EL MILAGRO DE LA MAMI (Segunda parte)

El milagro de la mami 2En el tiempo que llevaba regentando el burdel había presenciado muchísimos acontecimientos. Desde redadas de la policía en busca de  rateros o apristas conflictivos hasta grescas descomunales con incontables heridos. Esa era una constante. También fue testigo de muchas escenas de amor, sacrificio y entrega que en éste como todos los lugares se dan. Recordaba por ejemplo cómo un enamorado asistente al lupanar –el “Chiquito”- preñó a una pupila no obstante los cuidados desplegados para evitarlo. Tras el alboroto levantado por el acontecimiento, con un enternecido  comedimiento, él esperó los nueve meses hasta el nacimiento. La llegada de la niña fue muy festejada pero terminó con la vida de la madre que murió entre estremecedoras convulsiones. Aquella noche el “Chiquito” desapareció con la recién nacida. Jamás permitiría –como lo declaró años después- que su hija creciera en un burdel. Se desvivió por ella y la convirtió en una hermosa señorita que después la casó con un próspero industrial.

Primavera de mis veinte abriles, relicario de mi juventud,

un cariño ignorado soñaba y ese sueño ya sé que eres tú.

Cuántas veces rogaba al destino, ser esclavo de tu sueño azul,

y hoy que sé lo que cuesta un cariño, ya no puedo con mi esclavitud.

 

Quisiera amarte menos, no verte más quisiera,

salvarme de esta hoguera que no puedo resistir.

No quiero este cario que no me da descanso,

pues sufro si te alcanzo y lejos no sé vivir.

 

Quisiera amarte menos porque ésta, ya no es vida;

mi vida está perdida de tanto quererte,

no sé si necesito tenerte o perderte,

yo sé que te he querido más de lo que he podido;

quisiera amarte menos buscando el olvido

y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

 

Entre dos que se quieren de veras el cariño distinto ha de ser,

mientras uno da entera su vida, otro sólo se deja querer.

Yo lo sé y sin embargo no puedo consolarme que quererte yo.

tengo miedo que nunca termine esta dura condena de amor.

Otro fue el chasco que se pegó un gringo de la “Mining”. Joven, alegre y vivaz,  apenas llegado trató de  entrar en el mundo vocinglero del baile y la alegría. En su castellano ripioso preguntó a los trabajadores, jóvenes como él, si en la ciudad había un lugar donde pudiera tomarse unos tragos y bailar con damas guapas y alegres. Se refería, claro está, a un  cabaret con anfitrionas, meseras, mozos, orquesta y lo demás.  Los lugareños, restringidos al estrecho escenario local pensaron de inmediato en el burdel. Le dijeron que sí. El gringo preguntó la dirección y se la dieron. Un sábado, al promediarse la medianoche, burdeleros y alegres damiselas vieron entrar a un gringo joven, buen mozo, bien plantado; lucía un impecable smoking negro con “michi” y todo. Parecía un figurín. Cuando se dio cuenta que se encontraba en un burdel como otro cualquiera del mundo, ya estaba rodeado de las chicas que le hicieron bailar y beber toda la noche. A partir de entonces,  se convirtió en infaltable asistente y claro, sin la ropa ostentosa y llamativa que había usado en su debut. En poco tiempo, por obra y gracia de los soplones de la compañía, sus actividades festivas fueron conocidas por sus jefes. Le entregaron su “Time Cheek” y lo echaron de la compañía. Las putas, enteradas de la noticia, le organizaron una espectacular despedida que duró tres días con sus noches. El gringo por alegre, manirroto y muy democrático, había calado muy hondo en el alma de las féminas que inclusive lloraron cuando partió.

La última noche que pasé contigo

la llevo guardada como fiel testigo

de aquellos momentos en que fuiste mía

y hoy quiero borrarla de mi ser.

 

La última noche que pasé contigo

tengo que olvidarla pero no he podido

la última noche que pasé contigo

tengo que olvidarla por mi bien.

 

¿Por qué te fuiste aquella noche,

por qué te fuiste, sin regresar

y me dejaste aquella noche,

con el recuerdo de tu traición?

