CUANDO LLEGARON LOS INVASORES

Tres antiquísimas comarcas cercanas, en estrecha sucesión, tuvieron mucho que ver con el  nacimiento al Cerro de Pasco. Colquijirca (“El cerro de la plata”), la admirable ciudadela de Puntac Marca (“Ciudad cumbre”), y la Villa de Pasco. Añejos documentos guardados en el “Garashipo” ancestral, relatan así la llegada de los españoles.

De cómo en Cajamarca los españoles admiraron la abundancia y calidad de los envíos para el rescate del Inca y su viaje a la opulenta tierra de las riquezas inacabables

Cuando llegaron los españolesLos españoles pelaron tamaños ojos cuando vieron aquellos fabulosos cargamentos de oro y plata. Jamás habían presenciado algo igual. Ídolos imponentes con miradas de ágata y rubí; collares de cuentas áureas, enormes como guijarros, alternando con aguamarinas, esmaltes y melanitas; zarcillos de caprichosos diseños trabajados en oro con montura de nácar, coral o venturina; camafeos de veleidosos berilos engastados en oro brillante; recias muñequeras con incrustaciones de pedrería; opulentas galas de  prodigiosa orfebrería de albísima plata; piochas, dijes, prendedores, preseas y aderezos de oro y plata; choclos y guacamayas, ajíes y lagartijas; mágicas mariposas –juguetes de niños nativos- en oro casi transparente que rompiendo leyes físicas se desplazan volando por los aires con gráciles  vaivenes; cántaros, vasos e ídolos de oro; llamas, vicuñas, guanacos, tarucas, challwas, ranas y demás fauna doméstica, asombrosamente labrada en tamaño natural. Todo, todo lo reunieron en una amalgama de ambición y –la codicia sobre la sensibilidad- lo fundieron en lingotes para el reparto. Los libros de entonces detallan lo que le correspondió a cada uno de los intrusos. Es más,  deslumbrados ante la calidad y cantidad de los metales preciosos, averiguaron por todos los medios a su alcance el pozo de donde provenían éstos. Se enteraron que los traían de las alturas del centro. Aquella vez decían que las nuestras eran minas de Jauja, lugar que andando los días recibiría el nombre de Santa Fe de Xatun Xauxa (25 de abril de 1534), el honor de ser la primera capital de la Colonia. Entonces, Francisco Pizarro, deseoso de conocer  el fabuloso filón que tantas grandezas proveía, envió a su hermano Hernando con un séquito escogido de soldados para contactarse con Chalcuchimac, huidizo general que estaba en completo desacuerdo con la determinación del inca de comprar su libertad en lugar de pelearla. Él sabría indicarles el lugar donde se ubicaba el extraordinario venero de metales. La expedición de Hernando Pizarro la integraban catorce jinetes y nueve peones. Entre los principales estaban, Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís y el joven cronista Miguel de Estete.

De cómo entablaron amistosa relación con los tinyahuarcos.

