La vieja Plaza Chaupimarca

Antigua Plaza Chaupimarca

Chaupimarca es el centro de la ciudad, escenario de mil y un avatares, convertida en Plaza Mayor por los primeros españoles. Desde el siglo XVIII, hombres de diversas nacionalidades, entraban y salían de sus abarrotados comercios donde todo abundaba. Por sus aceras, nobles empingorotados, riquísimos mineros, comerciantes y hacendados se cruzaban con humildes desprotegidos de la fortuna que laboraban en una de las seiscientas minas de la ciudad. Los extremos se juntaban. No había término medio. La ostentosa riqueza y la inopia extrema de los que mandaban con los que obedecían. Con una ligereza sorprendente, en la idea de que todo terminaría en cuando las vetas se hubieran  agotado, edificaron  la iglesia matriz en homenaje a San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad; colindante con ella, los edificios del Ayuntamiento, el Tribunal Mayor, la Cárcel, la vivienda del Alcalde y mineros principales. Desde aquellos tiempos, el tres de mayo de todos los años, las cofradías barriales convergen en esta plaza llevando en reverente procesión la Santa Cruz que preside la fe de cada capilla: Huancapucro, Uliachín, San Cristóbal, San Atanacio, Curupuquio, Santa Rosa…La escolta principal y celebrante lo constituyen los bailantes de la chunguinada, hermosa danza nacida en la ciudad cerreña. Ya a fines del siglo pasado, el cónsul de Francia en el Perú, admirado de la magnificencia de la festividad, pintaba así el acontecimiento:“La iglesia se adorna con sus más ricos ornamentos y las campanas anuncian con gran estrépito, según la costumbre, la fiesta patronal, con la celebración de la Fiesta de las Cruces…Pronto la multitud es más numerosa y compacta. En todas partes se instalan toscas mesas; se vende chupe, charquicán, caldo de mondongo, carne tostada, pan, chicha y sobre todo, aguardiente. De repente, una música alegre da la señal del inicio de la fiesta. Grupos de hombres disfrazados de europeos,  enmascarados y muy alegres atraviesan las calles en una danza muy hermosa que recuerda a la de los potentados mineros de antes; están cubiertos con grandes sombreros tachonados de  plumas de vistosos colores, muchas monedas cosidas en los vestidos bordados que resuenan con un ruido argentino en cada uno de sus movimientos. Un elegante cotón de color rojo recargado de vistosos bordados con dos enormes hombreras de plata como sólidas charreteras al hombro. Hombres disfrazados de mujeres, con sombreros de paja y sus niños a las espaldas, elegantemente ataviadas van en pareja por las calles. Más tarde la procesión sale por  fin, escoltada por los danzarines, con la asistencia del pueblo enfervorizado.”.

 El 16 de julio, tal como lo instauraron los primeros españoles, la gran celebración a Nuestra Señora del Santo Escapulario del Monte Carmelo: La Virgen del Carmen. Misa con panegírico y extraordinaria procesión el día central y, zarzuela, teatro, retretas, mojigangas, jugadas de gallos y memorables corridas de toros con la participación de notables espadas españoles, mejicanos y peruanos. Había que ver aquellas corridas de antaño organizadas por el Círculo Taurino Cerreño. Se cerraban calles y callejones arteriales de la plaza con grandes carretones, se construían palcos, graderías y tablados. El Alcalde y sus regidores, los funcionarios, los cónsules extranjeros, el gobernador, los alguaciles, el cura párroco y demás personajes importantes de la ciudad tomaban asiento en los adornados balcones colindantes con la Iglesia; el grueso del pueblo en las improvisadas galerías. Cuando el clarín anunciaba el paseíllo, la Banda de la Beneficencia Española atacaba un postinero pasodoble y, los diestros, luciendo llamativos trajes de luces seguido de sus cuadrillas saludaban a las autoridades y público minero, luego arrojaban sus elegantes capotes de paseo para ser lucidos durante la corrida. En los balcones, sonrientes manolas de recamadas peinetas, mantones de manila, pañoletas de ensueño  y coquetos como inútiles abanicos, vivas estampas de Zurbarán y Julio Romero de Torres, trasplantadas a la heroica ciudad de la plata.

Los toreros,  más que por los honorarios, venían  por los regalos que los ricos mineros les tributaban cuando habían recibido el brindis de la muerte de un  toro. Devolvían las monteras repletas de monedas de oro y plata. Además, contagiado de tanta prodigalidad, el pueblo, arrojaba monedas al ruedo para que los subalternos, picadores, banderilleros, monosabios y demás ayudantes las recogieran.

Chaupimarca era una plaza muy interesante. Adyacente al Tribunal Mayor, se levantaba una horca donde ajusticiaban a los facinerosos que en esta tierra fueron innumerables. Arenales la hizo quitar para juramentar la independencia el 7 de diciembre de 1820. Al centro se lucía una glorieta que fue obsequió de don Enrique Escardó cuando desempeñaba el cargo de Alcalde. Por eso se le denomina Kiosko Escardó. En este escenario, cada sábado, se desarrollaban reñidos contrapuntos entre las bandas de músicos en emotivas retretas. La Austro-húngara, -cuando Viena era la capital musical del mundo- dirigida por Marcos Bache, con fragmentos de operetas, polkas, mazurcas y  valses vieneses; de la Beneficencia Española, con pasodobles, jotas aragonesas, seguirías y fragmentos de zarzuela que los chapetones cantaban a voz en cuello; la Cosmopolita, con valses criollos, one-steps, fox-trots, marineras, resbalosas, tristes y marineras; pero la más aplaudida, la que cerraba la competencia, era la de la Policía, con mulizas, huaynos, chimaychas, pasacalles y cachuas, coreados por el público. En esa glorieta inolvidable, la última noche del año, los conjuntos carnavalescos ofrecían las serenatas de año nuevo en medio de la algarabía popular. Está por demás decir que en más de una asonada, la glorieta fue tribuna para revoltosos y flamígeros oradores.

Esta plaza tan nuestra, está agonizando.

Plaza Chaupimarca con nieve

REFLEXIONES EN NUESTRO ANIVERSARIO PATRIO

Jura de la independencia

Celebramos un aniversario más de nuestra patria por lo que creemos necesaria una profunda reflexión respecto del aporte de nuestra cultura a la grandeza de la patria. Si bien la historia dice que el Perú nació como república el 28 de julio de 1821 con la jura de su independencia; debemos  puntualizar que, el 7 de diciembre de 1820 -un año antes- el Cerro de Pasco la había jurado en la plaza Chaupimarca, un día después de la gloriosa batalla efectuada en nuestros campos. Mucho antes de este histórico acontecimiento, nuestra tierra fue un notable enclave cosmopolita que posteriormente formaría un acentuado mestizaje.