Otro infaltable asistente al lupanar era el “sopero” Ponce, diminuto vejete que con creces superaba los sesenta pero que ostentaba un asombroso vigor para su tiempo; la otra chapa por el que se le conocía era: “eléctrico”. Ambos apodos eran engañosos. Los que no estaban en los secretos prostibularios, creían que le decían “sopero” por efectivo practicante del sexo oral que, a su edad, encontraban comprensible. Falso. “Sopero” porque efectivamente gustaba de la sopa, pero no de aquella en la que la lengua hace las veces del miembro viril practicado por algunos viejos mañosos y algunas mujeres, entre ellas, la Mami; sino porque, efectivamente, le gustaba la sopa, pero aquella que en casa era preparada con harina de habas, arvejas, chochoca, y otras especies a las que, invariablemente, añadía una extraña sustancia salada que sólo él conocía. Bueno, no sólo él, también don Pedro Santiváñez –enfermero del Carrión- su involuntario proveedor. Este polvo misterioso y exclusivo era fruto de sus incansables lucubraciones. Lideraba un grupo de “malogrados” que continuamente estaban experimentando poses y actitudes –no importándoles cuan difíciles fueran- para alcanzar el máximo goce venéreo; entre ellos estaban el flaco “Tovacho”, el “aventajado” Agostini, y casi todos los bancarios de entonces. Tres pelanduscas los secundaban: “La Pantera”, “Regina” y “Simoné”. Los días de pago en la Compañía, colgaban a sus puertas sendos cartelitos que aseguraban: “Servicio Completo – Atención por los tres caminos”. Se llenaban de plata. Su afición no sólo abarcaba libros misteriosos de magia negra, hechicería y encantamientos; sino también sicalípticos de Vargas Vila y Alfredo de Musset, especialmente “Cien Noches de Placer”, y la Biblia del amor: Kamasutra, cuyas lecciones –especialmente las posiciones tan dificultosas como excéntricas- las practicaba con su mujer, la Regina, fiel acompañante y colaboradora en sus exóticos experimentos. Su insaciable avidez le hizo leer, los “Shungas” de Japón, escritos e ilustrados por monjes de misteriosos monasterios y, “Los Libros chinos de almohada” con increíbles revelaciones chinas y, cómo no, “Las Mil y Una Noches” en su edición para adultos, prohibida para niños. Está demás decir que estos ejemplares le fueron proporcionados por chinos y japoneses residentes en la ciudad minera. Sus averiguaciones en este campo habían sido múltiples. Ávido lector del doctor Voronoff, estaba seguro que las glándulas reproductoras de los monos y otros animales alimentaba con creces la potencia sexual de los hombres, por eso los carniceros le guardaban criadillas de toros, machos cabríos y carneros que eran parte fundamental de su dieta. Descubrió y experimentó personalmente –sin que nadie más lo supiera- que la placenta de una recién parida estaba dotada de sorprendentes efectos afrodisíacos que actuaban sobre la libido de los hombres. En sus cuidadosos estudios llegó a establecer la manera más efectiva de ingerir este poderoso reconfortante sexual. Enterado que se había producido dos o más nacimientos  llegaba al nosocomio y, sibilinamente, guardaba en una bolsa el quid de su misterio. En casa lavaba y sometía a un procedimiento de salado escrupuloso, no sólo con sal común, sino con otros elementos vegetales resecos y previamente molidos como maca seca, huanarpo macho, algarrobina, miel de abejas, con los que lo embadurnaba totalmente y exponía a los rayos del sol y, en la noche, a la intemperie para que el hielo hiciera lo suyo. Ya completamente seco y crocante como galleta tostada, lo molía y mezclaba con su sopa sustanciosa. Este extraño menjunje afrodisíaco, caro a sus apetencias, rica en hormonas, era efectivo para ponerlo en “Fa”. El sopero estaba convencido de los efectivos resultados de su preparado; su “currículum vitae”, lo demostraba. Era el asolapado marido de la Mami y consolador amante de las otras damiselas que lo admiraban por su vigor inigualable, su resistencia, delicadeza y arte incomparable para hacer el amor. Eléctrico”, no solo por sus inacabables bríos sino también porque formaba parte de las huestes de Joaquín Alcántara que comandaba el taller encargado de las instalaciones eléctricas en la “Mining”. Era un excepcional sopero eléctrico. Un semental.

Nadie, comprende lo que sufro yo,

canto, pues ya no puedo sollozar.

Solo, temblando de ansiedad estoy,

todos, me miran y se van.

 

Mujer, si puedes tú con Dios hablar

pregúntale si yo alguna vez

te he dejado de adorar.

 

Y al mar, espejo de mi corazón,

las veces que me ha visto llorar la

perfidia de tu amor.

 

Te he buscado por siquiera que yo voy

y no te puedo hallar,

para qué quiero tus besos si tus labios

no me quieren ya besar.

 

Y tú, quién sabe por dónde andarás

quién sabe qué aventura tendrás

qué lejos estás de mí.

Continúa……

EL MILAGRO DE LA MAMI 1

“Cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la

El milagro de la mami vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, la celestina, el comisario, el gigoló, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, nadie la respeta, los diarios no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido…”.

                                            Jorge Amado

                                     (Escritor brasileño)

A un extremo de la solariega calle del marqués, colindante con una depresión que terminaba en la “Central” –primeros talleres de la “Mining Company”- funcionaba el burdel de Tambo Colorado. Lupanar de baja estofa regentada por la “Meche”, una gringa entrada en años que no obstante las huellas dejadas en su cuerpo, mantenía algo de un pasado garbo que se resistía a morir. Siguiendo a un exitoso jugador del “Atlético Chalaco” que venía a enrolarse al “Unión Railway”, llegó procedente del Callao. Aquí sentó sus reales. Hija de padre español y madre peruana congregaba porte y belleza excepcionales. Hablantina, juguetona y amiguera, llamaba la atención por su talante y perenne sonrisa a flor de labios. Rostro ebúrneo de rasgos finos, labios carnosos, ojos celestes y largo cabello rubio; complexión robusta de senos enormes, cintura fina, anca poderosa y piernas bien formadas: un verdadero encanto de mujer. (Un cinemero viejo memorioso de aquellos tiempos afirmaba que era vivo retrato de la voluptuosa Mae West, estrella del cine norteamericano)

Abandonada por el futbolista fue bienvenida en el “Rancho Grande” donde inició su exitoso periplo carnal. Allí le clavaron el mote de “Marquesa”, no sólo por su belleza y talla extraordinarias, sino también por su nombre: Mercedes Henríquez Vélez de Villa y Ruiz de Somocurcio. Pronto eliminaron el rimbombante nombre y quedó sólo como Meche.

