bert, publicó su hoy clásico libro titulado, “Presión Barométrica; Investigaciones en fisiología experimental”, en el que, por primera vez se relacionaba los efectos de la altitud con la disminución en la presión parcial del oxígeno.

Bert definió con precisión la aclimatación natural en una de sus conclusiones que dice: “Los organismos que al presente existen en un estado natural sobre la superficie de la tierra, están aclimatados al grado de tensión de oxígeno en el cual viven; cualquier disminución, cualquier aumento parece ser perjudicial a ellos cuando están en una condición de salud”. En 1895, Herrera y Vergara presentan evidencias acerca de la inexactitud de las conclusiones previas referentes al fisiologismo de los habitantes de México. Hace cuarenta años, Barcroft y colaboradores, llevaron algunos estudios en el Cerro de Pasco, Perú, a una elevación de 4,360 metros, y concluyeron que: el hombre nativo de este nivel no está perfectamente aclimatado.

Existe definida evidencia, mediante nuestra experiencia en estudio de actividad muscular que ha revelado que, el hombre nativo de esta altura, 4360 metros, tolera grados intensos de ejercicios, superando, en tiempo de tolerancia, a sujetos residentes y estudiados a nivel del mar.

Los principales mecanismos adaptativos, responsables de la aclimatación natural, pueden ser clasificados, de una manera general, en dos categorías. Unos intervienen a lo largo de la gradiente de la tensión de oxígeno, de aire aspirado a sangre venosa mixta, introduciendo una apreciable economía en su caída progresiva; y otros operan a nivel tisular, siendo de naturaleza vascular, química y enzimática, permitiendo la difusión del oxígeno, su utilización y la producción de energía. Estos últimos mecanismos tienen importancia fundamental en la eficiencia de la aclimatación.

Desde entonces, con la colaboración de distinguidos investigadores, se ha llegado a valiosas conclusiones que, grosso modo, hacemos conocer.

Hombres y mujeres que habitan este paraje, poseen una serie de connotaciones biológicas especiales. Corazón y pulmones enormes para soportar el rigor extremo de la altura y el frío. El agrandamiento cardíaco es una verdad física que no tiene ningún desmentido “El hombre cerreño tiene el corazón más grande del planeta”. Lo malo es que pasado ciertos niveles de agrandamiento, se convierte en un factor de descompensación. Hombres y mujeres están condenados a riesgosas condiciones de hipoxia crónica, es decir a vivir en un medio ambiente de poco oxígeno que origina un aumento notable de glóbulos rojos: la  eritrocitosis, primer paso a la desadaptación. Más tarde surge el Mal de Montaña Crónico con sus síntomas de cefaleas, mareos, somnolencia, insomnio, fatiga, tendencia a la depresión y quemazón de las extremidades. El síntoma más saltante es la cianosis, coloración azul-morada de las manos y labios con marcada dilatación de las venas. Los rostros de hombres y mujeres adultos, congestionados por la policitemia, evidencian claramente el mal. La eritrocitosis excesiva es un 20% mayor en los habitantes del Cerro de Pasco. La atmósfera enrarecida ha disminuido la concentración de oxígeno y la presión atmosférica ha bajado notablemente. Sin embargo, el hombre de estas alturas, realiza intensos ejercicios que superan en tiempo de tolerancia a sujetos residentes a nivel del mar. Las mujeres sangran más días durante su menstruación, poseen alta tasa de fecundidad a pesar que tienen una tardía primera “regla” y, la menopausia se les presenta a una edad mucho más temprana que la acostumbrada en otros lugares. En este corto lapso su vida reproductiva es mucho más alta. Las frías estadísticas lo dicen. El intervalo ínter genésico entre un hijo y otro, es muy corto pese a que la lactancia materna exclusiva es más alta aquí que en otras partes del país. Está probado en el mundo entero que la lactancia materna protege a la mujer de resultar embarazada, pero esto no acontece en la ciudad minera. Aquí está dando de lactar a su hijo  y se está embarazando de nuevo. Es que la Prolactina, hormona que regula la fertilidad con la lactancia, casi no existe en la ciudad minera; no es efectiva como método anticonceptivo natural. De ahí que el promedio de hijos por pareja sea de seis a ocho.

