VELORIO MINERO (Primera parte)

el velorio mineroTodos esperaban lo irremediable en el barrio Misti. Después de dar dura batalla, el hombre se moría. A la espera del deceso se reunieron las viejecitas para acompañar a la esposa en los momentos finales. Es la costumbre. Rodeando la cama rezan en voz baja pidiendo al Todopoderoso “se lo recoja para que deje de sufrir”. Ayer ha venido el cura “Chazán” que tomando el santo óleo del crisma ha purificado los sentidos y miembros del agónico por haber visto, oído, olido, gustado, tocado y andado tan lejos de Cristo durante tanto tiempo. Le hizo comulgar la hostia  con lo que culminó el rito cristiano y, se marchó.

De rato en rato, sibilinamente, las viejecitas aplicaban el oído al corazón del doliente o le acercaban un espejo a la boca; si éste se nublaba, todavía estaba vivo; caso contrario, había finado. Cuando esto ocurrió, la más anciana anunció el acontecimiento con lúgubre y breve expresión que todos entendieron: “Se ha pasado”. El llanto espontáneo, adolorido y gimiente se hizo general; todos sollozaron compungidos rodeando a la viuda y sus hijos. El dolor los hermanó a todos.

Producido el deceso, cerraron los ojos del muerto. El que los tuviera  abiertos –aseguran las viejecitas- es clara advertencia que muy pronto habrá de llevarse a uno de sus seres queridos. Con un enorme pañuelo le amarraron el maxilar inferior para que no se le fuera a colgar.

Después, lo más allegados -menos los hijos- bañaron el cuerpo. Sabido es que producido el deceso todos los esfínteres se relajan y arrojan las excrecencias del cuerpo, por eso hay que asearlo para después ponerle la ropa interior.

Entretanto, familiares y amigos más cercanos han preparado la sala principal de la casa para el velorio. Sacaron armarios, cajas, adornos cuadros, espejos, perchas  colgadores,  dejando completamente libre la habitación. Los encargados de la funeraria “Bernuy” han colocado “Catafalcos” negros de tela con festones dorados cubriendo todas las paredes. Han tenido cuidado en dejar en lugares donde están las puertas, una juntura para que pueda discurrirse por ellas. Al centro han colocado la mesa más grande de la casa donde pondrán el cadáver y la han forrado con sábanas blancas y rodapiés bordados.

Los amigos más queridos han trasportado el cuerpo del dormitorio a la sala y lo han puesto sobre la mesa cubriéndolo con una sábana blanca. A la cabecera, el Cristo en la cruz; en las esquinas, cuatro candelabros con cirios encendidos. Sobre la puerta se ha clavado una cruz con cintas negras; así, familiares y amigos conocerán el óbito. La mesa está ubicada frente a la puerta principal. Es la costumbre. Pasado un tiempo llegaron, el “Curioso” para confeccionar la mortaja y el carpintero, el ataúd.

Se ha cumplido con todos los pasajes de la tradición cristiana que dice: “La piedad respetuosa que los primeros cristianos sintieron hacia los muertos se manifestaba ya en el momento de expirar. Se les lavaba el cuerpo, se les perfumaba a menudo, se les cerraba los ojos y la boca, como para quitar a la muerte lo que tiene de horrorosa y para darle apariencia del sueño tranquilo. El cuerpo se envolvía en su sudario y se le depositaba en un sepulcro.

Un poco más tarde llegó Nicander Díaz, habilidoso y popular personaje que en las fiestas de mayo es destacado bailarín de Chunguinada y, en momentos como este, “mortajero”; meticuloso en el cumplimiento de la tradición. Ha llegado cariacontecido, vestido de riguroso luto y tras dar el pésame a los dolientes ha procedido a vestir al muerto.

El sudario lo ha confeccionado con paño muy austero, sin ningún adorno superfluo o pagano, menos con guarniciones metálicas. Es el hábito seráfico de San Francisco de Asís de tosco sayal marrón con capucha sujeto con cordón blanco que ha sido tejido cumpliendo un rito muy especial. La capucha esconderá los rasgos descarnados del difunto cuando deambule por la tierra y el cordón, como un poderoso protector, enmudecerá a los perros. Todos sabemos que a la vista de los espíritus los canes aúllan lastimeramente. Le han puesto unas zapatillas muy ligeras para que no se escuchen sus  pisadas cuando venga a ver a sus deudos. En tanto está amortajando al muerto, Nicander le habla cariñosamente como si estuviera vivo generalmente en quechua para que no esté tan rígido, porque lo que se quiere es  dejarlo presentable para su partida definitiva.

Aquí en el Cerro de Pasco, se vela al difunto dos días y dos noches; a veces hasta tres, – las bajas temperaturas reinantes así lo permiten- cuando los familiares ausentes no llegan. “No se debe acelerar el entierro porque el alma sufrirá mucho ante la ausencia de un ser querido”. 

Para el velatorio, parientes y amigos han ido llegando desde la siete de la noche portando botellas de licor, cigarrillos, panes, coca, café, etc. Nadie llega con las manos vacías. Los hombres se sitúan la sala y  las mujeres en alguno de los recintos interiores próximos al principal. Durante toda la noche la conversación  girará en derredor de las virtudes del difunto porque su alma “no se ha marchado definitivamente, está entre los presentes y puede darse cuenta de cuánto hacen y dicen  los suyos; por eso todos hacen elogios de sus virtudes, convencidos de que  les oye y necesita escuchar tales halagos para estar alegre y satisfecho”. También se pueden referir a su anecdotario, a sus andanzas y a algunos pecadillos veniales, eso sí, en voz baja; más tarde ya se “rajará” de las autoridades y de algunos hechos de actualidad; sólo al amanecer, cuando languidecen los ánimos se permiten adivinanzas y relatos probos, respetuosos, porque los otros, los colorados, están destinados al velatorio de los cinco días o “Pichgachy”.

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