CUANDO LLEGARON LOS INVASORES (Segunda parte)

Cuando llegaron los españoles 2

——– Sean bienvenidos a estas tierras de Puntac Marca –dijo el viejo apucuraca- Nuestros corazones rebozan de alegría de tenerlos y de urgencia de servirlos. Somos hombres de paz. Sólo cuando fuimos atacados blandimos nuestras armas y guerreamos. Nunca ambicionamos nada que no fuera nuestro, porque con lo que tenemos nos basta para vivir en paz. Por eso, con la misma diligencia conque servimos a nuestro inca, señor de estas tierras, ahora les serviremos a ustedes; voluntariamente porque representan a nuestro emperador, Rey de las Españas. Todos los que aquí vivimos les damos la bienvenida y nos ponemos a su servicio para lo que deseen mandar.

La especial deferencia y tino conque el Apucuraca habló fue del agrado de los visitantes que se encontraban conmovidos por la hospitalidad y admirados por la magnitud de lo que veían. A una invitación del anfitrión, subieron por la aliñada escalinata de la enorme fortaleza de Puntac Marca: “La ciudad cumbre”. Escoltados por los notables del predio llegaron a la cima donde quedaron extasiados. A su vista se extendía una ciudadela fortificada con enormes muros de contención trabajados en piedra. Ocupando el centro de la llacta, el palacete donde residía el apocuraca y la nobleza provinciana; rodeándola, las viviendas de los principales en niveles superpuestos con decorativas puertas trapezoidales y compactos techos de ichu salvaje. “Esta parte es llana y empedrada de guijas; alrededor de ellas hay cuatro casas de señores que son los principales de la ciudad fortaleza –dice el cronista anónimo-  labradas y de piedra, la mejor de ellas es del apucuraca viejo, la puerta es sólida y tiene otros edificios y azoteas muy de verse. Hay en esta fortaleza, otros muchos aposentos con sus ventanas grandes que miran hacia el resto del campo de leguas y leguas de distancia, cubierto de ganado que les sirve para su alimentar y comercio con otras gentes que andan por estos lares de frío”. Inmediatamente después, una cadena de pirwas o silos que almacenaban alimentos de primerísima calidad;  también, llamas, alpacas, guanacos, vicuñas, en corrales pétreos que rodeaban las pirwas. Hacia afuera, la enorme muralla de piedra que envolvía la fortaleza con una serie de torreones y almenas que permitían ver todo el considerable páramo serrano. La vista que se ofrecía a sus ojos era impresionante. La inmensidad de la pampa salpicada de aldehuelas con casitas de techo de paja y pircas de corrales de mampostería con el ganado del pueblo. Estos animales servían para el sustento y vestidos de las gentes y para el trueque con otras tribus aledañas, a ello hay que agregar el valiosísimo elemento alimenticio que es la sal; con los panataguas y chupachos que le proveían de yucas, ají, arracacha, pescado salado, abundante coca; con los taramas su gran variedad de maíz, zapallos, lúcumas, paltas, pacaes, mangos, achiotes; con los pumpus, la vivificante y poderosa maca, el chuño, el tarhui, la onguena, el cushuro el carhui; con los yaros, las papas más sabrosas de la tierra; con los huancas y los xauxas, calabazas, zapallos, ocas, mashuas. El ganado estaba muy bien cuidado por los pastores. Caso de ser atacados por el enemigo, desde la cumbre avisarían para que se guarecieran en la fortaleza los diseminados pastores del llano. Para el aviso de ida y vuelta estarían las “tinyas”.

