El juicio infame a un hombre extraordinario

juicio infameEl comandante chileno Ambrosio Letelier, convencido que el decreto que acababa de publicar produciría positivos efectos para sus intereses personales, se apoltronó en la butaca de su despacho para releer el decreto a la espera de los resultados. Sabía que la severidad impuesta con la orden de recorrer toda la ciudad para arrancar sus pertenencias de valor le daría óptimos resultados. Estaba seguro que su Decreto, le permitiría conocer sin mayor apremio el nombre de las personas que contaban con riquezas ocultas. No se equivocó. Aquella tarde que prome­diaba el mes de mayo de 1881, su ordenanza le comunicó que un ciu­­­­da­dano quería hablar con él. Cuando lo tuvo enfrente, con una severidad que pretendía amedrentar a su interlocutor, inició el diálogo.

– ¿Cómo se llama usted?.

– Simón Cafferata, signore.

– Ajá… ¿Es usted cerreño?.

– Ma ¿Cómo?… io sono italiano. Di Nápoli.

– Bien, y ¿Qué es lo que desea comunicarme con tanto apre­mio?

– Es el caso, mi comandante, que ayer recibí una notificación de questa comandancia militar para aportare con treinta mil soles co­mo contribuzione de guerra para el ejército de Chile…

– ¿Y?…

– Io, signore comandante, -dijo demudado el hombre- apenas si tengo algunos bienes en mi poder…muy pocos, claro está…pero éstos, con molto piacere los pondré a disposición del ejército vincedore…

– Muy bien… Veo que ha leído usted el Decreto que acabamos de publicar…

– Sí, claro, sí… mi comandante… De eso quiero parlare.

– Bueno, pues…hable.

– Quiero ampararme en el artículo 8º del Decreto…

– ¿Sí?… ¿Va a denunciar a alguien?.

– Así es, mi comandante…Conmigo no sacarían nada aprecia­ble, en cambio, si ustedes acceden a perdonarme la mía cuota, io es­ta­ría dispuesto a proporcionarles unos datos que les acarrearía una notable cantidade de dinero…

– Bien… ¿Cuál es ese dato? -dijo el invasor remarcando cada una de sus palabras con el ánimo de intimidar al delator. Cuando preso de pánico este enmudeciera, una orden cortante y conminatoria se hizo escuchar- ¡Hable!.

– Mi comandante -comenzó a tartajear el felón-  aquí en el Cerro de Pasco, il mío paisano, no sólo es uno de los más ricos sino que alienta un odio feroce contra ustedes los chilenos….

– ¿Por qué?.

– Perché cuando se inició la guerra hace dos años, él fue el primero en alentare y contribuire para que de aquí partiera un grupo de voluntarios. Dejó sus buenos dineros para comprar armamento y el uniforme de la Columna Pasco… No sólo es eso, cuando ustedes, los triunfadores, estaban a punto de entrare en Lima, él y algunos mineros y comerciantes más, acotaron dinero para enviar otro grupo a San Juan y Miraflores… Todavía les regaló una bandera de guerra mi comandante…

– ¡¿Quién es ese hijo de perra?!!! -chilló el comandante.

– Mi comandante… io quisiera que…

– ¡¡¡¿Quién es?!!! -un brillo satánico hizo resaltar sus ojos de acero bajo las espesas y entrecanas cejas.

– Mi comandante, questo io…

– ¡Maldición!… Le concedo un minuto para que me dé el nombre del italiano ése. -extrajo su reloj y lo puso sobre la mesa y poniéndose de pie continuó- Si en ese minuto no me dice ese nombre, lo haré fusilar sin consejo de guerra…¡¡¿Me ha oído?!!.

– Ma signore comandante… questo es un caso molto …delicato -Seca la boca, tembloroso y pálido cayó de rodillas en un tardío arrepen­timiento y con voz quebrada por el pánico sólo alcanzó a musitar: perdóneme.

– Se ha cumplido el minuto.

– Per San Genaro!. Signore Comandante….no me acuse…lo diré tutto.

– Hable.

– Il mío paisano se llama Emmanuele Chiessa.

Aquella misma tarde, en medio de una conmoción general, el respetable y querido ciudadano italiano, fue detenido por el Ejé­rcito de Chile.

Instalado el Consejo de Guerra en la primera sala del hos­pital La Providencia, una gran cantidad de gente se encontraba en las afueras pugnando por entrar a ver como se consumaba la infamia contra un hombre noble. A la puerta del cuartel general, sacudiendo las enormes cancelas de hierro, se encuentran en pleno los miembros de las colonias italiana, francesa, austro – húngara, etc. A grandes voces hacen escu­char su protesta, y todos a una, piden justicia. La fuerza del ejército chileno que controla la calle del hospital, se encuentra impo­ten­te para calmar a aquel gentío pugnaz que reclama la liber­tad del italiano.