Recordemos. Desde tiempos inmemoriales, nuestro territorio fue habitado por los Yauricochas que tenían por centro urbano a Chaupimarca. Cuando en 1567 se hace el primer denuncio de minas con el nombre de San Esteban de Yauricocha -nombre primigenio de nuestro poblado- los aventureros españoles se afincan en su territorio y conviven con las nativas. (No olvidar que aquellos aventureros eran jóvenes en su gran mayoría). El consulado español que los nucleaba registra –entre otros- la presencia de sevillanos, manchegos, madrileños, vascos, catalanes,  santanderinos etc. En poco tiempo nace la primera generación de criollos auténticos en nuestra tierra. Hijos de españoles en nativas. José Varallanos, ilustre historiador huanuqueño dice, amparado por documentos de primera mano correspondiente al Archivo de Indias: “La mayor cantidad de españoles que residía en el centro, del Perú, estaban afincados en el Cerro de Pasco al que le sigue Huánuco, y punto”. Es comprensible este aserto. Los españoles vinieron en busca de riquezas minerales que, como en ningún otro lugar, se daba en nuestro emporio. Ellos no vinieron de turistas. Por eso por aquellos tiempos en que nacen las ciudades  mineras –antes no las hubo- Potosí, Oruro, Guanajuato, Cerro de Pasco, Huancavelica, Sombrerete, Taxco, etc. etc.   Los catalanes conformaron un grupo que tuvo notable actuación: Joanot Martorell, notable empresario fletero; Claudí Privat, empresario hotelero; Marcelo Curty, dueño del famoso “Café Moka”; Manuel Clotet Matamoros, dueño de las minas de Colquijirca compradas a don Antonio Acevedo y que  más tarde lo va a regalar a su yerno don Eulogio Fernandini, casado con su hija doña Isolina Clotet; Ferran Coll, empresario minero y comerciante notable; Antonio Xammar,  comerciante, casado con doña Clotilde Jurado, padre de nuestro escritor y maestro universitario, Antonio Xammar Jurado, entre otros. Es necesario mencionar que el Tesorero de las Cajas Reales, conocedor de su eficiencia en campos de la administración financiera y fundición, convoca a los vascos para que vengan a trabajar con él. Decenas de recios montañeses del norte de España – zona ubicada entre el Ebro y los Pirineos- llegan a aposentarse en la cercana Villa de Pasco. Unos de Vizcaya con su capital, Bilbao; otros de Guipúzcoa, con San Sebastián y, algunos de Álava con Victoria; también muchos navarros. Formaron un núcleo sólido, unido por sus ancestrales costumbres como la afición a los espectaculares guisos de bacalao, la infaltable boina y  alpargatas, que sólo en épocas de sol las usaban en sus festejos, al compás de txistus y tambores, recordando fandangos y zortzikos; el resto del tiempo tuvieron que cambiarlos por sombreros de paño y resistentes zapatones de cuero; su  afición por el juego de pelota vasca –Jai – Alai-  devino más tarde en “pelotaris”, deporte que se popularizó tanto que no había barrio donde no se golpeara la pelota contra frontones de sólidas paredes y, “el euskera”,  su enrevesado idioma. Todos ellos fueron funcionarios de las Cajas Reales, especialmente los bilbaínos que tenían un gran talento financiero o, maestros fundidores y artesanos, primordialmente los de Vizcaya y Guipúzcoa. Su extremado orgullo y su proverbial tozudez se llegaron a conocer en todo el ámbito minero. Cuando se trasladaron al Cerro de Pasco hicieron  florecer la Fundición de Barras de Plata como maestros fundidores. Los Oyarzabal, de Azpeitia; los Arauco, de Vizcaya; los Goñi, de Navarra; los Otaegui, de Guipúzcoa; los Aguirre de Oyarzún; Lizárraga, Baldoceda, Jáuregui, Ampuero, Bermúdez, Aza, Azcurra, Zumalcarregui, Echevarría, Aranda, Gorriti, Amézaga, Anaya, Apéstegui, Aspiazu, Carranza, Chacón, Elguera, Valdivia, Veramendi, Iparraguirre, Iturralde, Egaña, Jáuregui, Mendívil, Iturriaga, Ormachea, Mendizábal, Olazo, Zamudio, Arellano, Lezama, Lezcano, de Navarra.  Muy jóvenes llegaron  como operarios calificados a las fundiciones y casa de moneda; los otros, como administrativos contables. Robustos, ágiles, vigorosos y, de musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, trabajaban de sol a sol, con el empeño puesto en ganar lo que más pudieran. Todos triunfaron. Andando los años, uno de ellos, Francisco Goñi, minero, amasó tal fortuna, que fue la envidia de sus coterráneos; Iturre Baldoceda, triunfó como tambero; resultó siendo dueño de casi todos los alojamientos que recibían a los viajeros que llegaban al Cerro de Pasco. Sebastián Arauco, consiguió lo propio; fue ejemplar fundidor primero y más tarde propietario de varias fundiciones, entre ellas, “El Misti”. Iñure Otaegui, llegó a ser prominente contable de las Cajas Reales y Fundiciones de Barras de Plata, los Oyarzabal, identificados con los problemas sociales de nuestra tierra, fueron luchadores por la independencia y luego notables funcionarios de las primeras épocas de la república.

Todavía, hoy en día, hay muchos hombres y mujeres que llevan aquellos apellidos patricios, aunque por la continua migración ya son pocos.

La masiva llegada de ingleses comienza cuando el Imperio Británico que había apoyado la independencia de América Española en venganza por el apoyo que España había brindado a la independencia de las colonias de los Estados Unidos, decide cobrar por esa ayuda. Gran cantidad de jóvenes ingleses llegaron para trabajar en sus minas a partir de 1825. De éstos, Carlos Contreras, dice: “Varios jóvenes ingleses casaron con hijos de la aristocracia local y desertaron del trabajo minero, empleándose en oficios más acorde  con su condición racial”).  Después de instaurarse el Consulado de Su Majestad Británica, fundaron el Banco del Perú y Londres, el 2 de abril de 1872 en la desaparecida Calle Parra. Este Banco tuvo destacadísima actuación en nuestra economía.

