VELORIO MINERO (Cuarta parte)

mineros chacchando cocaGlicerio Vargas, el chacayano, centro delantero de la selección mina, juguetea un rato con su “poro” y fijando sus ojillos en el chisporroteo de otro cirio, dice:

— Una vez, así, un hombre logró chapar al muki y este cojudo se conformó con el ofrecimiento de su ayuda. Claro que cuando a él le tocaba trabajar, lo único que hacía era llamar al muki que se encargaba de laborar mientras el pendejo sólo se cuidaba que los gringos no lo chaparan amarrando el macho. Bueno, el caso es que al poco tiempo el capataz se dio cuenta que el trabajo de éste era como de diez hombres y se quedó cojudo; entonces comenzó a espiarle. Un día, el hombre, después de hacer trabajar al muki se había quedado dormido sobre el metal. El capitán lo pescó y ahí nomás lo denunció….

— ¿Lo botaron…?

— ¡Lo botaron, pues!.

— ¡Gringos cojudos…!!!

— No vayan a creer que el muki es reciente. No. Es muy antiguo -vuelve a intervenir don Isauro- Me han contado que hace mucho tiempo, un viudo había llevado a su hijo al trabajo porque no tenía dónde dejarlo. El “chiuche” siempre estaba al lado de su padre mientras éste trabajaba. Un día le dice a su hijo: “Ve a traer agua a la fuente”. “Bueno”, dice el “chiuche” y como demoraba mucho fue a buscarlo. Cuál no sería su sorpresa al encontrarlo jugando con un chiuchecito rubio. Al darse cuenta que era el muki, sacó su “chicullo” y lo chapó sin hacer caso del lloro de su hijo. El muki que es juguetón como un niño, le aseguró que le amontonaría todo el mineral que quisiera sin que él tuviera que trabajar a cambio de su libertad. El hombre lo soltó pero con la promesa de que en recompensa él le llevaría coca, cigarros y cañita. Durante muchos años, este pendejo se llevó la gran vida.

Ha llegado la hora del responso y al ponerse de pie el cantor todos callan contritos. Su figura enjuta, encerrada en un viejo gabán, ejecuta histriónicos ademanes en tanto sus ojos sanguinolentos se fijan en cada uno de los circunstantes imponiendo silencio y contrición. Barítono de pueblo, eleva su voz cascada en cada motete de réquiem, extraña mezcolanza de latín, quechua y castellano. Las angustiosas inflexiones que se alargan en prolongados quejidos como dramáticas saetas sevillanas, nubla los ojos de los presentes y desboca el llanto abierto de la viuda, las hijas y todas las mujeres que acompañan. La tristeza es contagiosa, más cuando los tragos han subido a la cabeza. Finalizado el cante y el rezo plañideros, el cantor asperja agua bendita sobre el cadáver y emite sus bendiciones sobre el corro compungido; hace la señal de la cruz e invita a sentarse a todos con el fin de que beban sendos copones de hirviente “Calichi”.

— Hablar de la mina, es hablar de peligros. Hablar de la mina es hablar de la misma muerte. ¿Sí o no? –Reflexiona desde una esquina, colorado como un camarón, Antonio Milucich- ¡Eso es jodido, carajo!…¡Los hundimientos, las explosiones, los bancos, los gases venenosos, el polvo, el “jumpe”…¿ah?. Eso sí es jodido…¿O no?.

— ¡Claro, claro, claro –responde Teodolito Fuster- ¿Se acuerdan del último derrumbe del cuatrocientos…?

— ¡Sí! ¡¿Cómo no?! – Recuerda el “borrao” Picho- Eso sí fue jodido, muy jodido. Por no “desquinchar” una roca, un banco sepultó a toditito un grupo de trece hombres con el gringo Hope a la cabeza…¡Trece de un solo golpe!..¡Carajo!…¡Qué bestia! Aquella vez me salvé de milagro. ¿Recuerdan? ¡Cómo trabajamos aquella vez, carajo, cómo trabajamos!.

— ¡Día y noche!…¡Lampa y lampa! Recuerdo que el sudor se nos metía por los ojos sin dejarnos ver el trabajo. ¡Qué tremendo fue aquello –evoca Saturnino Carhuachín, rompiendo su silencio al conjuro del trágico recuerdo- Yo saqué en pedazos a mi hijo. ¿No compadre?.- Su voz quebrada es un hilo sutil que anuda los recuerdos.

