MELCHOR GAMARRA Nuestro primer mártir obrero (12 de junio de 1904) (Segunda parte

Melchor Gamarra 2Delante del grupo de hombres armados, hombres de la Guardia Civil están el subprefecto, Enrique Frías y el Inspector Policial de Unish, Agustín Bustamante. También están, los ingenieros Donald Harrison, Wilhelm Hartmann, William Higgin y George Frott. Todos están muy bien armados. Sofrenan sus cabalgaduras entre una nube de polvo y la voz retadora del subprefecto:

— ¡¡¡Qué pasa aquí, carajo!!! – las palabras estallan como bofetadas en el rostro de los peones. Éstos, con la indignación en los ojos, se arremolinan en derredor de los recién llegados.

— ¡¡¡He preguntado que quién es el causante de todo esto!!!

— ¡Yo! – la voz decidida de Melchor Gamarra ha originado un silencio expectante.

— ¿Ha sido Ud. capaz de originar semejante motín?

— Sí.

— ¿Por qué, so indio atrevido?

— Porque estos gringos abusivos han herido gravemente a nuestras mujeres e hijos…

— No venga usted con cojudeces, carajo… ¡ha sido un accidente!

— ¿Usted lo ha visto?

— No, pero…

— Entonces no puede opinar al respecto. Es necesario que alguna vez nos escuche a nosotros los peruanos. Necesitamos que alguien haga justicia en este lugar.

— No les haga caso, señor subprefecto. Estos hombres son unos levantiscos y atrevidos. Los jefes no son abusivos. Son buenos. Yo conozco a mister…-¡Fuera!, ¡Silencio!, ¡Vendido!… ¡¡Vende patria!!… las voces obreras cortan las frases del Inspector Policial de Unish que, acomodaticio y minúsculo, aboga por sus amos.

— Digan lo que digan, jamás permitiré una asonada – grita el subprefecto- ¡no voy a escuchar a unos vulgares indios atrevidos! ¡Todos irán a secarse a la cárcel!

Fue suficiente.

Los hombres indignados proceden a apedrear a las autoridades; en respuesta, de la boca de los máuseres una nutrida lluvia de plomo los hace huir en busca de escondites de donde arrojan piedras, palos y toda clase proyectiles.

La lucha es desigual.

Iracundos y ágiles como jaguares, los peones, van rodeando a las autoridades, cerrando el cerco poco a poco. Aprovechando la confusión en filas yankis, arrebatan sus armas a dos policías y a culatazos los dejan tirados, sin sentido. Comienzan a disparar sorprendiendo al enemigo que huye a campo traviesa hasta la Villa de Pasco. El norteamericano Peroy Boyd, armado de una carabina y atrincherado en un lugar estratégico, cubre la retirada de sus parciales.

Cuando ya parecía inminente el triunfo de las fuerzas rebeldes, un pelotón de veinte policías armados, enviados por el secretario de la subprefectura, irrumpe en el escenario. El jefe es el tránsfuga Zachary Doolan, que rehecho de su cobardía, va delante del grupo. Al entrar galopando en el centro del campamento, un acertado balazo hace caer al malvado con el hombro destrozado. La balacera es general entre las dos fuerzas. Sólo dos fusiles rebeldes, parcos pero diestros, mantienen en jaque a los extranjeros. En medio de la desigual trifulca logran desarmar a dos guardias y ya son cuatro fusiles obreros, pero la superioridad numérica del armamento se hace sentir. En un instante han caído seriamente heridos los peones Manuel Rojas, con un tiro de rifle en el hombro y Calixto Sánchez, con la pierna astillada de un balazo. Las descargas son continuas, y en muchos casos, acertadas. Santiago Buendía, lugarteniente de Gamarra, tiene partida la frente; se sostiene la cabeza con las manos. Rostro y vestiduras están ensangrentados. Parece una marioneta tambaleante; se ladea a la izquierda y a la derecha; se inclina fuertemente hacia delante y luego se sacude hacia atrás. Su indómito valor le exige a seguir luchando en los umbrales de la inconsciencia. Camina un largo trecho y, luego, rendido, cae grotesco y exangüe.

Durante todo ese tiempo el tiroteo ha sido continuo. Un tropel más de hombres venidos del Cerro de Pasco, como fantasmagóricas apariciones, arremeten contra los obreros que se defienden. En medio de una polvareda originada por la caballería se han enfrentado en una lucha sin cuartel.

No obstante la avasalladora superioridad, los peones se defienden como fieras siguiendo a su adalid. En un instante de dramáticos contornos, los fusileros norteamericanos, pie en tierra, hacen una cerrada descarga que destroza al generoso corazón del caudillo cerreño. En ese momento, la lucha termina. Los bravos peones al ver la muerte de Melchor Gamarra, comienzan a huir para salvar sus vidas. Lo propio hacen las mujeres y los niños. Los pocos combatientes que quedan luchando o heridos, son hechos prisioneros.

A la llegada del Superintendente de la compañía norteamericana, Dennis Blackford, el Juez de Turno levantó un acta consignando la muerte de los obreros Melchor Gamarra y Santiago Buendía así como de todos los heridos. Por expresa disposición del Superintendente norteamericano,  la aprobación del Juez, del Prefecto, del Subprefecto y demás autoridades del gobierno, todos aquellos hombres –maniatados y ensangrentados- fueron despedidos del trabajo e inmediatamente recluidos en la cárcel central del Cerro de Pasco.

Estos luchadores estuvieron encarcelados cuatro años. Al final, salieron con la frente alta. A la puerta de la cárcel, estaban esperándolos sus compañeros de lucha con banderas y pañuelos en alto. En todo ese tiempo no los habían olvidado. Era gente cerreña, gente brava e indomable que con Melchor Gamarra a la cabeza, había peleado valientemente por vengar una infamia y un cruel abuso. Había peleado contra esos gringos abusivos, contra el gobierno, sin importarles de la clase que fuera, porque a través de toda la historia, los gobiernos sólo se acordaron de los “cholos cerreños” para bajarlos a las minas como topos, para hacerlos morir en las oquedades en la incesante saca de riquezas que otros aprovecharon, para la recaudación de impuestos, para reclutarlos como “contingente de sangre” y enviarlos como carne de cañón a las fronteras. Ya era hora de que pelearan por su libertad. Ese día lo hicieron. Aquellos héroes sembraron las semillas del sindicalismo en el Perú: Melchor Gamarra y Santiago Buendía, los primeros mártires de la lucha laboral del Perú.

FIN…..

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