La muerte de don Andrés Urbina Acevedo (26 de setiembre de 1947)

muerte de Andres UrbinaEl “Club Juventud Esperanza” había establecido  como su sede social, una vieja casona de la calle Dos de Mayo, cuyo amplio balcón estaba ubicado frente al Concejo Provincial. La umbrosa intimidad del aposento colonial tenía un encanto muy particular. Accesible por una puerta pequeña, sus escalones erigidos sobre una base de piedras, conducían al segundo piso en una pendiente muy pronunciada, cuyos pasamanos siempre brillantes, descansaban sobre unos sólidos balaustres de pino blanco. Necesariamente había que auxiliarse con esas guarniciones laterales, tanto para subir como para bajar. Llegado al rellano, a la mano izquierda, se penetraba en la primera estancia, amplia y confortable, destinada a la sala de sesiones con numerosas sillas y sillones de Viena; enormes vitrinas donde lucían los trofeos ganados a lo largo de su vida deportiva, de diplomas, reconocimientos, condecoraciones y fotografías históricas. Una segunda estancia, tan amplia como la primera, con sillas muy cómodas y una mesa de billar continuamente en uso por los socios y amigos. En el aposento del fondo, había una estufa de hierro rodeada de sillas con acogedores cojines y pellejos. En ellas, los viejos contertulios pasaban sus horas amenas jugando briscán, rocambor, tresillo, póker o, simplemente conversando, al calor del brasero siempre fogoso y vigente, atizado por los socios.

Cada uno de aquellos viejos extraordinarios tenía su silla conocida: Don Pedro Santiváñez Castillo, notable enfermero del Hospital Carrión; don Ramiro Ráez Cisneros, Secretario general de la municipalidad provincial, ameno conversador y dueño de una cultura notable; don Gilberto Salas, el “León de la Sierra” viejo “faite” cerreño, querido y admirado en todos; el viejo sastre don Miguel Laderas, artista en el arte del corte y la confección de ternos; el abogado don  Manuel Shiraishi Basilio, uno de los pocos japoneses que quedaron en la ciudad tras el asalto de Pearl Harbor; el ocurrente y gangoso “Togro” Rojas, extraordinario futbolista de otrora; el sargento Pasquel, cumplido miembro de la Guardia Civil: Mamerto Galarza Mayor, profesor de Patarcocha; y, claro, don “Anchico” Urbina Acevedo. Todos estos inolvidables caballeros se entretenían con  amenas, picantes y sabrosas charlas salpimentadas de pisco. ¡Cuántas cuitas! ¡Cuántas historias! ¡Cuántas vivencias, habrán transcurrido en aquellas noches, abrigadas por la estufa mientras afuera llovía, nevaba o helaba! Esto, con algunas excepciones, sucedía cotidianamente, menos los  domingos en los que, todo el arsenal emotivo, estaba restringido al rectangular campo de fútbol.

Así llegamos a la aciaga noche del 26 de septiembre de 1947. Don Pedro Santiváñez, relataba lo acontecido entonces: Aquella noche, Ordóñez nos entregó una fotografía aquí en el Club. Todo fue  que la vi y me quedé petrificado. !Cómo me quedaría que los amigos que estaban conmigo se alarmaron…¿Qué pasa, Pedro?, dijeron. Yo no podía articular palabra; sólo cuando me trajeron un trago, armándome de valor les señalé la foto. Estábamos tres en ella. Ramiro Ráez Cisneros, mi compadre Andrés Urbina Acevedo y yo. El corazón se me alocó. El pulso parecía una locomotora.

  • ¿Qué pasa, Pedro?, me preguntaron. Yo les dije. Nos han tomado una fotografía a tres!. …
  • ¿Y…? preguntó Ramiro Ráez.
  • ¿Cómo, no lo saben?…!Uno de los tres tiene que morir!. -Casi lo dije de un grito angustiado.
  • ¿Sigues creyendo en paparruchas? me dijo,
  • No compadre, no va a pasar nada, insistió Andrés.

Ramiro fue a traer una botella de pisco y un juego de naipes. Déjate de candideces, Pedro; no pasa nada. Vamos a jugarnos una partida de rocambor que aquí hay un buen trago. Bueno, el caso es que ante tanta insistencia, yo también pensé que mi alarma podía ser infundada y me puse a jugar y a  terminar la botella.

—  ¿Y no pasó nada?- insiste Mamerto Galarza.

—  Espérate. Un rato más tarde, ya felizmente tranquilizado  estaba jugando con igual entusiasmo que mis compañeros. Esa anoche no sólo bebimos una botella, sino dos; claro, acompañado de nuestros emparedados de jamón del país. Al promediarse la medianoche, cuando el reloj de la torre acababa de marcar las doce en punto, mi compadre “Anchico” Urbina nos dice que quiere irse porque al día siguiente tenía que trabajar mucho en su periódico. Bueno compadre, pero cuídese mucho. Se despidió y salió acompañado del hijo del cantinero. Nosotros al verlo caminar correctamente no lo acompañamos porque eso le mortificaba. Ya nos estábamos sentando, cuando escuchamos un ruido sordo, tremendo que nos hizo salir volando. Fue muy tarde. Al descender la escalera había tropezado para caer de cabeza desde el segundo piso sobre el empedrado de la puerta. !Dios mío!

Cuando bajamos atropelladamente lo encontramos roncando sobre un charco de sangre que manaba incontenible de su boca, de su nariz, de sus oídos. Yo vi con desesperación que la cosa era grave y con las mismas lo llevamos a la Asistencia Pública que funcionaba en el Edificio Proaño, a cien metros del club. Había que ver el rostro de todos los presentes. Nadie podía creer en el drama que estábamos viviendo. Desesperado le puse compresas de hielo en el cerebro, le apliqué las inyecciones tónicas necesarias porque ya nada más se podía hacer. Cuando lo abracé para ponerle una almohada cómoda, murió en mis brazos. ¡Imagínense, hermanos!.¡Dios mío!, no pueden ustedes imaginarse la angustia que me embargó. Hacía poco menos de dos horas que les había dicho que algo malo nos iba a pasar y nadie me creyó. Era terrible. Cuando le limpié el rostro después de cerrarle los ojos y miré a mis amigos, todos estábamos llorando como niños. ¡Cómo no! No era un amigo cualquiera, era el mejor, el más grande. Allí junto a nosotros yacía un hombre extraordinario que tan sólo una horas antes se había reído de la negra premonición. Andrés Urbina Acevedo fue uno de los más grandes hombres que ha dado nuestra tierra. El más grande periodista y el más destacado compositor. Un hombre extraordinario. Estoy seguro que va a ser difícil que salga a la palestra alguien como él.

El pueblo se resistió a creerlo cuando la noticia se expandió como un relámpago por todo el ámbito minero.

Las dos noches de su velorio constituyeron profundas manifestaciones de duelo general. Allí estuvieron todas las autoridades sin excepción, sus colegas periodistas, los músicos, compositores, poetas, delegados de clubes citadinos, los mineros en sus más variados oficios. No faltaron las humildes y chaposas mujeres del pueblo. No faltaba nadie. El dolor lo había hermanado.

Un río negro de gente contrita acompañaba el féretro el día de los funerales. Mineros, maestros, periodistas, poetas, gente del pueblo se turnaron para llevar el ataúd. En el camposanto las oraciones fueron hermosas y nutridas. Ya cuando estaba anocheciendo fue bajado a su última morada, al corazón de la tierra bendita que tanto había amado.

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