Las primeras máquinas a vapor en Sudamérica (Tercera parte)

Las primeras maquinas a vapor 3

El mes de julio, cuando las máquinas funcionaban exitosamente, el Virrey del Perú recibe de parte del Intendente de Tarma, Joseph González de Prada, una carta muy emotiva en la que le informaba lo siguiente: “Excelentísimo Señor: Después de algunas experiencias que permitieron descubrir unos ligeros defectos iniciales (aunque no dejaron ninguna duda sobre el éxito total en el drenaje de las minas), fueron corregidos y, hoy, la primera de las cuatro bombas que llegaron para el uso de las Reales Minas, ha sido instalada en el socavón de Santa Rosa. El resultado ha sido el drenaje del pozo en tan sólo veinte minutos. De la misma manera, una máquina accesoria a la que drena el agua, es accionada por el mismo vapor, en el mismo lugar y en el mismo pique desde la superficie de la tierra, la que extrae el mineral con ventajas desconocidas hasta ahora, dado el considerable ahorro de gastos y economía de mano de obra. En poco tiempo, resultados similares serán apreciados en los tres yacimientos minerales más de Yauricocha, Cayac y Yanacancha. En mi opinión, desde el descubrimiento de estos dominios de abundantes riquezas, ningún suceso tan beneficioso ha sucedido comparable a la instalación de las máquinas a vapor. Dios guarde a su excelencia muchos años”.

Pasado un tiempo de la Batalla del Cerro de Pasco y la jura de su independencia, en diciembre de 1820, ante el inexplicable repliegue del General Arenales a la costa, los realistas, libres de cualquier oposición armada, destruyeron las máquinas a vapor. Felizmente, años más tarde, el capitán Trevithick, conocedor como nadie de estas máquinas, sacó las partes sustanciales que había enterrado para que los españoles no las destruyeran. Fue un acto providencial y atinado del inventor inglés. La última de estas máquinas dejó de funcionar definitivamente el año de 1828. Los tirantes largos de hierro que los norteamericanos de la Mining  encontraron en 1902, cuando abrían las bases para sus lumbreras, pertenecieron a cuatro bombas de 37 pulgadas adquiridas en Inglaterra en 1870 y transportadas al Cerro con mucha dificultad. El trabajo de desagüe de las minas de Pasco terminó en 1821, y al mismo tiempo finalizaba en el Perú la guerra de la independencia, por lo cual los patriotas destruyeron las instalaciones de desagüe de las minas de Pasco, para mermar el poder económico de los españoles. Así se perdió la primera máquina a vapor que vino al Perú, pero quedó el timbre de orgullo a la minería nacional, principalmente la cerreña, de haber sido la introductora de ese valioso elemento de la revolución industrial en la América del Sur.

Semblanza de Richard Trevithick.

Ingeniero tecnólogo nacido en las proximidades de Carn Brea, Cornwall, Reino Unido, el 13 de abril de 1771. Desde muy joven se sintió atraído por los inventos tecnológicos que proliferaban durante la época. A los 19 años entró a trabajar en el asiento minero de Eastern Stray Park como ingeniero. Estudió las máquinas de bombeo minero en Boulton y Watt, llegando a apropiarse de la patente, siendo castigado por la ley. En 1799 consiguió fabricar el primer modelo de máquina de vapor a alta presión. Los sopladores de Trevithick fueron las primeras máquinas que se utilizaron para la ventilación de las minas. Asociado con el miembro del parlamento y Presidente de la Royal Society, Davies Gilbert, Trevithick continuó investigando y obtuvo nuevos modelos de máquinas de alta presión, pero no logró mucho éxito en la construcción de vehículos a vapor.

Los informes no son tan claros, pero ya en 1801 Trevithick había construido un carro a vapor, trabajando en su construcción más de un año. Probado con éxito la víspera de navidad de 1801, cuando un grupo de hombres abordaron el carro viajando muy bien por una distancia de 300 yardas en ascensión por el Beacon Hill en una pronunciada pendiente. Luego de esta subida la máquina fue colocada en un galpón  y Trevithick y amigos se fueron a celebrar olvidándose de apagar el motor. El calor hizo evaporar el agua poniendo al rojo vivo la caldera incendiando todo lo que había en el galpón.