Es notoria –para hombres y mujeres- la hinchazón que sufre el sigmoides y el colon por efecto de la presión barométrica. Los médicos la comparan con las llantas de los carros. En la altura se hinchan más por el cambio de presión barométrica. Si éstos  rotan pueden producir una fisquemia por torsión  con necrosis, pudiendo ser mortal. A este fenómeno, los mineros nativos llaman Lipidia.

La neumoconiosis -asesina de los mineros- es tan común entre éstos  que gran cantidad muere asfixiada. Los dañados pulmones cubiertos de polvo metálico acumulado a lo largo del trabajo minero, los hacen inútiles. La palabra neumoconiosis significa retención de polvo en los pulmones.  Cuando el aire puro ingresa en las labores mineras, durante su circulación sufre un descenso en su contenido de oxígeno pero un incremento en el de anhídrido carbónico debido a la respiración de los trabajadores, a la descomposición del enmaderado, a la oxidación del carbón y minerales sulfurados, y en cierta medida a los disparos que se realizan. El polvillo que se presenta en las diferentes operaciones son partículas sólidas, finamente divididas, que se generan por acción mecánica en la perforación y otras propias de la industria minera. La enfermedad una vez adquirida, por su carácter progresivo, conduce al enfermo a la incapacidad parcial o total para todo trabajo que demanda esfuerzo físico. A muchos, al cabo de tres o cinco años, en plena juventud, deja en condiciones de inválidos si antes no los ha matado.

A través de los años, Monge, Hurtado, Salinas, y otros distinguidos estudiosos, han demostrado que la vida en altura es riesgosamente diferente a la de las orillas del mar. Las oportunidades de enfermar y de morir son mayores en el Cerro de Pasco que a nivel del mar. Las estadísticas aseguran también que la tasa de muertes fetales, es decir de niños que nacen muertos, se duplica en esta ciudad en comparación con las de la costa. Que  ciertas patologías están vigentes en la población minera. Todos viven en  perenne riesgo.

FUENTE: EL MINERO, (27-VI-1937).

“Entonces te secarías” (Huaino de Don Andrés Urbina Acevedo)

Entonces te secariasNació el 10 de noviembre de 1902. Fueron sus padres don Silverio Urbina y  Quintina Acevedo. Fue el más emblemático creador de huainos y mulizas con las que describió el drama y la belleza de su pueblo querido, el Cerro de Pasco. Tuvo numerosas creaciones musicales que el pueblo minero guarda con estremecedora reverencia. El que publicamos refiere a los pilones que se instalaron en la ciudad (1913) para dotar de agua potable al pueblo que –como se ve- armaba interminables “colas” para obtener el líquido elemento. Este es uno de los retratos musicales que nos dejó don Andrés.

Entonces te secarías….

(Huayno)

“Huayllumaspaiqui”, cholita,                   “Huacchallapis” limpiecito

cuando vayas a la pila,                     tu cariño me has de dar;

cuidado “chinchiranquiman”                    entonces, “sapallayquita”

mientras el agua destila.                           en mi pecho he de llevar.

 ————-                                       —————-

Capaz “huasharrimacuna”                        Si “llapanuhuan asicunqui”

¡Ay! te puedan confundir                          cuyaynita ¡Ay! perderías

coquetas chinacunahuan                           chaquipila, yacunupis,

que a las pilas suelen ir.                            entonces te secarías.

 

ESTRIBILLO

       Con tu balde de agüiita,

          “sumaj-uroy” “cutimuptin”

           no te muestres a sus ojos

           “yuraj huayta” coronita.

       

EL CAMPEÓN “RACHI” CASAS

el rachi casasFue el imbatible vencedor de todas las pruebas pedestres que se realizaron en la capital minera en el lapso que va de 1920 a 1947.  Cada 30 de julio era el vitoreado triunfador del circuito pedestre de Patarcocha que con motivo de fiestas patrias organizaba la Municipalidad.

De pequeña estatura, fuerte como un roble, disciplinado y metódico en su vida privada, odiaba el cigarrillo, el alcohol, las mujeres y las trasnochadas. Sus diarios entrenamientos en medio de una frígida niebla de muchos grados bajo cero, venciendo las quemantes esquirlas de las heladas o el silencioso caer de la nieve, le facilitaron alcanzar un envidiable estado atlético que le permitió acumular, además de incontables diplomas, 84 medallas de plata, una artística copa de plata bruñida en estuche de fina madera acolchada con pana roja, ganada en 1928 y, un hermoso reloj de oro obtenido en 1937.

