ANTONIO RAIMONDI

Texto de: L’Albo D’oro degli Italiana nel Perú”

(Primera parte)

Con especial respeto publicamos esta semblanza que una revista italiana dedicara a la personalidad de uno de nuestros más preclaros visitantes. Su residencia en el Perú fue fructífera. En su incansable periplo visitó reiteradamente nuestra tierra dejándonos notas muy especiales dedicadas a la minería de la que era un gran admirador. Leamos las páginas del EL PERU su libro sustancial para conocer de sus aportes.

Antonio RaimondiQuisiéramos que esta página, dedicada a Antonio Raimondi, fuese la más hermosa de esta reseña. Y lo quisiéramos porque en Raimondi, en esta figura de auténtico gigante de la ciencia, están compendiadas todas las virtudes que enguirnaldan la historia de la colectividad italiana en el Perú; y también porqué faltaríamos al más elemental de los deberes de periodista y de cronistas si no buscáramos enaltecer, con todos los recursos del intelecto; la memoria del más grande entre los italianos del Perú. ·

La estela dejada por Raimondi en el Perú ha sido tan honda, tan extraordinaria, tan única, que hasta las expresiones más hiperbólicas palidecerían frente a la que ha sido

La realidad de aquel hombre extraordinario y de la herencia que dejó generosamente á su país de adopción. Muchas biografías de Raimondi han sido escritas por plumas prestigiosas, peruanas e italianas. En todas ellas se advierte el deseo incumplido de dar justo relieve a esta figura de verdadera excepción cuyo haber no admite parangones. En esta nota, solo queremos agregar este modesto testimonio de gratitud hacia la memoria de un compatriota que, como ningún otro, supo honrar a la Patria que lo vio nacer y a la cual permaneció fiel hasta su muerte. .

Antonio Raimondi nació en Milán el 19 de setiembre de 1826. Desde la infancia, reveló una verdadera pasión por las ciencias naturales, que lo atraían irresistiblemente. Adolescente apenas, adquirió la obra de Buffon con sus ahorros de colegial y equipó un pequeño laboratorio. Propenso al dibujo y a la pintura, el Conde Carenzi Galezzi, que fue su amigo, vio no menos de 1,200 acuarelas de plantas pintadas por Raimondi niño aún.

AI pasar los años, los libros, los jardines, el laboratorio resultan insuficientes para la ansiedad de saber del j oven Raimondi. Efectúa sus primeras excursiones por la alta Lombardía, especialmente en el valle de la Valtellina, donde estudia, escruta, analiza plantas, flores, fósiles e insectos. Así transcurre su infancia y su primera juventud Pero luego entra el drama de la vida. Desde 1839 funcionaba en Piamonte, Lombardía y Toscana un Congreso de Naturalistas que se reunía cada año en una ciudad distinta (Pisa, Turín, Florencia, Pádua y Milán), Congreso que, a más de los fines específicos de su índole, servía de pretexto a las actividades revolucionarias de los patriotas del resurgimiento. Raimondi, a los 20 años, participa en el Congreso de 18~7 en Turín, que se convirtió en asamblea política en la que se discutieron las reformas para alentar al rey Carlos Alberto.

La adolescencia revelaba el científico en potencia. La juventud revelaba ahora al patriota en acción.

En efecto, al estallar los movimientos revolucionarios de 184~8, se ve a Raimondi empuñar el rifle y contribuir a la expulsión de los Austriacos de Milán, participando en las históricas Cinco Jornadas y asistiendo a la formación del Gobierno provisional. Pero la liberación era efímera. Se produce el armisticio con Austria y regresa el odiado Radesky. Raimondi huye dé Milán j unto con los compañeros que han expuesto su vida en las barricadas, se aleja de la ciudad natal para engrosar las filas de los voluntarios que luchan por la unidad. Estuvo acaso en Custozza, con toda certeza en Novara y después de la desafortunada lucha se dirige a Roma, vistiendo la camisa roja de los voluntarios de Garibaldi. Pero Italia no puede ser formada todavía. Austria aún está muy fuerte y la Francia de los Derechos de Hombre traiciona la causa e interviene para acrecentar la opresión. Manara ha muerto. Garibaldi se ha refugiado en los bosques y Mazzini está de nuevo en el destierro. En Roma no puede permanecer. A Milán no puede regresar. En este terrible dilema, asoma en Raimondi la perspectiva de emigrar. ¿Más a dónde?

Probablemente vuelve a su memoria un hecho presenciado años atrás en el Jardín Zoológico de Milán y’ clavado en su subconsciente. La vista del corte de un cactus gigantesco de origen peruano. Decide embarcarse rumbo a América y escoge al Perú como meta de su destino.

Junto con otros tres compañeros de destierro – uno de los cuales, el Dr. Arrigoni, será su fiel amigo por muchos años – se embarca en Génova a fines de diciembre de 1849 en el bergantín “Industria” y después de siete largos meses de navegación, ve por primera vez las costas del Perú el 28 de julio de 1850.