Cuando advirtió que mineros, hacendados y comerciantes ricos, encamotados con las más jóvenes, ya no satisfacían sus exigencias pecuniarias, envió a sus dos hijas tenidas en el burdel a casa de su madre, lió bártulos y se fue al “Rancho Chico” donde fue muy bien recibida. Aquí celebró sus 25 años de servicios lupanarios. En ese lapso dio profesión a sus dos hijas. Enterada que “Tambo Colorado” no tenía quien la regentara porque todas sus pupilas se creían con igual derecho, llegó para imponerse como superiora llevando consigo tres o cuatro mujeres más. Para entonces,  la dureza de la vida había dejado huellas en su cuerpo. No obstante las marcadas ojeras, sus ojos celestes conservaban un luminoso brillo especial; su cuello surcado de arrugas siempre lucía un hermoso crucifijo de plata, y, si por el intenso frío tenía que usar una chompa de cuello alto -lo que sucedía casi siempre- la cadena de plata y la cruz brillaban encima. Ésa era su más grande reliquia, mágico talismán al que confiaba sus más acerbos secretos y escasas alegrías que experimentaba en la vida. Vestía una falda vueluda de lana con varias enaguas para mantener caliente la zona baja de su cuerpo. Si el helor de la dilatada sala de baile era abrumador, las levantaba y, debajo, colocaba una estufa eléctrica. “Estoy calentando la comida” decía; pero jamás pudo vencer sus dolores reumáticos. La señora que la atendía, doña Tomasa –cocinera, lavandera y confidente- le aseguraba que eso agravaba su malestar. Ella no le hacía caso. Cuando los dolores se tornaban insoportables, se veía obligada a aplicarle un tratamiento de hierbas milagrosas: romero, jaya, hojas de aliso, sayán, shipita, quinual, malco, santa mata y huaca Kasha. Este brebaje debía ingerir en ayunas en ayunas durante quince días. El bagazo de las hierbas hervidas le aplicaba en caderas y articulaciones de brazos, piernas y dedos. Otras veces  azotaba las partes adoloridas con ortiga negra, luego las sumergía en vasijas repletas de nieve. Esto lo aliviaba por un tiempo. Pasadas las crisis agobiantes volvía a las andadas. Su alimentación siempre estuvo encendida por enervantes ajíes que eran su pasión; especialmente los rocotos. “! Sin ají, no hay comida aquí en el Cerro, carajo!”, sentenciaba engullendo toda la variedad que ponían a su alcance. La comisura de labios y  dientes de un amarillo sarroso denunciaban su tremenda pasión por los cigarrillos que no los fumaba uno por uno como todo el mundo. No. Atando toda una cajetilla con unas pitas, le quitaba el envoltorio y como si estuviera tocando la armónica, se soplaba los veinte en medio de un humo espantoso. Era increíble. Una que otra vez, regalado por alguien allegado al “Golf Club” de los gringos, fumaba su habano MONTECRISTO, con parsimonia festiva. Tenía junto a la mesa del cubículo que le servía de otero para controlar todo lo que acontecía en el salón, una robusta botella de Coñac “Viuda de Clicquot”, que de rato en rato, degustaba. La vieja era rumbosa y se daba sus gustos. Nunca fue cicatera. Muy comprensiva, cuando una de sus pupilas garantizaba a  algún marchante, éste dejaba su reloj como prenda. El día de pago lo rescataba. Así, en el cajón central de su mostrador, tenía una fabulosa cantidad de relojes pulsera y de bolsillo: Movado, Cima, Edox, Westclox, Omega, Nivada, Longines, Waltan. Los relojes que no eran reclamados, los vendía al peso al relojero Peña que se hacía buen negocio con ellos.

Mujer, mujer divina,

tienes el veneno que fascina en tu mirar.

Mujer alabastrina,

tienes vibración de sonatina pasional;

tienes el perfume de un naranjo en flor;

el altivo porte de una majestad.

 

Sabes de los filtros que hay en el amor,

tienes el hechizo de la liviandad,

la divina magia del atardecer,

y la maravilla de la inspiración.

tienes en el ritmo de tu ser, 

todo el palpitar de una canción.

Eres la ilusión de mi existir, mujer…

La “gringa” era tan comprensivamente maternal que en su dilatada vida putañera jamás tuvo enemigos ni personas que la contrariaran. Se daba el lujo de permitir la concurrencia de curas a su “chongo” cuando la mayoría de “chicas” veían en eso un marcado signo de mal agüero. “Pobrecitos, ¿Dónde van a botar la piedra?”-decía. Dos eran las condiciones que tenían que cumplir: Quitarse la sotana para entrar en el salón y ponerse otro nombre de combate, como lo hacían las putas. Así al cura Giles le decían: “El Gaucho”; a Ascanio Santiváñez, “Panchito”; al cura Lobatón, “Pepe”. Todos los curas llegados a la iglesia de Chaupimarca, menos el padre Severiano Rojas Lazo y Próspero Reyes Cortez, “Chazán” fueron –cada uno en su época- infaltables asistentes al burdel. Eso todo el mundo lo sabía. En cuanto a su indumentaria, ingresaban en la habitación de su “mujer” para cambiar sotana por terno y, con él, a bailar en la sala como cualquier parroquiano.

Por qué tú eres así

si el alma entera te di

y te burlaste tranquilamente

de mi pasión.

Si triunfa el bien sobre el mal

y la razón se impone al fin.

Sé que sufrirás

porque tú hiciste sufrir mi corazón,

es una deuda que tienes que pagar

como se pagan las deudas del amor.

No voy a llorar

porque la vida es la escuela del dolor

donde se aprende muy bien a soportar

las penas de una cruel desilusión.

