EL VESTUARIO CERREÑO (Segunda parte)

la vestimenta cerreñaLa cabellera ha sido considerada en todos los tiempos como un adorno muy preciado del cuerpo humano, objeto de exquisitos cuidados como remate del cuadro de la belleza femenina. Como en natural, la cerreña no podía ser la excepción. E­lla peinaba sus cabellos con mucho esmero. Lo partía en dos con una raya al medio, de adelante hacia atrás, como lo había dispuesto Toledo en el siglo XVIII, eso sí,  sin cubrir las orejitas finas que lucían siempre una artística variedad de aretes y arracadas -de oro y plata para las fiestas-; las grenchas laterales de sus cabellos, muy bien peinadas y asentadas y trenzadas con maestría asegurándolas al final con cintas oscuras, las mayores y, de colores, las jóvenes. Las que no usaban trenzas, juntaban sus cabellos en un moño que aseguraban con peinetas españolas. (En el Cerro, todas las familias contaban con peinetas que se heredaban de madres a hijas). A los costados de la cabeza, para fijar y adornar los cabellos, unos prendedores de fina plata orlada  de pedrería. En todo caso, el cabello daba un marco precioso al bello rostro capulí de la cerreña.

Cubriendo el torso femenino, la camiseta de franela sobre la que iba la almilla de alto corpiño que adecuaba los senos, levantándolos, sobre el que se vestía la polka, una hermosa indumentaria de mangas largas y cierre a las espaldas muy ceñido al cuerpo y con aberturas laterales para que las madres pudieran extraer las mamas y dársela a sus críos. Este ropaje, generalmen­te austero, era sin embargo de seda de hermosos colores, con bordados de encaje, caprichosa pasamanería o llamativos abalorios, en las fiestas. Sobre la polka, la levísima “cata” de castilla fina y ribetes de seda. En la parte inferior bajo un delicado y largo calzón de bayeta que les cubría el vientre, las ingles, los glúteos y las piernas, estaba amarrado a la cintura y a la altura de los tobillos, ciñéndola completa­mente. Sobre el calzón, las medias de lana que le cubrían las piernas sirviendo de base para los zapatos de alta caña de tacos más o menos altos y largos pasadores. Pa­ra las fiestas, las medias eran de borlón o seda bordada y los zapatitos de fino cordobán argentino. Cubriendo el calzón, las enaguas y, sobre ellas, las polleras de castilla de colores con filetes de seda sobre las que iban las enaguas que para el tiempo de fiesta iban primorosamente bordadas. Sobre todo,  el faldellín, festonado de cintas de colores. La cobertura final de esta indumentaria estaba constituida por el grueso pañolón de lana encrespada, denominado de “Alaska” que le 41cubría todo el talle hasta las corvas cuando estaba de paseo, cuando no, dentro de  casa, lo sujetaba con un  prendedor artístico denominado “tickpe” o  prendedor de plata de artístico acabado.

Creemos necesario mencionar  también la manera cómo las madres arropaban a sus niños. La ropita que iba en contacto con el cuerpecito era de franela para evitar el escozor, luego venían los pañales de bayeta. Para envolver al niño se le estiraba las manitas y piernecitas y se les mancornaba dejándolo inmóvil porque, las madres sostenían que las piernas les crecerían chuecas con malformaciones; la verdad era impedir que el crío pudiera descubrirse con el movimiento de sus manitas y piernecitas, en cuyo caso, era fijo que cogiera una pulmonía “galopante”. Después de envolver al niño, recién la madre le daba la teta y tras hacerle botar el “chanchito” lo hacía dormir. La cabecita del párvulo debía tener en primer término una lana muy fina escarmenada sobre la “mollejita”  y  después el gorrito de franela, finalmente el de lana. Se trataba por todos los medios evitar su enfriamiento. Cuando un niño resultaba mocoso por lo cual era llamado “togro” era porque no se le había cubierto adecuadamente la cabecita. Una muñeca de pan, llamada “tantahuahua” que se vende para los primeros días de noviembre, nos pude ilustrar cómo quedaba el niño después de fajado. Para poner a sus espaldas, la madre usaba una resistente manta de colores.

Hubo un personaje muy especial en el Cerro de Pasco que durante el siglo XVIII alcanzó tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia, desparpajo y habilidad ecuestre, el pintor  y arqueólogo francés Leoncé Angrand,  lo plasmó en sus lienzos y en sus apuntes a la pluma: EL MULERO.

Este era un hombre de rudeza proverbial con profundo sentido de la libertad. Jamás bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones. Su vida era libre como los aires. Trashumante impenitente mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte; pero, sobre todo su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero. Generalmen­te era joven, hijo de dueños de minas o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros -se les llamaban “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-.Guitarris­ta, decidor, enamorado, inquieto; su “profesión” estaba como pensada para ellos puesto que servía para saciar su sed de aventuras.

Lo más notable de este bizarro jinete era su chambergo de amplias alas que les permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de los granizos y trombas de agua; la  nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Coloca­do sobre la cabeza, previamente sujeta con un gran pañuelo o una vincha para contener el pelambre rebelde y flotante, se ceñía con un barboquejo resistente anudado en el barbado y renegrido mentón o al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este chambergo viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias. El pañuelo, generalmente de colores atado al cuello, lo utilizaba cuando en el trayecto tenía que bregar con las polvaredas asfixiantes de los caminos.

Los pantalones de grueso casimir o “diablo fuerte”, tenían rodilleras y entreperneras de cuero e iban sobre el   calzoncillo de bayeta, sujeto con una gruesa correa de cuero de grandes hebillas que, no sólo servía para sujetar los pantalo­nes, sino también para contener el “puñal” filudo,  era arma y utensilio imprescindible en la vida del mulero. Mucho se semejaba al “Facón” gaucho. Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y siempre llevaban las hermosas y tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela encima una camisa de bayeta o jerga sobre la que portaba una pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro. Adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” que el domingo de Ramos, se tejía para protegerlo de los rayos, truenos y tempesta­des. Sobre todas estas prendas, iba el poncho: Bandera de vida, tremolante de aventuras. Te­jido en lana de vicuña, su abrigo era proverbial. A pie o sobre el caballo, el mulero cubría todo su cuerpo con este poncho. Para la lluvia llevaba un ligero poncho de hule impermeable que colocaba encima del de vicuña, evitando que la lana se mojara.

El correaje y montura de cuero portaban a un costado el lazo, el zumbador, enor­me zurriago que hacía restallar en las soledades para la obediencia del muleraje. A esto se añadía el foete o fusta de cuero con incrustaciones metálicas.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordina­rio con los gauchos del Plata, sus compañeros en la conducción de las mulas del norte argentino. I­gual valor, igual independen­cia, igual sensibilidad. Sobre la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma y, al lado, la cantimplora para el agua de vida.

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