Otra notable cantidad de ingleses arribó a nuestra ciudad para trabajar en la construcción del primer ferrocarril de la sierra que unía al Cerro de Pasco con los ingenios de Quiulacocha, Tambillo, Ocoroyoc y Sacrafamilia (1885 – 1891). Muchos de estos rubios visitantes, como los anteriores,  dejaron descendencia en nuestra  ciudad: Brown, Woolcott, Miller, Steel, Ferguson, Stone, Taylor, Wilson, Mac Donald, Myers, Slee, Thompson, Mac Evoy, Coleridge, Mac Lennan, Mac Intosh, Slee, O´Hara, Rowe, Cronswell, Stone, Campbell, Blair, Trocedie, Lees, Borondige, Mac Leod, Mac Carthy, Mac Kensie, Foster, Cronswell, Royton, Sutton, Flemming, Duffy, Winder, Yantscha. Estos jóvenes implantaron la novedad del fútbol cuando sólo Lima y Callao lo estaban practicando.

Cuando los norteamericanos establecen la compañía monopólica Cerro de Pasco Mining, los europeos se marcharon cambiando la idiosincrasia de nuestro pueblo. Desde entonces han transcurrido siglos en los que nos convertimos en los mejores sostenedores  económicos de la prosperidad de nuestra patria. Eso nadie podrá negarlo nunca.

Felicidades a todos los cerreños en este día de la patria.

Bandera grande de Peru

El nacimiento de nuestra tierra

Nunca antes una ciudad se había aposentado en las astrales lindes de las nubes, tan cerca del cielo. Nació a mediados del siglo XVI, cuando en las Cajas Reales de Lima los españoles vieron montones de plata purísima, blanca y enorme como queso fresco, “del tamaño de las balas de cañón”, que provenía de Yauricocha. Este era el emporio que los fatigados españoles habían estado buscando: Yauricocha: ” laguna de metales”. A él  se refería el joven cronista de Santo Domingo de la Calzada cuando narraba la búsqueda y el dramático encierro de tres días y tres noches, secuestrados por una ventisca impresionante, sin nada que comer ni beber, en medio de un frío implacable y cruel del que después salieron en estampida a poco de cesar la nieve. Habían seguido la descripción de los hombres que decían ser dueños de aquellos tesoros desde los abuelos de sus abuelos. Los invasores venían a cumplir con los principios jurídicos estatuidos por los Reyes de España en las famosas Leyes de Indias donde  se establecía que las tierras de América eran patrimonio exclusivo de la Corona Española Todos los minerales son propiedad de Su Majestad y derechos realengos por leyes y costumbres, y así lo da y concede a sus vasallos y súbditos donde quiera que los descubrieren”. Es más, en las Ordenanzas de Toledo se preveía que, descubierta una mina, ésta debía registrarse en un plazo de treinta días. El descubridor tendría derecho a un campo de ochenta por cuarenta varas –llamada por eso, mina “Descubridora”- a continuación del cual se acotaba otro para la pertenencia real, y tras ella podía tomar otro más el descubridor –“Mina Salteada”- de sesenta por treinta varas. “Venimos del cerro de Yauricocha en obediencia a lo que vuestras mercedes han dispuesto que para trabajar las minas –ahora propiedad del Rey- se las deben registrar en las Cajas Reales. Queremos el documento que  respalde nuestra propiedad”, habían dicho dos yauricochas en el colmo de la inocencia. Fue suficiente. De inmediato, un tal Diego Cantos de Andrada, -el primer ladrón de nuestra historia- viajó a revientacinchas a las Cajas Reales de Xatún Xauxa y allí registró el mismo yacimiento, pero a  nombre de él. Los nativos en la muestra de más pura  candidez y buena fe, reclamaron a los tribunales. No es necesario decirlo. La propiedad quedó registrada a nombre del impostor. El infame que practicó este latrocinio, fue Gómez de Caravantes de Mazuela y el documento que sanciona el sumario y perverso litigio, dice: “En la causa que entre partes mantuvieron, de la una los caciques de indios, Manuel Chumbe y Pedro Chipán; y de la otra Diego Cantos de Andrada, fallamos: Que debemos amparar y amparamos al dicho Diego Cantos y sus consortes en la posesión de la mina que descubriera. Sobre este pleito y después, se den a dichos indios, dos minas, las que ellos escogieran y por esta misma sentencia, así lo pronunciamos y mandamos sin costas”. Los otros beneficiarios que tuvieron acceso a estas fabulosas minas, fueron los siguientes ladrones y alcahuetes que se complotaron para que fuera así: Diego Cantos de Andrada, Miguel Romero y Zúñiga, Bartolomé Díaz, (el viejo), Cipio Ferrara Pérez, Juan Díaz Vergara y, para que no tuvieran problemas posteriores, prebendaron a  Hernando Marco Apo  Alaya, cacique de Xauxa y Felipe de Guacrapaucar, cacique de los Lurinhuancas, es decir Huancayo. -(Andando los años, una descendiente de estos caciques huancas, llamada Catalina Huanca, hizo derroche de gran cantidad de monedas de oro y plata sacada de nuestras minas)- También se beneficiaron otros dos indios ladinos, Luis Meza y Alonso Xaxa. Esta es la primera lista de ladrones y estafadores que con el andar del tiempo se fue engrosando y no tiene cuándo acabar.

cofre de tesoroLa enorme laguna de Yauricocha tuvo que ser desaguada hacia las partes bajas de Quiulacocha. Cuando las aguas corrieron en una riada extraordinaria, arrasaron en su descenso abundante barro y  detritus, dejando al descubierto un blanquísimo sedimento de plata pura que por siglos había dormido en sus profundidades. La plata a flor de tierra, en una orgiástica abundancia, estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas. A partir de ese momento se produjo  una multitudinaria invasión de aventureros ávidos  nunca antes vista. Las gentes de la Villa de Pasco y lugares aledaños primero y de los más lejanos, después, llegaron en espectacular turbamulta de sálvese quien pueda.  El 9 de octubre de 1567 – dicen las crónicas de entonces-, después del  inicuo despojo a sus legítimos dueños, asentaban el nacimiento oficial de San Esteban de Yauricocha, para beneficio de los españoles. Pasados los años, por su cercanía a la Villa de Pasco, adoptó el nombre del Cerro de Pasco, oficializado por el Virrey Amat en 1771. Así nació la ciudad: tras una infamia, por una expoliación. Desde entonces, hasta ahora, la tradición viene repitiéndose con muy pequeñas variantes. Si alguien quisiera escribir la historia de la infamia en el Perú, tendría que comenzar en esta ciudad.