Aquel abigarrado grupo de alucinados avanzaba a duras penas por páramos ignotos donde jamás huellas extrañas habían hollado sus inmensidades. Una espesa ventisca arrastrada por el viento ululante, lanzaba heladas esquirlas que se cebaban de los curtidos rostros barbados. No obstante los gruesos jubones de cuero, los torsos atormentados resistían a calentarse; agarrotados como carámbanos, los muslos y las piernas palidecían bajo las calzas forradas de estameña; dentro de las membrudas botas de sonoros tacones, los pies rígidos y helados apenas si conservaban la vida en su inmovilidad absoluta. Los hombres tiritaban al borde del pasmo. La palidez de estuco pintada por la nivosa altitud hacía aparecer aquellos  rostros fatigados como espectrales visiones de ultratumba. La enervante altura ahogaba los engreídos corazones costeros desbocándolos hasta dejarlos casi sin resuello; por más que abrían con denuedo las bocas resecas y amoratadas, el escaso oxígeno de estos astrales confines, les era dramáticamente esquivo. Martillantes como cilicios, las sienes les palpitaba encabritadas cubriéndolos de sudoraciones frías y agobiantes. Arcadas compulsivas rasgaban sus entrañas porque ya nada tenían que arrojar. ¡Cuánto estaban pagando por aquella irrefrenable avidez! Era una pequeña parte de los primeros 607 conquistadores que habían partido del puerto de Sevilla, constituida por guerreros, hidalgos segundones y villanos deseosos de nobleza: bribones, tahúres, pícaros, tunantes, golfos, rufianes; hombres que habían despreciado los duros oficios para destinarlos a moros y judíos. El común denominador de estos hombres era su plena juventud. Estaban viviendo la edad de las grandes locuras, de la ambición sin freno, de los impulsos renovadores y audaces; soplo juvenil de vida que generalmente desemboca en beligerancia y que en su caso,  les había compelido a venir a América a someter, a cristianizar y a poblar. Para someter utilizaron mortíferas armas de fuego que los naturales jamás habían visto; la pólvora que alcanzaba distancias extraordinarias con balas lanzadas por mosquete y arcabuces, mil veces superior a las hondas, lanzas, masas y porras; el caballo  los obnubiló de terror porque creían que actuando en connivencia con el hombre constituían un solo monstruo. Con el uso de todos estos artelugios supieron ganar nombre y hacienda, es decir: honor y grandeza. Ganaron a los naturales para la iglesia, enseñándoles la doctrina cristiana después de destruir sus dioses e ídolos hechos de oro, plata y piedras preciosas. La cruz estuvo junto a la espada. Para poblar dieron rienda suelta a sus ímpetus juveniles, a su lascivia incontenible que convertía en  pasto de sus apetencias a las hermosas doncellas indianas. Su audacia y su empaque contribuyeron a ello. La abstinencia carnal los había aprisionado en una cárcel de deseos contenidos porque poquísimas mujeres hispanas habían venido con ellos; generalmente esposas y amantes de sus compañeros y algunas meretrices que muy pronto se hicieron de un nombre y un marido. Las indias jamás habían visto a esos hombres extraños, bien parecidos, de luengas barbas, ojos claros y gentil apostura. Cuando estos aventureros recibieron el encargo de afincarse en aquellas soledades rebosantes de oro y plata, no lo pensaron dos veces; las crónicas de Estete lo aseguraban,  los textos de Hernando Pizarro avalaban las confidencias del joven cronista de Santo Domingo de la Calzada; Pedro Cieza de León, ponderaba la abundancia argentífera del lugar, no podía haber error. Sabían que el 12 de marzo de 1533, Hernando Pizarro y su comitiva, que a la sazón se encontraba en Pumpo en busca de Chalcuchimac, había encontrado a unos cargueros indios que conducían a Cajamarca, ciento cincuenta arrobas de oro y novecientas de plata para pagar el rescate del inca: “Todo esto lo traemos de allá arriba, de las alturas; de la alta tierra de las nieves donde abunda” había dicho lacónicamente el jefe de los arrieros señalando el septentrión. Miradas de inteligencia se cruzaron entonces y sonrisas de satisfacción iluminaron los rostros barbados debajo de empolvadas armaduras y hacia allá partieron con la ambición galopándole en los pulsos. Ensangrentaron sus espuelas desollando los ijares de sus cabalgaduras que con los ollares abiertos en  angustioso apremio  de oxígeno, los belfos resecos y las crines al viento, tragaron las distancias del soledoso panorama más alto del mundo. “Cuando llegamos a las alturas, una tempestad de nieve nos sorprendió -narraba el cronista Estete- Fue tanta la inclemencia que tuvimos que guarecernos en una caverna de donde no salimos sino pasados tres días y tres noches”. La crónica finaliza diciendo: “Tenemos por cierto que en esta elevada zona abundan los metales preciosos y que de ella han sacado las cargas para pagar el rescate de su inca y señor“. Fue suficiente. Esta crónica, como un libro de bitácora, señalaba no solamente los dramáticos avatares que Hernando Pizarro y su comitiva habían padecido; sobre todo –esto es lo más importante- indicaba el lugar donde los alucinantes metales preciosos se daban en un espectacular festín de abundancia. La noticia, conocida en todos los confines donde los españoles habían sentado sus reales exacerbó los ánimos y encendió la chispa que explotó el torrente de ambición que a partir de esa fecha no conocería límites. Fue en ese instante en que en el mapa de su quimérica geografía, prendieron el nombre de la zona deslumbrante y misteriosa, como alada mariposa de ensueño. Sabían que como había sucedido en España durante la Guerra de la Reconquista, tenía que entrar en vigencia el reparto de encomiendas en el Perú; una institución que revestía capital importancia para el establecimiento del virreinato peruano; no sólo como reparto de tierras, que era lo principal, sino también como abastecimiento gratuito de hombres para el trabajo; añadiéndose a esto, la fijación de una jugosa renta para la solvencia de sus gastos personales más todo el oro y la plata que poseían los indígenas, deduciendo  de su valor, ¡eso sí!,  los quintos reales que pertenecían al soberano.