Por otra parte, las veces que alguna de sus pupilas quiso casarse, exigió que le presentara al interesado para conversar con él; tras la plática, decidiría si le convenía o no. La pupila acataba la decisión. Era una verdadera madre para todas aquellas desventuradas que, pintarrajeadas y forzadas sonrisas en los labios, buscaban alegrar a los burdeleros. Así, durante su estada, vio marcharse a seis mujeres con sendos maridos que les dieron hogar. Eso sí, salida de la casa, ya no tendría oportunidad de retornar, cualquiera hubiera sido su suerte. De aquellas, Morayma, accedió al pedido de un hombre solitario, otoñal como ella, que había visto pasar su vida sin encontrar a la compañera de sus sueños. Las diarias pláticas revelaron una maravillosa conjunción de pareceres, coincidencias en gustos y preferencias, hasta que comprendieron que estaban hechos el uno para la otra. Tras darle muchas vueltas al asunto, decidieron unir sus destinos por el resto de sus vidas. Jamás imaginaron lo que tendrían que afrontar después. “Gelacho” Malpartida, pertenecía a un grupo social de elite en la que estaba la gente  encumbrada y la más prejuiciosa de la ciudad: “Los Decentes”. Cuando se enteraron de la verdad,  ni sus familiares le perdonaron. Le cerraron sus  puertas y cortaron todo vínculo de parentesco. Cargando unos cuantos cachivaches, se fueron a vivir a extramuros de la ciudad. Los clubes “Centro Social”, “Team Cerro”, “Copper” y “C.J.C”, le retiraron su membresía y lo trataron como a un apestado, aunque claro está, todos los socios eran irrenunciables y solapados “chongueros”. Felizmente, pasados los años se decantaron pasiones y perdonaron el desliz sin restituirle antiguos privilegios. Lorenzo “Luly” Dorregaray, tuvo suerte diferente. Sin hacer caso de insultos y desplantes se plantó a vivir en su casa, en compañía de la “Pantera”, una negra magistral de hermosura soberana que convertida en atracción de los lupanarios, fue “sacada” para casarse. Fueron felices porque la negra valiente, defendió su hogar con uñas y dientes. Nadie se metió con ellos. Por su parte, “Machi” Romero –arquero del deportivo Municipal- “sacó” a Vilma y se llenó de hijos con ella. Tuvieron mala suerte. Una tarde que estaba atendiendo su Restaurante, se inflamó la cocina originando un mayúsculo incendio. Murieron tres de sus hijos. Ella, por salvar al menor, sufrió serias quemaduras que la desfiguraron completamente, al igual que a su niño. Nunca pudieron reponerse de tremenda desgracia. Como ésta, muchas historias anduvieron de boca en boca por el pueblo. Todas fueron conocidas por la Mami que, siempre oportuna, hizo llegar su apoyo a los damnificados.

Continúa………….

TRANSPORTE DE TRABAJADORES JAUJINOS “ENGANCHADOS”

 

los jaujinos 1
Imagen referencial

Ilustrativa fotografía en la que se ve a un grupo de trabajadores –hombres y mujeres- traídos de Jauja a nuestras minas por el “enganchador· (Con gafas). Los hombres irían a laborar en la mina y, las jóvenes mujeres, como aguateras en la ciudad. Cariñosamente se las llamaba “Huanquitas aguadoras”. Fueron parte muy importante en la vida de nuestra ciudad.

El alojamiento precario que se les brindaba a estas personas era la enorme caverna rocosa llamada  -por ese motivo- JAUJAYPATA, que está ubicada frente al campamento de La Esperanza. Para combatir el intenso frío nocturno, la compañía les proporcionaba buena cantidad de maderas, carbón y kerosene. A la entrada se encendía una perenne fogata que los abrigaba (Relato de don Julio Patiño León, Juanito Cortelezzi, Miguel Rosales Llanos). Andando el tiempo, la compañía los alojó en los campamentos de Ayapoto.

los jaujinos 2Como es natural, los jaujinos trajeron consigo sus costumbres, bailes y canciones que fueron muy bien acogidos. Es justo mencionar que, llegado los carnavales, hermosamente ataviados efectuaban el “cortamonte” que ellos implantaron en nuestra ciudad como en la fotografía que se ve al lado con arpa y otros instrumentos. El “Cortamonte” lo implantaron los jaujinos en la tierra de la plata. Ahora es una costumbre vigente.

César Rodríguez Castillo (El Caballero de la Muliza)

César Rodríguez 2Parte el alma tener que referirse a un amigo que al partir haya dejado grandes muestras de inquietud y entusiasmo. La impronta de su personalidad nos ha dejado marcados para siempre. Nos estamos refiriendo a César Rodríguez Castillo que, en tanto vivió, fue un pujante río de vida que inundó de alegría los corazones cerreños. César ha partido al viaje sin retorno dejándonos el recuerdo de su bonhomía y su profundo amor a la tierra que lo viera nacer: el Cerro de Pasco.

Su periplo musical se inicia en 1956 en escuelita 4908 de Cruz Verde, casa de nuestro mártir Daniel Alcides Carrión. Cantaba rancheras y pasillos. Yo tuve la particular satisfacción de presentarlo en “La Hora Infantil” de Radio Corporación donde fue su estrella y nos permitió compartir gratos momentos.  Es tal vez por esta razón que cada año viajaba desde el Cerro de Pasco y se presentaba el día de mi onomástico  en compañía de sus guitarristas con los que “nos perdíamos” en EL CONGRESO. Nunca pensamos que su gentileza y entusiasmo notables terminaría pronto con su partida. El día que falleció, en el CONGRESO, se vio la más grande tristeza amical. Todos lamentamos el no poder estar en la tierra querida para darle el último adiós. Todos compungidos y anudando recuerdos revisamos los pasajes de su vida.

Ya en su juventud, con su registro de tenor ligero, entra a formar parte del VULCANO, conjuntamente con Víctor Díaz Azcárate, más conocido por “Nico Papish”, Gregorio González Gamarra “Saca la Cuña”, Isaac Salazar y Nemesio Sánchez Huamán “Wanyú”. Durante el año 70 canta para la orquesta Paredes, luego en varias de sus presentaciones es acompañado por Luciano Remuzgo Kesovia, César Bustamante Guerra, “Tico del Valle, los hermanos Andamayo, Isaac Salazar, Faustino Espinoza Campodónico etc.

Pero no solo en lo autóctono campea César; en el plano tropical también entra con pie derecho: canta boleros; es decir la gama de sus manifestaciones vocales era enorme. Con mucha razón podríamos afirmar que fue uno de los últimos bohemios cerreños. Su afición al canto le venía por heredad. Era miembro de la prolífica e inolvidable familia Rodríguez y, claro, heredero directo del apodo familiar: “Los piojos”. El remoquete se lo habían puesto al primero de ellos, Alejandro Rodríguez Albornoz, al que particularmente apodaban “Boquerón” por ser dentista. Siendo César el menor y más pequeño, le decían “Liendre”. Para particularizar a cada uno de sus miembros, en el pueblo utilizaban sus apodos particulares: “Chance”, “Somier”, “Cullutaca”, “Gardel”, “Achaque” etc. El caso es que fueron muy queridos en el campo musical preferentemente y en el futbolístico donde destacaron, Alberto y Alejandro, los auténticos “piojos·, amos y señores del club “Once Amigos” que terminó teniendo más de trescientos socios. Desde el primer momento los Rodríguez estuvieron muy ligados al Club Vulcano, centenaria institución que cuenta con más de cien años de vigencia, gracias a los esfuerzos de los Rodríguez.