Andando los años, hombres procedentes de todos los rincones del globo se afincaron en sus predios: españoles, ingleses, italianos, franceses, prusianos, húngaros, checos, croatas, montenegrinos, serbios, dálmatas, austriacos, judíos, griegos,  polacos, jamaiquinos, africanos, chinos, japoneses norteamericanos… todos nucleados en sus correspondientes consulados. Todos con una misma y sola ambición: la plata. También braceros y empresarios de toda América y de los más apartados rincones de la patria. Cuando el argento comenzó a mermar, después de inacabables siglos de explotación, la magia del cobre purísimo atrajo a los norteamericanos que el primer año del pasado siglo, invadieron su suelo para explotarlo. “La Cerro de Pasco Copper Corporation”, exportó en su mejor momento, el 50% del oro, el 75% de la plata y el 95% del cobre de todo el Perú” ha revelado el ingeniero Samamé Boggio, el hombre que más sabía de minas en el Perú.

Este es el dramático inicio de nuestra Historia en más de cuatro siglo de vida sacrificada y ejemplar a la que saludamos reverentes en su aniversario

Propiedades de la maca

la maca 3

Prestigiosos científicos han estudiado a esta planta y, corporativamente sostienen lo siguiente:

La Maca (Lepidium Peruvianum) es una antigua raíz peruana que se cultiva en los Andes desde el tiempo de los Incas en altitudes comprendidas entre 3,800 a 4,500 m.s.n.m. Es resistente a las heladas, granizadas, nevadas, factores climatológicos propios de la zona Alto Andina,  que son negativos para otros cultivos. Por sus valores nutricionales y energéticos tuvo gran importancia en la alimentación de los Incas. Es considerada un poderoso reconstituyente físico, mental y sexual, fuente de Aminoácidos, Vitaminas B1, B2, B12, C, E, caroteno y otros minerales. Combate el estrés eficientemente.

Su aparición data de hace 300 millones de años según estudios de paleontólogo Hillc (1996). Cuando el hombre llego a los Andes más de 20 mil años, encontró muchas plantas y animales; eran recolectores, evolucionando a cazadores en Pasco, Huánuco, Junín o Ayacucho, cuando aprendieron a domesticar las plantas y animales allá por los 5 mil años.

Según evidencias históricas, la domesticación de la Maca probablemente coincidió con los comienzos de la era cristiana en la Zona de San Blas o Junín por los pobladores del Chinchaycocha, (cultura Pumpush). La expansión de su cultivo en el medio ecológico Alto Andino habría sido por la Cultura Yaro y los Ayarmarcas venidos del Sur, quienes dieron gran importancia a su cultivo porque constituyo un alimento de consumo  diario (Matto, 1975); Rick (1979), Antúnez de Mayolo (1977), Rostworoswshi (1978), Waldemar Espinoza (1976), refiere que los Yaros han sido eximios ganaderos y practicaban una agricultura intensa, dedicándose al Cultivo de la Maca.

Marino Pacheco Sandoval (1988), dice que los habitantes de Bombonmarca (Junín) practicaban una ganadería y agricultura promisorias, y aplicaban un sistema de irrigación por canales que conducían agua de las Lagunas cercanas, constituyéndose en un Centro de Acopio de raíces de Maca, la Papa y de las fibras de Alpaca y Llama (Almacenes de Shongunmarca); y las relaciones sociales de producción se realizaban con los pueblos ubicados en la Altiplanicie de Junín y entre los Valles interandinos  de la Costa y Ceja de Selva, comercializando por medio de trueque, el charqui, fibras, sal, Maca y entre otros productos.

TAHUANTINSUYO

Conquistados Pumpush y Yaros por los Incas, la Altiplanicie de Junín se convierte así en un punto de apoyo de relevancia política y estratégica; un Centro de distribución de recursos entre el Cusco y Cajamarca que la eficaz organización Incaica supo valorar y adaptar la experiencia de muchos siglos de las Culturas Pre-Inca.

La Expansión del Cultivo de la Maca, también se debería a los Collas venidos del Altiplano Sureño que bajo el sistema de Mitimaes se dedican intensamente al Cultivo de la Maca, convirtiéndose desde entonces la Altiplanicie de Junín en punto de vital de enlace entre Cusco y la Región de Chinchaycocha. De acuerdo a Crónicas de los Siglos XVI y XVII, las Tropas eran alimentados con Maca pues se le atribuía a esta planta la capacidad de dar vitalidad y fortaleza  física a sus combatientes.

 CONQUISTA Y EL VIRREYNATO

A la llegada de los Españoles estos encontraron el Cultivo de Maca en expansión y apogeo. El Cronista Bernabé Cobo (1653), cuenta que la Maca crece en los sitios más agrestes y fríos de la Puna y dice también que los Indios del Perú no tienen otro pan que la Maca. El Cronista Antonio Vásquez de Espinoza refiere que había cultivos de Maca en Castrovirreyna. Cieza de León en 1953, dice que se la cultiva en estas zonas es de poco maíz, por ser tierra tan fría pero no dejan de tener raíces.

Los Españoles al conocer las bondades alimenticias de la Maca, la utilizaron en su alimentación, por lo que los pobladores  de Chinchaycocha tributaban  anualmente con 300 cargas de media fanega de Maca (15,000 Kilogramos aproximadamente). Guamán Poma de Ayala (1613), afirma que la Maca es un nutriente que los Indios lo usan con el fin de obtener buena salud y vigor y que sirva para curar ciertas enfermedades por lo que se llama “ Taky Oncoy” y, según Pablo Macera,  productos alucinógenos, por un movimiento de resistencia religiosa y político contra  la Colonización Española, que danzaban y cantaban, y que por reporte de Pierre Duviols, del trabajo inédito de Cristóbal de Albornoz se conoce con el nombre de la “Confesión de la Maca”, que sirve para obligar a decir la verdad a determinadas personas.

 REPUBLICANA

Walpers (1843) por primera vez identifica científicamente a la especie como Lepidium Meyennii Walp, debido a que el Señor Meyennii recolecta una especie en Pisacoma en el Departamento de Puno. Así mismo, Weberbaur (1945), describe la existencia de Lepidium Meyennii Walp entre Candarave y Carumas en el Departamento de Moquegua, que es la subespecie Lepidium Meyennii Celidium. En 1961 Chacón realiza  un estudio fotoquímico de la Maca, y en 1988 profundiza su investigación taxonómica, identificándola  como Lepidium Peruvianun Chacón  Sp. Nov. (L. Meyennii Walp) siendo ratificado el nombre científico por los Biólogos del Herbario de la Universidad Nacional de San Marcos.

El nombre de la Maca, según Pulgar Vidal (1985), proviene de dos voces de la Lengua Chibcha “MA” que tiene significado de origen de altura y “CA” que significa Alto, excelso, comida buena que fortalece el nombre de la Maca. También podría deberse a que los Incas han colocado el nombre de Maca, como justificación de continuidad de su dominio, por la presencia de los Ayarmarcas, ya que la Maca siempre ha existido como raíz que crece en los Andes.

