De la sangrienta insurgencia minera de 1930 (Primera parte)

Insurgencia mineraEl 24 de octubre de 1929, “El Jueves Negro de Wall Street”,  16 millones de títulos lanzados a la venta en la Bolsa neoyorquina a precios irrisorios no encontraron compradores. Allí comenzó todo. La quiebra de la Bolsa de Valores de Nueva York  preludiaba años de hambre y desocupación en el mundo capitalista. El pánico cundió rápidamente empeorando la situación. El Cerro de Pasco, pujante centro minero y enclave  capitalista yanqui, sentía estremecer sus cimientos. El terror se apoderó de todos. La situación mundial era insostenible. La cotización del cobre –nuestro principal producto- había bajado a niveles dramáticamente miserables. Diariamente el ferrocarril cerreño arrojaba a decenas de desempleados que llegaban de la capital en busca de trabajo. El  “mocho” Sánchez Cerro con el cuartelazo de 22 de agosto de 1930 había asumido el mando absoluto de la nación. Arrojaba al  gobierno de Augusto B. Leguía tras once años de ininterrumpido mandato. En el Cerro de Pasco se desempeñaba como Jefe Político Militar, el coronel huancaíno Jerónimo Santiváñez.

Ante tamaña situación financiera la compañía comienza a cerrar algunas minas y despedir a su gente. En respuesta, los trabajadores presentan un Pliego de Reclamos a la Superintendencia y el 7 de setiembre de 1930 se sientan a la mesa para discutirlo. Actúa de mediador el Jefe Político Militar. A fuera, ocupando toda la extensión de la calle Parra, más de cinco mil obreros aguardan los resultados.

Después de amplio debate en clima de mutuo respeto, los obreros consiguen la aprobación del salario mínimo de cuatro soles, el doble salario para los que trabajan de noche, el cumplimiento de la ley de trabajo, la abolición de descuentos por hospital y escuela, la dotación de estufas o cañerías eléctricas para las dependencias nocturnas y la entrega de herramientas en buen estado. Se asegura que estos puntos serán aprobados al día siguiente por el Gerente General Harry Kingsmill, a fin de que tenga alcance en todos los campamentos de la compañía.

Levantada la sesión los delegados trabajadores invitaron al Prefecto y Superintendente una copa de champaña en los salones del “Club Copper”. A las nueve se despidieron para dar cuenta de sus gestiones a la masa expectante.

La bullente multitud que ha esperado vociferantemente inquieta durante cuatro horas el resultado de la discusión, ha tejido mil conjeturas ilusorias y absurdas alimentadas por los Ravínez, Pavletich, del Prado, de la Torre, comunistas que han repartido volantes cargados de odio y encono con terminantes disposiciones de lucha. El Prefecto Santiváñez informaría después que, gracias a los soplones, se sabía que los líderes habían destacado agentes comunistas a los diversos campamentos mineros, dándole preeminencia al Cerro de Pasco.

Al salir la comisión, entre vivas, gritos y maquinitas obreras, la masa conduce en triunfo a sus delegados hasta la Plaza Chaupimarca. Posesionado el Kiosco Escardó, Juan Navarro Arroyo informa a la muchedumbre los acuerdos a los que habían llegado. Al señalar que quedan tres puntos pendientes de aprobación superior, las voces de protesta arrecian e impiden que siga hablando. La noche se embota entonces de agitada gritería. Latiguean los insultos y las imprecaciones. Puños amenazadoramente en alto han callado las palabras de Navarro. A partir de ese momento, uno tras otro, los comunistas ocupan la tribuna afirmando que la reunión ha sido un engaño y que los delegados –sirvientes de los explotadores yankis- han traicionado a los obreros cerreños.

De nada le ha servido al delegado Navarro pedir calma y paciencia; allí mismo es salvajemente agredido a puñadas y puntapiés por la masa iracunda.

El gentío ha enloquecido.

Los gritos son ahora más broncos y la actitud más agresiva. Los hombres han conseguido largos palos a cuyos extremos encienden engrasadas porciones de “waipe”. Son las antorchas que iluminan la noche espectral y amenazante.