Nacido en 1904 en el distrito de Aucas de la provincia de Jauja, fue traído por sus padres a las minas cerreñas cuando éstas iniciaban el boom del cobre en el centro del Perú. Aquí dio sus primeros pasos, y al cumplir los quince años fue incluido en el flamante equipo del Club Unión Esperanza. Allí alternó con el Serafín “Togro” Rojas Montero, Ricardo Arauco, Miguel Velásquez, Julio Wilson, Fortunato Salvador, Froilán Espíritu, Teófilo Dorregaray y muchos otros cracks de aquellos tiempos. Su nombre completo era Francisco Casas Vizurraga, pero los aficionados cerreños lo conocían por su popular apodo: RACHI; El “Rachi” Casas. Su rostro devorado por una feroz viruela, había dejado la secuela de una serie de agujeros en toda la extensión de su faz cruelmente maltratada, semejante a la irregular superficie de un mondongo de res que recibe el nombre de rachi. Pero el mote, lejos de incomodarle, lo distinguía. En su rostro damnificado, sus ojos diminutos y juguetones brillaban con destellos de vitalidad envidiable.

Su fidelidad al club que lo recibió muy joven, fue proverbial. En cuanto duró su vigencia deportiva de jugador excepcional, jamás cambió de camiseta; sólo la aurinegra de La Esperanza y, una que otra vez, la de la selección del Cerro de Pasco. Nunca otra camiseta, ni siquiera de refuerzo.

Lo conocí personalmente y conversamos con él cuando llegaba hasta nuestro “camerino” –un rinconcito querido en el viejo estadio de Patarcocha- y nos desafiaba  a los integrantes del “Estudiantil Carrión” a dar “unas cuantas vueltas a la laguna”.  Él, sexagenario y todo, lucía todavía un físico y una pujanza envidiables. Nos hablaba de sus numerosos éxitos en canchas de Huancayo, Jauja, Tarma, Huánuco, la Oroya, Smelter, Goyllar. Nosotros lo escuchábamos reverentes –aquellas épocas se respetaba a los ancianos- mientras bebíamos un café caliente con emparedados  de jamón que el viejito Solís y su esposa nos brindaban.

Han pasado muchos años pero todavía nos emocionamos al recordar a este viejo crack de nuestro fútbol, figura indiscutible del atletismo.

De repente lo dejamos de ver como si la tierra se lo hubiera tragado. Nadie habló más del veterano campeón. Yo presiento que al sentir el peso de los años y la incomodidad de la altura, retornaría a su tierra para morir en paz. No sé. En todo caso. Mi homenaje a su memoria.

 

El juicio infame a un hombre extraordinario

juicio infameEl comandante chileno Ambrosio Letelier, convencido que el decreto que acababa de publicar produciría positivos efectos para sus intereses personales, se apoltronó en la butaca de su despacho para releer el decreto a la espera de los resultados. Sabía que la severidad impuesta con la orden de recorrer toda la ciudad para arrancar sus pertenencias de valor le daría óptimos resultados. Estaba seguro que su Decreto, le permitiría conocer sin mayor apremio el nombre de las personas que contaban con riquezas ocultas. No se equivocó. Aquella tarde que prome­diaba el mes de mayo de 1881, su ordenanza le comunicó que un ciu­­­­da­dano quería hablar con él. Cuando lo tuvo enfrente, con una severidad que pretendía amedrentar a su interlocutor, inició el diálogo.

– ¿Cómo se llama usted?.

– Simón Cafferata, signore.

– Ajá… ¿Es usted cerreño?.

– Ma ¿Cómo?… io sono italiano. Di Nápoli.

– Bien, y ¿Qué es lo que desea comunicarme con tanto apre­mio?

– Es el caso, mi comandante, que ayer recibí una notificación de questa comandancia militar para aportare con treinta mil soles co­mo contribuzione de guerra para el ejército de Chile…

– ¿Y?…

– Io, signore comandante, -dijo demudado el hombre- apenas si tengo algunos bienes en mi poder…muy pocos, claro está…pero éstos, con molto piacere los pondré a disposición del ejército vincedore…

– Muy bien… Veo que ha leído usted el Decreto que acabamos de publicar…

– Sí, claro, sí… mi comandante… De eso quiero parlare.

– Bueno, pues…hable.

