Historia del huayno “Carestías”

carestias huaynoNada como el huayno cerreño para reflejar las vivencias obreras en toda su intensidad. Cercanos los carnavales –feria de canciones populares- dos creadores de estirpe, “Machín” Porras Mandujano, el poeta y, Pancho Azcárate, el músico, tejieron con encomiable acierto las testimoniales notas del huayno “Carestías” que con precisión reflejaba los dramáticos momentos que estaba viviendo nuestra tierra. -1948- Con gran entusiasmo se cantó en todos los rincones mineros en los carnavales de aquel año.

Desde mucho antes los cerreños creyeron que la racha de escasez pasaría pronto. El transitar de los días les convenció que no sería así. La penuria se hizo más grave. En los comercios no se encontraba arroz, azúcar, manteca, harina, fideos… En aquellos momentos se llegó a creer que el azúcar podía reemplazarse con otros edulcorantes pero entonces desaparecieron los caramelos de tiendas y chinganas; aquellos bollos prietos de chancaca que traían de Quicacán y Vichaycoto, no sólo no endulzaban sino que le cambiaban de sabor a las bebidas caseras, también habían desaparecido. A punto de cumplirse el segundo año de la inhumana restricción, el drama se había agravado. Las gentes hoscas y aviesas ni siquiera conversaban en las colas como al principio; un odio creciente y acérrimo contra las autoridades les iba corroyendo el alma, tornándolas silenciosas y desconfiadas.

Tan amarga es esta vida,

¡Ay! cerreñita,

cola más cola, en cada esquina,

ya no hay azúcar, arroz ni harina.

Las últimas disposiciones legales estipulaban que la venta de artículos de primera necesidad fuera centralizada y manejada por la Prefectura dejando de lado a la Municipalidad que se hallaba atada de manos. Sólo Cipriano Proaño, el italiano Alessio Sibille, el español Vicente Vegas y el croata Nicolás Lale, eran los únicos autorizados a expenderlos. Cien gramos de azúcar y cien gramos de arroz diarios por cada familia; una libra de manteca por semana. El pan se vendía en tres panaderías del centro y en la Mercantil de la compañía. Era realmente impresionante el ver a lo largo del día enormes colas donde se apiñaban hombres, mujeres y niños en medio de un tiempo dramáticamente cruel.

Los únicos que gozaban de cómplice excepción eran algunas familias “decentes” que contaban con el sistemático aprovisionamiento gubernamental. La “compadrería” oficial funcionaba expeditivamente. Sólo el pueblo minero sufría.

¡Carestías! … ¡Picardías!

¡Ay! cerreñita,

ya resbalarán con sus engaños

porque no hay mal que dure cien años.

Ya el tiempo no les alcanzaba a las pobres mujeres. Teniendo que madrugar para racionar a la familia, casi no dormían. Los cuerpos desfallecientes sobrellevaban heroicamente la responsabilidad de mantener su hogar. Lavado, cocina, aseo, cola en la tarde para el azúcar y arroz; cola en la madrugada para el pan, no les alcanzaba horas para el sueño. Con rostros atormentados y ojerosos sólo el cariño a la familia las mantenía en pie. La mujer cerreña nunca fue más heroica como entonces.

Quiero tenerte en mis brazos

¡Ay! cerreñita;

y despreciando todos los males,

quiero tus besos que me regales

¿Cuándo había ocurrido algo parecido? Nunca. La abundancia proverbial siempre había estado vigente. De cercanos y lejanos lugares venían enormes caravanas para mercar y retornaban con las manos llenas de monedas. Nada faltaba. Se pagaba buen precio y sin regateos. Todos los sabían en leguas a la redonda. Huancayo, Jauja, Tarma, Huánuco y pueblos aledaños mercaban sus productos en la ciudad minera

Ahora, a medida que sus calles se arruinaban, sus paredes se agrietaban y los barrios desaparecían bajo la implacable picota minera, un halo fatal estaba matando al noble emporio.

Nuestras calles se arruinan

¡Ay! cerreñita..

entre las ruinas y la pobreza

pasa a la historia su real grandeza.

La madrugada, estremecida por la lluvia que cae encharcando de barro las calles mineras, está insoportable. Hombres, mujeres y niños como arropados fantasmas llegan de todas partes a engrosar la monstruosa cadena humana que crece desaforadamente. El agua helada reptando por el suelo barroso agobia los mellados zapatos de los niños y, el frío,  trepando por sus piernitas, rodillas, muslos y vientre, se ceba en  sus bronquios congestionados que se desahogan en una tos ronca y constante. Tiritan en silencio con patética resignación. En poco tiempo, amoratados los labios, comenzarán a ahogarse y cuando la fiebre se apodere de sus cuerpecitos inermes ya será demasiado tarde. Ningún mejunje conocido será capaz de salvarlos.

Este año, como nunca, el cementerio ha ido atiborrándose de cruces blancas. Diariamente se sepulta a cuatro o cinco niños. No hay tregua. Los que sobreviven sin oportunidades de haber sido  niños, dejando de lado juguetes e ilusiones, se llenarán de rencores, de odios encontrados, de desengaños, de pesimismo, que los acompañará por el resto de sus días. Los termómetros generalmente se estremecen a 10 grados bajo cero y las tempestades, cruelmente continuas, desatan sus furias sobre la ciudad. Si no es la nieve –albura y frío- con ligera nevisca o apabullante nevazo, se  manifiesta con la  ventolera de nieve  recogida del suelo por el viento helado o, por el aguanieve que combina lluvia con nieve en fusión cayendo desde las nubes; o con los pequeños cristales de escarcha que se solidifican debido a las extremas temperaturas bajas. En peores momentos, tras flamígeros ramalazos de rayos y truenos, estallan estrepitosas granizadas con bólidos helados que reventando sobre la cobertura de las casas, quiebran vidrios y castigan a desprevenidos viandantes con su ametrallamiento parecido al  redoble de centenares de atabales; los perros aúllan tundidos por la pedrisca y prestos corren a refugiarse a un alero disponible. Pasado el fenómeno, blancas piedras de hielo terminan regadas a lo largo de las calles formando una alfombra vidriosa.

En ese ambiente hostil, insufrible, el pueblo se levantó. Aquel lunes 16 de febrero de 1948, cansado de tanto abuso, se amotinó y terminó con la vida del despreciable tirano. El pueblo no ha olvidado –pasados tantos años- ni a la tiranía ni su crimen ni su canción.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s