Habían avanzado algunas leguas cuando escucharon como  sutiles ecos de la lejanía, un insistente tamborileo que cambiaba de lugar y de ritmo. Ora lento pero enérgico, ora apremiante aunque débil. Se acomodaron sobre sus toscos jergones y detuvieron la desvencijada carreta de chirriantes goznes y gimientes junturas. Los jinetes sofrenaron sus cabalgaduras. Muy preocupados estuvieron pendientes por un largo rato cuando a la distancia descubrieron un otero emergiendo sobre la soledad blanca como gigantesca fortaleza castellana; gran cantidad de hombres y mujeres vestidos con traje de fiesta y  gran algarabía los aguardaban. Instintivamente cogieron sus espadas y más de uno preparó el arcabuz, pero el pacífico continente de los lugareños, determinó que el carretón conjuntamente con los jinetes llegaran, sin novedad, al centro de aquel corro. . “A nuestra llegada, vimos que los indios traían muchas piezas de plata y oro para adorno de sus personas en que intervenían coronas y diademas y cintos y puñetes y armaduras como de piernas, y petos y  tenazuelas y cascasbeles y sartas y mazos de cuentas y rosicleres y espejos guarnecidos de la dicha plata y tazas y otras vasijas para beber”- relataba el cronista anónimo en el clímax de la admiración- ‘Traían muchas mantas de lana y camisas y aljabas y alcaceras y alaremes  y mantillas y otras muchas ropas abrigadas, todo lo más de ello muy labrado de labores muy ricas, de colores grana y carmesí, y azul y amarillo, otros blancos del todo, otros negros del todo, otros pardos, otros varios, que llaman moromoro,  y de todos otros colores de diversas maneras de labores”.”En estos lugares los cristianos fueron recibidos con grandes muestras de alborozo, especialmente con vistosas y coloridas danzas al son de exótica música que los castellanos empezaron a gustar” Las mujeres, “de continente hermoso y aliñado” sumisas y pendientes de las órdenes de los hombres se acercaron con sus críos a las espaldas muchas de ellas. Rostros curtidos, quemados por las heladas implacables de las noches, por los vientos agresivos y por un sol, que a falta de oxígeno que lo tamice, se ceba sin tregua de aquellas mejillas rellenas y chaposas que ahora, coquetas, se hallan débilmente arreboladas por el uso del  “llimpi”, único afeite nativo; labios entreabiertos y carnosos enmarcando grandes y parejos dientes de perlada blancura; ojos fijos y traviesos de insinuante negrura. Ataviadas con ceñidos monillos que esculpen las prominencias de sus senos en locura de cintas y abalorios, con sus collares de huairuros rojos y puntos negros que curan nostalgias y tristezas; numerosas polleras gruesas y de diversos matices que destacan sus flancos poderosos; polícromos “chumpis” de tres dedos de ancho por diez varas de largo en varias vueltas al rededor de las cinturas frágiles; cubriéndose desde los hombros hasta las corvas, la “lliclla”, fijada con enormes tickpes de plata de  llamativas figuras esculpidas en su superficie. Las medias de lana y unos mocasines de cuero de llama asegurados con numerosas amarras entretejidas al rededor de los tobillos: el llanqui. Todas ellas luciendo vinchas multicolores que daban la vuelta a la cabeza debajo de las cuales asomaban las trenzas endrinas y largas. Sólo una que otra lucía una “ñanaca” ostentosa, orlada de pedrería y brillantes  que servía para diferenciarlas de las