“Entonces te secarías” (Huaino de Don Andrés Urbina Acevedo)

Entonces te secariasNació el 10 de noviembre de 1902. Fueron sus padres don Silverio Urbina y  Quintina Acevedo. Fue el más emblemático creador de huainos y mulizas con las que describió el drama y la belleza de su pueblo querido, el Cerro de Pasco. Tuvo numerosas creaciones musicales que el pueblo minero guarda con estremecedora reverencia. El que publicamos refiere a los pilones que se instalaron en la ciudad (1913) para dotar de agua potable al pueblo que –como se ve- armaba interminables “colas” para obtener el líquido elemento. Este es uno de los retratos musicales que nos dejó don Andrés.

Entonces te secarías….

(Huayno)

“Huayllumaspaiqui”, cholita,                   “Huacchallapis” limpiecito

cuando vayas a la pila,                     tu cariño me has de dar;

cuidado “chinchiranquiman”                    entonces, “sapallayquita”

mientras el agua destila.                           en mi pecho he de llevar.

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Capaz “huasharrimacuna”                        Si “llapanuhuan asicunqui”

¡Ay! te puedan confundir                          cuyaynita ¡Ay! perderías

coquetas chinacunahuan                           chaquipila, yacunupis,

que a las pilas suelen ir.                            entonces te secarías.

 

ESTRIBILLO

       Con tu balde de agüiita,

          “sumaj-uroy” “cutimuptin”

           no te muestres a sus ojos

           “yuraj huayta” coronita.

       

EL CAMPEÓN “RACHI” CASAS

el rachi casasFue el imbatible vencedor de todas las pruebas pedestres que se realizaron en la capital minera en el lapso que va de 1920 a 1947.  Cada 30 de julio era el vitoreado triunfador del circuito pedestre de Patarcocha que con motivo de fiestas patrias organizaba la Municipalidad.

De pequeña estatura, fuerte como un roble, disciplinado y metódico en su vida privada, odiaba el cigarrillo, el alcohol, las mujeres y las trasnochadas. Sus diarios entrenamientos en medio de una frígida niebla de muchos grados bajo cero, venciendo las quemantes esquirlas de las heladas o el silencioso caer de la nieve, le facilitaron alcanzar un envidiable estado atlético que le permitió acumular, además de incontables diplomas, 84 medallas de plata, una artística copa de plata bruñida en estuche de fina madera acolchada con pana roja, ganada en 1928 y, un hermoso reloj de oro obtenido en 1937.

Nacido en 1904 en el distrito de Aucas de la provincia de Jauja, fue traído por sus padres a las minas cerreñas cuando éstas iniciaban el boom del cobre en el centro del Perú. Aquí dio sus primeros pasos, y al cumplir los quince años fue incluido en el flamante equipo del Club Unión Esperanza. Allí alternó con el Serafín “Togro” Rojas Montero, Ricardo Arauco, Miguel Velásquez, Julio Wilson, Fortunato Salvador, Froilán Espíritu, Teófilo Dorregaray y muchos otros cracks de aquellos tiempos. Su nombre completo era Francisco Casas Vizurraga, pero los aficionados cerreños lo conocían por su popular apodo: RACHI; El “Rachi” Casas. Su rostro devorado por una feroz viruela, había dejado la secuela de una serie de agujeros en toda la extensión de su faz cruelmente maltratada, semejante a la irregular superficie de un mondongo de res que recibe el nombre de rachi. Pero el mote, lejos de incomodarle, lo distinguía. En su rostro damnificado, sus ojos diminutos y juguetones brillaban con destellos de vitalidad envidiable.

Su fidelidad al club que lo recibió muy joven, fue proverbial. En cuanto duró su vigencia deportiva de jugador excepcional, jamás cambió de camiseta; sólo la aurinegra de La Esperanza y, una que otra vez, la de la selección del Cerro de Pasco. Nunca otra camiseta, ni siquiera de refuerzo.

Lo conocí personalmente y conversamos con él cuando llegaba hasta nuestro “camerino” –un rinconcito querido en el viejo estadio de Patarcocha- y nos desafiaba  a los integrantes del “Estudiantil Carrión” a dar “unas cuantas vueltas a la laguna”.  Él, sexagenario y todo, lucía todavía un físico y una pujanza envidiables. Nos hablaba de sus numerosos éxitos en canchas de Huancayo, Jauja, Tarma, Huánuco, la Oroya, Smelter, Goyllar. Nosotros lo escuchábamos reverentes –aquellas épocas se respetaba a los ancianos- mientras bebíamos un café caliente con emparedados  de jamón que el viejito Solís y su esposa nos brindaban.

Han pasado muchos años pero todavía nos emocionamos al recordar a este viejo crack de nuestro fútbol, figura indiscutible del atletismo.

De repente lo dejamos de ver como si la tierra se lo hubiera tragado. Nadie habló más del veterano campeón. Yo presiento que al sentir el peso de los años y la incomodidad de la altura, retornaría a su tierra para morir en paz. No sé. En todo caso. Mi homenaje a su memoria.

 

El juicio infame a un hombre extraordinario

juicio infameEl comandante chileno Ambrosio Letelier, convencido que el decreto que acababa de publicar produciría positivos efectos para sus intereses personales, se apoltronó en la butaca de su despacho para releer el decreto a la espera de los resultados. Sabía que la severidad impuesta con la orden de recorrer toda la ciudad para arrancar sus pertenencias de valor le daría óptimos resultados. Estaba seguro que su Decreto, le permitiría conocer sin mayor apremio el nombre de las personas que contaban con riquezas ocultas. No se equivocó. Aquella tarde que prome­diaba el mes de mayo de 1881, su ordenanza le comunicó que un ciu­­­­da­dano quería hablar con él. Cuando lo tuvo enfrente, con una severidad que pretendía amedrentar a su interlocutor, inició el diálogo.

– ¿Cómo se llama usted?.

– Simón Cafferata, signore.

