MELCHOR GAMARRA Nuestro primer mártir obrero (12 de junio de 1904) (Primera parte)

Melchor GamarraTranscurría el cuarto año del siglo pasado. Los tentáculos de la compañía norteamericana Cerro de Pasco Mining Company comenzaban a dilatarse por toda la sierra central. El tendido del ferrocarril La Oroya-Cerro de Pasco, sinuosa columna vertebral de la Meseta de Bombón, llegaba a su fin. Se había establecido la Estación de Unish, correspondiente a la Villa de Pasco, a quince kilómetros de la ciudad minera. El valioso servicio que estaba llamado a cumplir consistía en el transporte masivo del mineral cerreño al embarcadero del Callao, y de vuelta, la conducción de maquinarias y herramientas para el duro trabajo en los socavones. La expectativa que había despertado la obra era mayúscula.

Iniciado el tendido de rieles en el pasaje de “Shinca Machay” con ochenta obreros, requirió el concurso de miles posteriormente; la mayoría eran  campesinos de todo el centro serrano de nuestra patria. Estos hombres trazaban la ruta, apisonaban la tierra, reforzaban el tramo, enterraban los equidistantes durmientes de pino y tendían los paralelos raíles por donde  discurrían las enormes riquezas de las minas cerreñas.

Las luces aurorales de los páramos los sorprendía al inicio de las diarias jornadas; el frío inclemente que agarrotaba músculos era sucedido por repentinos chubascos que se convertían en violentas trombas de agua; en otros casos, cellisca y granizo, con tempestades eléctricas que desataban rayos y truenos espasmódicos, destellando el yermo con fogonazos de luz escalofriante. En estos casos la vida pendía de un milagro. En los meses invernales, la nieve  borraba los trazos cubriendo de blanco la ruta; y en días serenos lejanos al invierno, el tímido sol alumbraba el escenario en tanto un vientecillo silbante y fino, estremecía sus carnes tostándoles los rostros cobrizos, oscureciéndolos más; sus manos ateridas manipulaban fierros y palancas al compás de broncos gritos de concertación. Ya entrada la noche, cuando las sombras comenzaban a devorar las inmensidades, exhaustos, como autómatas, dejaban las herramientas. Habían trabajado doce inacabables horas. Nadie podía decir nada. Los obreros estaban prohibidos de asociarse, de reclamar, de hablar.

Este duro trajinar que debían sobrellevar con entereza, se agravaba con el abusivo trato que jefes norteamericanos en contubernio con sus aliados, jefes y capataces peruanos. Así, entre otros, el jefe del último ramal ferrocarrilero, Zachary Doolan, aprovechando su condición de jerarca, respaldado por su talla descomunal, anchas espaldas y una cohorte de guardaespaldas, trataba con censurable desprecio a los obreros del tramo. Muchas veces había humillando sus espaldas con una fusta de cuero que siempre llevaba consigo. Es más. Efectuaba descuentos  antojadizos sin respetar la puntualidad de los pagos, la mayoría de los cuales con vales sin valor real.

El incalificable atropello, sin embargo, había logrado unificar la indignación que bullía rugiente en los corazones obreros. El abanderado de estos sentimientos era Melchor Gamarra: el coraje, convertido en líder. Encarnaba como nadie el tipo de hombre de estas tierras. Lo admiraban por su jovialidad y sencillez, por su estruendosa risa chola restallando fácilmente por su noble corazón, franco en el afecto y recio en la disciplina; sus palabras cálidas eran el evangelio para los peones de la ruta. Su nombre animaba a los operarios en el trabajo donde era el primero. Risueño y decidor, acompañado de su guitarra improvisaba versos hermosos dedicados a su tierra amada: el Cerro de Pasco.  De duras facciones, alto, recio, de torso poderoso que su poncho de vicuña agrandaba, era el enérgico defensor de sus compañeros. Su voz bronca se había alzado en infinitas oportunidades para reclamar contra los abusos de los jefes; por eso  había atraído sobre sí el oído de éstos que esperanzados abrigaban la oportunidad de deshacerse de él. Cuando los obreros se hallaban sumidos en este mundo de tensión y zozobra; de encontrados intereses y pasiones desbocadas ocurre un doloroso accidente.

Era domingo 12 de junio del año de 1904.

Aquella mañana llegaba a la estación de Unish un tren de carga de La Oroya con destino al Cerro de Pasco. Sobre tres lisas y desprotegidas plataformas, transportaba una cuadrilla de peones del campamento de Uco, con sus mujeres e hijos. La locomotora,  conducida por el déspota Zachary Doolan, ora aceleraba rauda, ora frenaba bruscamente, haciendo caer a los pasajeros que no podían mantenerse en pie. Su temeridad llegó al extremo de acelerar imprudentemente al entrar en una zona de cambios sin que éstos hubieran sido efectuados. La desastrosa consecuencia fue el violento descarrilamiento de las tres plataformas que fueron a caer fuera de la vía. Hombres, mujeres y niños quedaron completamente mal heridos, muchos de ellos, inconscientes. El chirrido de las chispeantes ruedas y el estruendo de la caída de las plataformas, convocó con vertiginosa prontitud a los hombres que desde el andén habían visto la temeraria maniobra de Doolan.

Inmediatamente proceden a atender a las víctimas sangrantes que yacen al borde de la vía. Ninguna padece como Candelaria Apaza, compañera de Melchor Gamarra; con ella, sus tres hijas: Zenaida, Orfelinda y Margarita que, no obstante sus heridas, rodean solícitas y sangrantes a doña Josefina Peña, madre de Melchor. La pobre anciana, casi baldada por el reumatismo, tiene una seria herida en la frente y una fractura en el brazo.

Los lastimeros quejidos de los heridos y la conmiserativa atención de todos los hombres se han trastocado en rabiosa indignación. Temblorosos de ira contenida increpan a grandes voces la conducta del jefe norteamericano que desafiantemente ríe a más no poder. La prepotente actitud colma la medida. Melchor Gamarra herido en lo más profundo de su alma, cruza, iracundo, varias sonoras bofetadas en el rostro del yanqui que queda estático sin saber qué hacer. Ha sido suficiente. Los otros obreros la emprenden a puntapiés y a puñetes contra el gringo que ha demudado de color.

A los desesperados gritos del gigantesco norteamericano, ha acudido con presteza el vigilante de la Estación: Cecilio Salazar, admirador incondicional de los yanquis que, ciego de ira, procede a castigar a los hombres con un tremendo zurriago que usa para azotar a los obreros. Los peones le arrebatan látigo y bajándole los pantalones flagelan sin misericordia sus carnes descubiertas. Entre tanto, Doolan, presa del terror, ha huido a campo traviesa y de unos barracones envía a dos jinetes para que pidan auxilio a las autoridades cerreñas.

En el campamento, gritos unánimes estremecen el dolorido escenario. Los hombres de la ruta vivan emocionados a Melchor Gamarra. Las manos tiemblan coléricas de emoción, los ojos llamean desafiantes. Cada uno de aquellos hombres que hace un momento estaban compungidos y azorados, ahora sólo anhelan seguir a su líder. Detienen a los capataces serviles de los gringos y proceden a destrozar las instalaciones del campamento en protesta por el abuso de que han sido víctimas.

Las horas han transcurrido raudas en todo este ambiente de indignación y venganza, cuando en medio del griterío, una voz alarmada acalla a las demás:

— ¡¡La caballería!!… ¡¡la caballería!!

CONTINÚA…

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