Durante los meses de viaje, ha soñado con esta tierra prometida de América. Ha visto con los ojos de la fantasía; la tierra exuberante, pródiga de todo bien, del Perú. Está impaciente por penetrar en las inmensas florestas peruanas y de gozar el espectáculo de la maravillosa policromía de los árboles, las plantas, las flores. La llegada al Callao, sin embargo es una desilusión. Las costas áridas, desiertas, plomizas, le asombran. ¿Es este el Perú de sus sueños de naturalista? – No – le dicen – el Perú de las mil maravillas esté más allá, allende la ciclópea cadena de la Cordillera.

El joven Raimondi roe su impaciencia en Lima. Apenas llegado se lanza, con el entusiasmo y la vehemencia del hombre de ciencia ya maduro, por los alrededores de la capital y ha visto e identificado ya plantas como la higuerilla, la Passiflora, la “Lantana camara”, pero por lo general no descubre en la típica vegetación limeña aquella característica vegetación tropical que conoce por los libros leídos y por ilustraciones examinadas en Italia. Quiere emprender enseguida viaje hacia la Amazonía, pero… el eterno pero de la estrechez económica es el duro freno que hay que morder. Y Raimondi se resigna momentáneamente buscando una ocupación adecuada a su temperamento.

El Doctor Cayetano Heredia -que se conquistó un sitial eminente en la Historia de la Medicina en el Perú- conoce a Raimondi y aquilatada su capacidad, le confía primero la misión de sistematizar el Museo del Colegio de la Independencia -transformado luego en Facultad de Medicina y al año siguiente le confía la cátedra de Zoología y Botánica.

En el campo de la enseñanza, Antonio Raimondi no fue sólo un maestro, sino un innovador. Piénsese que la Facultad de Ciencias no existía aún cuando llegó al Perú y que la Sociedad de Ingeniería comenzó a dar sus frutos sólo después de la guerra de 1879. Raimondi, en la enseñanza de la Historia Natural introdujo métodos modernos, mientras luego fundó la Cátedra de Química-Analítica en la Universidad Mayor de San Marcos, alentado en estas innovaciones tanto por Heredia como por el prominente médico Manuel Solari. Raimondi, había, por consiguiente resuelto su pequeño problema económico y contribuido al surgimiento y progreso de la facultad de Medicina y de la Facultad de Química. Pero así como en Milán se le habían vuelto insuficientes los jardines y los alrededores de la capital lombarda para su avidez de saber, del mismo modo en Lima, el panorama cercano era demasiado pobre para su ansiedad de naturalista.

Quiso por consiguiente viajar, conocer al Perú pedazo por pedazo, descubrirlo para sí y revelarlo a los demás. Traza su plan de acción a largo plazo porque los dos años transcurridos en el Perú lo han llevado a quererlo y a dedicarle los probables frutos de su vocación científica. Primero viajará y someterá todo el territorio peruano a un análisis profundo y concienzudo con el ‘fin de revelarlo en toda su realidad. En esta etapa inicial y ordenadora de todo lo demás, Raimondi se propone, con la inquisición crítica de las fuentes históricas, etnográficas, geológicas, arqueológicas, establecer la imagen geográfica del Perú, catalogando al propio tiempo toda la inmensa riqueza, conocida y desconocida de los mundos minerales, vegetales y animales.

La empresa no era sólo gigantesca desde el punto de vista científico, ya que Raimondi tenía sólo por instrumentos un barómetro, un termómetro y una brújula, sino también sumamente arriesgada desde el punto de vista personal. En esta nuestra época de veloces aviones, de cómodas carreteras, de confortables vehículos motorizados y de acogedores hoteles de turistas, el viajar es un placer. Raimondi en cambio recorrió por diecinueve años consecutivos un territorio donde existían caminos rudimentarios, pocos puentes, caballos o mulas como única comodidad y uno que otro tambo para descansar.

Sus peripecias son minuciosamente narradas en sus famosas libretas, las cuales, a más de contener la narración muchas veces festivas y otras veces trágica de las vicisitudes del viaje, encerraban especialmente los datos esenciales y reveladores de la historia de los parajes, sus nombres, sus antecedentes, la flora, la fauna, la geología, las costumbres de la gente y toda otra indicación útil a la ciencia.

Y he aquí que la figura de Raimondi asume la fisonomía de un verdadero cíclope. Este italiano sencillo, modesto, sin pretensiones, que no pide nada a nadie, aparece en Lima de cuando en cuando y desaparece de nuevo, dejando en cada viaje los resultados de sus indagaciones escrupulosas. El carácter distintivo de la ciencia raimondina contenido en sus libretas es la acumulación de hechos, de realidades en todos los campos, limitando las hipótesis y las explicaciones de los fenómenos encontrados a lo estrictamente necesario, revistiéndolos de aquello que podría llamarse un elevado y científico sentido común. En aquellas libretas y en aquellos apuntes esparcidos aflora un Raimondi multiforme: es botánico, físico, zoólogo, mineralogista, geólogo, geógrafo, arqueólogo, químico, mientras sus dibujos y acuarelas lo revelan un artista.