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En la actualidad, quedan evidencias de haberse cultivado Maca en grandes extensiones en las zonas Alto Andinas, del Territorio Peruano y Boliviano. Pero su cultivo solo se circunscribe a pocos lugares como la Provincia de Junín y la Ribera del Lago Chinchaycocha incluyendo la Meseta del Bombón en los lugares: Vico, Shelby, Villa de Pasco, Ninacaca en Cerro de Pasco; Carhuamayo, Uco, Huayre, Óndores, Matacancha, Pari, San Pedro de Cajas (Condorin), Huamanripa, San Blas, Rimaycancha.

DESCRIPCION Y CARACTERISTICAS DE LA MACA

Composición (100 g.): Energía, 325 kcal. Proteínas : Desde 10.0 a 17.0 g

Grasa: 0.80 a 0.90 g. Fibra: 4.95 a 5.45 g. Carbohidratos 62.60 a 62.82 g.

Vitaminas: B1, B2, B12, C, D3, E, P

Minerales: Calcio, Fósforo, Zinc, Magnesio, Hierro, Potasio, Sodio, Cobre, Boro, Manganesio. Otros: Amino ácidos esenciales, alcaloides, y otros elementos indispensables para la conservación de la salud. La MACA es un suplemento alimenticio, no un medicamento.

 

 

 

 

LA LEYENDA DE LA MACA

la maca“En la altiplanicie de Bombón que va desde la Cima hasta las estribaciones del Nudo de Pasco, en extensión que supera las veinte leguas de Sur a Norte y un ancho promedio de cinco, de Este a Oeste, está ubicada la laguna de Chinchaycocha, la más alta del planeta. De ella brotan las corrientes cristalinas que extendiéndose hacia el extremo sur conforman el legendario Mantaro. En su nacimiento son transparentes, heladas y de poca profundidad, pero a medida que descienden van alcanzando mayor calado al recibir el tributo de otros riachuelos con los que conforma el ubérrimo valle que lleva su nombre,”

“Cuentan los viejos que aquellos tiempos, cuando los hombres erraban tras la caza por estas nivosas estepas silbantes de frío, emergía como un hito sobrecogedor, RACCO, el “Cerro Gordo”; pero no estaba solo, a su lado se elevaba otro, llamado Yacolca -su hermano- que por una desavenencia habida entre ellos, decidió retirarse a otro territorio cercano a Andajes, donde quedó asentado definitivamente. Desde entonces, Racco quedó solitario en territorio pasqueño, venerado como el dios bienhechor, proveedor de alimentos.”

“Esta pirámide trunca, misteriosa y enorme, concentra el poder de atávicas energías. Principal paccarina donde residían  Libiac Cancharco, el trueno devastador y Yanamarán, su esposa, la diosa lluvia, surtidora de las aguas de los ríos. Los acompañaban sus hijos: Chuquilla, el rayo; Catuilla, el relámpago; Libiac, el trueno, Úchuc Libiac, el resplandor. Eran tiempos remotos en los que aún no habían llegado los extranjeros barbados, ni siquiera las tribus de los Pumpush, ni los Tinyahuarcos, ni los Yanamates, ni los Yaros.”

“Esta legendaria pareja premunida de poderes terribles gobernaba la vida de los primeros pastores lugareños. Los cóndores, amos y señores de las alturas -sus vigías- controlaban el cumplimiento de costumbres establecidas por los ancianos. Debían depositar en apachetas, cavernas y depresiones resguardadas de la intemperie, sus ofrendas votivas. A nadie se le ocurrió jamás incumplir el tácito mandamiento. Nadie podía fallar. Los jircas y las aves que vigilaban, denunciaban desobediencias y deserciones. El castigo por incumplimiento era terrible. Chuquilla, con estrépito impresionante  remecía la tierra tras el zigzageante latigazo luminoso de Catuilla, el relámpago. Todo temblaba. Los pastores que habían corrido en busca de  abrigo en los roquedales, permanecían silenciosos, aplacando con su coca el terror que los invadía. Los sorprendidos en la llanura infinita, quedaban estáticos, en el mismo lugar. Pastor, perros y animales, permanecían inmóviles, soportando la inclemencia que Yanamarán había dispuesto. Si se movían de un lugar a otro, atraerían sobre sí la furia de relámpagos, rayos y truenos que fulminan. Los infieles caían exterminados, convertidos en cenizas.”

“Esto lo saben los hombres desde pasados milenios. Racco ha  revelado a través de los ancianos, los castigos para quienes se atrevan a incumplir las leyes. Así –aseguran los viejos- hace miles de años, cuando el mundo estaba todavía en tinieblas y opalinas claridades destacaban los perfiles del paisaje, ocurrió el primer cataclismo que Libiac Cancharco, Yanamarán y sus hijos, desataron. La espectral fauna de gigantes que habitaban las inmensas estepas, desapareció tras catastróficos fenómenos. Pesados mastodontes de andar cansino y amenazante, fieros megaterios y gliptodontes de espectrales y demoníacas figuras, cayeron chamuscados por la ígnea reventazón de truenos horrorosos que hacían trepidar la tierra; la paleollama, antecesora de los camélidos y los salvajes caballos de entonces, cubiertos de lana y cerdas que deambulaban en manadas espantadas, víctimas del salvaje predador, tigre dientes de sable, también sucumbieron rendidos. Los dioses habían desatado sus arrebatos incontenibles. Días y noches ilimitados ocasionaron una tormenta de inclementes proporciones. Los cielos se agitaron en convulsiones mortales dejando abierto inagotable surtidor de agua que los siglos jamás volvieron a ver. Rayos, truenos y centellas, castigaban las llanuras entre los gemidos de estertor de los monstruos agonizantes. Pronto el turbión que desgarraba los cielos se convirtió en torrenteras incontenibles que  arrastraron todo lo que encontraba a su paso. Incapaces de mantenerse en pie los monstruos resbalaron como pequeñas piedras sin destino; arrastrados como briznas insignificantes. Para nada les valió garras y colmillos gigantescos. Desaparecieron como por encanto. Desde la cumbre del mundo fueron arrastrados a valles inferiores y playas remotas donde,  finalmente, sus huesos se calcinaron. Arriba quedaron lagos y lagunas esparcidos en grandes extensiones. Desde entonces, de los manantiales de las alturas, ríos torrentosos desembocan en los océanos regando las tierras bajas donde florece la vida siempre renovada. Así, al noroeste del Nudo de Pasco, en el flanco septentrional del nevado de Raura en la cordillera de Huayhuash, se origina el río Marañón que en sus orígenes recibe los desagües de las lagunas Niñococha, Santa Ana y Lauricocha;  al suroeste, nace su mayor afluente que en su nacimiento se llama Rauracancha, luego Blanco; más tarde, impetuoso a medida que desciende, Chaupihuranga. Éste, al juntarse con el Huariaca, forma el majestuoso Huallaga. En territorio Pumpu –parte occidental- en Upamayo nace el legendario Mantaro que discurriendo paralelo a la costa del Pacífico, fecunda tierras de Tarma, Yauli, Jauja, Huancayo y Tayacaja. Como éstos, incontables manantiales, descendiendo por sus laderas, llegan a formar numerosos ríos”