Cuando por unanimidad es elegido presidente del Vulcano, vuelve a  retomar los aires cerreños y se hace acompañar del maestro Fidel Roque y comparte responsabilidades musicales con Severo Díaz Paredes, Julián Avelino Capcha, Narciso Zambrano, Nazario Morales, Marcelino Ortega, entre otros.

En 2002, con Arturo Zúñiga y Marisol, Estrella, grava la inspiración del notable periodista Daniel Meza Susanibar: “La historia de mi vida”. Como desde muy niño conformó la comparsa musical del Vulcano del que también fue su presidente; suponemos con mucha razón que en los recientes carnavales pasados habrán hecho alguna reminiscencia a su legendaria figura musical.

Con nuestro afecto fraternal elevamos preces por el grato recuerdo que nos dejó. César: descansa en paz.

El vídeo, cortesía de producciones Salazar.

EL VESTUARIO CERREÑO (Segunda parte)

la vestimenta cerreñaLa cabellera ha sido considerada en todos los tiempos como un adorno muy preciado del cuerpo humano, objeto de exquisitos cuidados como remate del cuadro de la belleza femenina. Como en natural, la cerreña no podía ser la excepción. E­lla peinaba sus cabellos con mucho esmero. Lo partía en dos con una raya al medio, de adelante hacia atrás, como lo había dispuesto Toledo en el siglo XVIII, eso sí,  sin cubrir las orejitas finas que lucían siempre una artística variedad de aretes y arracadas -de oro y plata para las fiestas-; las grenchas laterales de sus cabellos, muy bien peinadas y asentadas y trenzadas con maestría asegurándolas al final con cintas oscuras, las mayores y, de colores, las jóvenes. Las que no usaban trenzas, juntaban sus cabellos en un moño que aseguraban con peinetas españolas. (En el Cerro, todas las familias contaban con peinetas que se heredaban de madres a hijas). A los costados de la cabeza, para fijar y adornar los cabellos, unos prendedores de fina plata orlada  de pedrería. En todo caso, el cabello daba un marco precioso al bello rostro capulí de la cerreña.

Cubriendo el torso femenino, la camiseta de franela sobre la que iba la almilla de alto corpiño que adecuaba los senos, levantándolos, sobre el que se vestía la polka, una hermosa indumentaria de mangas largas y cierre a las espaldas muy ceñido al cuerpo y con aberturas laterales para que las madres pudieran extraer las mamas y dársela a sus críos. Este ropaje, generalmen­te austero, era sin embargo de seda de hermosos colores, con bordados de encaje, caprichosa pasamanería o llamativos abalorios, en las fiestas. Sobre la polka, la levísima “cata” de castilla fina y ribetes de seda. En la parte inferior bajo un delicado y largo calzón de bayeta que les cubría el vientre, las ingles, los glúteos y las piernas, estaba amarrado a la cintura y a la altura de los tobillos, ciñéndola completa­mente. Sobre el calzón, las medias de lana que le cubrían las piernas sirviendo de base para los zapatos de alta caña de tacos más o menos altos y largos pasadores. Pa­ra las fiestas, las medias eran de borlón o seda bordada y los zapatitos de fino cordobán argentino. Cubriendo el calzón, las enaguas y, sobre ellas, las polleras de castilla de colores con filetes de seda sobre las que iban las enaguas que para el tiempo de fiesta iban primorosamente bordadas. Sobre todo,  el faldellín, festonado de cintas de colores. La cobertura final de esta indumentaria estaba constituida por el grueso pañolón de lana encrespada, denominado de “Alaska” que le 41cubría todo el talle hasta las corvas cuando estaba de paseo, cuando no, dentro de  casa, lo sujetaba con un  prendedor artístico denominado “tickpe” o  prendedor de plata de artístico acabado.

Creemos necesario mencionar  también la manera cómo las madres arropaban a sus niños. La ropita que iba en contacto con el cuerpecito era de franela para evitar el escozor, luego venían los pañales de bayeta. Para envolver al niño se le estiraba las manitas y piernecitas y se les mancornaba dejándolo inmóvil porque, las madres sostenían que las piernas les crecerían chuecas con malformaciones; la verdad era impedir que el crío pudiera descubrirse con el movimiento de sus manitas y piernecitas, en cuyo caso, era fijo que cogiera una pulmonía “galopante”. Después de envolver al niño, recién la madre le daba la teta y tras hacerle botar el “chanchito” lo hacía dormir. La cabecita del párvulo debía tener en primer término una lana muy fina escarmenada sobre la “mollejita”  y  después el gorrito de franela, finalmente el de lana. Se trataba por todos los medios evitar su enfriamiento. Cuando un niño resultaba mocoso por lo cual era llamado “togro” era porque no se le había cubierto adecuadamente la cabecita. Una muñeca de pan, llamada “tantahuahua” que se vende para los primeros días de noviembre, nos pude ilustrar cómo quedaba el niño después de fajado. Para poner a sus espaldas, la madre usaba una resistente manta de colores.

Hubo un personaje muy especial en el Cerro de Pasco que durante el siglo XVIII alcanzó tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia, desparpajo y habilidad ecuestre, el pintor  y arqueólogo francés Leoncé Angrand,  lo plasmó en sus lienzos y en sus apuntes a la pluma: EL MULERO.

Este era un hombre de rudeza proverbial con profundo sentido de la libertad. Jamás bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones. Su vida era libre como los aires. Trashumante impenitente mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte; pero, sobre todo su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero. Generalmen­te era joven, hijo de dueños de minas o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros -se les llamaban “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-.Guitarris­ta, decidor, enamorado, inquieto; su “profesión” estaba como pensada para ellos puesto que servía para saciar su sed de aventuras.