– Ajá… ¿Es usted cerreño?.

– Ma ¿Cómo?… io sono italiano. Di Nápoli.

– Bien, y ¿Qué es lo que desea comunicarme con tanto apre­mio?

– Es el caso, mi comandante, que ayer recibí una notificación de questa comandancia militar para aportare con treinta mil soles co­mo contribuzione de guerra para el ejército de Chile…

– ¿Y?…

– Io, signore comandante, -dijo demudado el hombre- apenas si tengo algunos bienes en mi poder…muy pocos, claro está…pero éstos, con molto piacere los pondré a disposición del ejército vincedore…

– Muy bien… Veo que ha leído usted el Decreto que acabamos de publicar…

– Sí, claro, sí… mi comandante… De eso quiero parlare.

– Bueno, pues…hable.

– Quiero ampararme en el artículo 8º del Decreto…

– ¿Sí?… ¿Va a denunciar a alguien?.

– Así es, mi comandante…Conmigo no sacarían nada aprecia­ble, en cambio, si ustedes acceden a perdonarme la mía cuota, io es­ta­ría dispuesto a proporcionarles unos datos que les acarrearía una notable cantidade de dinero…

– Bien… ¿Cuál es ese dato? -dijo el invasor remarcando cada una de sus palabras con el ánimo de intimidar al delator. Cuando preso de pánico este enmudeciera, una orden cortante y conminatoria se hizo escuchar- ¡Hable!.

– Mi comandante -comenzó a tartajear el felón-  aquí en el Cerro de Pasco, il mío paisano, no sólo es uno de los más ricos sino que alienta un odio feroce contra ustedes los chilenos….

– ¿Por qué?.

– Perché cuando se inició la guerra hace dos años, él fue el primero en alentare y contribuire para que de aquí partiera un grupo de voluntarios. Dejó sus buenos dineros para comprar armamento y el uniforme de la Columna Pasco… No sólo es eso, cuando ustedes, los triunfadores, estaban a punto de entrare en Lima, él y algunos mineros y comerciantes más, acotaron dinero para enviar otro grupo a San Juan y Miraflores… Todavía les regaló una bandera de guerra mi comandante…

– ¡¿Quién es ese hijo de perra?!!! -chilló el comandante.

– Mi comandante… io quisiera que…

– ¡¡¡¿Quién es?!!! -un brillo satánico hizo resaltar sus ojos de acero bajo las espesas y entrecanas cejas.

– Mi comandante, questo io…

– ¡Maldición!… Le concedo un minuto para que me dé el nombre del italiano ése. -extrajo su reloj y lo puso sobre la mesa y poniéndose de pie continuó- Si en ese minuto no me dice ese nombre, lo haré fusilar sin consejo de guerra…¡¡¿Me ha oído?!!.

– Ma signore comandante… questo es un caso molto …delicato -Seca la boca, tembloroso y pálido cayó de rodillas en un tardío arrepen­timiento y con voz quebrada por el pánico sólo alcanzó a musitar: perdóneme.

– Se ha cumplido el minuto.

– Per San Genaro!. Signore Comandante….no me acuse…lo diré tutto.

– Hable.

– Il mío paisano se llama Emmanuele Chiessa.

Aquella misma tarde, en medio de una conmoción general, el respetable y querido ciudadano italiano, fue detenido por el Ejé­rcito de Chile.

Instalado el Consejo de Guerra en la primera sala del hos­pital La Providencia, una gran cantidad de gente se encontraba en las afueras pugnando por entrar a ver como se consumaba la infamia contra un hombre noble. A la puerta del cuartel general, sacudiendo las enormes cancelas de hierro, se encuentran en pleno los miembros de las colonias italiana, francesa, austro – húngara, etc. A grandes voces hacen escu­char su protesta, y todos a una, piden justicia. La fuerza del ejército chileno que controla la calle del hospital, se encuentra impo­ten­te para calmar a aquel gentío pugnaz que reclama la liber­tad del italiano.

Adentro, sin hacer caso al tumulto que se ha formado, Lete­lier ordena al mayor Barahona, inicie el juicio del inculpado for­mulando la acusación pertinente.

– Al ciudadano Emmanuele Chiessa, natural de Como, Italia, le acusa el Ejército de Chile, de haber propiciado la formación de cuatro compañías de voluntarios aglutinados en la llamada Columna Pasco para que fueran a luchar en contra del Ejército de Chile. Él, no obstante su condición de extranjero, sin respe­tar su naturaleza de «neutral» en el conflicto bélico, financió con sus propios peculios y el de otras personas de diversas nacionalidades, la compra de uniformes, armamento y vituallas contra el Ejército de Chile. Fracasada la primera oleada de voluntarios, insistió en armar otro contingente para que fuera a defender a Lima. El esfuerzo realizado y el enorme capital destinado a este desempeño reflejan su encono en contra del gobierno que nosotros representamos.

Tras estas acusaciones la gente procedió a gritar y a arrojar piedras en contra del cuartel chileno. Los soldados tuvieron que efectuar disparos al aire en tanto la caballería dispersaba al pueblo a punto de sablazos.

– Inicie el interrogatorio para los descargos -ordenó Letelier.

– Bien, mi comandante. Señor Emmanuele Chiessa, lo que acaba usted de escuchar, es el contenido de una acusación escrita y firmada por tres respetables ciudadanos: Simón Cafferata, Nicola  Vattuone y Pedro del Solar… ¿Qué puede decir en contra de estas graves acusaciones?.

– Nada puedo alegar, signores -su voz es un hilo de abati­mien­to- Lo que mis acusadores han firmado, es la veritá. (la verdad). Tutti lo saben.

– ¿Así que no lo niega? -remarcó Baharona.

– ¡Claro que no!… Ma (pero) lo que hice signori, de ninguna manera es un delito… Tienen que comprenderme… Hace 32 años que vivo en questa bendita cittá (ciudad); aquí llegué molto povero (muy pobre), pero gracias a la gente cerreña que me ayudó tanto, alcancé la mía prosperidad… Io sono felice. (Yo soy feliz).

