VELORIO MINERO (Sexta parte)

velorio minero 5En este tipo de juntas propiciada por el dolor de la muerte, se hace una revisión apasionada de cada etapa vivida por el pueblo.

— Hay mucho de razón en lo que dices, hermano. Los barcos que cruzaron los mares transportando nuestras riquezas para fomentar el ocio y el extravío de tanto haragán, llevaban también la vida de centenares de hombres que habían muerto desjarretados en las profundidades de los socavones; transportaban el sufrimiento de miles de viudas y huérfanos que con sus lágrimas asperjaron aquellos filones. Siempre, siempre fuimos tratados así, como bestias de carga a las que nunca se respetó. Nos tuvieron esclavizados, castrados inermes mediante el abuso y la exacción.

— Yo creo que todo esto pasó porque no tuvimos educación  -afirma el winchero Sánchez- Yo por ejemplo, jamás fui a la Escuela. Huérfano desde niño tuve que trabajar…

— ¿En la Picking Plant? – pregunta Marcelino Porras.

— ¡Claro!.- En la escogedora de metal. Todos nosotros nos iniciamos en la escogedora, muy chiuches, de once o doce años.

— Así es –afirma el poeta- allí entre las fajas transportadoras y las gigantescas moledoras, sepultamos nuestros sueños de niños. La escuela fue un privilegio que muy pocos alcanzaron, pero, en todo caso nuestra instrucción terminaba allí, en primaria. Los afortunados iban a trabajar en la Casa de Piedra y las oficinas, el resto, a los talleres y a la mina. En cuatrocientos años jamás tuvimos un Colegio de Media. Otros pueblos aledaños de menos categoría tenían sus colegios desde el siglo pasado. ¡Imagínense!. Nosotros sólo a partir de 1943 en que se abre el Carrión…

—Pero….¿Por qué fue así? – Pregunta Clero Huayanay..

— A nuestros padres les fue difícil prepararnos. O no pudieron o no quisieron. Digamos la verdad. Jamás les importó nuestras vidas. Ellos veían que sus hijos -niños todavía- ya se ganaban el sustento y libres de responsabilidad, se dedicaron al trago, a las jaranas a la celebración de las fiestas patronales, huarmi jorgoy, chunguinada, calixtradas etc. Ah y a las mujeres -con excepciones muy notables, claro- las autoridades locales vieron siempre con buenos ojos esta indiferencia y conchabadas con los gringos y demás dueños de minas, alentaban las francachelas y celebraciones vacías. Total, a ellos les convenía que siguiéramos ignorantes para que pudieran seguir explotándonos…

— Pero sabemos que hubo hombres muy preparados que salieron de nuestra tierra como don Elías Malpartida…

— Ellos eran hijos de los “poderosos”. De los que tenían harta plata y querían que sus hijos progresaran, por eso los enviaban a París, Bruselas, Estados Unidos, para que se preparen. Los que menos tenían enviaban a sus hijos a Jauja, Tarma, Huancayo, Huánuco, pueblos que sí tenían escuelas y colegios bien cimentados. La mayoría de padres –por no decir la totalidad- viendo que sus hijos habían conseguido trabajo en la compañía se quedaron conformes. Se hicieron cómplices del atropello y el atraso.

— Pero…¿Y ustedes?..- pregunta el borrao.

— Nosotros… ¿Qué?

— ¿Cómo se han preparado?.

— Eso es la excepción. Fuimos autodidactas. Mediante nuestras lecturas –responde el poeta- Aquí están Ishaco Lavado, Andrés Urbina Acevedo, Gerardo Patiño López, Gamaniel Blanco Murillo, Arturo Mac Donald, todos los Casquero, el  “Wagrabotas”…porque amábamos la cultura. A nosotros nadie nos enseñó. Antes, sólo los pudientes salían de nuestra tierra para estudiar.

— No sólo eso; no sólo eso. –afirma Ishaco Lavado para seguir hablando con voz pungente, reveladora de toda una verdad, dolorosa, pero verdad.

En el Cerro de Pasco ocurre lo que muchos no han reparado.  Aquí ni las inacabables trombas de agua, ni las sonoras esquirlas de los granizos, ni las nieves silenciosas, ni la cellisca, ni los rayos, ni los truenos, menos aún los rayos insoladores de un sol que se ceba en los rostros de los hombres, las heladas, los relentes, la nieblas, ni los bravos vientos silbantes, nada, nada, ha podido detener el trabajo minero. Ni la lluvia, ni la sequía. Nunca habrá un periódico por ejemplo que diga: “En el Cerro de Pasco, la sequía es  tan terrible que las vetas de plata, cobre, plomo o zinc se han tronchado. O esto 0tro. “Días enteros de nieve seguido de imparables lluvias han inundado las galerías y este año no habrá producción”. No, nunca. La producción sigue imparable las veinticuatro horas de todos los días, de todos los meses, de todos los cuatrocientos años….

Ha transcurrido cuatro siglos. ¿Qué ha quedado de todo? De los pobres obreros diseminadas osamentas que no pueden descansar en paz porque los hoyancos donde yacían están siendo convertidos en metal. Y de la tierra. Nada. La voraz picota minera fue echando por los suelos lo más querido de nuestras vidas, nuestras casas, templos, escuelas, cementerios, barrios enteros. ¿Qué nos dieron a cambio?  Sólo ingratitud e indiferencia. ¿Hay algún pueblo que le haya dado tanto al Perú?  No. No lo hay. En ninguna época, en ningún meridiano o paralelo de la tierra, se ha dado algo parecido. Y esto no de ayer ni del año pasado; es de siempre. Durante cuatrocientos años, sin deserciones de ninguna clase, se ha cumplido ese rito inacabable…

Viejos y jóvenes tienen plena consciencia de la cruel realidad que viven. La dolorosa procesión de sus vidas se reactualiza cada vez que se juntan y rememoran acerbos pasajes del ayer. En todos estos siglos no ha habido una sola generación satisfecha, una sola generación que no haya conocido de saqueos, engaños, maltratos, robos, estafas, abusos que, a lo largo de los siglos se ha convertido  en degradante índice de frustración y resentimiento. Esta tierra fría,  amada hasta la exageración por algunos de sus hijos y, olvidada compulsivamente por otros, nunca conoció la paz. Nunca. El estado de crisis permanente pasó a ser  la normalidad desde tiempos inmemoriales. Los niños que nacen aquí, nacen llorando de tristeza porque les ha tocado el atroz destino de llegar a una tierra tan rica pero a la vez, patéticamente maltratada. Desde el vientre de su madre primero y la leche materna después, beben el acíbar del dolor que subyace en sus canciones. Un pueblo pateado, perseguido y golpeado sufre mucho, pero un pueblo engañado,  sufre más.

— Bueno, digo yo: ¿Nuestros viejos permitieron que todo aquello ocurriera sin decir nada?. ¿A nadie se le ocurrió pararle el macho a los abusivos….?. No entiendo dice, Teodolito Fuster.

— ¡Claro que si, carajo, claro que sí! Lo que pasa es que no todos cerraban filas en ese sentido…

Continúa…

 

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