— Sí, compadre, sí, recuerdo como si fuera ayer. ¡¿Quién se va a olvidar de algo así?! ¡Nunca, compadre, nunca! Ese día también nosotros morimos un poco. ¡Usted más, compadre, usted más! Aquella vez, recuerdo claramente, casi pierde usted la razón cuando se nos hacía difícil el rescate de los muertos. Todos nosotros buscábamos a su hijo… ¡Carajo! ¡Cuando ya estábamos descubriendo un cuerpo, un deslizamiento lo volvía a cubrir; y nosotros, dale y dale…¡Allí dentro no sabíamos ni qué hora era! ¿De día, de noche? ¡Allí no transcurría el tiempo!….

— Esa vez sí fue jodido. Sacamos a pedazos a los trece que ya se estaban pudriendo de tanto calor que hacía  abajo. ¡Carajo!. Lo único que hicimos fue meterlos en trece cajones, brazos, piernas, cabezas…lo que encontráramos. Bueno, no importaba, total eran trece hermanos… ¡Hermanos! –dice emocionado el Uman Caldo, Hermenegildo del Valle, acomodándose la cobija que le cubre las rodillas.

— ¡Carajo!… ¡Hay que tener huevos para soportar eso, hay que tener huevos bien rayados! –redondea Rústico De la Cruz.

— Derrumbes, que se llaman derrumbes, ha habido muchos- dice don Isauro- Nunca ha pasado un mes sin que no nos sacudieran estas desgracias, estas terribles tragedias. Tal parece que la mina cobra con sangre todo el mineral que los hombres le sacan.

Una mujer ha apareció con un lavatorio en una mano y un jarro de agua tibia en la otra. “Entreguen las bolas”, dice, y las mujeres primero, los hombres después, depositan  sendas bolas de coca masticada en el lavatorio para luego lavarse la boca. “Entreguen las bolas”. “Entreguen las bolas”, sigue diciendo la mujer.

— ¿Cuáles bolas? – pregunta Pablo Palacios, el compositor.

— Cuáles van a ser pues, caballero, ¿Oh,  Oh ?

— Aquí están –dice Pablo y escupe dos bolas de coca, la gente ríe.

— Dicen que ha llegado el nuevo prefecto-dice Lucas Allaín tras entregar las bolas y lavarse la boca.

—  Un chupasangre más. Un vividor. –Responde don Isauro Lavado- Aquí han llegado centenares de tipos como éste y, no tengan cuidado, seguirá llegando más en tanto nuestro pueblo aliente. De todas estas sanguijuelas que nos gobernaron no hay uno solo de quien se pueda hablar con gratitud. Ninguno hizo nunca nada para el bienestar de la tierra que los cobijaba. Estos cojudos son igualitos que los candidatos que de tanto en tanto llegan para ofrecernos el oro y el moro. ¡Payasos de porquería! Si hasta se ponen  casco de minero para ganarnos a su causa. Farsantes de mierda. Nosotros producimos, nos rompemos los lomos trabajando, descendiendo a los abismos, perforando, enmaderando, quemándonos el cuerpo con sulfato, matándonos con el polvo maldito que va comiéndose nuestros pulmones; arrancando con nuestras manos riquezas que estos vividores dilapidan. Nosotros nos vemos diariamente cara a cara con la muerte que  ésta agazapada en los socavones, a la espera que  cometamos  un error para llevarnos…¡Estos farsantes de mierda, sólo se acuerdan de nosotros en elecciones, cuando necesitan nuestros votos! Cuando salen elegidos: “¡Si te vi, no me acuerdo!”. Esto no es sólo con los hombres. Es también con nuestra tierra. Todos ustedes la conocen; si no miren nomás nuestra ciudad. ¡Como si hubiera pasado por una gran guerra, carajo!. ¡Todo ruinas, escombros, desolación, abandono!.  ¡Maldición!. Nadie se acuerda de nosotros, carajo; eso que mantenemos al Perú. No somos, ¡Puñeteras!, uno de esos pueblecitos de mierda con su puentecito, su río y su cura; con sus limoncitos y sus guayabitas que no sirven para nada, carajo. Nosotros producimos oro y plata con el que el Perú crece y se alimenta y vive. ¡Somos una ciudad!.. ¡Ciudad pujante, trabajadora, productora…

Continúa…

 

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