Lo más notable de este bizarro jinete era su chambergo de amplias alas que les permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de los granizos y trombas de agua; la  nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Coloca­do sobre la cabeza, previamente sujeta con un gran pañuelo o una vincha para contener el pelambre rebelde y flotante, se ceñía con un barboquejo resistente anudado en el barbado y renegrido mentón o al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este chambergo viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias. El pañuelo, generalmente de colores atado al cuello, lo utilizaba cuando en el trayecto tenía que bregar con las polvaredas asfixiantes de los caminos.

Los pantalones de grueso casimir o “diablo fuerte”, tenían rodilleras y entreperneras de cuero e iban sobre el   calzoncillo de bayeta, sujeto con una gruesa correa de cuero de grandes hebillas que, no sólo servía para sujetar los pantalo­nes, sino también para contener el “puñal” filudo,  era arma y utensilio imprescindible en la vida del mulero. Mucho se semejaba al “Facón” gaucho. Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y siempre llevaban las hermosas y tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela encima una camisa de bayeta o jerga sobre la que portaba una pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro. Adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” que el domingo de Ramos, se tejía para protegerlo de los rayos, truenos y tempesta­des. Sobre todas estas prendas, iba el poncho: Bandera de vida, tremolante de aventuras. Te­jido en lana de vicuña, su abrigo era proverbial. A pie o sobre el caballo, el mulero cubría todo su cuerpo con este poncho. Para la lluvia llevaba un ligero poncho de hule impermeable que colocaba encima del de vicuña, evitando que la lana se mojara.

El correaje y montura de cuero portaban a un costado el lazo, el zumbador, enor­me zurriago que hacía restallar en las soledades para la obediencia del muleraje. A esto se añadía el foete o fusta de cuero con incrustaciones metálicas.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordina­rio con los gauchos del Plata, sus compañeros en la conducción de las mulas del norte argentino. I­gual valor, igual independen­cia, igual sensibilidad. Sobre la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma y, al lado, la cantimplora para el agua de vida.

LA VESTIMENTA CERREÑA (Primera parte)

vestimenta cerreñaDespués del alimento, es el vestido la más urgente necesidad que el hombre tiene que satisfacer para poder sobrevivir. El hombre -como dice Plinio- “es lanzado desnudo sobre la tierra desnuda“.”A la vez de servirle de protección, el traje– afirma Séneca-también ha de servirle de adorno”

En el Cerro de Pasco donde las temperaturas llegan con suma facilidad a siete u ocho grados bajo cero a lo largo del año, donde las lluvias, granizadas, celliscas, heladas y nevazones, son una constante infatigable, el hombre ha tenido que adecuar su vestimenta para soportar  estas inclemencias;  de no hacerlo, será fácil víctima de enfermedades que en estas alturas de escasísimo oxígeno, son generalmente mortales. De allí que su preferencia esté dada por los tejidos gruesos de lana y, si son de vicuña, alpaca, guanaco, llama o carnero: miel sobre hojuelas. Una inacabable variedad de bufandas, guantes, gorros, abrigos, capotes, casacas, chamarras, pellizas y, fundamentalmen­te, ponchos y capas pluviales -generalmente oscuros para conservar el calor del cuerpo- atiborran el guardarropa cerreño. En el caso de las damas es de igual de exigente el vestuario. Sobre toda la ropa, las mujeres, se cubrían con unos pañolones de lana gruesa y abrigadora. Hubo un tiempo en que se utilizaba los llamados “Pañolones de Alaska” de una  trama muy especial y tejidos de fina lana. La fábrica MARANGANÍ  los hizo con tejidos hermosos, encrespados que cubría todo el cuerpo de la mujer y, cuando estaba en casa lo sujetaba con un “tickpe” (Prendedor) de plata a fin de dejar las manos libres.

Pa­ra que la lana no produzca escozor sobre la superficie de la piel, se usan piezas interiores de franela de fina urdiembre pero de resistente textura. Las medias de lana de varios hilos adecuan los pies a unos zapatos especiales de cuero remachado con clavos “de bomba” que evitan resbalar en la superficie mojada. La mayoría de los hombres que tienen activa labor en el campo, la ciudad o la mina, usan botas de cuero con guarniciones metálicas para la contención de los pasadores. Estos aditamentos, lo mantienen abrigado.

El guante merece comentario aparte. Pueblo tan frío como el nuestro, bien merece el uso de este accesorio. La variedad es enorme. Desde los de preville, cuero, gamuza y otros elementos elegantes que usan los pudientes hasta los de lana de alpaca, carnero o vicuña que usa el pueblo. Todos, sin embargo deben usar esta prenda para abrigarse las manos. De no ser así, el único auxilio que se alcanza es el de introducir las manos en los bolsillos del pantalón o la chaqueta. En cuanto a la bufanda, Enrique D´Agneseau, decía: “Desde la época en que el ser humano vivía en las cavernas, hasta nuestros días, el ropaje ha sufrido una serie de notables transformaciones. El frío y el calor eran los únicos árbitros de la moda, pero con el correr del tiempo se ha ido dejando cada vez más de lado el objeto primordial del ropaje, que es el de proteger el cuerpo contra las inclemencias del tiempo, para adaptarlo a las exigencias de la moda. Tal es el caso de la bufanda. Comenzó por ser un adminículo plebeyo, sin forma ni elegancia alguna; una simple banda más o menos ancha y hecha con diversidad de materiales, andando el tiempo mejoró de apariencia. Ahora hay bufandas para todas las ocasiones. De todas maneras, su uso en obligatorio en lugares donde el frío reina porque protege contra los vientos helados y ofrece confort y abrigo”. Sea como fuere -confeccionado de lana preferentemente por brindar el abrigo necesario para el usuario- su uso es obligatorio en el Cerro de Pasco.

