Marín Castellanos, el torero señorito

Torero.JPGYo era muy niño cuando lo conocí. Él era el paladín de una pléyade de jóvenes torerillos que andaban afiebrados por cuanto ruedo hubiere en nuestra zona. Jorge Malpartida  “El Niño de la Arena” que llegó a torear novilladas en Acho, Lucho Ramírez “El Gallito”, Antonio  Arauco, Ricardo Acquarone, “Cabezón” Malpartida, Ceferino Dávila “Mister Babas”, Arturo Barrón y muchos otros. La fiebre del toreo era muy marcada en aquellos tiempos. Era lo que ahora es el fútbol. Todos esperaban triunfar en los ruedos del mundo. En mi barrio, don Enrique Rivera Wollcott –gran aficionado- nos tenía al día con las últimas noticias de ruedos españoles, mejicanos y limeños. Para él que tenía una buena colección de revistas españolas y un amplio álbum con los recortes de El Comercio, como sus joyas más queridas, decía que si le daban oportunidad, sería el más grande torero del Perú.

Marín era el fachoso torerillo cerreño, pianista extraordinario, guitarrista único que tenía encandiladas en sus cuerdas a muchas chiquillas cerreñas. Los sábados por la noche,  se pegaba un salto al Moka –“huarique” de hablantines españoles donde se bebía el delicioso café árabe traído por el consulado español- y tomando una guitarra entonaba  alegres creaciones del “Cante Jondo” con tanto acierto y calor que los chapetones gritaban emocionados “!Mismo Niño de Utrera!” y, cuando ya están briagos, destilando saudades por los ojos, Marín se pulía más…

 Ná te debo, ná te pío.

me voy de tu vera, olvídame ya;

que he pagao con oro tus carnes morenas.

no maldigas, paya, que estamos en paz.

……………….. 

No te quiero, no me quieras,

si tó me lo diste, yo ná te pedí.

no me eches en cara que tó lo perdiste.

también a tu vera, yo tó lo perdí.

Su padre, enamorado chapetón, había conquistado el amor de la Jefa de Teléfonos que le amó como nunca había amado a nadie y, cuando quedó embarazada, todos sus desvelos los volcó en aquel fruto de su apasionado amor otoñal. Muy pequeño, sin que nadie le enseñara, Marín comenzó a dominar el piano de la familia y la guitarra española, única heredad de su padre.

Bien pagá, si tu eres la bien pagá,

porque tus besos compré.

y a mí te supiste dar

por un puñao de parné.

Bien pagá, bien pagá,

bien pagá,  fuiste mujé

En las misas dominicales de la capilla slava, su voz blanca e intensa era la primera en escucharse; voz que más tarde, cuajada y madura, se escuchaba en el MOKA, donde los amigos de su padre lo aplaudían con mucha emoción.

No te engaño, quiero a otra,

no creas por eso que te traicioné.

No cayó en mis brazos, me dio sólo un beso,

el único beso que yo no pagué.

Ná te pío, ná me llevo.

entre esas paredes dejo sepultá,

penas y alegrías que te he dao y me diste

y esas joyas que ahora pá otro lucirás.

En las temporadas taurinas, -pantalón entallado, chaquetilla y gorra torera-, auxiliaba a los espadas y, con permiso de éstos, se lucía con soberbias verónicas mandonas, chicuelinas de luz, gaoneras ajustadas y faroles espectaculares; más de una vez, con sobresalientes banderillas, clavadas en todo lo alto. Decía que sería tan grande como Procuna, Lorenzo Garza, Dominguín y Manolete. Soñaba.

Bien pagá, si tu eres la bien pagá,

Por que tus besos compré,

y a mí te supiste dar,

con un puñao de parné.

Bien pagá, bien pagá.

Bien pagá fuiste mujé.

Qué cosas no hizo su madre para que fuera a estudiar al Seminario. “Tienes que ser sacerdote” le decía. “Dios te está llamando” le decía, pero él no escuchaba ésas ni otras voces. Su madre se valió de mil argucias para sofrenar aquella avasallantes inquietud que lo dominaba, pero nunca logró nada. “Mamá…” le respondía y la volvía a besar, pero nunca dijo nada más. La madre tuvo que rendirse. El norte de su vida pujante y juvenil la constituían los toros, la guitarra y el piano. Finalmente la madre se dio cuenta que nunca convencería a su hijo cuya brújula apuntaba en otra dirección.

Un día que llegó cansado y lleno de rasguños a su casa –había toreado en un pueblo vecino- la encontró lleno de gente cariacontecida que en cuanto lo vieron lo miraron con lastimosa piedad. Había un silencio cargado de pesar que él no pudo comprender. Fue el doctor Fabio Mier y Proaño que muy  apesadumbrado sólo alcanzó a decir. “Lo siento, Marín, tu madre ha muerto. Ha sido una embolia cerebral”. No dijo más. Él se quedó clavado en el piso. Jamás pensó que algo así le ocurriría. Los abrazos de los vecinos y el pésame de los amigos, lo volvió a la realidad. La miró por última vez en su sueño apacible, como si estuviera durmiendo, le dio un beso en la frente y recién, en ese momento, soltó todo el torrente de llanto incontenible.

A partir de ese momento, todo cambió para él. Todo. Las amigas de su madre hicieron todas las gestiones para el sepelio y él decidió ir a Lima, a triunfar como torero. Nada consiguió. Cuánta falta le hacían las palabras de su madre. En ese momento se dio cuenta que nada sabía hacer para afrontar la vida. Dicen que con su guitarra deambulaba por las cantinas, sin amor, sin comprensión ni apoyo alguno. Un día lo encontraron muerto en uno de esos dantescos rincones de la Lima de entonces. Lo recogieron y lo echaron a la fosa común. Así terminó la azarosa vida del que pudo haber sido el mejor torero cerreño.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s