Los cabecillas que han asumido el liderazgo de la turbamulta instigan abiertamente a invadir Bellavista –residencia de los gringos- en ejemplar marcha de protesta. Las teas de potentes llamas han crecido en número y la noche minera arde con llamaradas de odio incontenible. Los gritos de las cinco mil bocas conminatorias emiten maldiciones y anatemas. Los rugidos se hacen uno solo y se funden en un clamor horrísono y único. !!A Bellavista!!… !!A Bellavista!!… !!A Bellavista!!…mandato infernal que señala el destino. La demencial orden es escuchada.

Los hombres bajan por la Calle del Marqués y por Cajamarca con rumbo a la Esperanza. Presintiendo lo peor, el delegado Juan Navarro Arroyo, superando el dolor de sus heridas y casi sin poder mantenerse en pie, se adelanta a la turba y la espera en el Way. Los cinco mil hombres rugientes llegan a este cruce de caminos. Con todas las  fuerzas que le dan sus pulmones grita para que el gentío se contenga y trata de explicarles que es cuestión de esperar un sólo día más. Sólo un día. Entonces suena un disparo y Navarro salta grotescamente como un muñeco de resortes y cae pesadamente cogiéndose la cara. Un balazo de revólver le ha destrozado la mandíbula.

!Ya no hay nada que hacer!.

Es medianoche y roto el dique de la serenidad, la turba avanza amenazante. Los gritos arrecian como un rugido monstruoso estremeciendo el viejo barrio de La Esperanza. La multitud ha llegado a la Casa de Piedra y la rodea. Este pétreo edificio, como viejo castillo feudal, alberga las diversas oficinas administrativas de la Compañía norteamericana y el despacho del Superintendente Philpott. La masa enardecida grita su protesta cuando la luz eléctrica se ha cortado en toda la ciudad. Esto no los desanima. Alumbrados por sus antorchas, siguen gritando sus consignas. Saben que allí están los gringos y tienen que escucharlos. Los más exaltados arrojan piedras y quiebran los vidrios de las ventanas. Las enormes puertas de fierro se han cerrado y la enloquecida multitud no puede entrar. Dentro, envalentonado y prepotente, lejos de mantenerse en calma, el gringo George Mac Queen, rojo de ira, ordena que le abran la puerta y, revólver en mano, sale a enfrentarse a la enloquecida multitud obrera. Fatal y atrevida decisión que va a originar una masacre. Comienza a disparar como un loco. El primero en caer impactado por una bala a boca de jarro es Alejandro Gómez que desde el peldaño más alto, como empujado por una fuerza atroz, ha volado sobre el gentío cubriéndolo de sangre y arrojando su humeante antorcha. Las otras balas hieren gravemente a cinco hombres más. El gringo asesino, ciego de ira quiere seguir disparando, pero ya no tiene balas. La turba lo atrapa y lo ataca a  palazos y puñetes. Su rubia cabellera se cubre de sangre y su cuerpo tundido y sangrante cae exangüe y mancillado. Lo creen muerto y lo abandonan allí en las gradas de la Casa de Piedra para auxiliar a los otros cinco hombres que se desangran de muerte y uno, lívido, frío y vencido, tiene los ojos abiertos, sin vida: espejo de una muerte inexplicable y prematura.

El impacto ha conmovido a toda la multitud acrecentando su furia. !Los gringos han matado a uno!… !No, a seis!… !Gringos asesinos!. Los gritos de la gente trastornada de odio agita la noche cerreña. Han ido a protestar y han sido baleados. !No!. No es posible. La furia de apodera de  mentes y voluntades y un solo grito hace estremecer a la historia… !Venganza!… !Venganza!. Las familias de los jefes norteamericanos que residen en el Barrio de Bellavista, huyen despavoridas a campo traviesa. Hombres, mujeres y niños, desesperados y jadeantes, cruzan raudos el páramo helado y oscuro por las rutas de Colquijirca y Ricrán a donde llegan exhaustos. Las caritativas gentes de estos lugares, ajenas a los hechos, les brindan asilo y calor. ! !¿Qué hubiera ocurrido si no huyen?!.

 Continúa….

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