demás. Era la vincha simbólica de las mujeres principales. Los hombres, en cambio, con seriedad pero sin soberbia, observaban a los extraños. Con el “unco” de colores grises cubriéndoles del cuello a los muslos, a manera de camiseta; gruesos cotones de lana de llama, alpaca, guanaco o vicuña sobre el que destaca la pelliza de cuero de llama;  completándose el atuendo con las manguillas que les cubren desde el hombro hasta las muñecas, proclamando su ocupación dedicada  al pastoreo. Dobles y amplios calzones de bayeta negra completándose con medias multicolores y  mocasines de cuero de llama que reciben el nombre de “shucuyes”  -suaves como acomodaticios-  prestándoles una felina apariencia al caminar. La “huaraca”, legendaria catapulta manual de lana, cruzándole el pecho. Colgados del cuello con resistentes correas de cuero, unos tamboriles pequeños llamados “tinyas” con los que se comunicaban utilizando un extraño y enigmático lenguaje percutivo; de allí el nombre de la tribu: TINYAHUARCOS, es decir, los hombres de los tamboriles colgantes. Allí estaban ellos con sus rostros impenetrables, tallados por la rudeza del frío donde los ojos activos  y juguetones son los únicos que escrutan lo que miran.  Parados allí, sin inmutarse ante las novísimas caras barbadas ni los ojos claros, ni ante los arcabuces de truenos mortales, ni ante las espadas, ni ante los puñales. Ellos sabían que los intrusos llegarían un día a esta tierra. Estaban enterados que la brújula de su ambición señalaba los depósitos de aquellos minerales que ambicionaban. El diario e inacabable percutir de los tamboriles había diseminado por las blancas estepas el significado de esta dramática verdad; por lo tanto, si mucho querían estos metales, se los darían sin ninguna mezquindad. Estos indios –dice el cronista- andan mejor vestidos que los de todas las otras provincias, así porque hace muy gran frío en todo el año, y por ser más ricos que los demás. Tienen gran temor de los caballos; pero tienen muchas armas ofensivas, conviene a saber: lanzas y flechas, y porras y hachas y alabardas y tiraderas como dardos y otra manera de armas que se llaman huaracas; la principal arma que tienen que he dejado para la postre, e que lo que más usan desde que nacen, que le ponen una honda en la cabeza por bonete, con el cual arrojan una piedra muy gorda que mata un caballo e aún algunas veces al caballero aunque le den un casquete. Es verdad que son poco menos que un arcabuz. Yo he visto de una pedrada con la dicha honda hacer dos pedazos una espada vieja que tenía un hombre en las manos, desde treinta pasos, tan bien, que arremetiendo yo un día para un indio, me esperó y tomó la lanza con las manos, e sino viniera otro caballero a matarle, me viera en trabajo, a lo menos de sacárselo de las manos. Es encima de esta sierra donde llegaba mi caballo muy cansado que no lo podía menear, e dándole mi compañero de lanzadas, fue menester echar mano yo a mi espada, la cual no podía quitar de la lanza(…) aquí entre estos indios e los de cualquier parte de indias, ni tienen razón ni amor ni temor a Dios ni al mundo, ni interesarse para que por él os den vida, porque están llenos de oro y plata en abundancia, y no lo tienen en consideración sino para fabricar primorosos trabajos de orfebrería que nunca se ha visto”.

Continúa…..

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