– Por favor… Limítese al contenido de la acusación… Nada más -gritó Letelier.

– Es que en questa tierra encontré la mía felicidad… aquí me casé con una donna (mujer) cerreña… aquí han nacido las mías figlias (hijas)… aquí he dejado mi juventud y mi vida… Todo lo que io sono se lo debo a esta buena gente a la que quiero tanto…

– ¡¡¡¿Confiesa usted haber ayudado al ejército peruano siendo usted italiano?!!! -gritó Baharona fuera de sí con la intención de cortar la emotiva intervención del italiano.

– Aquí, Io sono felice… Jamás puedo essere (ser) desagradecido…

– Ya, déjese de estupideces o lo condenaré sin escuchar descargos -intervino conminatorio Letelier a punto de perder los papeles.

– ¿Confiesa usted haber ayudado al ejército enemigo? -apre­mió el mayor Baharona.

– ¿Enemigo?… ¿Cuál enemigo?… Los peruanos son mis ami­cos, mis mejores amicos (amigos)… Los peruanos son mio fratelli, mis hermanos.

– ¿Así que usted ha ayudado a sus «amicos»?.

– Ecco, sí, claro que los ayudé… Cuando mis 220 hermanos de la Columna Pasco murieron en las fronteras, no pude menos que ayudar a la formazione de un segundo contingente para la defensa de Lima. He sido padrino del batallón Pasco y he dado il mío dinero para la compra del equipo necesario… ¿Qué iba a hacer?… ¿Qué iba a hacer?… Io no pude marchar porque no veo a dos varas de distancia… Ya estoy viejo… Si no, Io también habría partido a luchar a las fronteras…

La emoción con la qué habló Emmanuele Chiessa, conmovió a toda la sala que se sumió en un silencio dramático, cargado de estupor e indignación. El comerciante italiano parecía un niño. De su pronunciada calva, gruesas gotas de sudor bajaron por su frente. Sus miopes ojillos claros y asustados, buscaban entre las sombras del recinto la comprensión de alguien, el alien­­to de sus amigos. Sus manos regordetas le temblaban al apre­tu­jar su gorra de lana. Afuera las voces gritaban su protesta. Todo el Cerro de Pasco estaba allí afuera.

Las personas, mayoritariamente extranjeros clamaban justicia a gritos. Es entonces que Letelier, indignado, conminó a Barahona para que pronunciara la sentencia:

– Vistas las acusaciones debidamente comprobadas por propia confesión del acusado, de haber ayudado al ejército peruano en contra del chileno sin observar la debida neutralidad que su condición de extranjero le obliga; este consejo de guerra condena a Emmanuele Chiessa, a ser fusilado en la plaza Chaupimarca, el 17 de mayo de 1881, a las siete de la mañana.

Al oír la sentencia, Emmanuele Chiessa se puso de pie, tembloroso, mirando a su alrededor, buscando los ojos amigos que lo alentaran. Buscaba una explicación a lo que estaba ocurriendo. La voz se le había ido como por encanto. No podía articular palabra; tan solo sus manos, como la de una marioneta desesperada, trataban de explicar su atolondramiento. Un peso supe­rior a sus fuerzas doblegó sus piernas que le hicieron caer sentado sobre su silla, así sentado, un solo sollozo apremiante y lastimero sacudió su cuerpo abandonado y malamente castigado. Con la cara entre las manos y llorando copio­samente repetía incesante.

– Dio, Dio!… ma, perché? … perché?.

Cuando los centinelas chilenos lo tomaron por los brazos, las voces de las gentes cerreñas se hicieron incontenibles, fie­ras, retumbantes.

Aquella noche, el Cerro de Pasco no durmió.

Indignados por el abuso que los invasores estaban cometiendo y enternecidos por la dramática situación del bondadoso italiano, todos los hombres y mujeres, extranjeros y peruanos, decidieron en­con­trar una salida a la gran situación en la que se hallaban entram­pados. Estaban conscientes que contaban con solo 72 horas para proceder. Un viaje a Lima para solicitar la intercesión de las autoridades del caso, sería demasiado largo. Sabían que el contralmirante Patricio Lynch no había logrado poner en vereda a Letelier. El tiempo apremiaba. Sólo había una salida: comprar la vida del condenado. Con esa misión, un grupo de hombres nota­bles del Cerro de Pasco, decidió entrevistarse con el jefe chile­no. Presididos por el austriaco Juan Ciurlizza, los cónsules ex­tran­jeros en pleno, se hicieron presentes en el cuartel general.

– He accedido a esta entrevista con ustedes, como una muestra de mi especial deferencia para la gente neutral que habita esta ciudad. ¿En qué puedo serviros?.

– Señor comandante, venimos a abogar por la vida del ciudadano italiano Emmanuele Chiessa…

– ¿Cómo… no están enterados que ayer fue juzgado impar­cial­mente y fue hallado culpable por su participación en contra de Chile? ¡Será fusilado a las siete de la mañana!

– Así es, comandante. Aún en la convicción de que se ha procedido con arbitrariedad, venimos a interceder por su vida…

– Señores. Ya el juicio se ha realizado. Este es un tribunal castrense que no conoce de apelaciones por la situación en que nos encontramos y la sentencia ha sido dictada…

– Comandante: En nombre de las naciones neutrales que se hallan agrupa­das en sus correspondientes consulados, nos permitimos ofrecerle el pago de una justa indemnización al ejército de Chile por la «falta» cometida por el ciudadano Emmanuele Chiessa.

– Ajá… ¿Y cuánto creen que vale la vida de un enemigo de Chile?.