Adentro, sin hacer caso al tumulto que se ha formado, Lete­lier ordena al mayor Barahona, inicie el juicio del inculpado for­mulando la acusación pertinente.

– Al ciudadano Emmanuele Chiessa, natural de Como, Italia, le acusa el Ejército de Chile, de haber propiciado la formación de cuatro compañías de voluntarios aglutinados en la llamada Columna Pasco para que fueran a luchar en contra del Ejército de Chile. Él, no obstante su condición de extranjero, sin respe­tar su naturaleza de «neutral» en el conflicto bélico, financió con sus propios peculios y el de otras personas de diversas nacionalidades, la compra de uniformes, armamento y vituallas contra el Ejército de Chile. Fracasada la primera oleada de voluntarios, insistió en armar otro contingente para que fuera a defender a Lima. El esfuerzo realizado y el enorme capital destinado a este desempeño reflejan su encono en contra del gobierno que nosotros representamos.

Tras estas acusaciones la gente procedió a gritar y a arrojar piedras en contra del cuartel chileno. Los soldados tuvieron que efectuar disparos al aire en tanto la caballería dispersaba al pueblo a punto de sablazos.

– Inicie el interrogatorio para los descargos -ordenó Letelier.

– Bien, mi comandante. Señor Emmanuele Chiessa, lo que acaba usted de escuchar, es el contenido de una acusación escrita y firmada por tres respetables ciudadanos: Simón Cafferata, Nicola  Vattuone y Pedro del Solar… ¿Qué puede decir en contra de estas graves acusaciones?.

– Nada puedo alegar, signores -su voz es un hilo de abati­mien­to- Lo que mis acusadores han firmado, es la veritá. (la verdad). Tutti lo saben.

– ¿Así que no lo niega? -remarcó Baharona.

– ¡Claro que no!… Ma (pero) lo que hice signori, de ninguna manera es un delito… Tienen que comprenderme… Hace 32 años que vivo en questa bendita cittá (ciudad); aquí llegué molto povero (muy pobre), pero gracias a la gente cerreña que me ayudó tanto, alcancé la mía prosperidad… Io sono felice. (Yo soy feliz).

– Por favor… Limítese al contenido de la acusación… Nada más -gritó Letelier.

– Es que en questa tierra encontré la mía felicidad… aquí me casé con una donna (mujer) cerreña… aquí han nacido las mías figlias (hijas)… aquí he dejado mi juventud y mi vida… Todo lo que io sono se lo debo a esta buena gente a la que quiero tanto…

– ¡¡¡¿Confiesa usted haber ayudado al ejército peruano siendo usted italiano?!!! -gritó Baharona fuera de sí con la intención de cortar la emotiva intervención del italiano.

– Aquí, Io sono felice… Jamás puedo essere (ser) desagradecido…

– Ya, déjese de estupideces o lo condenaré sin escuchar descargos -intervino conminatorio Letelier a punto de perder los papeles.

– ¿Confiesa usted haber ayudado al ejército enemigo? -apre­mió el mayor Baharona.

– ¿Enemigo?… ¿Cuál enemigo?… Los peruanos son mis ami­cos, mis mejores amicos (amigos)… Los peruanos son mio fratelli, mis hermanos.

– ¿Así que usted ha ayudado a sus «amicos»?.

– Ecco, sí, claro que los ayudé… Cuando mis 220 hermanos de la Columna Pasco murieron en las fronteras, no pude menos que ayudar a la formazione de un segundo contingente para la defensa de Lima. He sido padrino del batallón Pasco y he dado il mío dinero para la compra del equipo necesario… ¿Qué iba a hacer?… ¿Qué iba a hacer?… Io no pude marchar porque no veo a dos varas de distancia… Ya estoy viejo… Si no, Io también habría partido a luchar a las fronteras…

La emoción con la qué habló Emmanuele Chiessa, conmovió a toda la sala que se sumió en un silencio dramático, cargado de estupor e indignación. El comerciante italiano parecía un niño. De su pronunciada calva, gruesas gotas de sudor bajaron por su frente. Sus miopes ojillos claros y asustados, buscaban entre las sombras del recinto la comprensión de alguien, el alien­­to de sus amigos. Sus manos regordetas le temblaban al apre­tu­jar su gorra de lana. Afuera las voces gritaban su protesta. Todo el Cerro de Pasco estaba allí afuera.

Las personas, mayoritariamente extranjeros clamaban justicia a gritos. Es entonces que Letelier, indignado, conminó a Barahona para que pronunciara la sentencia:

– Vistas las acusaciones debidamente comprobadas por propia confesión del acusado, de haber ayudado al ejército peruano en contra del chileno sin observar la debida neutralidad que su condición de extranjero le obliga; este consejo de guerra condena a Emmanuele Chiessa, a ser fusilado en la plaza Chaupimarca, el 17 de mayo de 1881, a las siete de la mañana.