Dentro de casa, como es natural, sobre las abrigadas medias de lana, se usaban calzados livianos, inclusive alpargatas como los vascos o zapatillas como los chinos, sin faltar las chinelas o chancletas forradas de lana. Ellos los mantenían cómodos y abrigados. Los sombreros eran  generalmente de recio paño con alas más o menos amplias para protegerse de la lluvia; los más petulantes los llevaban “a la pedrada”. Los que siempre han sido preferidos por los cerreños fueron los “chambergos”, sombreros españoles de ala ancha que, además de cobertura, otorgaban prestancia y distinción a quienes los llevaban. Colocados sobre la oreja izquierda, el ala al cubrir parte del rostro, otorgaban prestancia y distinción. Más tarde, los italianos, france­ses, ingleses y norteamericanos, trajeron el uso de sombreros de finísimo fieltro  como los “Borsalino” y los “Stetson” que, cesada la lluvia, los doblaban  como un pañuelo colocándolo en un bolsillo. Los españoles, durante ­las corridas de toros de postín, lucían finísimos sombreros sevillanos, cordobeses y calañeses. El uso del fino sombrero panameño de “Jipijapa”, estaba destinado a los galanes chalanes cerreños que en las grandes celebraciones pueblerinas lucían toda su prestancia. Igualmen­te, menciona­remos a la “Sarita”, denominado así en homenaje a la famosa actriz Sara Bernhart que, en su visita a la ciudad de Lima, lo usó con mucha elegancia en sus presen­taciones. Quedó como moda de elegancia a partir de los veintes. U­sando modelos españoles y europeos, ade­cuándolos a nuestra reali­dad, nuestros mayores lucieron rumbosos. Interior­mente, los hombres usaban camisetas y calzoncillos de bayeta. La camisa de cuello alto era generalmente de lanilla de colores o gruesa franela de lana.

La indumentaria de los hombres más humildes del pueblo, gene­ralmente de los  llegados de las quebradas y valles pasqueños para trabajar en las minas, consistía en sombrero  de lana, camiseta de bayeta,  gruesa chompa y finalmente un chaleco; calzón de lana acampanada de cordellate o jerga negra, amplio con enormes faltriqueras, a los que lo usaban les llamaban “cal­zonazos”. Los pies descalzos, pero los residentes en la ciudad minera los cubrían con unos mocasines que llamaban “Shucu­yes”. Confeccionados de cuero crudo de oveja se aseguraban con pasadores del mismo cuero que se anudaba de los tobillos y empeine. Para abrigarse los brazos usaban las “mangui­llas”. Dentro de la mina, la ropa era de jerga muy gruesa y, en codos y rodillas, protectores de cuero de oveja que les servía para atenuar en algo la dureza del piso en su reptante avance dentro de las galerías. “Hubo algo que me llamó la atención en el Cerro y fue el atuendo de los aborígenes e indios, los que con sus puntiagudos sombreros, hubieran podido equipararse a los tiroleses. Llevaban chaquetas cortas de paño negro, cortos pantalones hasta la rodilla, y a veces, hasta encima de ella; medias grises de lana que les cubre hasta la pantorrilla y a partir de los tobillos, y en vez de los pesados zapatos tiroleses de montaña, llenos de clavos, una especie de sandalias de cuero sin curtir que se sujetan por medio de correas del mismo cuerpo y que pasan por sobre los dedos y los talones, (Shucuyes) Muchos de ellos llevan también sombreros de fieltro, y si no fuese por el color café oscuro que tienen, se les podría tomar por buenas imitaciones de los tirole­ses. No poco contribuye en ello el contorno conformado por nevadas sierras, que vienen a aumentar la alucina­ción. Es así cómo dos naciones, en dos distintas partes del mundo, sabiendo difícilmente algo una de otra, hayan escogido el mismo atuendo que está de acuerdo con  sus necesidades; y si estos arrieros tostados por el sol, hubieran tenido en el brazo el inevitable paraguas tirolés el rojo o verde claro tejado para la lluvia, y el color de la piel sería un impedimen­to para confundirlos. Estos mozos desprecian el paraguas y, cuando llueve, el poncho que se ponen transforma rápidamente al tirolés en perua­no. (GESTAEKER, Friedrich- VIAJE POR EL PERU-1973:71).

Como el folclore es un reflejo de lo que siente el pueblo, nos referimos a una danza que ha supervivido a través de los años: LA CHUNGUINADA. Caricatura satírica de la costumbre europea de divertirse mediante la danza pintoresca y acicalada. Como es fácil suponer, ésta es una imitación que hace el pueblo de la celebración de los europeos (españoles, franceses, vieneses, ingleses, croatas, húngaros…)  manirrotos y, como es lógico también, tiene que haber nacido en un pueblo que fuera residencia de europeos ri­cos. ¿Dónde mejor que en el Cerro de Pasco? Bástenos contemplar la indumentaria de los danzantes, tanto hombres como mujeres, con sus jubones, calzones, sombreros, medias, zapatos, paraguas y, sobre todo, los adornos de plata y pedrería en las hombreras, las bandas y cuernos pulimentados donde guardan la bebida, con adornos de plata y pedrería en los hombres; las pecheras, los anacos, catas y faldellines bordados en oro, en las mujeres

vestimenta cerreña 1Con referencia al vestido de las mujeres -volviendo a nuestra descripción- por razones  climatéri­cas y de adorno, usaban blancos sombreros de paja endurecidos con azufre al que se le colocaba una cinta negra terminada en listón rodeando la copa. (Esto, las mujeres del pueblo. Las extranjeras y las snobs que querían parecérseles usaban ropas extranjeras adquiridas en los bazares locales). El ala curva en casi toda la vuelta el sombrero terminaba en caída al frente para que la lluvia pudiera discurrir libremente y no se empozara. Respecto de nuestro vestuario femenino, en su libro, “La venas abiertas de América Latina”: 58, Eduardo Galeano, afirma: “la actual vestimenta indígena fue impuesta por Carlos III, a fines del siglo XVIII. Los trajes femeninos que los españoles obligaron a usar a las indígenas eran calcados de los vestidos regionales de las labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y otro tanto ocurre con el peinado de las indias, -raya al medio-, impuesto por el Virrey Toledo, en el Perú”.

