VELORIO MINERO (Quinta parte)

Mineros cerreñosEs medianoche cuando la puerta se abre para dar paso a un contingente de hombres que acaban de salir después de sus ocho horas. Junto a sus capotes, lámparas mineras y portaviandas, traen botellas de pisco, vermouth ron y aguardiente de caña que ponen en manos de los “dolientes”. Acaban de salir del turno de tres. Entre ellos está el poeta minero, Lorenzo Landauro que con su libro, “Lira del Ande” se ha ganado la admiración del pueblo; el músico Jesús Enciso; el compositor Marcelino Porras Mandujano; los futbolistas Máximo Lazo, “Machina” y Pablo Tinoco; los guiadores de la chunguinada de la capilla de Uliachin, José Blanco y Eustaquio Mayhua. Tras los saludos del caso y los tragos de bienvenida, se han acomodado para engrosar el corro minero y la conversación sigue su curso.

A medida que los tragos van actualizando memorias, reconcentrando rencores y soltando lenguas en fraternal coloquio, la plática se enciende reavivando ancestrales resentimientos. Rememoran que esto no es nuevo, que viene desde antiguo. Desde cuando los incas descubrieron que nuestros hombres eran extraordinarios orfebres que transformaban el oro, la plata y aleaciones, en joyas de ensueño. Desde aquella vez comenzaron a explotar a nuestros hombres para trabajar en las minas y producir las riquezas fabulosas con las que, en gran mayoría, pagamos el rescate del inca Atahualpa. Pero si desde aquella época ya existía la explotación, fue la llegada de los españoles la que terminó de joder todo. Descubiertos los fabulosos filones se vinieron en cantidades increíbles a vivir aquí. Españoles, ingleses, franceses, italianos, croatas, húngaros, prusianos, bosnios, y demás aventureros. Ellos hicieron esta ciudad sobre un regio basamento de plata y la explotaron inmisericordemente para su provecho. Ambiciosos como eran, olvidando los más elementales principios de caridad cristiana que tanto predicaban sus frailes, sepultaban a los hombres en los socavones de por vida, para explotar las riquezas que los harían ricos. Nuestros abuelos entraban en las negras galerías apenas asomaba la luz del día y tras estar encerrados más de dieciséis horas rompiéndose el alma sólo salían del socavón cuando la oscuridad cubría la tierra. Y como si esto fuera poco, sin ningún alimento que los sostenga, con sólo la coca –compañera de sus desgracias- que los mantenía con vida. ¡Malditos!. Al poco tiempo, pálidos como gimientes espectros, finaban víctimas de la opilación: una anemia asesina que había consumido todas sus fuerzas. Otra cantidad inconmensurable, la mayor, moría descalabrada y aplastada por los derrumbes. Diariamente había luctuosos hundimientos. Si no terminaban así, los que quedaban morían morados, como pintados; estaban azogados por la absorción desmedida de los gases de mercurio en los ingenios. ¡Duele decirlo, pero fue así! Entre tanto los explotadores vivían atosigados de riquezas, de poder, de soberbia. Muchos de estos perversos compraron títulos nobiliarios de condes y marqueses con el sudor y la sangre de nuestros abuelos. Por eso desde siempre se sabe que el minero no vive, sólo dura; como si fuera un vulgar objeto.

Pero ahí no queda la cosa. Cuando todos esperaban que la situación cambiara con la independencia, todo siguió igual. Igualito no más; sólo que esta vez las sanguijuelas eran “patriotas”. De nada sirvió que nuestros hombres lucharan por la libertad conformando las montoneras. Cuando llegaron Arenales y Bolívar –cada uno en su tiempo- quedaron admirados del espíritu independentista que animaba a nuestra gente. En todos los pueblos de Pasco se luchaba por la libertad. Los montoneros allanaron el camino a San Martín y a Bolívar. Hay que leer las Memorias de Miller para aquilatar nuestra participación. Eso demuestra  que nunca estuvimos callados e indolentes como alguien pudiera pensar. Desde 1780, estuvimos complotando contra los españoles; contra sus medidas de exacción, contra sus impuestos desmedidos. Más tarde, en 1811, fuimos los que iniciaron el movimiento insurreccional que terminó con el levantamiento de los Panataguas y Huamalíes que lideraron Crespo y Castillo, Marcos Duran Martel, Ignacio Villavicencio y Francisco Ledesma, en la región de Huánuco; es decir, hicimos la lucha aquí donde era más peligroso, aquí donde residían los españoles más poderosos.

Aquella vez –como siempre ha sucedido- ahogaron en sangre nuestra insurgencia. Carratalá, por ejemplo, mandó degollar a nuestra heroína, hoy injustamente olvidada, María Valdizán. Ya, mucho antes, en 1742, apareció Juan Santos Atahualpa en nuestra  selva; lástima que no llegara a  nuestra ciudad a liberarnos de los explotadores, lástima. En 1820, nuestra ciudad fue escenario de la Batalla del Cerro de Pasco, en la que Arenales venció a los realistas; fue la primera y más importante batalla por nuestra libertad. Así que no es cierto que permaneciéramos callados cuando hubo necesidad de manifestarnos. -Hay un religioso silencio que deja discurrir la indignación y la frustración del viejo líder minero y de los hombres que lo están rodeando-. A partir de entonces fueron llegando otros extranjeros de lejanos lugares que  para el caso es igual. Seguimos jodidos. De los norteamericanos ni hablemos, igualito no más, igualito; sólo que a éstos los corrompieron nuestros mismos paisanos; aquellos alcahuetes, “chupamedias” que no dejaban al gringo ni a sol ni a sombra: “mister, fulano es peligroso”, “Mister, mengano es sindicalista”, “Mister, sutano, habla mal de ustedes”. “Mister, los del cuatrocientos amarran el macho”. “Mister”, “Mister”, “Mister”,… hasta inglés llegaron a hablar esos malditos quintacolumnistas, felipillos de mierda…

