Las primeras máquinas a vapor en Sudamérica (Segunda parte)

El problema del agua y cómo se instalaron las máquinas en las minas.

 

Las primeras maquinas a vapor 2

Al iniciarse el siglo XIX, la minería cerreña sufre un tremendo colapso, cuando la totalidad de socavones se inundan irremediablemente. El agua –sempiterna enemiga de los mineros- ahoga las galerías, los trabajos de extracción disminuyen  y, consecuentemente, la acuñación de monedas se paraliza, originando un problema económico de enormes proporciones en el país. Hasta ese momento, el único centro minero importante de Sudamérica que había logrado una notable expansión desde 1790, -más allá de fin de siglo- era el Cerro de Pasco; poderoso núcleo de la Intendencia de Tarma. Jhon Fisher asegura que su máxima producción lo había alcanzado en 1804, cuando logró 320,509 marcos de plata, por el valor de 2´724,324.oo pesos, en la Casa de la Moneda; superando notablemente a Potosí. Con la inundación de las aguas y la consecuente paralización de las minas, desde Virrey al último japiri, están muy preocupados; los empresarios mineros más. Se recurre a toda clase de artificios para desaguar las galerías. Algunos mineros trataron de solucionar el problema de una forma poco eficiente, empleando a grupos de japiris para que saquen el agua a la superficie, en cubos, mientras que otros achicaban los pozos con rústicas bombas manuales; después pasan a utilizar los devanadores de malacates que, desde 1724, venían utilizando en Pachuca, pero no con resultados positivos; tampoco rinden las ruedas hidráulicas de Quirós, usadas en el mismo lugar. Después de probar todos los sistemas de malacates, se pensó, en consideración a la cantidad de socavones, el caudal de agua y la urgencia de solucionar el problema, en hacer uso de  máquinas modernas y poderosas que, con gran éxito, se venían utilizando en Inglaterra y Alemania.

Para entonces, James Watt, asociado con Matthew Boulton, de la firma Boulton Watt Sons, se encontraba fabricando a escala industrial, máquinas a vapor, iniciando así la vigorosa la transformación industrial del Viejo Mundo. Estas máquinas, sin embargo, se encontraban en su desarrollo inicial, tanto desde el punto de vista mecánico cuanto desde el de transformación de la energía térmica en mecánica. Su tamaño y peso eran enormes en comparación con la potencia que producían. La transformación de energía térmica potencial del carbón, en energía mecánica en el eje de la máquina, alcanzaba una relación de 5 a 6 por ciento, debido fundamentalmente a la baja presión del vapor que se utilizaba. Felizmente, al mismo tiempo que Boulton Watt, fabricaba máquinas lentas y de baja presión, Richard Trevithick, desarrollaba una máquina que trabajaba a más alta presión, usando toda la fuerza expansiva del vapor. La máquina de Watt trabajaba a 1/4 de atmósfera de presión, mientras que la de Trevithick lo hacía entre 8 y 10 atmósferas.

La primera propuesta oficial para la importación de bombas de vapor para la minería peruana, la presentó al virrey Abascal, en 1812, una compañía formada por Pedro de Abadía, destacado comerciante español, su socio Joseph de Arismendi y un relojero suizo, Francisco Uville. Uville había realizado en 1811 un viaje exploratorio a Inglaterra e impertérrito de la decisión e insistencia de Boulton y Watt, a quienes conoció, de que sería imposible fabricar motores capaces de funcionar en las condiciones atmosféricas de Cerro de Pasco, regresó con un modelo del motor de alta presión, de Richard Trevithick, que había comprado por 20 guineas después de haberlo visto, por casualidad, en un escaparate londinense (Dickinson y Titley 1934). En agosto de 1812, después que Uville demostró dicho modelo en Cerro de Pasco, todos los miembros del gremio, menos tres, firmaron un contrato acordando la instalación en Santa Rosa, como mínimo de dos motores de tamaño natural.  La compañía se comprometió, con los 40.000 pesos que se creían necesarios para la adquisición y el transporte de los mismos, instalarlos sobre un pozo a una profundidad de 40 varas por debajo del socavón de Santa Rosa, de forma que el agua que se filtrase al mismo de otros pozos circundantes, pudiese ser extraída por este pozo de drenaje. De ese modo, las minas que hubiesen alcanzado el nivel del socavón quedarían secas y se podría extraer nuevamente el mineral. La compañía recibiría, a guisa de recompensa, el 15% de todo el mineral extraído de Yanacancha y Yauricocha, el 20% del de Santa Rosa, Cayac Chico y Colquijirca, y el 50% del que se extrajese del pozo principal desde el que se extraería el agua.