vestimenta cerreña 2

Calzado de dama cerreña fabricado de fino cordobán argentino. Tenía alta botonadura que cubría todo el empeine y unos tacos resistentes y fuertes que les permitía caminar por sobre la nieve, lluvias y lodazales formados sin ningún menoscabo. El paso del tiempo fue sepultándolo en el olvido cuando nuestras mujeres ya comenzaron a calzar modernas creaciones. (Continúa)…

ANTONIO RAIMONDI

Texto de: L’Albo D’oro degli Italiana nel Perú”

(Segunda parte)

Antonio Raimondi 2Con cuanto amor miraría Raimondi estos sus tesoros acumulados con paciencia en tantos años de dificultosos viajes, lo prueba el hecho de que cuando los chilenos, en la desafortunada Guerra del Pacífico, comenzaron a saquear en Lima la Biblioteca, la Universidad de San Marcos y la Escuela de Artes, el sabio italiano llevó celosamente a su casa las colecciones que formaban el Museo titulado a su nombre y las cubrió con la bandera tricolor.

La gratitud que conservaría por este país de adopción que había conocido en todos sus aspectos, lo demuestra la respuesta que dio a un emisario chileno que deseaba obtener sus colecciones. “Estas colecciones -~ contestó Raimondi rechazando el pingue ofrecimiento – pertenecen al Perú y sufrirán la suerte del Perú”. Bizarra y noble respuesta de un italiano que devuelve con amor y devoción la franca y sincera hospitalidad recibida, hospitalidad que, superando los términos meramente territoriales, se prolongó en la romántica figura de una dama que dio a Antonio Raimondi un hogar y los hijos que todo hombre aspira a tener en la vida. El ilustre científico, en efecto, se casó el 2 de setiembre de 1869 en la ciudad de Huaraz con Adela Loli, quien le dio tres hijos: Enrique, María y Elvira. .

Los años que siguen al matrimonio están dedicados por el sabio al ordenamiento de sus colecciones y a la fatiga de obtener del Gobierno la publicación de sus obras que han sido generosamente cedidas al Perú. Mantiene activa correspondencia con los principales institutos científicos del mundo entero, a los cuales participa sus descubrimientos, sus indagaciones, sus estudios sobre las riquezas naturales del Perú. Generoso y altruista siempre, no solamente goza en imponer la realidad peruana al resto del mundo, sino que trabaja asiduamente para dar al Perú mismo la conciencia de las propias fuerzas. Y éste es otro gran mérito de Raimondi, porque no es sólo el revelador del Perú en el sentido del conocimiento positivo, sino también un incitador a realizar las más auténticas posibilidades. Con llano y escueto espíritu de desinteresada colaboración, orienta a los hombres del Gobierno hacia todos los aspectos importantes tendientes a la preservación y explotación de las riquezas. Habiendo viajado tanto y conocido tanto, sugiere la provechosa construcción de carreteras y puentes a fin de que las zonas más privilegiadas de este inmenso Perú puedan ser incorporadas a la civilización y convertirlas en un grandioso emporio de riqueza.

Y todo esto lo hace y lo dice Raimondi sin petulancia ni vanagloria. Su tarjeta de visita retrata su alma. Dice sólo “Antonio Raimondi” y nada más, mientras en realidad ha recibido una infinidad de reconocimientos oficiales italianos, peruanos y extranjeros, la décima parte de los cuales sería suficiente para enorgullecer a otra alma menos selecta.

Como italiano, no olvida nunca a la amada Patria lejana y, en el seno de la colectividad, es miembro prominente de todas las instituciones coloniales. En 1881, cuando se hizo necesaria la defensa de los intereses italianos amenazados por el estado de caos pos-bélico y se formó un Comité Italiano, Raimondi asumió la Presidencia honoraria, obteniendo con su prestigio personal que los bienes de los italianos fuesen cuidados y salvaguardados.

Después de algunos años de permanencia en Lima tuvo, por consejo facultativo, que trasladarse más al norte y escogió como morada la ciudad de San Pedro de Lloc, donde vivió serenamente hasta el 27 de octubre de 1890, día en que entró en la Eternidad y en la Gloria.

A los cuatro lados del monumento que la colectividad italiana quiso erigirle y le erigió en la figura del científico investigador, levantado en una plaza que la Municipalidad de Lima dedicó a Italia, se leen estos epitafios:

En el heroico y fatal anhelo de 1848-49,

en Milán y en Roma

Luchó por tener una Patria

Y murió en el destierro.

Lo que la Naturaleza

Dio pródiga y celosa al Perú

é1, generoso,

Reveló al mundo, todo.

La ciencia no tuvo misterios para él,

Ni goces la vida;

La Muerte le concedió la Gloria.

Profeta de la resurrección de una raza

Y de la grandeza de un pueblo

Sintió en los peligros la dulzura,

De la gratitud de los olvidados.

Estas palabras sintetizan el pensamiento reconocido de los italianos del Perú hacia el hombre cuya vida y obra fueron la personificación constante de las cualidades más excelsas de la raza latina y de la cepa italiana. La generación anterior a la nuestra ha cumplido con su deber inmortalizando su memoria en un monumento y en un mausoleo. A nosotros corresponde cerrar el ciclo de la gratitud: EXHUMAR TODA LA OBRA RAIMONDIANA PUBLICÁNDOLA EN SU INTEGRIDAD. Poseemos tres elementos para hacerlo: un decreto gubernamental – que reproducimos – que ordena la publicación; un Comité Raimondi que puede coordinar la iniciativa y por último la fuerza voluntariosa de miles de compatriotas que puede convertir finalmente en realidad el apremiante anhelo raimondino: hacer conocer al mundo la verdadera semblanza de la realidad peruana.

¿Seremos nosotros?

Fin…..