– Quiero ampararme en el artículo 8º del Decreto…

– ¿Sí?… ¿Va a denunciar a alguien?.

– Así es, mi comandante…Conmigo no sacarían nada aprecia­ble, en cambio, si ustedes acceden a perdonarme la mía cuota, io es­ta­ría dispuesto a proporcionarles unos datos que les acarrearía una notable cantidade de dinero…

– Bien… ¿Cuál es ese dato? -dijo el invasor remarcando cada una de sus palabras con el ánimo de intimidar al delator. Cuando preso de pánico este enmudeciera, una orden cortante y conminatoria se hizo escuchar- ¡Hable!.

– Mi comandante -comenzó a tartajear el felón-  aquí en el Cerro de Pasco, il mío paisano, no sólo es uno de los más ricos sino que alienta un odio feroce contra ustedes los chilenos….

– ¿Por qué?.

– Perché cuando se inició la guerra hace dos años, él fue el primero en alentare y contribuire para que de aquí partiera un grupo de voluntarios. Dejó sus buenos dineros para comprar armamento y el uniforme de la Columna Pasco… No sólo es eso, cuando ustedes, los triunfadores, estaban a punto de entrare en Lima, él y algunos mineros y comerciantes más, acotaron dinero para enviar otro grupo a San Juan y Miraflores… Todavía les regaló una bandera de guerra mi comandante…

– ¡¿Quién es ese hijo de perra?!!! -chilló el comandante.

– Mi comandante… io quisiera que…

– ¡¡¡¿Quién es?!!! -un brillo satánico hizo resaltar sus ojos de acero bajo las espesas y entrecanas cejas.

– Mi comandante, questo io…

– ¡Maldición!… Le concedo un minuto para que me dé el nombre del italiano ése. -extrajo su reloj y lo puso sobre la mesa y poniéndose de pie continuó- Si en ese minuto no me dice ese nombre, lo haré fusilar sin consejo de guerra…¡¡¿Me ha oído?!!.

– Ma signore comandante… questo es un caso molto …delicato -Seca la boca, tembloroso y pálido cayó de rodillas en un tardío arrepen­timiento y con voz quebrada por el pánico sólo alcanzó a musitar: perdóneme.

– Se ha cumplido el minuto.

– Per San Genaro!. Signore Comandante….no me acuse…lo diré tutto.

– Hable.

– Il mío paisano se llama Emmanuele Chiessa.

Aquella misma tarde, en medio de una conmoción general, el respetable y querido ciudadano italiano, fue detenido por el Ejé­rcito de Chile.

Instalado el Consejo de Guerra en la primera sala del hos­pital La Providencia, una gran cantidad de gente se encontraba en las afueras pugnando por entrar a ver como se consumaba la infamia contra un hombre noble. A la puerta del cuartel general, sacudiendo las enormes cancelas de hierro, se encuentran en pleno los miembros de las colonias italiana, francesa, austro – húngara, etc. A grandes voces hacen escu­char su protesta, y todos a una, piden justicia. La fuerza del ejército chileno que controla la calle del hospital, se encuentra impo­ten­te para calmar a aquel gentío pugnaz que reclama la liber­tad del italiano.

Adentro, sin hacer caso al tumulto que se ha formado, Lete­lier ordena al mayor Barahona, inicie el juicio del inculpado for­mulando la acusación pertinente.

– Al ciudadano Emmanuele Chiessa, natural de Como, Italia, le acusa el Ejército de Chile, de haber propiciado la formación de cuatro compañías de voluntarios aglutinados en la llamada Columna Pasco para que fueran a luchar en contra del Ejército de Chile. Él, no obstante su condición de extranjero, sin respe­tar su naturaleza de «neutral» en el conflicto bélico, financió con sus propios peculios y el de otras personas de diversas nacionalidades, la compra de uniformes, armamento y vituallas contra el Ejército de Chile. Fracasada la primera oleada de voluntarios, insistió en armar otro contingente para que fuera a defender a Lima. El esfuerzo realizado y el enorme capital destinado a este desempeño reflejan su encono en contra del gobierno que nosotros representamos.

Tras estas acusaciones la gente procedió a gritar y a arrojar piedras en contra del cuartel chileno. Los soldados tuvieron que efectuar disparos al aire en tanto la caballería dispersaba al pueblo a punto de sablazos.

– Inicie el interrogatorio para los descargos -ordenó Letelier.