“Tuvo que pasar mucho tiempo –“Nieves de nieves” como dicen los ancianos- para que la tierra volviera a poblarse. Apenas se insinuó la floración de los pastos, aparecieron junto con el hombre, guanacos de espesos y abrigadores pellones, ágiles tarucas y venados de cola blanca; inquietas vizcachas que en los atardeceres asomaban la cabeza a la entrada de sus madrigueras para gozar de los postreros rayos del sol; también aumentó el número de pequeños mamíferos –ojitos de pedrería-, los cuyes; animalitos ligados a la vida del hombre de estas alturas; compañero y alimento de su vida. Establecido el hombre sobre los Andes, los dioses, muy conmovidos, decidieron impulsar la existencia que comenzaba a prosperar. Decidieron poblar esta meseta cuyos confines se perdían en lejanías inalcanzables con hombres y mujeres cuya descendencia la cubriera de vida. Para ello estableció aquí una raza poderosa con caracteres inconfundibles, precisos e irreversibles que domeñaran la elevación, el silencio de la soledad y el pasmo del frío. Una raza con una personalidad única en su morfología, en su fisiología y en su genética; en su salud y en su enfermedad; en las actitudes espirituales, en la guerra, en la organización social, en su vida y en su muerte; puso sobre este páramo a la Raza Cósmica de los Andes. Hombres y mujeres de pulmones enormes para absorber con comodidad la escasez del oxígeno vivificante; un corazón generosamente incansable que hiciera circular pródiga la espesa sangre morena irrigando el cuerpo broncíneo; tan poderoso que pudiera vencer fácilmente el fantasma de la fatiga. Así y desde entonces, estos seres notables tienen un rendimiento muscular, dos, tres y hasta cuatro veces superior al de los pálidos habitantes de las costas y los llanos. Eso sí. Así como los quinuales se revisten de cuantiosas películas para soportar los rigores del clima, la mujer deberá usar numerosas polleras que resguarden con abrigo su fecunda matriz, generadora de vida.”

“Transcurridos los tiempos, la Raza Cósmica Andina pobló con creces la estepa de pastizales verdes donde vagaban abundantes rebaños de animales primitivos que les sirvió de alimento tras audaces proezas cinegéticas. Muchos años después, fueron domesticados y convivieron con los hombres, sirviéndoles de sustento nutricio; sin embargo, Racco no estaba contento; se encontraba muy preocupado. Su raza no podía depender solamente de la carne, tenía que ingerir vegetales tonificantes que fatalmente aquí no se daban. En este lugar inhóspito, castigado por vientos helados y eternos donde no brota planta alguna, y los cerros y llanos son pelados, cubiertos con solamente “ichu” y “ocsha”, gramíneas primitivas, se hacía imperativo hacer un milagro. En uso de los poderes que le había conferido el Jirca Yaya, decidió hacer germinar un fruto que no solamente los alimentara, sino también los hiciera fuertes, poderosos y fecundos para poder poblar estas gélidas enormidades. Formó una semilla amasada con nieve, rayos de sol, minerales –muchos minerales-  y luminosos reflejos de arco iris; pero como el fruto debería ser fuerte y resistente para poder vivir en estas alturas, convocó a las deidades lugareñas, LIBIAC CANCHARCO, el imponente trueno y, YANAMARÁN, la lluvia, vivificante. Ambas le dieron vida. LIBIAC CANCHARCO, le insufló un poderoso soplo de poder haciendo estallar el estrépito de un trueno que remeció los Andes y una culebrina que hizo trizas la oscuridad con terroríficos ramificaciones de inacabables relámpagos. A partir de entonces, YANAMARÁN, poniendo en juego toda la gama de variantes  pluviales la regó con la delicada sutileza del rocío, con la suavidad de la nieve, aguanieve, nevazones y ventiscas; la sometió a la furia descontrolada de la pedrisca de granizadas implacables; la puso bajo la rigidez de la escarcha y su dureza helada; le enseñó la variedad de un calabobo, un chaparrón, un chubasco y las insufribles trombas de agua. Doce meses después –de la siembra a la cosecha- culminó el prodigio. Venciendo los duros contrastes de las temperaturas que dominan estos niveles, inmenso frío, heladas nocturnas y la insolación quemante de los mediodías, apareció sobre la faz de la tierra, el fruto mágico: la Maca. Allí estaban para anunciarlo, esparcidas a ras del suelo, triunfantes como verdes penachos, los florecidos manojos de sus arrocetadas hojas. Había prosperado un prodigio en estas alturas, un verdadero milagro. Sólo en estas comarcas, depósito de toda suerte de minerales, puede germinar esta planta, compendio de hierros, calcios, yodos, fósforos, mercurios, potasios, manganesos, magnesios, zines… planta poderosa para hombres y mujeres vigorosos.”

“A partir de entonces, los agradecidos habitantes, efectúan significativos ceremoniales conmemorativos en la siembra de su semilla. Con hermosas melodías de quenas, antaras, pincullos y tinyas, entierran una piedra de más o menos un tercio de largo que representa a Raco, denominada “huanca”, rodeado de un manojo de ichu doblado en dos, con las puntas dirigidas a la superficie. Para que la semilla aprenda a crecer, la PITACOCHA (una papa traída de los valles cálidos y partida en dos), se entierra  junto, muy junto, a unos panecillos denominados PARPA y TANTALLA; abundantes mazamorras, llamadas TICTI, exuberantes hojas de coca y chicha en profusión. Todo esto pidiéndole a sus dioses ancestrales, prodigalidad y buena calidad en la cosecha”

la maca 2“Cumplido el año, cosechan el fruto portentoso en abundancia. Parecido al rabanito, con algunos colores que el arco iris le ha dado: amarillo, morado, blanco, gris, y matices intermedios; la suavidad transmitida por los ampos  de nieve; la dulzura de la chicha; el intenso calor del sol de las alturas concentrado en su cuerpo le permite  combatir con eficiencia males respiratorios, dolencias reumáticas y deformaciones del bocio. Pero lo más notable de este fruto altamente revitalizador está en que, amalgamando los poderosos minerales de la Pachamama, fundidos por los atronadores ramalazos de Libiam Cancharco y regado por la generosa Yanamarán su poder fertilizante es increíble. Es tanto que los jóvenes –hombres y mujeres- en tiempos incaicos estaban prohibidos de comerlo por su enervante potencia genética que llegaba hacerlos lujuriosos. En cambio, los casados sí pueden degustarlo. Los hace los amantes más ardientes y perennes. Lo que el fruto toma de la tierra –la chacra debe descansar siete años para volver a producir- se los da a los hombres y mujeres. En estas cósmicas regiones no se conoce la esterilidad. El milagro es del fruto mágico de los dioses: LA MACA.”