– Pedimos que sea usted el que fije el cupo ya que, influen­cia­do por las circunstancias, él ha actuado en forma que lo ha hecho. Y…

– Miren señores. Ayer se ha debatido el caso hasta el can­san­cio; no quisiera tener que revivir situaciones enojosas y ridículas. El Ejército de Chile, en tanto dure su permanencia en el Cerro de Pasco, será inflexible y severo contra los que aten­ten contra la integridad y constitución. Ya han visto cómo los que han atentado contra nuestros hombres han sido pasados por las armas…

– Es un pedido de gracia el que venimos a formularle coman­dan­te. Está en sus manos el evitar que se dé muerte a un hombre bueno -suplicó el patriarca austriaco.

– ¡¡¡Cincuenta mil soles!!! -sentenció Letelier con la idea de que el monto haría desistir a sus peticionarios. Para que no hubiera duda agregó -Ni un centavo menos… A las siete de la noche debe estar el dinero aquí, contante y sonante; caso contrario, está frito el bachiche!!!

Sin oportunidad de formular regateos, Letelier se puso de pie y haciendo una desdeñosa reverencia se retiró del recinto. Los miembros de la comisión, sorprendidos por el cariz que había tomado la situación, no supieron qué hacer de inmediato. Sólo más tarde, con la tranquilidad necesaria, comenzaron a hacer lo único que les quedaba: una erogación para reunir el rescate solicitado.

Hombres y mujeres del Cerro de Pasco, imbuidos del más fraternal espíritu de solidaridad, trabajaron aquél día como nunca lo habían hecho. A las seis y cuarenta y cinco, contenidas en bolsas de lona, pusieron sobre el escritorio del jefe chileno la cantidad de cincuenta y un mil soles de plata de nueve décimos. Simultáneamente, un propio, portando una carta acusadora firmada por los cónsules extranjeros, viajaba a caballo a Lima.

Aquella noche, fue la más hermosa en la vida de Emmanuele Chiessa. De rodillas agradeció al Todopoderoso su conmiseración y sobre todo haber sido objeto de una hermosa solidaridad amical.

Emmanuele Chiessa, había salvado la vida.

(Del libro Columna Pasco)

libro la columna pasco

CUANDO LLEGARON LOS INVASORES (Segunda parte)

Cuando llegaron los españoles 2

——– Sean bienvenidos a estas tierras de Puntac Marca –dijo el viejo apucuraca- Nuestros corazones rebozan de alegría de tenerlos y de urgencia de servirlos. Somos hombres de paz. Sólo cuando fuimos atacados blandimos nuestras armas y guerreamos. Nunca ambicionamos nada que no fuera nuestro, porque con lo que tenemos nos basta para vivir en paz. Por eso, con la misma diligencia conque servimos a nuestro inca, señor de estas tierras, ahora les serviremos a ustedes; voluntariamente porque representan a nuestro emperador, Rey de las Españas. Todos los que aquí vivimos les damos la bienvenida y nos ponemos a su servicio para lo que deseen mandar.

La especial deferencia y tino conque el Apucuraca habló fue del agrado de los visitantes que se encontraban conmovidos por la hospitalidad y admirados por la magnitud de lo que veían. A una invitación del anfitrión, subieron por la aliñada escalinata de la enorme fortaleza de Puntac Marca: “La ciudad cumbre”. Escoltados por los notables del predio llegaron a la cima donde quedaron extasiados. A su vista se extendía una ciudadela fortificada con enormes muros de contención trabajados en piedra. Ocupando el centro de la llacta, el palacete donde residía el apocuraca y la nobleza provinciana; rodeándola, las viviendas de los principales en niveles superpuestos con decorativas puertas trapezoidales y compactos techos de ichu salvaje. “Esta parte es llana y empedrada de guijas; alrededor de ellas hay cuatro casas de señores que son los principales de la ciudad fortaleza –dice el cronista anónimo-  labradas y de piedra, la mejor de ellas es del apucuraca viejo, la puerta es sólida y tiene otros edificios y azoteas muy de verse. Hay en esta fortaleza, otros muchos aposentos con sus ventanas grandes que miran hacia el resto del campo de leguas y leguas de distancia, cubierto de ganado que les sirve para su alimentar y comercio con otras gentes que andan por estos lares de frío”. Inmediatamente después, una cadena de pirwas o silos que almacenaban alimentos de primerísima calidad;  también, llamas, alpacas, guanacos, vicuñas, en corrales pétreos que rodeaban las pirwas. Hacia afuera, la enorme muralla de piedra que envolvía la fortaleza con una serie de torreones y almenas que permitían ver todo el considerable páramo serrano. La vista que se ofrecía a sus ojos era impresionante. La inmensidad de la pampa salpicada de aldehuelas con casitas de techo de paja y pircas de corrales de mampostería con el ganado del pueblo. Estos animales servían para el sustento y vestidos de las gentes y para el trueque con otras tribus aledañas, a ello hay que agregar el valiosísimo elemento alimenticio que es la sal; con los panataguas y chupachos que le proveían de yucas, ají, arracacha, pescado salado, abundante coca; con los taramas su gran variedad de maíz, zapallos, lúcumas, paltas, pacaes, mangos, achiotes; con los pumpus, la vivificante y poderosa maca, el chuño, el tarhui, la onguena, el cushuro el carhui; con los yaros, las papas más sabrosas de la tierra; con los huancas y los xauxas, calabazas, zapallos, ocas, mashuas. El ganado estaba muy bien cuidado por los pastores. Caso de ser atacados por el enemigo, desde la cumbre avisarían para que se guarecieran en la fortaleza los diseminados pastores del llano. Para el aviso de ida y vuelta estarían las “tinyas”.