Con la venia del virrey y la promesa de que cualquier maquinaria que adquiriese podría ser importada en el Perú libre de impuestos, a fines de 1812 salió Uville del Callao, llevando consigo la suma de 30.000 pesos. Llegó a Falmouth en mayo de 1813 e inmediatamente se puso en contacto con Trevithick, que vivía cerca de allí, a quien hizo varias propuestas. En el plazo de dos semanas el “extraño caballero” de Lima, como lo describió Trevithick a un amigo, había encargado nada menos que seis motores de tipos diversos, y el ingeniero, habiendo observado que contaba con mucho dinero, empezó a trabajar inmediatamente en tres de los motores. Un año más tarde, cuando se aproximaba el momento de completar la operación, Uville, que había ignorado ya el número de motores que se proponía adquirir, excedió una vez más su autoridad admitiendo a Trevithick como cuarto miembro de la compañía a cambio del pago de 3.000 libras esterlinas que se debían.

Uville regresó a Lima en enero de 1815, con dos artesanos cornualleses, el ingeniero Henry Vivian y, el  primer envío de maquinarias, consistente en cuatro bombas motorizadas de 33 caballos, cuatro motores de tuerca de 10 caballos y un motor de menor tamaño, para ser usado en la Casa de Moneda. Del puerto de Huacho, desarmadas y seccionadas, fueron traídas a lomo de mula y con gran despliegue de cargadores humanos que los hicieron llegar con éxito. El transporte de las máquinas tardó mucho más de lo previsto  debido a que las comunidades indias de la zona de Huarochirí se negaron rotundamente a facilitar mano de obra para tal tarea. Se tuvo que luchar mucho para conseguirlo. No fue sino hasta julio de 1816, que se instaló en Santa Rosa la primera bomba. Cuando se hizo la primera prueba, logró vaciar un pozo de seis varas de profundidad superior a la del socavón —tenía una longitud de 3 varas, y 24 pulgadas, y una anchura de una vara y 30 pulgadas— en unos 21 minutos y, tal, como se había previsto, el pozo comenzó a llenarse nuevamente con el agua que se filtraba de las minas circundantes. La perspectiva de disponer de cuatro bombas parecidas en constante funcionamiento, junto con los motores de tuerca para elevar el mineral a la superficie, los impresionó grandemente. El intendente de Tarma, que se hallaba presente, hizo que describiese tal innovación como la más significativa para la industria minera desde la propia conquista del Perú.

