VELORIO MINERO (Tercera parte)

velorio minero 4Ayer, en los últimos instantes de su vida, pidió a sus hijos que lo trajeran porque quería morir en su tierra –dice don Isauro- Cuando estaba entrando por Yanacancha le vino el último vómito de sangre y ahí nomás quedó muerto.

El dolor ha calado muy hondo. Un silencioso recogimiento estremece aquella umbrosa habitación de densa humareda entremezclada con fuertes emanaciones de cera, coca, sudor, cigarros y aguardiente. Todas las habitaciones cubiertas de catafalcos negros con festones argentados están colmadas de gente minera; afuera, de rato en rato, el espeso cortinaje de la lluvia torrencial se desgarra con inclementes ramalazos de rayos y truenos. Las miradas convergen en los restos descarnados, tenuemente iluminados por la mortecina luz de cuatro cirios colocados en los vértices de la mesa luctuosa de blancas sábanas y bordados rodapiés.

— La mina es muy brava, carajo, muy brava –afirma el capitán de minas Alejandro Melgarejo reanudando la conversación truncada por el dolor- Además es pendeja y muy celosa…

— Bueno, es que la mina es hembra, pues – asiente Lucas Allaín.

—¡Claro!…¡Con tremendo huecazo!- tercia el “borrao” Juan Picho, haciendo sicalípticas alusiones con las manos.

— ¡Es verdad! La mina es tan celosa que está prohibido que una mujer entre en los socavones…!Si llegara a entrar, carajo! Todo tiembla y se encabrita como las cholas caprichosas. Ella sola quiere comerse a los hombres. No perdona. Si se rompe la ley habrá derrumbes, explosiones y muertes, muchas muertes… Eso lo sabe todo el mundo- dice Sixto Travezaño, sacudiendo su poro de cal y pasándolo al vecino después de servirse.

— ¡Así es!- asevera don Isauro Lavado-. Por ejemplo, hace muchos años, en  EL EBRO del francés Pierre Armand, trabajaba como capitán de mina, un tal Juan Recacochea, un chapetón vasco, callado y misterioso que no hablaba con nadie. Solamente abría la boca para dar órdenes, nada más. No tenía amigos. Era un solitario….

—¿…Y?– apremia el “borrao” con los carrillos hinchados de coca.

— El caso es que donde trabajaba este Recacochea,  ocurría continuos accidentes que arrojaban muertes lamentables. La gente, al no explicarse la razón de estas desgracias comenzó a tenerle miedo. Así las cosas, un día, en el nivel de Recacochea hubo una tremenda explosión que mató a siete hombres con él a la cabeza…

— ¡Carajo!..¿….Y ?.

— Cuando lo desnudaron en la morgue para la autopsia, imagínense lo que encontraron…

— ¿Qué…? – acosa el “borrao”.

— ¡El tal Recacochea era… ¡Mujer!.

— ¡¿Mujer?!

— ¡Mujer!

— ¡Carajo!

— ¡Con razón, pues!…¡La mina que es muy celosa…la mató!.

— Pero…¡¿Nadie se dio cuenta en tanto tiempo?!- inquiere Melgarejo.

— No, pues, -responde don Isauro- Parecía un hombre por sus actitudes, por su voz….por su energía…

— ¡Claro! –Afirma el “borrao”- ¡Era machorra!.

— La mina, hermanos –vuelve a hablar don Isauro- como ustedes saben, es un mundo aparte; un mundo con su gente, sus penas, sus alegrías, sus historias y sus tragedias. Por ejemplo, uno de sus habitantes es el muki…

— Ahhh, aquel hombre chiquitito que no llega al metro de altura, con su cabeza pegada al cuerpo porque no tiene cuello; fornido y rubio;  con ropa  de minero como la nuestra. Anda puesto su casco, alumbrado por su lamparita…¡Mismo minero!… Bromista acabado, le gusta jugar con los mineros tirándoles piedrecitas y si están solos los extravía en las galerías y los pierde…porque la mina es como una ciudad con muchas calles –describe Miguel Rosales Llanos, encargado de la Bodega Túnel e incansable defensa del “Sport Peruano”.

— En la mina hay muchas historias del muki. Todos los mineros tenemos algo que contar de este personaje –dice don Isauro.

— Así es. Una vez –interviene el capitán de mina Adalio Calderón- Trabajábamos trece hombres en una labor y llegada la medianoche, mandé un descanso y todos nos sentamos a “chacchapar” un rato. En eso sentimos fuertes picadas en la labor. ¿”Quién estará trabajando?”- pregunté, y al ver que nadie respondía, conté a los hombres. ¡Éramos trece! Nos quedamos mudos. No podíamos movernos; bueno, sobreponiéndome mandé a un hombre. Al poco rato volvió botando espuma por la boca, asegurándome que un minero chiquitito estaba trabajando en la labor…

— Claro. Era el muki –Sentencia don Isauro- El muki sabe asustar, por eso para evitar que nos joda tenemos que llevarle coca, cigarrillos, aguardiente; si no estamos reventados…

— Pero no a todos se le aparece. A algunos nomás – asevera Clero Huayanay.

— Cierta vez que siete hombres estaban trabajando en la mina –relata  Adolfo Mariño- se sentaron a descansar para masticar su coquita. Era más o menos las dos de la mañana. Uno de ellos, con el apuro, se había olvidado de llevar su ración y como no tenía mucha confianza con los demás, no quiso molestar pidiéndoles…

— ¿…Y?

— Para disimular dijo que su lámpara se había descargado y que iría a la bodega a cargarle carburo. Los otros le dijeron que vaya nomás. El hombre, para hacer tiempo, decidió darse una vueltecita por las galerías mientras sus compañeros “chachapaban”; pero quiso la mala suerte que, de veras, su lámpara se descargara. Los muy pocos palitos de fósforos que tenía en sus bolsillos los fue gastando uno tras otro sin lograr encenderla. Cuando terminó el último palito, quedó a oscuras, asustado. No era para poco. Estaba a ocho cuadras de su labor. En eso vio que se acercaba una lucecita amarilla y pensando que sería el capitán de mina, para no dejarse sorprender, se escondió detrás de unos cochecitos y quedó mirando desde una rendija…

— ¡¿Quién era…?! – Pregunta Berilo Suasnabar.

— Vio que la lamparita era de un minero chiquito. De inmediato reconoció al muki y, como llevaba su “chicullo” a la cintura, ahí mismito lo chapó. “Me has ganado” le dijo el muki, “Para que me sueltes, me comprometo a trabajar en tu labor”. Como el hombre no aceptó, le ofreció oro a cambio de su libertad…

— ¿ … Y?

— Y nada. A los pocos días se retiró de la mina y ahora tiene su gran negocio en Huancayo. Es un ricachón.

Dos cirios han comenzado a chisporrotear porque el pabilo demasiado largo se ha inclinado a un lado y la cera  gotea por sus costados. “Está llorando el finado” dice una mujer, se persigna, acorta el pabilo con unas tijeras y todo vuelve a la normalidad. Los que han notado la maniobra se santiguan reverentes.

— Mas bien fue pendejo, sino el muki se lo traga.

— Claro. Por eso siempre hay que andar con el “chicullo” a la cintura, sino uno está completamente jodido.

— Claro –vuelve a participar don Isauro- pero el “chicullo” -látigo tejido con la cola del caballo- tiene que estar bien entramado porque es el único medio para chapar al muki que es más escurridizo que una trucha…

Continúa…

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