—  Es verdad, Isauro, es verdad. Conocemos a cada uno de estos vende patria, protegidos de los  gringos….-  Lorenzo Landauro, contemporiza-…Siempre ha sido así, ellos los explotadores, nosotros las bestias de carga. Siempre hemos sido tratados como animales y nunca, nadie ha sacado la cara por nosotros. Ni no nos respetaron ni no nos apreciaron. Aquí, como en ninguna parte del mundo, la infamia ha sido una cruel constante; por eso es que cuando alguien tenga el coraje de escribir nuestra historia, tendrá que comenzar en los socavones. Yo sé que habrá alguien. Alguien que tenga los huevos de revelar esta dolorosa realidad al mundo. Ya es tiempo que nos conozcan y nos respeten.

— ¡Claro, carajo. En cuatrocientos años, sin faltar uno solo, hemos mantenido al Perú. Con el dinero sacado de nuestras minas, han construido avenidas, paseos, edificios, palacios, hospitales, bancos, ejércitos, de todo; especialmente en Lima y, por lo menos, allá en la capital, en recompensa por tantos caudales que les hemos dado, una de sus avenidas, ¡la mejor!, debería llamarse Cerro de Pasco, pero, no, carajo, no hay una sola calle con el nombre de nuestros pueblo heroico….¡Ingratos de mierda!.

— Claro que nos dieron muchos títulos –arguye contemporizador el trolero…

—  ¡Y qué, carajo!… ¿Y qué? A lo largo de nuestra historia nos untaron con títulos rimbombantes y vacíos que en nada han contribuido a nuestro progreso; sólo sirvieron para que los cogotudos, hinchados de vanidad como sapos, luciendo sus galas y bebiendo su champaña, se pavonearan de lo lindo. Eso, hermanos, era pasarnos la mano para dormirnos, para acojudarnos. Porque lo legal es que conjuntamente con los títulos, debieron construirnos bibliotecas, colegios, universidades, campos deportivos, edificios, escuelas, hospitales. Nada de eso hicieron. Devolver en algo lo mucho que sacaron de nuestras minas.

— Pero nos dieron títulos…

— …Claro: “Nuevo Potosí”, “Ciudad Real de Minas”, “Distinguida Villa”, “Opulenta Ciudad”, “Capital Minera del Perú” etc, etc, etc; títulos, nada más que títulos…

— …pero tú siempre has dicho….

—… Sí, claro, carajo, sí; el único  título que vale: “Pueblo Mártir”. Porque si otros pueblos de nuestra patria son, la capital de la carcajada, la capital del carnaval, la ciudad de la eterna primavera, de las naranjas dulces, de las chumchumecas calientes, capital del atardecer, capital del baile, capital de los huevones; el Cerro de Pasco es el “Pueblo Mártir” del Perú. ¿Qué pueblo ha sufrido más que el nuestro en toda nuestra historia…¿Cuál…?

— …Ninguno, hermano, ninguno….

— ..Ese es el único que vale. Los otros títulos son palmaditas sobre el hombro. El Cerro de Pasco es como el pobre minero al que el poderoso le hace entrar en su Despacho, discurseante le cuelga una medalla de chafalonía dizque para estimularle; le da unas palmaditas sonriéndole con sus dientes de oro y luego le propina una patada en el culo para que baje a la mina a seguir jodiéndose…Porque, a los hombres que hicieron posible estos títulos…¿Les dieron algo?…¡Nada!. ¿A la tierra que se desangró por siglos para dar esas fabulosas riquezas, se le dio algo? ¡Nada!. Absolutamente nada. Escombros y nada más que escombros es lo que han dejado…¿O están ciegos?.

— Pero tampoco hay que exagerar, don Ishaco..-dice el timbrero Rústico De la Cruz.

— ¿Exagerar?. ..¡Qué exagerar, carajo!…El Cerro de Pasco no duerme. Eso, todos lo conocemos. En ninguna parte como aquí, el tiempo tiene una vigencia palpitante, activa. No hay tregua posible. A la hora que se llegue…-¡cualquier hora!- se escuchará el bronco traquetear de las perforadoras, excavadoras, cargadores frontales, martillos, picos, palas …en una sinfonía inacabable de producción. A la una, a las siete, a las once del día o de la noche, el minero cerreño está trabajando… ¡Trabajando!..¡No hueveando!. Por el avance de cada centímetro, de cada pulgada, de cada metro, en las atroces galerías mineras, el hombre deja su vida a pedazos si un derrumbe o una explosión no lo hace antes. El minero vive –si es que vida puede llamarse a la que lleva- pendiente de un milagro. Nadie podría asegurar que entrando en el socavón vivo y entero, podrá salir igualmente por sus propios medios. El riesgo es vigente, constante, inacabable. Si el azar lo deja sobrevivir, en su diario torneo con la muerte, ésta sabrá esperar agazapada en uno de los últimos recodos de su existencia y cuando sus pulmones carcomidos por el polvo metálico  no lo dejen respirar, acicateándolo de angustias, de dolores, de cruel agonía, cobrara su presa; un hombre decrépito, descarnado amarillo, sin vida.

Continúa….

 

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