Al oír la sentencia, Emmanuele Chiessa se puso de pie, tembloroso, mirando a su alrededor, buscando los ojos amigos que lo alentaran. Buscaba una explicación a lo que estaba ocurriendo. La voz se le había ido como por encanto. No podía articular palabra; tan solo sus manos, como la de una marioneta desesperada, trataban de explicar su atolondramiento. Un peso supe­rior a sus fuerzas doblegó sus piernas que le hicieron caer sentado sobre su silla, así sentado, un solo sollozo apremiante y lastimero sacudió su cuerpo abandonado y malamente castigado. Con la cara entre las manos y llorando copio­samente repetía incesante.

– Dio, Dio!… ma, perché? … perché?.

Cuando los centinelas chilenos lo tomaron por los brazos, las voces de las gentes cerreñas se hicieron incontenibles, fie­ras, retumbantes.

Aquella noche, el Cerro de Pasco no durmió.

Indignados por el abuso que los invasores estaban cometiendo y enternecidos por la dramática situación del bondadoso italiano, todos los hombres y mujeres, extranjeros y peruanos, decidieron en­con­trar una salida a la gran situación en la que se hallaban entram­pados. Estaban conscientes que contaban con solo 72 horas para proceder. Un viaje a Lima para solicitar la intercesión de las autoridades del caso, sería demasiado largo. Sabían que el contralmirante Patricio Lynch no había logrado poner en vereda a Letelier. El tiempo apremiaba. Sólo había una salida: comprar la vida del condenado. Con esa misión, un grupo de hombres nota­bles del Cerro de Pasco, decidió entrevistarse con el jefe chile­no. Presididos por el austriaco Juan Ciurlizza, los cónsules ex­tran­jeros en pleno, se hicieron presentes en el cuartel general.

– He accedido a esta entrevista con ustedes, como una muestra de mi especial deferencia para la gente neutral que habita esta ciudad. ¿En qué puedo serviros?.

– Señor comandante, venimos a abogar por la vida del ciudadano italiano Emmanuele Chiessa…

– ¿Cómo… no están enterados que ayer fue juzgado impar­cial­mente y fue hallado culpable por su participación en contra de Chile? ¡Será fusilado a las siete de la mañana!

– Así es, comandante. Aún en la convicción de que se ha procedido con arbitrariedad, venimos a interceder por su vida…

– Señores. Ya el juicio se ha realizado. Este es un tribunal castrense que no conoce de apelaciones por la situación en que nos encontramos y la sentencia ha sido dictada…

– Comandante: En nombre de las naciones neutrales que se hallan agrupa­das en sus correspondientes consulados, nos permitimos ofrecerle el pago de una justa indemnización al ejército de Chile por la «falta» cometida por el ciudadano Emmanuele Chiessa.

– Ajá… ¿Y cuánto creen que vale la vida de un enemigo de Chile?.

– Pedimos que sea usted el que fije el cupo ya que, influen­cia­do por las circunstancias, él ha actuado en forma que lo ha hecho. Y…

– Miren señores. Ayer se ha debatido el caso hasta el can­san­cio; no quisiera tener que revivir situaciones enojosas y ridículas. El Ejército de Chile, en tanto dure su permanencia en el Cerro de Pasco, será inflexible y severo contra los que aten­ten contra la integridad y constitución. Ya han visto cómo los que han atentado contra nuestros hombres han sido pasados por las armas…

– Es un pedido de gracia el que venimos a formularle coman­dan­te. Está en sus manos el evitar que se dé muerte a un hombre bueno -suplicó el patriarca austriaco.

– ¡¡¡Cincuenta mil soles!!! -sentenció Letelier con la idea de que el monto haría desistir a sus peticionarios. Para que no hubiera duda agregó -Ni un centavo menos… A las siete de la noche debe estar el dinero aquí, contante y sonante; caso contrario, está frito el bachiche!!!

Sin oportunidad de formular regateos, Letelier se puso de pie y haciendo una desdeñosa reverencia se retiró del recinto. Los miembros de la comisión, sorprendidos por el cariz que había tomado la situación, no supieron qué hacer de inmediato. Sólo más tarde, con la tranquilidad necesaria, comenzaron a hacer lo único que les quedaba: una erogación para reunir el rescate solicitado.

Hombres y mujeres del Cerro de Pasco, imbuidos del más fraternal espíritu de solidaridad, trabajaron aquél día como nunca lo habían hecho. A las seis y cuarenta y cinco, contenidas en bolsas de lona, pusieron sobre el escritorio del jefe chileno la cantidad de cincuenta y un mil soles de plata de nueve décimos. Simultáneamente, un propio, portando una carta acusadora firmada por los cónsules extranjeros, viajaba a caballo a Lima.

Aquella noche, fue la más hermosa en la vida de Emmanuele Chiessa. De rodillas agradeció al Todopoderoso su conmiseración y sobre todo haber sido objeto de una hermosa solidaridad amical.

Emmanuele Chiessa, había salvado la vida.

(Del libro Columna Pasco)

libro la columna pasco

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s