VELORIO MINERO (Segunda parte)

velorio minero 2Tendido sobre la mesa con mortaja franciscana, domeñado por la muerte, yace Pablo Chuqui, el que fuera brioso pregón de vida en su juventud. Su exangüe faz cadavérica adquirió un aspecto patético cuando le subieron la capucha. Ojeras profundas, descarnadas, oscuras, circundando las órbitas óseas; mejillas enjutas, hundidas, resaltando la prominencia de pómulos y supérstites bigotes; nariz casi transparente, boca reseca, ya sin músculos, sujeta por un pañuelo para que no se le vaya a colgar la mandíbula; manos cruzadas sobre el pecho en cuyos sarmentosos dedos se enreda un rosario de cuentas de madera. Ha sido abatido por la silicosis: asesina de los mineros.

Rodeando su cadáver están sus compañeros y amigos: perforistas, enmaderadores, tuberos, motoristas, bodegueros, barreneros, troleros, carrilanos, cargadores, tareadores.  A un costado, la viuda, marchita, intensamente pálida –decoloración del sufrimiento- la mirada perdida en el vacío. El dolor y la frustración han trabajado sobre su rostro profundos rasgos de abatimiento. Compañera de triunfos en épocas pletóricas de bienestar y felicidad en la pequeña intimidad del campamento; alegría desbordante a la llegada de cada hijo; contento a la mesa del “Restaurante Berrocal” en el compartir de los generosos frutos del esfuerzo; pareja feliz, acicalada y alegre en los “cortamontes” carnavaleros; abnegada sufriente cuando comenzó el vía crucis; compañera comprensiva en todas las instancias del padecimiento; en las inacabables noches en vela, cuando había que sentarlo respaldado por sus almohadones para que pudiera respirar; mar de llanto cuando se enteró que ya nadie lo salvaría en la definitiva sentencia del médico; escondiéndose para llorar sin que él lo advirtiera; viéndolo acabarse  poco a poco, como una pavesa muriente; cerrando sus ojos ya sin vida, finalmente.

velorio minero 3Amándolo siempre, aún después de muerto. Larguísimo tiempo había compartido el abatimiento terrible del hombre que durante toda su vida la amara tanto, con esa áspera rudeza de minero que no sabe de acaramelados devaneos, pero que en tanto vivió, le hizo parir ocho hijos fuertes y cariñosos: cuatro varones y cuatro hembras que ahora, vestidos de negro, escoltan a la madre. Muy junto a los dolientes, presidiendo el velatorio, como si fuera el hermano mayor del difunto, cabellos canos, ojos cansados, rostro iluminado de dignidad, don Isauro Lavado. Nadie como este patriarcal minero, sobreviviente de mil y un combates laboreros, para comandar la despedida del que parte al viaje sin regreso. Inquieto líder natural  ha leído cuanto libro, revista o panfleto ha caído en sus manos; ha vivido interminables tertulias con valiosos elementos de la cultura laboral, como Andrés Urbina Acevedo, Miguel de la Matta, Gamaniel Blanco Murillo, Augusto Mateu Cueva, Augusto Gayoso Picón …

Cuando cumplí los dieciséis años me bajaron a la mina y desde entonces he recorrido todos sus recovecos desempeñando las labores más diversas. De perforista conocí a Pablo, el finado –su mirada empapada de ternura se fija en el cadáver- era todo un campeón. El único. Se había convertido en un experto perforista. Comenzando con la Pickammer, llegó a dominar la Jackammer y andando el tiempo fue amo y señor de perforadoras más pesadas como la Leinner y la Torpedo. Había que verlo cuando trabajaba.

Los “servicios” -hombres y mujeres- han repartido hojas de coca que todos mastican cumpliendo el fúnebre rito minero; para endulzarla, el “poro”, alargado y pequeño calabacín repleto de cal, pasa de mano en mano. El humo de los cigarros ha producido una espesa penumbra y de rato en rato circula el “Calichi”, hirviente infusión de hierbas cálidas en aguardiente de caña y limón que todos beben encendiendo los ánimos y la conversación. En una habitación interior están las mujeres y, en la sala, rodeando al finado, los hombres.