Sin embargo, el entusiasmo del intendente resultó prematuro, ya que si bien en 1816, la producción argentífera aumentó, sufrió luego un notable receso debido a ciertos problemas mecánicos que los operarios cornualleses no fueron capaces de resolver. En ese momento que se hacía indispensable la presencia de Trevithick, los mineros deciden traerlo al Cerro de Pasco. Cuando éste llegó, a fines de 1817, fue recibido por millares de personas en el Callao con campanas al vuelo, fanfarrias y mucha algarabía. Se le  consideraba “salvador del país”.  A tanto llegó el entusiasmo, que se nombró una comisión para erigirle una estatua de tamaño natural, esculpida en plata. Poco tiempo después, fue nombrado por el virrey, en el cargo de Superintendente Real de Minería del Perú. El genio inglés logró realizar las reparaciones necesarias en muy corto tiempo. En la primera página de la GACETA DEL GOBIERNO DE LIMA, correspondiente al 12 de febrero de 1817, aparecía la siguiente noticia: “El segundo ingenio de vapor llamado Yanacancha que excede con muchas ventajas en su colocación, hermosura, comodidad y desahogo al de Santa Rosa, empezó a trabajar el viernes pasado dejando secos los planes de su lumbrera en nueve minutos con sólo la mitad de potencia y a pesar de la fuerza con que acuden el tiro de las aguas, lo que no se  verificaba en el de Santa Rosa por razón del lugar en el que está situada la máquina. De resultas de esta feliz operación han bajado las aguas de varias minas, entre ellas las de don Juan Vivas, situadas en el cerro CHUCARILLO, donde se han sacado 400 marcos, lo que manifiesta no sólo su riqueza, sino la facilidad de su extracción y la limpieza del metal para su beneficio”

A principios de 1818, se instaló una segunda bomba bajo la supervisión de su inventor, pero aparecieron nuevas dificultades en razón a la rivalidad surgida entre él y Uville, sobre el control de la compañía. Ésta comenzaba a andar muy escasa de fondos y era escaso también el suministro del combustible necesario para mantener en funcionamiento las nuevas máquinas. Este segundo problema, que era el de mayor importancia, quedó solucionado al año siguiente, cuando a pocas millas de las minas de plata se descubrieron yacimientos carboníferos, y a fines de 1817, funcionaban con éxito tres bombas motorizadas.

En 1819, la Gaceta de Cornwall (Inglaterra) se hace eco del éxito obtenido con las máquinas a vapor instaladas por Trevhitick y publica lo siguiente: “Tenemos el placer de informar que noticias que han llegado últimamente de Lima a Inglaterra, dan satisfactoria idea de que nuestro hábil compatriota, el capitán Richard Trevithick, estuvo gozando de perfecta salud, supervisando las ricas y extensas minas del Cerro de Pasco”.

Francisco Uville, infortunadamente para el capitán Trevithick, alardeaba que a él y solamente a él se debía el funcionamiento de las máquinas a vapor; esta actitud no fue del agrado del inglés. Uville, no obstante las obligaciones que tenía contraídas con el capitán Trevithick, trató en toda oportunidad, de oponérsele para la obtención de la dirección de las minas. El capitán Trevithick, muy poco conocido en la comarca y disgustado del tratamiento que recibió de Uville y la facción que había afirmado contra él, se retiró de la empresa y se dedicó por cuenta propia a otros descubrimientos.

Transcurría el año de 1818, cuando Francisco Uville, en su excesivo afán de protagonismo, bajó a la profundidad de las galerías y luego de estar trabajando denodadamente en su interior por unas horas, salió a la superficie empapado de sudor con el fin de que el pueblo, principalmente  los periodistas, lo vieran. Fue fatal. El aire helado que circulaba afuera le chocó de tal manera que, en pocas horas murió víctima de una pulmonía doble. Fue una pérdida muy sentida. En ese momento, el señor Abadía y sus amigos, se vieron precisados a solicitar el retorno del capitán Trevithick, a la dirección de la empresa. Cuando finalizaba el año en su cargo de Superintendente, todos los socavones estaban rindiendo óptimamente