Con enternecedor comedimiento y  maneras muy señoriales, el apucuraca les invitó a pasar a la sala principal, enorme y bien dispuesta, para tomar sus alimentos. Se sentaron a horcajadas sobre abrigadas mantas de lana que estaban colocadas sobre crespos vellones  abundosos que enmarcaban la mesa gigantesca, uno al lado de otro –españoles y nativos señoriales- en amical compañía. Antes de servir las raciones personales, encontraron sobre el mantel central  abundante cantidad de papas harinosas de diversos tamaños y colores, al lado, pucos repletos de ajíes en su más grande variedad: verde con chincho esmeralda; rojo con achiote como ígneo líquido mantecoso; espeso combinado con challwas secas y molidas aderezado con cochayuyos;  otros pucos especiales con rodajas de rocotos traídos por los panatahuas en sus matices diversos. Sin el ají, no hay comida en estas alturas; con él la sangre se calienta y circula en una fogosa continuidad. El primer plato que trajeron en enormes mates personales, fue un verdadero manjar para visitantes y anfitriones: rodajas de cuello asado de llama acompañadas de papas amarillas; luego otra golosina serrana, ajiaco de seso de paco, una notable delicia, preferida por los más notables, servidos con morayes blancos y esponjosos. Lo que más agradó a  los famélicos extranjeros fue el picante de cuyes con bermejos achiotes; picantes charquicanes; abundante caldo de mondongo con mote reventado de maíces tarmeños; enormes mates de cancha, humitas, ocas, mashuas… todo salpimentado con refrescante chicha de jora serrana. Para finalizar la comilona sirvieron deliciosos dulces de maca, cahui y ocas. Al final, hirvientes mates de infusión de gamatay que, como por encanto, quita la flatulencia de los vientres henchidos y ahítos de comida.

 

Terminado que fue el ágape, el apucuraca dispuso que las mujeres más viejas extendieran abundantes verdes hojas de coca sobre el tapete central a fin de que todos masticaran en señal de buena voluntad. Cumplido el ceremonial,  dijo

— Por largo tiempo hemos vivido pacíficamente con nuestros vecinos y amigos con quienes comerciamos e intercambiamos relaciones fraternales; ellos nos traen sus productos y nosotros les damos los nuestros; nunca tuvimos problemas con nadie. Nunca. Sólo cuando nos atacaron, primero nos defendimos y luego los exterminamos. Así ocurrió cuando los cusqueños quisieron avasallarnos. Jamás lo permitimos. Sólo cuando vinieron en son de paz y amistad los recibimos con regocijo. Eso es lo que hizo el inca. Nos envió muchos presentes con sus guerreros; sólo entonces pudimos entrar en acuerdo con ellos y servir al inca; por eso es que ahora con la mejor buena voluntad les ofrecemos nuestra amistad y nuestra obediencia para que ustedes puedan tomar posesión de las tierras que les plugiera coger.

— Es también nuestro deseo –dijo el jefe expedicionario- que nuestras relaciones sean siempre amistosas y de mutua cooperación. Bien saben ustedes que todas estas tierras han pasado a ser propiedad del rey y Señor de las Españas, representado por don Joan Tello de Sotomayor, a cuyo nombre tomamos este pueblo, porque mediante disposiciones especiales, en reconocimiento de nuestros servicios, nos han mercedado estas tierras de las mismas que ustedes pasarán a ser servidores.

— Esa es nuestra disposición. La obediencia.

— Bien, lo que nos interesa, apucuraca, es la plata que ustedes poseen en abundancia y por lo que hemos visto, las trabajan admirablemente.

— Sólo la utilizamos para algunos adornos para nuestras mujeres y dignatarios, esculturas de los dioses incas que fueron llevados en abundancia al Cusco y vestiduras de los nobles señores gobernantes. Nuestros dioses jamás lo necesitaron; ni Huallallo Carhuancho, ni Libiac Cancharco, ni Yanamarán…

— ¿De dónde sacan esa plata de extraordinaria calidad?

— Del cerro que esta enfrente, se llama Golgue Jirca, “Cerro de Plata”.

— ¡Queremos trabajar esos yacimientos…!

— Si así lo determinan, les proveeré de hombres necesarios para hacerlo; de acuerdo a la tradición, ustedes buscarán el lugar para erigir sus casas para cuya edificación nosotros también les ayudaremos.

Ese día comenzó todo. La generosa disposición de los naturales, determinó que, sin ninguna medida, les brindaran a los intrusos lo que tanto les obsedía: los metales preciosos en los que los hombres ya eran expertos dominadores: oro, la plata,  cobre y sus aleaciones. Ese día comenzó todo. Los dueños y señores de estas tierras convertidos en vasallos de los aventureros; la desinteresada largueza en oprobioso sometimiento que todavía continúa. Ese día comenzó todo. La cicatera caballada asesina partió a cabalgar por los yermos cerreños, cubriéndolos de sangre y apoderándose de nuestros tesoros. Ese día comenzó todo. Ya estaban en posesión de Puntac Marca y Colquijirca y continuarían con su avance.

 

CUANDO LLEGARON LOS INVASORES

Tres antiquísimas comarcas cercanas, en estrecha sucesión, tuvieron mucho que ver con el  nacimiento al Cerro de Pasco. Colquijirca (“El cerro de la plata”), la admirable ciudadela de Puntac Marca (“Ciudad cumbre”), y la Villa de Pasco. Añejos documentos guardados en el “Garashipo” ancestral, relatan así la llegada de los españoles.

De cómo en Cajamarca los españoles admiraron la abundancia y calidad de los envíos para el rescate del Inca y su viaje a la opulenta tierra de las riquezas inacabables