Conoce como nadie la historia de su tierra cerreña y de sus minas; enterrado en los más atroces recodos de las oquedades, salvado de un sin número de accidentes, ha escrito en los diarios cerreños páginas de protesta social y documentados alegatos reivindicatorios. Anarquista convicto y confeso ha cerrado filas en cuanto conflicto ha habido contra la “Mining”. Su predicamento sencillo pero cargado de calor citaba a los padres del anarquismo como Bakunin, Kropotkin, Proudhom; sus palabras se encendían cuando citaba a Manuel González Prada. Recluido en prisión incontables oportunidades, torturado y abandonado para que muera, está ahí sin embargo, vivo, estoico,  bien parado, como siempre. Los que lo rodean –jóvenes y viejos como él- escuchan su palabra con mucho respeto, con reverencia.

— Cada madrugada veía salir a mi padre  rumbo a la mina. Se calzaba las pacas, cogía su lámpara, su capote y, partía. Un día no volvió más. Sus compañeros trajeron su cuerpo destrozado dentro de una caja de madera para velarlo –su voz suena dolorosamente lejana-. Lo único que heredé de mi padre fue su lámpara de carburo y la inconsolable tristeza de mi madre. -Con la mirada distante de recuerdos, habla masticando su coca- Al cumplir doce años entré a trabajar en la escogedora de la “Picking-Plant” y allí, desollándome las manos en la escogencia de minerales aprendí a conocer a la vida y a los hombres. En ese lapso pude ver el fatídico desfile de la muerte en las negras galerías; derrumbes monstruosos, fatídicas explosiones con su secuela de muertos y heridos y, en cada uno de estos eventos fatales soporté la desaparición de muchos amigos y parientes.

Macizo como un gigante, el finado, cargaba la perforadora con los atalajes, gamarrillas, mangueras y cordones como si fuera un simple juguete. No sentía el peso de la Torpedo a la que hacía vibrar como quería. Era increíble. Nunca se cansaba. ¡Qué barbaridad! Hacía el doble del trabajo de los demás. Cuando le advertíamos que el polvo lo mataría, se reía abiertamente desafiante. Ya lo ven, ahora lo estamos velando. El polvo de la mina no respeta a nadie.

Al comienzo se resistió a aceptar su mal, pero fue aquella tos seca y persistente que terminó por convencerlo. A medida que transcurrían los días, sus carnes fueron perdiendo tono y vigor;  su piel, el atezado color de la sierra; cada vez más iba pareciéndose a un muerto. Su dolor de cabeza se hizo insoportable. Ninguna pastilla, brebaje o emplasto logró calmarle. Las “wanchas”, pequeños batracios repugnantes, murieron amarrados a su cabeza en retorcidos estertores; infructuosamente se gastó abundante vinagre “Bully”; el amoníaco de los orines podridos se rindió impotente ante el suplicio; el cuy negro fue incapaz de domeñar la tortura; ni las frotaciones con ajos macho, ruda y tabaco en interminables noches de chacchapeo, lograron nada. Perdió el sueño. Sus ahogos fueron haciéndose cada vez más dramáticos. ¡Claro!. Sus pulmones carcomidos por el polvo metálico ya no podían responder con suficiencia y lo que comenzó con gotas sanguinolentas terminó por convertirse en un surtidor de sangre viva. Poco a poco fue arrojando sus pulmones por la boca. Sin poder respirar y avergonzado de su cadavérica apariencia fue a recluirse a Huariaca. No quiso que nadie lo viera en esas condiciones, pero un día, su amigo del alma, el “Puca Toro” Alania lo visitó venciendo toda resistencia; al verlo tan acabado, terminó llorando como un niño. ¡Cómo lloró el “Puca Toro”!

Continúa….

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s