 

CERRO DE PASCO Pueblo Mártir

Cerro de Pasco - Nat GeoC E R R O    D E    P A S C O

Por Lorenzo Landauro

¡Oh!. ..Ciudad mutilada… ¡Oh!, pueblo que agoniza,

bajo el siniestro impulso tenaz y poderoso,

de maquinarias rudas que sin piedad desgarran

el indefenso vientre de nuestra madre tierra.

—-

Imponderables ansias de máquinas hambrientas

que rugen en el fondo de oscuros subterráneos

para arrancar el oro, de las entrañas frías

inertes de la tierra del indio Huaricapcha.

—-

¡Oh ! tierra del ensueño de aquel pastor humilde,

tu cielo está teñido por humos azufrados,

tu vientre desgarrado, por tus profundas grietas;

parece que exhalaras tus quejas de agonía.

—-

Tus viejos edificios apenas se sostienen,

sobre la débil bóveda de grandes socavones;

caminas lentamente hacia tu ocaso triste,

siguiendo tu destino fatal…¡Desolación…!

 —-

Tierra de Huaricapcha…!¡Oh tierra generosa!

ciudad del oro y plata, ensueño de avarientos,

las gélidas montañas absortas te contemplan

marchar hacia la ruina de tu propia grandeza.

—-

Ciudad donde la nieve a grandes copos cae,

formando nívea alfombra en las estrechas calles,

por donde alegre pasa la ñusta enamorada,

hilando sus vellones, cantando una canción.

—-

¡Fatídico tormento, tiránico suplicio,

de los indios mineros que agotan su vigor,

buscando entre las pródigas entrañas de la tierra

las lágrimas de ñustas, tornadas en metal.

 —-

Tragedia horripilante de un pueblo que se hunde,

ante la indiferencia de sus inermes hijos,

¡Desolación!..¡Escombros!..¡Hacinamientos!.¡Ruinas.!

Tu porvenir es ése…¡Oh tierra de Carrión…!

Cerro de Pasco 3

LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Octava parte)

UNA MUERTE PIADOSA

la conquista del Pozuzo 11La llegada del florido mes de mayo, con la limpidez del cielo y los agradables calores del ambiente determinaron un febril laboreo de hombres y mujeres. Se sabían cercanos a la meta. El trabajo se redoblaba activamente. Sólo que entre este diligente grupo deambulaba la joven Helga, la novia solitaria, silenciosa, con el alma muerta, ya sin entusiasmo, como una autómata. Una tarde, ya cercana la noche, acompañada de hombres y mujeres avanzaba por la senda que se hacía cada vez más sombría; cansada por la caminata, se fue rezagando más y más. Sus compañeros sólo la llamaban urgiéndola a que caminara más rápido, hasta que rendidos, cada uno miró su propia y sola conveniencia. Llegados a destino, la esperaron; en vano. No llegó. Al día siguiente, premunidos de alimentos y bebidas calientes fueron a buscarla. Recorrieron la escabrosa senda por donde habían venido y en un recodo de difícil acceso, la encontraron tirada de espaldas, con los brazos abiertos en cruz, y con los inmensos ojos azules, fijos e inmóviles todavía abiertos, como expresando una interrogante cargada de misterios; sus brazos extendidos hizo pensar en una última plegaria, antes de su muerte.

A la vera de aquella senda estrecha y florecida, los hombres abrieron una fosa, las mujeres llorosas, cubriéndola con hermosas y blancas flores silvestres la vistieron de novia. Todos, traspasados de dolor, depositaron el cuerpo en la sepultura y la cubrieron de tierra. Pusieron una cruz, unos ramos de flores, y, siguieron avanzando. Ella, ni su novio, llegarían a la meta.

Para enero de 1858, el camino al Pozuzo había avanzado de tal manera que un pequeño destacamento pudo adelantar unas nueve leguas, pero con grandes dificultades y solamente a pie. En Santa Cruz -un miserable pueblo de indios- se realizó la otra pascana. Quedaban siete leguas o sea 21 millas inglesas de Santa Cruz a las riberas del Pozuzo. Pero cuanto más se alejaban de las tierras de cultivo y de las zonas habitadas, tanto más difícil resultaba la provisión de alimentos. La miseria y las privaciones aumentan enormemente. Incapaces de soportar tamaño inconveniente, cincuenta tiroleses palatinos renanos se separaron de la colonia y regresaron al Cerro de Pasco y a Lima, convirtiéndose en una carga para el gobierno y sus paisanos alemanes. Un grupo de mayor energía había partido por malos senderos en la sierra y por grandes desvíos al Pozuzo, para ver con sus propios ojos el valle que el gobierno peruano había elegido para su colonización y convencerse personalmente de las ventajas y desventajas que les esperaba después de tanto sufrimiento. Todos quedaron encantados de la belleza de la zona de su fertilidad y abundancia de tierras y regresaron a Santa Cruz con descripciones tan maravillosas sobre la belleza del valle, que les recordaba vivamente a los valles de su patria, por lo que inmediatamente 15 tiroleses (entre ellos una familia de 10 personas) emprendieron el viaje a Pozuzo para salir finalmente de situación desagradable y poder llevar una existencia más cómoda. Alivió su caminata el hecho de que existía ya un antiguo sendero hecho por los indios del pueblo de Huánuco al Pozuzo donde probablemente hubo una pequeña plantación de coca 120 años antes.

Durante los meses de mayo y junio, continuaron sin reposo. Pasaron por estrechas gargantas; rodearon roquedales, treparon por agrestes elevaciones, caminaron por zonas altas y, al finalizar el mes de junio, superaron un bosque espeso y asfixiante. Al salir de la fronda, divisaron una quebrada estrecha y profunda por donde discurría el torrente salvaje del Pozuzo, cuyas ondas reverberantes y amarillas, se dejaban ver de trecho en trecho. ¡Estaban ya muy cerca del término de la empresa!