– Bien, mi comandante. Señor Emmanuele Chiessa, lo que acaba usted de escuchar, es el contenido de una acusación escrita y firmada por tres respetables ciudadanos: Simón Cafferata, Nicola  Vattuone y Pedro del Solar… ¿Qué puede decir en contra de estas graves acusaciones?.

– Nada puedo alegar, signores -su voz es un hilo de abati­mien­to- Lo que mis acusadores han firmado, es la veritá. (la verdad). Tutti lo saben.

– ¿Así que no lo niega? -remarcó Baharona.

– ¡Claro que no!… Ma (pero) lo que hice signori, de ninguna manera es un delito… Tienen que comprenderme… Hace 32 años que vivo en questa bendita cittá (ciudad); aquí llegué molto povero (muy pobre), pero gracias a la gente cerreña que me ayudó tanto, alcancé la mía prosperidad… Io sono felice. (Yo soy feliz).

– Por favor… Limítese al contenido de la acusación… Nada más -gritó Letelier.

– Es que en questa tierra encontré la mía felicidad… aquí me casé con una donna (mujer) cerreña… aquí han nacido las mías figlias (hijas)… aquí he dejado mi juventud y mi vida… Todo lo que io sono se lo debo a esta buena gente a la que quiero tanto…

– ¡¡¡¿Confiesa usted haber ayudado al ejército peruano siendo usted italiano?!!! -gritó Baharona fuera de sí con la intención de cortar la emotiva intervención del italiano.

– Aquí, Io sono felice… Jamás puedo essere (ser) desagradecido…

– Ya, déjese de estupideces o lo condenaré sin escuchar descargos -intervino conminatorio Letelier a punto de perder los papeles.

– ¿Confiesa usted haber ayudado al ejército enemigo? -apre­mió el mayor Baharona.

– ¿Enemigo?… ¿Cuál enemigo?… Los peruanos son mis ami­cos, mis mejores amicos (amigos)… Los peruanos son mio fratelli, mis hermanos.

– ¿Así que usted ha ayudado a sus «amicos»?.

– Ecco, sí, claro que los ayudé… Cuando mis 220 hermanos de la Columna Pasco murieron en las fronteras, no pude menos que ayudar a la formazione de un segundo contingente para la defensa de Lima. He sido padrino del batallón Pasco y he dado il mío dinero para la compra del equipo necesario… ¿Qué iba a hacer?… ¿Qué iba a hacer?… Io no pude marchar porque no veo a dos varas de distancia… Ya estoy viejo… Si no, Io también habría partido a luchar a las fronteras…

La emoción con la qué habló Emmanuele Chiessa, conmovió a toda la sala que se sumió en un silencio dramático, cargado de estupor e indignación. El comerciante italiano parecía un niño. De su pronunciada calva, gruesas gotas de sudor bajaron por su frente. Sus miopes ojillos claros y asustados, buscaban entre las sombras del recinto la comprensión de alguien, el alien­­to de sus amigos. Sus manos regordetas le temblaban al apre­tu­jar su gorra de lana. Afuera las voces gritaban su protesta. Todo el Cerro de Pasco estaba allí afuera.

Las personas, mayoritariamente extranjeros clamaban justicia a gritos. Es entonces que Letelier, indignado, conminó a Barahona para que pronunciara la sentencia:

– Vistas las acusaciones debidamente comprobadas por propia confesión del acusado, de haber ayudado al ejército peruano en contra del chileno sin observar la debida neutralidad que su condición de extranjero le obliga; este consejo de guerra condena a Emmanuele Chiessa, a ser fusilado en la plaza Chaupimarca, el 17 de mayo de 1881, a las siete de la mañana.

Al oír la sentencia, Emmanuele Chiessa se puso de pie, tembloroso, mirando a su alrededor, buscando los ojos amigos que lo alentaran. Buscaba una explicación a lo que estaba ocurriendo. La voz se le había ido como por encanto. No podía articular palabra; tan solo sus manos, como la de una marioneta desesperada, trataban de explicar su atolondramiento. Un peso supe­rior a sus fuerzas doblegó sus piernas que le hicieron caer sentado sobre su silla, así sentado, un solo sollozo apremiante y lastimero sacudió su cuerpo abandonado y malamente castigado. Con la cara entre las manos y llorando copio­samente repetía incesante.

– Dio, Dio!… ma, perché? … perché?.

