LA MUERTE DEL MATÓN

la muerte del matonEl Club Juventud Cerro, más conocido por sus siglas C.J.C, fue una institución pujante y dinámica que había nacido como acto contestatario a la anquilosada tradición de los viejos y conocidos clubes cerreños. Estos círculos como el Club de la Unión, Centro Social Cerro de Pasco, Unión Copper, Team Cerro, etc. eran completamente elitistas y excluyentes con una regla muy rígida para su membresía. Así, cuando efectuaban una  fiesta, por ejemplo, la invitación era enviada al titular; si éste no asistía, ninguna persona, así fuera el hijo o pariente más cercano, podía reemplazarlo. Eran muy estrictos. Eso exigía que a las fiestas tuvieran necesariamente que asistir los viejos troncos familiares que, en consideración a las noches frías y demás obstáculos, no iban, dejando con los crespos hechos a los hijos. Por esta exclusivista razón, los muchachos cansados de tanta exigencia decidieron fundar una institución donde los viejos nada tuvieran que hacer. Así nació el C.J.C.

Desde sus primeros momentos, el éxito coronó todas las expectativas: la totalidad de socios eran jóvenes. Hombres y mujeres. Sus afiliados llegaron a ser tan numerosos que en poco tiempo adquirieron mobiliario ad hoc y convirtieron una casa que don Elías Malpartida les cediera en el Parque Centenario en un lugar placentero y cómodo. Sus fiestas –por otro lado- eran las más sonadas y espectaculares del medio. No había cumplido un lustro y era la más notable de las instituciones juveniles.

Así las cosas, el sábado 13 de setiembre de 1943 se realizó la fiesta de confraternidad de socios y amigos del Club.

El baile amenizado por la orquesta Paredes había largado con toda puntualidad a las diez en punto con el consabido paso doble. Todo transcurría exitosamente cuando se presentó, con unos tragos de más, Francisco Otiniano, un hombre de elevada talla y complexión atlética al que, como era de rigor, se le reclamó su correspondiente invitación. Éste no sólo no tenía la tarjeta correspondiente sino que en el colmo de la prepotencia quiso ingresar a empujones. Los encargados de la recepción se lo impidieron, entonces con palabras mal sonantes y a grito pelado comenzó a insultarlos, originando un pugilato en medio de un griterío incómodo. En eso, haciendo uso de la fuerza, cuatro mocetones de la comitiva de recepción lo bajaron en peso al primer piso. Esto no fue del agrado del soez metiche que siguió profiriendo insultos y agravios a los vigilantes de la puerta. Ante el escándalo soberano muchas parejas del interior asomaron por las amplias ventanas que da al ingreso y lo vieron partir haciendo aspavientos e insultando a todo el mundo. Un rato más tarde todo quedó tranquilo por lo que siguieron bailando alegremente.

Era las dos y media de la mañana del día siguiente, cuando se armó un barullo a la puerta del local. Habían encontrado yaciente sobre un charco de sangre a Francisco Otiniano Arana. Allí estaba tirado cuando grande era roncando y con escasas señales de vitalidad. Aquella noche, entre los invitados, estaba el comisario del lugar, teniente guardia civil Leopoldo Sánchez que ordenó la inmediata remisión del herido a la Asistencia Pública ubicada en el primer piso del Edificio Proaño. Allí fue atendido por el doctor Hipólito Verástegui Cornejo que tras efectuarle las primeras curaciones de urgencia, dispuso que por el estado comatoso en que se hallaba, fuera remitido al Hospital Carrión donde fue alojado en la cama Nº 4 de Cirugía. En unas horas le practicarían una curación más especializada. No pudo ser. Falleció a las 6.30 de la mañana del domingo 14.

El lunes a las doce del día, se realizó la autopsia del cadáver ante el  juez instructor, doctor Rosendo Paiva Araoz, practicada por los doctores, Ángel Madrid Dianderas e Hipólito Verástegui Cornejo. El resultado fue: Muerte por factura en la base del cráneo.

Inmediatamente se realizó una prolija investigación ocular en el escenario del accidente y se interrogó a las personas que esa noche habían estado presentes. Todos los testigos confirmaron su desatinada accionar de aquella noche, de las palabras soeces que sin miramientos expresaba a viva voz; de la urgente necesidad que tuvieron los miembros de la comisión de recepción para desalojarlo. Más de uno afirmó que, sentado sobre la balaustrada del balcón interior que daba al patio interno –su talla descomunal se lo permitía- dirigía piropos subidos de tono a las muchachas que necesariamente tenía que pasar por ese lugar para ir al baño y no contento con eso, con palabras altisonantes insultaba a los que mal quería. Todos quedaron extrañados cuando, de repente, todo quedó tranquilo en el lugar; pasados unos momentos una pareja de jóvenes lo encontró tirado debajo del balcón, manando abundante sangre  por los oídos y la boca. Ya casi no tenía signos vitales.

De todos los comentarios expresados por los testigos se dedujo que, en un momento, debido a su talla descomunal había caído del balaustre hacia el empedrado patio interior. Una declaración que dejaba entrever que alguien lo había empujado al pasar, desapareció como por encanto. No se volvió a mencionar el comentario. La policía tuvo que concluir que la víctima, “…al perder el equilibrio por su avanzado estado de embriaguez había caído al piso empedrado del primer piso quebrándose el cuello”. Todos asintieron en silencio que eso es lo que había ocurrido. Por mucho tiempo los malintencionados  mencionaron los nombres de las personas “que lo habían empujado al pobre hombre”. El caso es que todo quedó en nada. De la indagación se sacó en claro que el occiso, Francisco Otiniano Arana, de treinta años de edad, era natural de El Callao de donde había venido dos años antes; que era integrante de la policía particular de la compañía norteamericana en condición de “Wachimán”; que era socio del “Sport Peruano”, destacado equipo de básketbol. De 1.80 de estatura y muy  belicoso y pleitista. Numerosas eran las quejas que la policía había registrado en la comisaria de la calle Parra donde en más de una oportunidad había amanecido detenido por armar grandes escándalos.

El día de los funerales, una abrumadora cantidad de personas acompañaron el entierro. Había enorme cantidad de oletones y curiosos. Sacado el ataúd del Club Centro Peruano donde había sido velado bajo severa capilla ardiente, las cintas fueron llevadas por los señores Julio Vera Martínez, Francisco Fretell, Hermógenes Oviedo y Alfredo Lavado. Fueron numerosas las coronas de flores que hicieron llegar. En el cementerio dijeron sentidas oraciones por el difunto, don Isaías Malpartida a nombre del Club Peruano; el señor Aurelio Sáenz por sus compañeros de trabajo de la vigilancia y por el señor Juan Rodríguez, a nombre de sus amigos. Todos, sin excepción dijeron que en vida había sido un gran hombre al que le recordaría por mucho tiempo.

A parte de los severos informes de la policía y de los médicos, muchos se habló a partir de entonces y, como si aquella muerte hubiera desencadenado una maldición, no obstante el celo de sus directivos, el club fue muriéndose lentamente. Los socios, movidos por una extraña decisión dejaron de asistir  hasta que el club desapareció originado por el ausentismo de sus socios y amigos que antes habían sido numerosos.

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