Mediante estos viajes y exploraciones, trazó un Mapa Geográfico del Perú (escala 1’500,000) superior a todos los anteriores y que ha servido de base a la cartografía peruana posterior. Así lo reconoció la Sociedad Geográfica del Perú – de la que Raimondi fue uno de los socios fundadores comentando que hubiese sido suficiente esa obra egregia para dar la celebridad a su autor, cual fruto de diecinueve años de viajes y observaciones personales. Raimondi, en efecto, en 1852 comenzó viajando por los departamentos de Lima, Junín, Huancavelica, Ayacucho, Cuzco, Ancash, Libertad, Cajamarca y Amazonas, examinando los productos naturales, la posición tipográfica, rectificando errores de muchos mapas geográficos y estudiando además las costumbres de los aborígenes. Del ’53 al ’58 conoció Chanchamayo, Chincha, Tingo María, las islas de Chincha donde estudió el origen de los depósitos de amoníaco, de más de cuarenta metros de espesor, conocidos con el nombre de “guano” habiendo podido constatar que “toda aquella formidable montaña de materia orgánica estaba formada por los excrementos de los pájaros marinos, acumulados lentamente durante muchísimos siglos”.

De Chincha bajó hacia el Sur hasta Tarapacá donde, por encargo del Gobierno, reconoció los territorios donde se encuentra el salitre pasando luego al Valle de Santa Ana. Del ’59 al ’61 navega por los ríos Marañón, Huallaga y Ucayali, estudia la región de Moyobamba y baja a Trujillo, Ancash y Huánuco. Del ’63 al ’64 viaja a Ica, Acarí, Cerro de Brea, Lomas de Atiquipa, Arequipa y sus baños termales, Moquegua y sus volcanes, los altiplanos de Puno y de Carabaya donde examina riquísimas minas de oro. El año 1865 viaja al Tiahuanaco, Desaguadero; a varias provincias del Cuzco y a los valles de Lares, Santa Ana, Paucartambo, Marcapata y Huanca; en el ’66 estudia la zona de Huancayo y Huanta; en el ’67 está por los cerros de Pangos, de Posuso y de Cerro de Pasco a la altura vertiginosa de 5’000 metros. Pasa a Tarma, examina las provincias de Cajatambo y la cuenca de Culebras en el Santa; en el ’68 está en Casma y Nepena, surca la Cordillera Negra, pasa a Pallasca, a Virú y llega a los valles de Chicama, Pacasmayo y Lambayeque. En el ’69 está en Piura, en Río de la Leche, avanza hasta las provincias de Jaén y Cajamarca las sobrepasa y penetra en el departamento de Amazonas y luego en el de Loreto para luego, navegando en balsas por ríos impetuosos, visita Moyobamba, Chachapoyas y los valles de Huallabamba. Es este el último viaje. Regresa a Lima definitivamente el 10 de junio de 1869. Compendia la narración de aquellos 19 años empleados en la “gran exploración” saboreando el placer de la vida errante con las siguientes expresiones:

“Cuando pienso en todos los obstáculos superados para llevar a efecto mis largos viajes; cuando reflexiono sobre los peligros que por todas partes me acechaban; encontrándome continuamente expuesto a perderme o a perecer de sed en los dilatados y áridos desiertos de la Costa, a ser arrastrado por la impetuosa corriente en el vado de algún torrentoso río, en ser aniquilado por la terciana o víctima de las fiebres malignas que reinan en altas regiones; a precipitarme por un precipicio a lo largo de los traicioneros caminos de la Sierra; a morir en pocos instantes por la mordedura de algún reptil venenoso; o a ser asesinado a flechazos por los salvajes; cuando recuerdo todo esto y que he realizado el sueño de recorrer toda la República sin tener que lamentar ninguna desgracia, me felicito a mí mismo, considerando que a pocos viajeros ha tocado tan estupenda suerte”.

Pero luego, pensando que lo espera ahora la segunda e igualmente ardua segunda parte de su plan, que es el de revelar al Perú al mundo los frutos de sus observaciones e indagaciones, una duda lo asalta y dice:

“Actualmente, una idea sola me atormenta, y es la duda de que no me baste la vida para poner fin a mi audaz empresa. ¡Jóvenes Peruanos! Confiando en mi entusiasmo he emprendido un arduo trabajo, muy superior a mis fuerzas. Os pido, en consecuencia, vuestro concurso. Ayudadme. Dad tregua a la política y consagraos en dar a conocer vuestro país y los inmensos recursos que posee”.

La duda raimondina era verdaderamente fundada. En casi veinte años de viaje, la colección de Raimondi era:

708 ejemplares de rocas

2’000 ” de fósiles

20,000 ” de plantas

500 ” de semillas, cortezas, resinas y maderas

2,000 ” de moluscos

4,000 ” de insectos. 1,265 ” de pájaros

72 cráneos

300 objetos de etnografía.

 

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