Trabajó como consultor de diversas  empresas y se dedicó principalmente a la instalación de calderos  Cornish, en lugar de los calderos para vagones de baja presión. Fue el primer hombre que hizo funcionar la tracción mecánica en los caminos que hasta entonces sólo habían conocido la tracción animal. Fue el inventor de la locomotora a vapor, mucho antes que Stevenson. Por aquella época, las minas de plata del Cerro de Pasco, ubicadas a 14,000 pies sobre el nivel del mar, no podían ser drenadas con los métodos tradiciona­les. En 1813, el suizo Francisco Uvillé, radicado en Lima, viajó a Europa con el fin de hallar una nueva tecnología que solucionase dicho problema, y, en el escaparate de una tienda de máquinas londinense halló un modelo de las máquinas a vapor de Trevithick que le pareció conveniente. Intentó comprar cuatro máquinas de bombeo, cuatro de ventilación, cuatro calderos, dos trituradoras y una máquina de molino con rodillo portátil, pero al no disponer de capital suficiente para tales máquinas se vio obligado a ceder  a Trevithick la quinta parte de la acciones de su compañía minera. En 1814 las máquinas fueron enviadas al Cerro de Pasco, pero no todo resultó como se había previsto y dos años después Trevithick tuvo que viajar al Perú acompañado por un fabricante de calderas y un abogado. Los problemas de la mina se solucionaron, pero Uvillé y el abogado llamado Page, se opusieron a lo dispuesto por Trevithick y tuvo que trasladarse a otra zona minera. Se instaló en Cajatambo y obtuvo éxito con las minas de plata y cobre de la región. Al fallecer Uvillé, Trevithick asumió el control de toda la empresa en el Cerro de Pasco. Pero la guerra de la  independencia estalló en ese momento y los patriotas arrojaron la mayor parte de la maquinaria por las pendientes de las montañas. Trevithick pasó entonces por una etapa crítica en su economía, pero llegó a recuperar parte de su fortuna al rescatar los materiales de una vieja fragata rusa hundida en la bahía de Chorrillos. Por la misma época, impresionado por el ejército de liberación de Bolivia, inventó la bala para un tipo de carabina de bronce fundido sin ninguna retribución económica. En 1824 fue obligado por las tropas españolas a abandonar el país, teniendo que dejar tras de sí una importante cantidad de mineral. Viajó a Costa Rica y cuatro años más tarde regresó a su país. Reunido con su familia y después de fracasar en el intento de promoción de la explotación de las minas peruanas, viajó a Holanda para efectuar un informe sobre la energía del vapor en el drenaje de tierra y participó en una sociedad de drenaje que se formó en Londres. En los últimos años de su vida estuvo dedicado a investigar un caldero de ciclo cerrado, un súper calentador múltiple tubular y un mecanismo propulsor-jet de agua para navíos, muy buscado por los inventores de la época. También fabricó y patentó una estufa con calentador portátil. El primer inventor de las máquinas de vapor a alta presión, falleció en Dartford el 23 de abril de 1883. (DICCIO­NARIO HISTÓRICO BIOGRÁFICO EL PERÚ- Tomo X-página 71).

Semblanza de Pedro Abadía.

Nacido en Navarra fue un comerciante acaudalado y vecino notable de Lima. Factor de la Compañía de Filipinas y en 1814, Capitán de Regimiento de la Concordia. Disfrutó de la estimación general por su caballeroso trato y su afabilidad dispuesta siempre a obras de beneficencia en lo público y privado. Tuvo oportunidades, por su giro, de emplearse en servicio de muchas personas coadyuvando a su adelanto y bienestar.

Era hombre que unía a su capacidad abundante conocimientos financieros y una instrucción sólida que aunque no ostentada, sirvió en provecho de muchos; y el Gobierno en los negocios graves de Hacienda buscaba su dictamen y en más de una vez fue útil para que las providencias sobre recursos fuesen menos onerosas y sensibles en los apuros fiscales, que demandaban arbitrios extraordinarios. Abadía concibió el proyecto de emplear la fuerza de vapor en la explotación de las minas del Cerro de Pasco. El hizo traer las primeras máquinas de desagüe y por Real Orden de 20 de julio de 1815,  le dio las gracias el Rey encomiando ese mérito que aumentaba los que ya tenía contraídos. Abadía, D. José Arismendi y D. Francisco Uville eran socios en esta Empresa. Vencidas las grandes dificultades que ofreció el conducir dichas máquinas y las consiguientes a su planificación y arreglo con intentes gastos, empezaron a funcionar en Julio de 1816 en el mineral de Santa Rosa. Los Uville, D. Tomas Gallegos y D. Luis Anselmo Landavare asistieron a la inauguración y autorizaron el acto el Gobernador Intendente de Tarma D. José González Prada, el Juez Real de Cerro D. José de Larrea y Loredo, el Cura Vicario Dr. D. Santiago O’Phelan el Administrador de Minería D. Juan Manuel Quiroz y el Diputado del Ramo D. José de Lago y Lemus.

La Casa de Filipinas tenía vasta, negociaciones en la India, con cuyo motivo Abadía deseoso del fomento de la agricultura peruana, encargó las cañas de azúcar que recibió de aquel país y empezaron a propasarse con el mejor éxito, lo mismo que el gramalote que en las Antillas se conoce como hierba de Guinea, a cuyo paseo que se arraigó bien en las hacienda de esta Costa se le denominaba ”Hierba de Abadía”.

En los últimos años del Gobierno Español no pocos comerciantes» europeos de mezquinas ideas, tildaron a los Factores de Filipinas por su frecuente trato con ingleses y norteamericanos, de ser aliados de éstos, hasta acusarlos de indiferentismo, porque no eran intolerantes, ni aborrecían a los extranjeros. Por aquel tiempo el Virrey concedía ciertos permisos a buques de otras banderas, como un medio de aumentar ingresos, cuando el comercio de la Península estaba decadente por inseguridad en los mares.