Cuando los centinelas chilenos lo tomaron por los brazos, las voces de las gentes cerreñas se hicieron incontenibles, fie­ras, retumbantes.

Aquella noche, el Cerro de Pasco no durmió.

Indignados por el abuso que los invasores estaban cometiendo y enternecidos por la dramática situación del bondadoso italiano, todos los hombres y mujeres, extranjeros y peruanos, decidieron en­con­trar una salida a la gran situación en la que se hallaban entram­pados. Estaban conscientes que contaban con solo 72 horas para proceder. Un viaje a Lima para solicitar la intercesión de las autoridades del caso, sería demasiado largo. Sabían que el contralmirante Patricio Lynch no había logrado poner en vereda a Letelier. El tiempo apremiaba. Sólo había una salida: comprar la vida del condenado. Con esa misión, un grupo de hombres nota­bles del Cerro de Pasco, decidió entrevistarse con el jefe chile­no. Presididos por el austriaco Juan Ciurlizza, los cónsules ex­tran­jeros en pleno, se hicieron presentes en el cuartel general.

– He accedido a esta entrevista con ustedes, como una muestra de mi especial deferencia para la gente neutral que habita esta ciudad. ¿En qué puedo serviros?.

– Señor comandante, venimos a abogar por la vida del ciudadano italiano Emmanuele Chiessa…

– ¿Cómo… no están enterados que ayer fue juzgado impar­cial­mente y fue hallado culpable por su participación en contra de Chile? ¡Será fusilado a las siete de la mañana!

– Así es, comandante. Aún en la convicción de que se ha procedido con arbitrariedad, venimos a interceder por su vida…

– Señores. Ya el juicio se ha realizado. Este es un tribunal castrense que no conoce de apelaciones por la situación en que nos encontramos y la sentencia ha sido dictada…

– Comandante: En nombre de las naciones neutrales que se hallan agrupa­das en sus correspondientes consulados, nos permitimos ofrecerle el pago de una justa indemnización al ejército de Chile por la «falta» cometida por el ciudadano Emmanuele Chiessa.

– Ajá… ¿Y cuánto creen que vale la vida de un enemigo de Chile?.

– Pedimos que sea usted el que fije el cupo ya que, influen­cia­do por las circunstancias, él ha actuado en forma que lo ha hecho. Y…

– Miren señores. Ayer se ha debatido el caso hasta el can­san­cio; no quisiera tener que revivir situaciones enojosas y ridículas. El Ejército de Chile, en tanto dure su permanencia en el Cerro de Pasco, será inflexible y severo contra los que aten­ten contra la integridad y constitución. Ya han visto cómo los que han atentado contra nuestros hombres han sido pasados por las armas…

– Es un pedido de gracia el que venimos a formularle coman­dan­te. Está en sus manos el evitar que se dé muerte a un hombre bueno -suplicó el patriarca austriaco.

– ¡¡¡Cincuenta mil soles!!! -sentenció Letelier con la idea de que el monto haría desistir a sus peticionarios. Para que no hubiera duda agregó -Ni un centavo menos… A las siete de la noche debe estar el dinero aquí, contante y sonante; caso contrario, está frito el bachiche!!!

Sin oportunidad de formular regateos, Letelier se puso de pie y haciendo una desdeñosa reverencia se retiró del recinto. Los miembros de la comisión, sorprendidos por el cariz que había tomado la situación, no supieron qué hacer de inmediato. Sólo más tarde, con la tranquilidad necesaria, comenzaron a hacer lo único que les quedaba: una erogación para reunir el rescate solicitado.

Hombres y mujeres del Cerro de Pasco, imbuidos del más fraternal espíritu de solidaridad, trabajaron aquél día como nunca lo habían hecho. A las seis y cuarenta y cinco, contenidas en bolsas de lona, pusieron sobre el escritorio del jefe chileno la cantidad de cincuenta y un mil soles de plata de nueve décimos. Simultáneamente, un propio, portando una carta acusadora firmada por los cónsules extranjeros, viajaba a caballo a Lima.

Aquella noche, fue la más hermosa en la vida de Emmanuele Chiessa. De rodillas agradeció al Todopoderoso su conmiseración y sobre todo haber sido objeto de una hermosa solidaridad amical.

Emmanuele Chiessa, había salvado la vida.

(Del libro Columna Pasco)

libro la columna pasco