Cuando llegaron los españolesLos españoles pelaron tamaños ojos cuando vieron aquellos fabulosos cargamentos de oro y plata. Jamás habían presenciado algo igual. Ídolos imponentes con miradas de ágata y rubí; collares de cuentas áureas, enormes como guijarros, alternando con aguamarinas, esmaltes y melanitas; zarcillos de caprichosos diseños trabajados en oro con montura de nácar, coral o venturina; camafeos de veleidosos berilos engastados en oro brillante; recias muñequeras con incrustaciones de pedrería; opulentas galas de  prodigiosa orfebrería de albísima plata; piochas, dijes, prendedores, preseas y aderezos de oro y plata; choclos y guacamayas, ajíes y lagartijas; mágicas mariposas –juguetes de niños nativos- en oro casi transparente que rompiendo leyes físicas se desplazan volando por los aires con gráciles  vaivenes; cántaros, vasos e ídolos de oro; llamas, vicuñas, guanacos, tarucas, challwas, ranas y demás fauna doméstica, asombrosamente labrada en tamaño natural. Todo, todo lo reunieron en una amalgama de ambición y –la codicia sobre la sensibilidad- lo fundieron en lingotes para el reparto. Los libros de entonces detallan lo que le correspondió a cada uno de los intrusos. Es más,  deslumbrados ante la calidad y cantidad de los metales preciosos, averiguaron por todos los medios a su alcance el pozo de donde provenían éstos. Se enteraron que los traían de las alturas del centro. Aquella vez decían que las nuestras eran minas de Jauja, lugar que andando los días recibiría el nombre de Santa Fe de Xatun Xauxa (25 de abril de 1534), el honor de ser la primera capital de la Colonia. Entonces, Francisco Pizarro, deseoso de conocer  el fabuloso filón que tantas grandezas proveía, envió a su hermano Hernando con un séquito escogido de soldados para contactarse con Chalcuchimac, huidizo general que estaba en completo desacuerdo con la determinación del inca de comprar su libertad en lugar de pelearla. Él sabría indicarles el lugar donde se ubicaba el extraordinario venero de metales. La expedición de Hernando Pizarro la integraban catorce jinetes y nueve peones. Entre los principales estaban, Hernando de Soto, Juan Pizarro de Orellana, Lucas Martínez Vegaso, Diego de Trujillo, Luis Mazza, Rodrigo de Chávez, Juan de Rojas Solís y el joven cronista Miguel de Estete.

De cómo entablaron amistosa relación con los tinyahuarcos.

Aquel abigarrado grupo de alucinados avanzaba a duras penas por páramos ignotos donde jamás huellas extrañas habían hollado sus inmensidades. Una espesa ventisca arrastrada por el viento ululante, lanzaba heladas esquirlas que se cebaban de los curtidos rostros barbados. No obstante los gruesos jubones de cuero, los torsos atormentados resistían a calentarse; agarrotados como carámbanos, los muslos y las piernas palidecían bajo las calzas forradas de estameña; dentro de las membrudas botas de sonoros tacones, los pies rígidos y helados apenas si conservaban la vida en su inmovilidad absoluta. Los hombres tiritaban al borde del pasmo. La palidez de estuco pintada por la nivosa altitud hacía aparecer aquellos  rostros fatigados como espectrales visiones de ultratumba. La enervante altura ahogaba los engreídos corazones costeros desbocándolos hasta dejarlos casi sin resuello; por más que abrían con denuedo las bocas resecas y amoratadas, el escaso oxígeno de estos astrales confines, les era dramáticamente esquivo. Martillantes como cilicios, las sienes les palpitaba encabritadas cubriéndolos de sudoraciones frías y agobiantes. Arcadas compulsivas rasgaban sus entrañas porque ya nada tenían que arrojar. ¡Cuánto estaban pagando por aquella irrefrenable avidez! Era una pequeña parte de los primeros 607 conquistadores que habían partido del puerto de Sevilla, constituida por guerreros, hidalgos segundones y villanos deseosos de nobleza: bribones, tahúres, pícaros, tunantes, golfos, rufianes; hombres que habían despreciado los duros oficios para destinarlos a moros y judíos. El común denominador de estos hombres era su plena juventud. Estaban viviendo la edad de las grandes locuras, de la ambición sin freno, de los impulsos renovadores y audaces; soplo juvenil de vida que generalmente desemboca en beligerancia y que en su caso,  les había compelido a venir a América a someter, a cristianizar y a poblar. Para someter utilizaron mortíferas armas de fuego que los naturales jamás habían visto; la pólvora que alcanzaba distancias extraordinarias con balas lanzadas por mosquete y arcabuces, mil veces superior a las hondas, lanzas, masas y porras; el caballo  los obnubiló de terror porque creían que actuando en connivencia con el hombre constituían un solo monstruo. Con el uso de todos estos artelugios supieron ganar nombre y hacienda, es decir: honor y grandeza. Ganaron a los naturales para la iglesia, enseñándoles la doctrina cristiana después de destruir sus dioses e ídolos hechos de oro, plata y piedras preciosas. La cruz estuvo junto a la espada. Para poblar dieron rienda suelta a sus ímpetus juveniles, a su lascivia incontenible que convertía en  pasto de sus apetencias a las hermosas doncellas indianas. Su audacia y su empaque contribuyeron a ello. La abstinencia carnal los había aprisionado en una cárcel de deseos contenidos porque poquísimas mujeres hispanas habían venido con ellos; generalmente esposas y amantes de sus compañeros y algunas meretrices que muy pronto se hicieron de un nombre y un marido. Las indias jamás habían visto a esos hombres extraños, bien parecidos, de luengas barbas, ojos claros y gentil apostura. Cuando estos aventureros recibieron el encargo de afincarse en aquellas soledades rebosantes de oro y plata, no lo pensaron dos veces; las crónicas de Estete lo aseguraban,  los textos de Hernando Pizarro avalaban las confidencias del joven cronista de Santo Domingo de la Calzada; Pedro Cieza de León, ponderaba la abundancia argentífera del lugar, no podía haber error. Sabían que el 12 de marzo de 1533, Hernando Pizarro y su comitiva, que a la sazón se encontraba en Pumpo en busca de Chalcuchimac, había encontrado a unos cargueros indios que conducían a Cajamarca, ciento cincuenta arrobas de oro y novecientas de plata para pagar el rescate del inca: “Todo esto lo traemos de allá arriba, de las alturas; de la alta tierra de las nieves donde abunda” había dicho lacónicamente el jefe de los arrieros señalando el septentrión. Miradas de inteligencia se cruzaron entonces y sonrisas de satisfacción iluminaron los rostros barbados debajo de empolvadas armaduras y hacia allá partieron con la ambición galopándole en los pulsos. Ensangrentaron sus espuelas desollando los ijares de sus cabalgaduras que con los ollares abiertos en  angustioso apremio  de oxígeno, los belfos resecos y las crines al viento, tragaron las distancias del soledoso panorama más alto del mundo. “Cuando llegamos a las alturas, una tempestad de nieve nos sorprendió -narraba el cronista Estete- Fue tanta la inclemencia que tuvimos que guarecernos en una caverna de donde no salimos sino pasados tres días y tres noches”. La crónica finaliza diciendo: “Tenemos por cierto que en esta elevada zona abundan los metales preciosos y que de ella han sacado las cargas para pagar el rescate de su inca y señor“. Fue suficiente. Esta crónica, como un libro de bitácora, señalaba no solamente los dramáticos avatares que Hernando Pizarro y su comitiva habían padecido; sobre todo –esto es lo más importante- indicaba el lugar donde los alucinantes metales preciosos se daban en un espectacular festín de abundancia. La noticia, conocida en todos los confines donde los españoles habían sentado sus reales exacerbó los ánimos y encendió la chispa que explotó el torrente de ambición que a partir de esa fecha no conocería límites. Fue en ese instante en que en el mapa de su quimérica geografía, prendieron el nombre de la zona deslumbrante y misteriosa, como alada mariposa de ensueño. Sabían que como había sucedido en España durante la Guerra de la Reconquista, tenía que entrar en vigencia el reparto de encomiendas en el Perú; una institución que revestía capital importancia para el establecimiento del virreinato peruano; no sólo como reparto de tierras, que era lo principal, sino también como abastecimiento gratuito de hombres para el trabajo; añadiéndose a esto, la fijación de una jugosa renta para la solvencia de sus gastos personales más todo el oro y la plata que poseían los indígenas, deduciendo  de su valor, ¡eso sí!,  los quintos reales que pertenecían al soberano.

