ANTONIO RAIMONDI

Texto de: L’Albo D’oro degli Italiana nel Perú”

(Segunda parte)

Antonio Raimondi 2Con cuanto amor miraría Raimondi estos sus tesoros acumulados con paciencia en tantos años de dificultosos viajes, lo prueba el hecho de que cuando los chilenos, en la desafortunada Guerra del Pacífico, comenzaron a saquear en Lima la Biblioteca, la Universidad de San Marcos y la Escuela de Artes, el sabio italiano llevó celosamente a su casa las colecciones que formaban el Museo titulado a su nombre y las cubrió con la bandera tricolor.

La gratitud que conservaría por este país de adopción que había conocido en todos sus aspectos, lo demuestra la respuesta que dio a un emisario chileno que deseaba obtener sus colecciones. “Estas colecciones -~ contestó Raimondi rechazando el pingue ofrecimiento – pertenecen al Perú y sufrirán la suerte del Perú”. Bizarra y noble respuesta de un italiano que devuelve con amor y devoción la franca y sincera hospitalidad recibida, hospitalidad que, superando los términos meramente territoriales, se prolongó en la romántica figura de una dama que dio a Antonio Raimondi un hogar y los hijos que todo hombre aspira a tener en la vida. El ilustre científico, en efecto, se casó el 2 de setiembre de 1869 en la ciudad de Huaraz con Adela Loli, quien le dio tres hijos: Enrique, María y Elvira. .

Los años que siguen al matrimonio están dedicados por el sabio al ordenamiento de sus colecciones y a la fatiga de obtener del Gobierno la publicación de sus obras que han sido generosamente cedidas al Perú. Mantiene activa correspondencia con los principales institutos científicos del mundo entero, a los cuales participa sus descubrimientos, sus indagaciones, sus estudios sobre las riquezas naturales del Perú. Generoso y altruista siempre, no solamente goza en imponer la realidad peruana al resto del mundo, sino que trabaja asiduamente para dar al Perú mismo la conciencia de las propias fuerzas. Y éste es otro gran mérito de Raimondi, porque no es sólo el revelador del Perú en el sentido del conocimiento positivo, sino también un incitador a realizar las más auténticas posibilidades. Con llano y escueto espíritu de desinteresada colaboración, orienta a los hombres del Gobierno hacia todos los aspectos importantes tendientes a la preservación y explotación de las riquezas. Habiendo viajado tanto y conocido tanto, sugiere la provechosa construcción de carreteras y puentes a fin de que las zonas más privilegiadas de este inmenso Perú puedan ser incorporadas a la civilización y convertirlas en un grandioso emporio de riqueza.

Y todo esto lo hace y lo dice Raimondi sin petulancia ni vanagloria. Su tarjeta de visita retrata su alma. Dice sólo “Antonio Raimondi” y nada más, mientras en realidad ha recibido una infinidad de reconocimientos oficiales italianos, peruanos y extranjeros, la décima parte de los cuales sería suficiente para enorgullecer a otra alma menos selecta.

Como italiano, no olvida nunca a la amada Patria lejana y, en el seno de la colectividad, es miembro prominente de todas las instituciones coloniales. En 1881, cuando se hizo necesaria la defensa de los intereses italianos amenazados por el estado de caos pos-bélico y se formó un Comité Italiano, Raimondi asumió la Presidencia honoraria, obteniendo con su prestigio personal que los bienes de los italianos fuesen cuidados y salvaguardados.

Después de algunos años de permanencia en Lima tuvo, por consejo facultativo, que trasladarse más al norte y escogió como morada la ciudad de San Pedro de Lloc, donde vivió serenamente hasta el 27 de octubre de 1890, día en que entró en la Eternidad y en la Gloria.

A los cuatro lados del monumento que la colectividad italiana quiso erigirle y le erigió en la figura del científico investigador, levantado en una plaza que la Municipalidad de Lima dedicó a Italia, se leen estos epitafios:

En el heroico y fatal anhelo de 1848-49,

en Milán y en Roma

Luchó por tener una Patria

Y murió en el destierro.

Lo que la Naturaleza

Dio pródiga y celosa al Perú

é1, generoso,

Reveló al mundo, todo.

La ciencia no tuvo misterios para él,

Ni goces la vida;

La Muerte le concedió la Gloria.

Profeta de la resurrección de una raza

Y de la grandeza de un pueblo

Sintió en los peligros la dulzura,

De la gratitud de los olvidados.

Estas palabras sintetizan el pensamiento reconocido de los italianos del Perú hacia el hombre cuya vida y obra fueron la personificación constante de las cualidades más excelsas de la raza latina y de la cepa italiana. La generación anterior a la nuestra ha cumplido con su deber inmortalizando su memoria en un monumento y en un mausoleo. A nosotros corresponde cerrar el ciclo de la gratitud: EXHUMAR TODA LA OBRA RAIMONDIANA PUBLICÁNDOLA EN SU INTEGRIDAD. Poseemos tres elementos para hacerlo: un decreto gubernamental – que reproducimos – que ordena la publicación; un Comité Raimondi que puede coordinar la iniciativa y por último la fuerza voluntariosa de miles de compatriotas que puede convertir finalmente en realidad el apremiante anhelo raimondino: hacer conocer al mundo la verdadera semblanza de la realidad peruana.

¿Seremos nosotros?

Fin…..

 

 

 

 

 

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