Las naves de diversas banderas eran consignadas a la Casa de Filipinas y Abadía, conocedor del idioma inglés, servía al comercio y al país;  pero excitaba la envidia que censuraba amargamente lo que entonces se entendía por libertad de comercio, contraria al tráfico exclusivo. Se sabe que nunca tomó calor en oposición a los intereses del Perú en cuanto a su independencia como otros comerciantes españoles. Llegada está a la vez la juró y firmó el acta del cabildo abierto en julio de 1821. Franqueó su dinero, siempre que se le invitó a ello por las necesidades públicas e hizo donativos voluntarios. Considerado por el general San Martín y por el Ministro Unanue lo comisionó el Gobierno para entender en diversos asuntos y prestó su importarte colaboración al formarse el nuevo Reglamento de Comercio.

Abadía era español rico y padre de una distinguida familia. La felicidad de esta sus ideas liberales y el conocimiento del mundo estaban de por medio para no dudar de su buena fe en obsequio de la República. Así era en verdad, pero por lo mismo estaba expuesto a contrastes en una época azarosa y de escándalo por los abusos y manejo de espías y acriminadores.

Acababa el ejército español de apoderarse de una gruesa cantidad de dinero 0perteneciente a Abadía, y con ocasión de este fracaso, creemos que el trato de documentarse y perseguir la propiedad que no debía abandonar: una de las partidas de guerrillas tomo un religioso de la Merced que viajaba en dirección sospechosa: este declaró que llevaba correspondencia de Abadía para los realistas que se hallaban en el interior.

La delación tenía diferentes visos de verdad, más en el fondo existía una calumnia, abrigada por hombres mal dispuestos y arbitrarios que pusieron a Abadía en prisión y de hecho le secuestraron sus bienes. Abrióse un juicio por un Tribunal compuesto de un Jefe Militar de superior graduación y varios vocales de la Alta Cámara de Justicia. Visto que Abadía no había entrado en asunto político alguno con el enemigo y que sus miras no se encaminaron a ninguna delincuencia, dichos jueces le absolvieron completamente. Pero fue en vano ese fallo, pues el Ministro dictó orden para el destierro de Abadía, que al efectuarse, le causó una ruina terrible. Más tarde, el tiempo, que por lo regular pone en claro lo que parece más oculto y destruye las apariencias, descubrió la verdad.  Abadía nada había hecho en daño del nuevo sistema político de libertad, ni tuvo intención de incurrir en una punible falta al respecto; que estaba en oposición con sus convicciones con un modo de vivir y con sus propios intereses, que no había de poner, en necesidad, en inminente peligro.

Regresó D. Pedro Abadía al país acabada la guerra: su envidiable fortuna se hallaba en deficiente estado. El resto de su vida tuvo que emplearlo en litigios contra algunos de sus numerosos deudores y recuperar la parte posible de sus cuantiosas pérdidas.

Falleció en Lima, en Diciembre de 1837. Fue casado con Da. Tomasa Errea, hija de D. José Antonio de Errea, de la Orden de Calatraba, comerciante antiguo y muy distinguido; y de doña Isabel hija de D. Antonio Rodríguez del Fierro, Prior del Tribunal del Consulado Rodríguez del Fierro. Prior del Tribunal del Consulado en el año de 1775. Eran tíos suyos D. Juan Bautista y D. Juan de Oyarzábal y Olavide; el 1º Factor de la Compañía de Filipinas; y el 2º Superintendente de La Casa de Moneda en Lima y Honorario del Supremo Consejo de Hacienda. Un hermano de D. Pedro militó en España y fue Teniente General después de la contienda con el Imperio Francés.

(Publicado en PUEBLO MARTIR: Derrotero vital del Cerro de Pasco)

FIN…………

 

 

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2 thoughts on “Las primeras máquinas a vapor en Sudamérica (Tercera parte)

  1. Abadia estaba casado con una Sra. Llaveria. En la casa de Abadia en Liam vivia con su madre y sus hermanos Buenvanetura y Andres.. todos catalanes. En la independecia los USA mandaron un buque banco.. donde la gente de dinero podia hacer depositos. Abadia fue uno de ellos. Los chilenos cuando se enteraron asaltaron el barco tomando su cargo de plata y oro. Pasada la guerra, la Sr. Llaveria inicia un juicio en Filadelfia, contra Chile reclamando sus bienes. El gobierno de USA se suma ya que uno de sus barcos habia sido atacado. Al final Chile tiene que pagar y paga.

    Buenaventura se encargaria de la empresa de maquinas a vapor cuando Threvithik sale.. en la guerra le destruyen las maquinas 4 veces y otras tantas el las arregla. Como era Catalan lo toman preso por espia por su relacion con Abadia.. pero San Martin lo libera ya que esto paraba la produccion de plata. La cia minera Buenaventura tiene ese nombre debido a el.

    En 1836 trata, con el consul de USA de vender la empresa a una Sr. Tudor de Filadelfia. Las cartas, que se hacian via consular estan en la Biblioteca de Manuscritos Raros de la U de Stanford.

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