Habían avanzado algunas leguas cuando escucharon como  sutiles ecos de la lejanía, un insistente tamborileo que cambiaba de lugar y de ritmo. Ora lento pero enérgico, ora apremiante aunque débil. Se acomodaron sobre sus toscos jergones y detuvieron la desvencijada carreta de chirriantes goznes y gimientes junturas. Los jinetes sofrenaron sus cabalgaduras. Muy preocupados estuvieron pendientes por un largo rato cuando a la distancia descubrieron un otero emergiendo sobre la soledad blanca como gigantesca fortaleza castellana; gran cantidad de hombres y mujeres vestidos con traje de fiesta y  gran algarabía los aguardaban. Instintivamente cogieron sus espadas y más de uno preparó el arcabuz, pero el pacífico continente de los lugareños, determinó que el carretón conjuntamente con los jinetes llegaran, sin novedad, al centro de aquel corro. . “A nuestra llegada, vimos que los indios traían muchas piezas de plata y oro para adorno de sus personas en que intervenían coronas y diademas y cintos y puñetes y armaduras como de piernas, y petos y  tenazuelas y cascasbeles y sartas y mazos de cuentas y rosicleres y espejos guarnecidos de la dicha plata y tazas y otras vasijas para beber”- relataba el cronista anónimo en el clímax de la admiración- ‘Traían muchas mantas de lana y camisas y aljabas y alcaceras y alaremes  y mantillas y otras muchas ropas abrigadas, todo lo más de ello muy labrado de labores muy ricas, de colores grana y carmesí, y azul y amarillo, otros blancos del todo, otros negros del todo, otros pardos, otros varios, que llaman moromoro,  y de todos otros colores de diversas maneras de labores”.”En estos lugares los cristianos fueron recibidos con grandes muestras de alborozo, especialmente con vistosas y coloridas danzas al son de exótica música que los castellanos empezaron a gustar” Las mujeres, “de continente hermoso y aliñado” sumisas y pendientes de las órdenes de los hombres se acercaron con sus críos a las espaldas muchas de ellas. Rostros curtidos, quemados por las heladas implacables de las noches, por los vientos agresivos y por un sol, que a falta de oxígeno que lo tamice, se ceba sin tregua de aquellas mejillas rellenas y chaposas que ahora, coquetas, se hallan débilmente arreboladas por el uso del  “llimpi”, único afeite nativo; labios entreabiertos y carnosos enmarcando grandes y parejos dientes de perlada blancura; ojos fijos y traviesos de insinuante negrura. Ataviadas con ceñidos monillos que esculpen las prominencias de sus senos en locura de cintas y abalorios, con sus collares de huairuros rojos y puntos negros que curan nostalgias y tristezas; numerosas polleras gruesas y de diversos matices que destacan sus flancos poderosos; polícromos “chumpis” de tres dedos de ancho por diez varas de largo en varias vueltas al rededor de las cinturas frágiles; cubriéndose desde los hombros hasta las corvas, la “lliclla”, fijada con enormes tickpes de plata de  llamativas figuras esculpidas en su superficie. Las medias de lana y unos mocasines de cuero de llama asegurados con numerosas amarras entretejidas al rededor de los tobillos: el llanqui. Todas ellas luciendo vinchas multicolores que daban la vuelta a la cabeza debajo de las cuales asomaban las trenzas endrinas y largas. Sólo una que otra lucía una “ñanaca” ostentosa, orlada de pedrería y brillantes  que servía para diferenciarlas de las demás. Era la vincha simbólica de las mujeres principales. Los hombres, en cambio, con seriedad pero sin soberbia, observaban a los extraños. Con el “unco” de colores grises cubriéndoles del cuello a los muslos, a manera de camiseta; gruesos cotones de lana de llama, alpaca, guanaco o vicuña sobre el que destaca la pelliza de cuero de llama;  completándose el atuendo con las manguillas que les cubren desde el hombro hasta las muñecas, proclamando su ocupación dedicada  al pastoreo. Dobles y amplios calzones de bayeta negra completándose con medias multicolores y  mocasines de cuero de llama que reciben el nombre de “shucuyes”  -suaves como acomodaticios-  prestándoles una felina apariencia al caminar. La “huaraca”, legendaria catapulta manual de lana, cruzándole el pecho. Colgados del cuello con resistentes correas de cuero, unos tamboriles pequeños llamados “tinyas” con los que se comunicaban utilizando un extraño y enigmático lenguaje percutivo; de allí el nombre de la tribu: TINYAHUARCOS, es decir, los hombres de los tamboriles colgantes. Allí estaban ellos con sus rostros impenetrables, tallados por la rudeza del frío donde los ojos activos  y juguetones son los únicos que escrutan lo que miran.  Parados allí, sin inmutarse ante las novísimas caras barbadas ni los ojos claros, ni ante los arcabuces de truenos mortales, ni ante las espadas, ni ante los puñales. Ellos sabían que los intrusos llegarían un día a esta tierra. Estaban enterados que la brújula de su ambición señalaba los depósitos de aquellos minerales que ambicionaban. El diario e inacabable percutir de los tamboriles había diseminado por las blancas estepas el significado de esta dramática verdad; por lo tanto, si mucho querían estos metales, se los darían sin ninguna mezquindad. Estos indios –dice el cronista- andan mejor vestidos que los de todas las otras provincias, así porque hace muy gran frío en todo el año, y por ser más ricos que los demás. Tienen gran temor de los caballos; pero tienen muchas armas ofensivas, conviene a saber: lanzas y flechas, y porras y hachas y alabardas y tiraderas como dardos y otra manera de armas que se llaman huaracas; la principal arma que tienen que he dejado para la postre, e que lo que más usan desde que nacen, que le ponen una honda en la cabeza por bonete, con el cual arrojan una piedra muy gorda que mata un caballo e aún algunas veces al caballero aunque le den un casquete. Es verdad que son poco menos que un arcabuz. Yo he visto de una pedrada con la dicha honda hacer dos pedazos una espada vieja que tenía un hombre en las manos, desde treinta pasos, tan bien, que arremetiendo yo un día para un indio, me esperó y tomó la lanza con las manos, e sino viniera otro caballero a matarle, me viera en trabajo, a lo menos de sacárselo de las manos. Es encima de esta sierra donde llegaba mi caballo muy cansado que no lo podía menear, e dándole mi compañero de lanzadas, fue menester echar mano yo a mi espada, la cual no podía quitar de la lanza(…) aquí entre estos indios e los de cualquier parte de indias, ni tienen razón ni amor ni temor a Dios ni al mundo, ni interesarse para que por él os den vida, porque están llenos de oro y plata en abundancia, y no lo tienen en consideración sino para fabricar primorosos trabajos de orfebrería que nunca se ha visto”.

