Coronación del Marqués de la Real Confianza

Coronación del marquez
Cuadro del famoso pintor Melchor Pérez de Holguín en el que se aprecia el boato de un acto oficial en Potosí. De igual envergadura es la que se realizó en nuestra ciudad durante la coronación de los marqueses y la designación de “Ciudad Real de Minas” 1639.

Una tarde que fray Buenaventura de Salinas y Córdova caminaba por el centro de la ciudad, pudo presenciar lo que para él fue la otra cara de la moneda de nuestra realidad de esclavos. Una delirante celebración cortesana en la que se hacía alarde y ostentación del  boato en la que estaban inmersos los miembros de la clase alta del pueblo. Se celebraba la coronación de un marqués con grandeza de España.

Toda la ciudad deliraba, las calles estaban atestadas de curiosos. En las casas no quedaba nadie. Para la gente rica se presentaba la oportunidad de ostentar su riqueza, su poder y su teatral solemnidad presentando su acatamiento al nuevo Marqués de la nobleza de España. Los pobres, de astrosa indumentaria lavada y remendada para la ocasión, habían llegado a reverenciar la imagen del pomposo escudo nobiliario, tal como veneraban a los santos que los frailes designaban. El desmesurado cuadro que representaba el noble blasón había sido colgado en la fachada de los edificios gubernamentales, especialmente en el Consulado español donde se habían reunido los miembros del Cabildo con el Alcalde Mayor, los dos Alcaldes Ordinarios, dos regidores, tres oficiales reales, dos jueces, el procurador general, el Juez de Minas, el clero, la oficialidad militar, magistrados locales, comerciantes, aviadores y mineros locales. El Cabildo de la ciudad estaba en pleno para cumplir uno de los principales privilegios que el rey de España le había concedido: Hacer conocer públicamente, en ceremonia especial la concesión del título nobiliario de Marqués de la Real Confianza a don José Maíz y Malpartida, hijo del ciudadano español José Maíz y Arcas, Primer Marqués de la Real Confianza, y la dama cerreña doña Carlota Malpartida.

Los balcones estaban profusamente adornados con sedosas enseñas reales, paños, y brocados especiales; atestados de esposas, madres y familiares, desbordantes de centelleantes y ostentosas joyas. De las colgaduras pendían adornos de plata y en el colmo de la ostentación, relucían fuentes, cántaros y copas de plata bruñida.

Las bandas de músicos, ubicadas en cada esquina de la ciudad, hacían escuchar sus fanfarrias que todo el pueblo celebraba; las banderas flameaban por los aires y los numerosos cohetes, en medio de un acre olor a pólvora estallaban luminosos por los aires. En el momento culminante de la ceremonia, el Alcalde Mayor entregó al homenajeado el título nobiliario escrito en pergamino con vistosos caracteres para recibir después el juramento ante Dios y representantes del Rey que el noble expresó con marcada emoción. Inmediatamente después le fue colocada la banda aurirroja en cuya parte frontal, lucía el blasón nobiliario trabajado en oro, plata y piedras preciosas. En ese momento brotó un descomunal griterío de vítores y algazara producidos por los contratados para el caso. Todo subió de tono cuando, en gesto teatral el nuevo noble de Castilla arrojó una lluvia de monedas de plata y medallas alusivas a su designación. El entusiasmo fue tan grande que hasta las pesadas bandejas de plata en que trajeran las monedas fueron arrojadas a la muchedumbre. Una multitud es espectacular de hombres, mujeres y niños pobres, se arrojaron para hacerse de algún recuerdo en medio de gritos y algazara. Hubo uno que otro herido entre el pueblo. De inmediato en una fanfarria espectacular, criados, lacayos y palafreneros trajeron los caballos y todos los altos funcionarios, locales e invitados, montaron en sus corceles tratándose de eclipsarse mutuamente con el esplendor de sus cabalgaduras, de sus sillas de montar y sus bridas cargadas de plata pura. Pasmaba contemplar aquellos gallardos y opulentos ricachones cuando desfilaban delante del pueblo. Los rostros tensos y graves como si fueran a entrar en batalla. Todos usaban vestidos elegantes y extremadamente ricos. El pueblo famélico que con su sudor producía todas aquellas galas, los seguía con ansias de seguir gozando de la momentánea manifestación de regalo que estaban recibiendo. Efectivamente, en cada plaza del pueblo repitieron el gesto de arrojar monedas de plata al gentío que forcejeaba, se atropellaba y pisoteaba. En realidad, estos gestos patéticos querían demostrar al pueblo que ellos eran súbditos de un rey hermoso y justo y que, él, su marqués, era el representante local de la realeza española.

Nunca pudo olvidar este acontecimiento Fray Buenaventura de Salinas y Córdova, el fraile que más amó a nuestro pueblo y que, por ese motivo, fue desterrado de por vida a México donde murió

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