EL MILAGRO DE LA MAMI (Segunda parte)

El milagro de la mami 2En el tiempo que llevaba regentando el burdel había presenciado muchísimos acontecimientos. Desde redadas de la policía en busca de  rateros o apristas conflictivos hasta grescas descomunales con incontables heridos. Esa era una constante. También fue testigo de muchas escenas de amor, sacrificio y entrega que en éste como todos los lugares se dan. Recordaba por ejemplo cómo un enamorado asistente al lupanar –el “Chiquito”- preñó a una pupila no obstante los cuidados desplegados para evitarlo. Tras el alboroto levantado por el acontecimiento, con un enternecido  comedimiento, él esperó los nueve meses hasta el nacimiento. La llegada de la niña fue muy festejada pero terminó con la vida de la madre que murió entre estremecedoras convulsiones. Aquella noche el “Chiquito” desapareció con la recién nacida. Jamás permitiría –como lo declaró años después- que su hija creciera en un burdel. Se desvivió por ella y la convirtió en una hermosa señorita que después la casó con un próspero industrial.

Primavera de mis veinte abriles, relicario de mi juventud,

un cariño ignorado soñaba y ese sueño ya sé que eres tú.

Cuántas veces rogaba al destino, ser esclavo de tu sueño azul,

y hoy que sé lo que cuesta un cariño, ya no puedo con mi esclavitud.

 

Quisiera amarte menos, no verte más quisiera,

salvarme de esta hoguera que no puedo resistir.

No quiero este cario que no me da descanso,

pues sufro si te alcanzo y lejos no sé vivir.

 

Quisiera amarte menos porque ésta, ya no es vida;

mi vida está perdida de tanto quererte,

no sé si necesito tenerte o perderte,

yo sé que te he querido más de lo que he podido;

quisiera amarte menos buscando el olvido

y en vez de amarte menos te quiero mucho más.

 

Entre dos que se quieren de veras el cariño distinto ha de ser,

mientras uno da entera su vida, otro sólo se deja querer.

Yo lo sé y sin embargo no puedo consolarme que quererte yo.

tengo miedo que nunca termine esta dura condena de amor.

Otro fue el chasco que se pegó un gringo de la “Mining”. Joven, alegre y vivaz,  apenas llegado trató de  entrar en el mundo vocinglero del baile y la alegría. En su castellano ripioso preguntó a los trabajadores, jóvenes como él, si en la ciudad había un lugar donde pudiera tomarse unos tragos y bailar con damas guapas y alegres. Se refería, claro está, a un  cabaret con anfitrionas, meseras, mozos, orquesta y lo demás.  Los lugareños, restringidos al estrecho escenario local pensaron de inmediato en el burdel. Le dijeron que sí. El gringo preguntó la dirección y se la dieron. Un sábado, al promediarse la medianoche, burdeleros y alegres damiselas vieron entrar a un gringo joven, buen mozo, bien plantado; lucía un impecable smoking negro con “michi” y todo. Parecía un figurín. Cuando se dio cuenta que se encontraba en un burdel como otro cualquiera del mundo, ya estaba rodeado de las chicas que le hicieron bailar y beber toda la noche. A partir de entonces,  se convirtió en infaltable asistente y claro, sin la ropa ostentosa y llamativa que había usado en su debut. En poco tiempo, por obra y gracia de los soplones de la compañía, sus actividades festivas fueron conocidas por sus jefes. Le entregaron su “Time Cheek” y lo echaron de la compañía. Las putas, enteradas de la noticia, le organizaron una espectacular despedida que duró tres días con sus noches. El gringo por alegre, manirroto y muy democrático, había calado muy hondo en el alma de las féminas que inclusive lloraron cuando partió.

La última noche que pasé contigo

la llevo guardada como fiel testigo

de aquellos momentos en que fuiste mía

y hoy quiero borrarla de mi ser.

 

La última noche que pasé contigo

tengo que olvidarla pero no he podido

la última noche que pasé contigo

tengo que olvidarla por mi bien.

 

¿Por qué te fuiste aquella noche,

por qué te fuiste, sin regresar

y me dejaste aquella noche,

con el recuerdo de tu traición?