Continúa…..

La casita desolada (Huaino)

casita desoladaFormar un hogar es una hermosa empresa que forman dos seres que se quieren y que en el altar del Todopoderoso han jurado compartir esa responsabilidad “En la buenas y en las malas”. En este hermoso escenario que una soberbia acuarela ha plasmado con acierto el maestro Luis Palao, han transcurrido los años y, en sus paredes, pasadizos, patios, escaleras y techos que con estoicismo romántico se han ido cubriendo de hollín, de quemaduras del tiempo y el trajín de los niños que fueron llegando, ha transcurrido el tiempo hasta que llegó la separación.

La agresiva altitud (Estamos cerca del cielo) obligó a liar bártulos encajonar “nuestras cositas” que fuimos acumulando aquellos años y partimos. No importa el lugar del destino, el caso es que ya no estamos en nuestra querencia vivencial y dulce. Esto en al caso de la inminente marcha para salvar nuestras vidas.

Pero hay otra circunstancia tan o más dolorosa. Cuando por cualquiera desavenencia y falta de constancia, ella se va dejando el recuerdo en cada uno de esos rincones de vida. Es entonces que el compositor, abatido de dolor y tristeza ante la ausencia del ser querido, de aquel que compartió el calor de las cuatro paredes de la casita minera, estremecido y con un hilo de voz, el cerreño musita acongojado

Mírala cómo ha quedado                  

         la casita desolada,                           

         las flores que has cultivado,                       

         toditas se han marchitado.                         

——–        

         Nadie podrá en el mundo

         impedir que yo te quiera,

         siempre habrá un juramento    

         aunque me cubra la tierra.

 ———

         Si pretendes olvidarme

         recuerda bien tu destino,

         si te persigue el olvido,

         siempre vas a recordarme.

FIN………………

 

(Visitantes ilustres de Pasco) JOSÉ FAUSTINO SÁNCHEZ CARRIÓN (Peruano) (agosto de 1824)

José Faustino Sanchez Carrión

El desaparecido maestro peruano Juan José Vega, dice de él: “Simón Bolívar no contó con muchos criollos peruanos para acabar la guerra de la Independencia aplastando a la aristocracia peruana, fiel aliada de Fernando VII de España. Uno de esos varones ilustres fue el Dr. José Faustino Sánchez Carrión, ideólogo y político. El estuvo en Pasco varios días como Ministro General (ese era su título) del Perú, al lado del Libertador. Escribió cuatro cartas a Hipólito Unanue, que por su edad avanzada había permanecido en Trujillo. Ellas se han perdido, por desgracia. Pero un resumen alcanzó a ser publicado en la prensa liberteña, destacándose el hecho que las bajas de la caballería de Canterac vencida por Bolívar y los Húsares del Perú en Junín fueron mayores de lo que se creyó al principio. Lo cual es bastante probable porque, como Sánchez Carrión y el gabinete bolivariano avanzaron algo después, pudieron recibir informes más completos sobre la situación en todas las inmensas punas de Chacamarca. Se alude asimismo al tamaño mayor de las lanzas colombianas, factor que también habría que tenerse en cuenta para analizar el suceso”.

Semanario Nuevo Día del Perú, editado por Unanue en Trujillo.