Con enternecedor comedimiento y  maneras muy señoriales, el apucuraca les invitó a pasar a la sala principal, enorme y bien dispuesta, para tomar sus alimentos. Se sentaron a horcajadas sobre abrigadas mantas de lana que estaban colocadas sobre crespos vellones  abundosos que enmarcaban la mesa gigantesca, uno al lado de otro –españoles y nativos señoriales- en amical compañía. Antes de servir las raciones personales, encontraron sobre el mantel central  abundante cantidad de papas harinosas de diversos tamaños y colores, al lado, pucos repletos de ajíes en su más grande variedad: verde con chincho esmeralda; rojo con achiote como ígneo líquido mantecoso; espeso combinado con challwas secas y molidas aderezado con cochayuyos;  otros pucos especiales con rodajas de rocotos traídos por los panatahuas en sus matices diversos. Sin el ají, no hay comida en estas alturas; con él la sangre se calienta y circula en una fogosa continuidad. El primer plato que trajeron en enormes mates personales, fue un verdadero manjar para visitantes y anfitriones: rodajas de cuello asado de llama acompañadas de papas amarillas; luego otra golosina serrana, ajiaco de seso de paco, una notable delicia, preferida por los más notables, servidos con morayes blancos y esponjosos. Lo que más agradó a  los famélicos extranjeros fue el picante de cuyes con bermejos achiotes; picantes charquicanes; abundante caldo de mondongo con mote reventado de maíces tarmeños; enormes mates de cancha, humitas, ocas, mashuas… todo salpimentado con refrescante chicha de jora serrana. Para finalizar la comilona sirvieron deliciosos dulces de maca, cahui y ocas. Al final, hirvientes mates de infusión de gamatay que, como por encanto, quita la flatulencia de los vientres henchidos y ahítos de comida.

 

Terminado que fue el ágape, el apucuraca dispuso que las mujeres más viejas extendieran abundantes verdes hojas de coca sobre el tapete central a fin de que todos masticaran en señal de buena voluntad. Cumplido el ceremonial,  dijo

— Por largo tiempo hemos vivido pacíficamente con nuestros vecinos y amigos con quienes comerciamos e intercambiamos relaciones fraternales; ellos nos traen sus productos y nosotros les damos los nuestros; nunca tuvimos problemas con nadie. Nunca. Sólo cuando nos atacaron, primero nos defendimos y luego los exterminamos. Así ocurrió cuando los cusqueños quisieron avasallarnos. Jamás lo permitimos. Sólo cuando vinieron en son de paz y amistad los recibimos con regocijo. Eso es lo que hizo el inca. Nos envió muchos presentes con sus guerreros; sólo entonces pudimos entrar en acuerdo con ellos y servir al inca; por eso es que ahora con la mejor buena voluntad les ofrecemos nuestra amistad y nuestra obediencia para que ustedes puedan tomar posesión de las tierras que les plugiera coger.

— Es también nuestro deseo –dijo el jefe expedicionario- que nuestras relaciones sean siempre amistosas y de mutua cooperación. Bien saben ustedes que todas estas tierras han pasado a ser propiedad del rey y Señor de las Españas, representado por don Joan Tello de Sotomayor, a cuyo nombre tomamos este pueblo, porque mediante disposiciones especiales, en reconocimiento de nuestros servicios, nos han mercedado estas tierras de las mismas que ustedes pasarán a ser servidores.

— Esa es nuestra disposición. La obediencia.

— Bien, lo que nos interesa, apucuraca, es la plata que ustedes poseen en abundancia y por lo que hemos visto, las trabajan admirablemente.

— Sólo la utilizamos para algunos adornos para nuestras mujeres y dignatarios, esculturas de los dioses incas que fueron llevados en abundancia al Cusco y vestiduras de los nobles señores gobernantes. Nuestros dioses jamás lo necesitaron; ni Huallallo Carhuancho, ni Libiac Cancharco, ni Yanamarán…

— ¿De dónde sacan esa plata de extraordinaria calidad?

— Del cerro que esta enfrente, se llama Golgue Jirca, “Cerro de Plata”.

— ¡Queremos trabajar esos yacimientos…!

— Si así lo determinan, les proveeré de hombres necesarios para hacerlo; de acuerdo a la tradición, ustedes buscarán el lugar para erigir sus casas para cuya edificación nosotros también les ayudaremos.

Ese día comenzó todo. La generosa disposición de los naturales, determinó que, sin ninguna medida, les brindaran a los intrusos lo que tanto les obsedía: los metales preciosos en los que los hombres ya eran expertos dominadores: oro, la plata,  cobre y sus aleaciones. Ese día comenzó todo. Los dueños y señores de estas tierras convertidos en vasallos de los aventureros; la desinteresada largueza en oprobioso sometimiento que todavía continúa. Ese día comenzó todo. La cicatera caballada asesina partió a cabalgar por los yermos cerreños, cubriéndolos de sangre y apoderándose de nuestros tesoros. Ese día comenzó todo. Ya estaban en posesión de Puntac Marca y Colquijirca y continuarían con su avance.

 

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