Los resultados extraordinarios obtenidos gracias a las máquinas de vapor pudieron verse claramente por aquellos días. La cantidad de plata registrada en el Cerro de Pasco, en 1820, aumentó en un 350% alcanzando los 313,000 marcos, gracias a los pozos de desagüe de Santa Rosa, Cayac y Yanacancha, que aunque tenían tan sólo 15 varas de profundidad en lugar de las 40 estipuladas en el acuerdo de 1812, permitieron el acceso a ricos minerales que se hallaban por debajo del nivel del agua. El descenso en la cantidad de plata registrada en el virreinato se convirtió en aumento alcanzando las cifras más altas registradas desde 1811. Sin embargo, el “futuro glorioso” que parecía prometerse la compañía de los motores, los mineros de Cerro de Pasco y la economía peruana, se esfumó rápidamente, cuando las guerras de independencia  llegaron  al centro minero. El 27 de noviembre de 1820, cuando un ejército patriótico al mando de Juan Antonio Álvarez de Arenales, se acercaba al Cerro de Pasco, el intendente de Tarma abandonó el lugar y sus minas, y pese a que el general de brigada monarquista 0’Reilly ocupó nuevamente el lugar por unos días, que el 6 de diciembre quedó definitivamente derrotado después de una batalla librada entre él y el general Arenales en el propio Cerro de Pasco. Las hostilidades continuaron en esta zona durante los cuatro años siguientes, las minas cambiaron de manos varias veces, con las consecuentes conscripciones y huidas de operarios especializados y la destrucción de la valiosa maquinaria. La decisiva batalla de Junín se libró a pocas millas, el 6 de agosto de 1824.

En estas circunstancias la producción argentífera no podía sino paralizarse por completo. Hipólito Unanue, el primer Ministro de Hacienda de la República, creía que los realistas hicieron cuanto pudieron por destruir completamente las minas, porque su “eterno dolor es no poder llevar a la suya (tierra madre) cuando menos a Pasco y Potosí”. Lo cierto es que en 1825 cuando comenzaron nuevamente las operaciones mineras, tan sólo uno de los tres motores estaba en condiciones de funcionar, y se mantuvo en operación hasta 1828 en que al explosionar una caldera, dejó de utilizarse definitivamente.

A pesar de que entre 1821 y 1824, no se sacó la plata como se había acostumbrado en el Cerro de Pasco, se produjo una pequeña cantidad que fue utilizada por las fuerzas de ocupación con objetos bélicos. En otras partes del Perú, el declive en la producción que ocurría ya desde hacía algunos años, se intensificó considerablemente durante los últimos años de la guerra de la emancipación, pero la industria no quedó completamente paralizada, ya que al estar basada en métodos anticuados de extracción del mineral de pozos de poca profundidad, era menos vulnerable a interferencias externas que la de México. Sin embargo, la economía minera peruana al finalizar dominio español quedó casi destruida. Un factor que tal vez fue aun de mayor importancia que la pérdida de operarios causado por las actividades bélicas en, y cerca de, los centros mineros, fue la partida del capital español de Lima. Al parecer ya en 1812 ciertos mercaderes habían comenzado a enviar plata a Europa, temerosos de que los movimientos revolucionarios de las zonas circundantes se extendiesen al Perú, aunque no fue sino hasta 1819, cuando era evidente la invasión del virreinato que se comenzó a exportar en grandes cantidades. Según cálculos fidedignos, durante los cinco o seis años precedentes a 1824, se exportaron desde el Callao unos 40´000,000 pesos. El resultado inevitable fue que muchos mineros que dependían, aunque sólo fuese indirectamente, del capital de los mercaderes para el financiamiento de sus operaciones, se vieron obligados a parar su producción. En 1823 la cantidad de plata registrada había llegado a la insignificante cifra de 3,8000 marcos, aunque mejoró ligeramente en 1824. Después de la derrota definitiva de las fuerzas realistas en Ayacucho se comenzó un proceso lento y cauteloso de puesta en marcha en algunos centros mineros, y a mediados de la década de 1830 Cerro de Pasco se había convertido nuevamente en muy importante centro de producción argentífera. Por entonces el auge del guano hizo que industria minera argentífera no recobrase jamás la posición privilegiada que había tenido en la economía peruana antes de la guerra de independencia. Cuando en la primera década del siglo XX el Cerro de Pasco fue restaurado a su posición clave dentro de la vida económica del país, no lo hizo en calidad de productor de plata, sino como productor de cobre por la compañía norteamericana Cerro de Pasco Copper Corporation.

CONTINÚA….

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