Otro infaltable asistente al lupanar era el “sopero” Ponce, diminuto vejete que con creces superaba los sesenta pero que ostentaba un asombroso vigor para su tiempo; la otra chapa por el que se le conocía era: “eléctrico”. Ambos apodos eran engañosos. Los que no estaban en los secretos prostibularios, creían que le decían “sopero” por efectivo practicante del sexo oral que, a su edad, encontraban comprensible. Falso. “Sopero” porque efectivamente gustaba de la sopa, pero no de aquella en la que la lengua hace las veces del miembro viril practicado por algunos viejos mañosos y algunas mujeres, entre ellas, la Mami; sino porque, efectivamente, le gustaba la sopa, pero aquella que en casa era preparada con harina de habas, arvejas, chochoca, y otras especies a las que, invariablemente, añadía una extraña sustancia salada que sólo él conocía. Bueno, no sólo él, también don Pedro Santiváñez –enfermero del Carrión- su involuntario proveedor. Este polvo misterioso y exclusivo era fruto de sus incansables lucubraciones. Lideraba un grupo de “malogrados” que continuamente estaban experimentando poses y actitudes –no importándoles cuan difíciles fueran- para alcanzar el máximo goce venéreo; entre ellos estaban el flaco “Tovacho”, el “aventajado” Agostini, y casi todos los bancarios de entonces. Tres pelanduscas los secundaban: “La Pantera”, “Regina” y “Simoné”. Los días de pago en la Compañía, colgaban a sus puertas sendos cartelitos que aseguraban: “Servicio Completo – Atención por los tres caminos”. Se llenaban de plata. Su afición no sólo abarcaba libros misteriosos de magia negra, hechicería y encantamientos; sino también sicalípticos de Vargas Vila y Alfredo de Musset, especialmente “Cien Noches de Placer”, y la Biblia del amor: Kamasutra, cuyas lecciones –especialmente las posiciones tan dificultosas como excéntricas- las practicaba con su mujer, la Regina, fiel acompañante y colaboradora en sus exóticos experimentos. Su insaciable avidez le hizo leer, los “Shungas” de Japón, escritos e ilustrados por monjes de misteriosos monasterios y, “Los Libros chinos de almohada” con increíbles revelaciones chinas y, cómo no, “Las Mil y Una Noches” en su edición para adultos, prohibida para niños. Está demás decir que estos ejemplares le fueron proporcionados por chinos y japoneses residentes en la ciudad minera. Sus averiguaciones en este campo habían sido múltiples. Ávido lector del doctor Voronoff, estaba seguro que las glándulas reproductoras de los monos y otros animales alimentaba con creces la potencia sexual de los hombres, por eso los carniceros le guardaban criadillas de toros, machos cabríos y carneros que eran parte fundamental de su dieta. Descubrió y experimentó personalmente –sin que nadie más lo supiera- que la placenta de una recién parida estaba dotada de sorprendentes efectos afrodisíacos que actuaban sobre la libido de los hombres. En sus cuidadosos estudios llegó a establecer la manera más efectiva de ingerir este poderoso reconfortante sexual. Enterado que se había producido dos o más nacimientos  llegaba al nosocomio y, sibilinamente, guardaba en una bolsa el quid de su misterio. En casa lavaba y sometía a un procedimiento de salado escrupuloso, no sólo con sal común, sino con otros elementos vegetales resecos y previamente molidos como maca seca, huanarpo macho, algarrobina, miel de abejas, con los que lo embadurnaba totalmente y exponía a los rayos del sol y, en la noche, a la intemperie para que el hielo hiciera lo suyo. Ya completamente seco y crocante como galleta tostada, lo molía y mezclaba con su sopa sustanciosa. Este extraño menjunje afrodisíaco, caro a sus apetencias, rica en hormonas, era efectivo para ponerlo en “Fa”. El sopero estaba convencido de los efectivos resultados de su preparado; su “currículum vitae”, lo demostraba. Era el asolapado marido de la Mami y consolador amante de las otras damiselas que lo admiraban por su vigor inigualable, su resistencia, delicadeza y arte incomparable para hacer el amor. Eléctrico”, no solo por sus inacabables bríos sino también porque formaba parte de las huestes de Joaquín Alcántara que comandaba el taller encargado de las instalaciones eléctricas en la “Mining”. Era un excepcional sopero eléctrico. Un semental.

Nadie, comprende lo que sufro yo,

canto, pues ya no puedo sollozar.

Solo, temblando de ansiedad estoy,

todos, me miran y se van.

 

Mujer, si puedes tú con Dios hablar

pregúntale si yo alguna vez

te he dejado de adorar.

 

Y al mar, espejo de mi corazón,

las veces que me ha visto llorar la

perfidia de tu amor.

 

Te he buscado por siquiera que yo voy

y no te puedo hallar,

para qué quiero tus besos si tus labios

no me quieren ya besar.

 

Y tú, quién sabe por dónde andarás

quién sabe qué aventura tendrás

qué lejos estás de mí.

Continúa……

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