A través de toda la senda encontraron blancos cálices de azafranes, piedras brillantes que presentaban hermosas vetas de caprichosos dibujos, la vegetación cada vez más exuberante, los colores siempre hermosos de exóticas flores que adornaban el paisaje. Todo esto emocionaba a los colonos y los empujaba a seguir adelante, raudos y seguros, como si la naturaleza les hubiera inyectado la eterna savia de su existencia. Cruzaron decididos muchos arroyos cuyas aguas desembocaban en el Pozuzo. Este río con muchas curvas y meandros se engrosaba a ratos a medida que los germanos se iban metiendo cada vez más y más en la estrecha garganta.

Durante muchos días avanzaron por aquella senda hasta que llegaron a una angosta cortada por donde, sin embargo, era el lugar más adecuado para pasar el río y llegar a la tierra prometida. Levantaron un armazón de árboles jóvenes y resistentes, tejieron vigorosas sogas con las lianas y, dos árboles gigantescos fueron derribados para servir de puente. Los hombres más jóvenes y fuertes cruzaron a la otra orilla donde aseguraron los troncos; clavaron estacas, los fijaron con piedras y barro, y el puente estaba listo.

¡Qué emoción en aquel momento!

Para darles confianza y ejemplo el primero en cruzar aquel puente fue el reverendo Egg. Al llegar a la otra orilla, un grito de triunfo emocionado y tierno, brotó de todas las gargantas. Las otras personas cruzaron con mucho cuidado por aquel histórico puente; los padres, conduciendo a sus esposas e hijos, demoraron algunas horas en efectuar la travesía. Debajo, tronante, el Pozuzo era rugiente testigo de la odisea.

Al promediarse el mediodía, todos estaban en la tierra conquistada ¡Su tierra!

“En el tiempo transcurrido desde la salida de Amberes (marzo de 1857) hasta el arribo a Pozuzo (julio de 1859) fallecieron 35 de los 304 emigrante, unos 120 abandonaron el grupo y nacieron unos quince bebés. Según el padre Egg, en marzo de 1859 el grupo lo formaban 165 personas, balance final de la empresa”.

De los 304 tiroleses y prusianos que habían partido después de dos años y cuatro meses de martirio sólo 150 llegaron a destino. Muchos de los niños que enternecían la escena, eran ya peruanos, con invencible sangre teutona en las venas.

¡¡Abrazos y alegría!!… ¡Recuerdos y emociones!! Aquel mediodía, como no había ocurrido antes, vieron los ojos azules de Joseph Egg anegados de cristalina emoción. ¡Lloraba! ¡Lloraba como un niño, y con palabras entrecortadas de rodillas sobre la tierra que supo conquistar rezaba dando gracias a Dios que les hubiera hecho llegar con bien.

¡¡Habían llegado a su destino…!!

la conquista del Pozuzo 12
Hermosa fotografía en el que se aprecia el histórico puente sobre el tronante río Pozuzo construido por los heroicos hombres y mujeres que iban a tomar posesión de las tierras que habían conquistado sobre la base de un sacrificio. La placa fue publicada en uno de los primeros números de la revista VARIEDADES.

 

 

LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Séptima parte)

LOS HEROICOS COLONOS LLEGAN AL CERRO DE PASCO

la conquista del Pozuzo 10Promediaba el ventoso mes de agosto cuando con el reverendo Joseph Egg a la cabeza la caravana de prusianos y tiroleses entró en la vieja y legendaria ciudad minera. El aire terriblemente frío de aquella tarde se hizo insoportable para los visitantes. Las instituciones establecidas allí, muchas de ellas formadas por inmigrantes extranjeros, adoptaron medidas oportunas para ayudarlos. Italianos, franceses, ingleses, españoles, polacos, fundamentalmente austro húngaros vecinos del Tirol y Renania, los más solícitos. Las hermandades religiosas, hicieron lo propio acopiando alimentos, medicinas y ropas de abrigo para los viajeros. Según el contrato, el Prefecto debería haber organizado la recepción de estas gentes, pero inexplicablemente había desatendido órdenes expresas de Lima dejando abandonados a su suerte a los inmigrantes. El frío de la helada nocturna, la debilidad y el cansancio, la implacable altitud y la incomodidad del alojamiento que se improvisó, se palió con la generosa ayuda del pueblo cerreño. Sin embargo, aquí se presentaron más razones para aumentar la discordia alimentada por los austriacos que ya residían aquí abriéndose paso a través del comercio y la minería. Los austro-húngaros les dijeron que, debido a la inoperancia criminal del gobierno y la incapacidad de Schultz, era una triste suerte la que les esperaba en su incursión en la selva al otra lado de los Andes. Les invitaron a que se queden ofreciéndoles trabajo como operarios y ayudantes. Tras arduas discusiones llegaron a la conclusión de que un grupo liderado por el padre Uberlinger se quedaría en la ciudad minera. Otro, liderado por Joseph Egg, continuaría su marcha hacia el destino prefijado. Éstos eran en su mayoría, agricultores, hombres de campo a los que para nada les atraía el trabajo de las minas

Estaban embebidos en estas tareas cuando una noticia inquietante puso en zozobra al barón Schultz. El camino del Cerro de Pasco al Pozuzo no se había iniciado no obstante el compromiso formal que habían firmado los representantes del gobierno peruano. El barón no lo podía creer porque él mismo, el 26 de enero de 1857, había enviado una comunicación oficial desde Amberes en la que informaba que los colonos ya estaban listos para partir a su destino. Sabía también que el gobierno peruano a través de su Ministro de Hacienda, había impartido órdenes terminantes al prefecto Bernardo Bermúdez hiciera entrega de mil pesos a Seferino De La Puente, para que efectúen los sembríos preliminares necesarios en Pozuzo.

Existía otra comunicación gubernamental de fecha  23 de mayo de 1857 en la que se daba  cuenta de la inversión de 900 pesos a fin de que se destine todo lo necesario para que los colonos al llegar no carecieran de nada. Así las cosas el barón trató de entrevistarse con el general Ramón Castilla pero éste se encontraba en el sur tratando de sofocar una rebelión en su contra. En su reemplazo lo recibió el Ministro de Gobierno y Policía, general La Mar quien le manifestó terminantemente: “¡¡¡La totalidad del dinero destinado a la construcción del camino ya fue enviado al prefecto en el Cerro de Pasco. Él tiene cuenta de este dinero!!!”. Al barón no le quedó otra solución que viajar allá.  Indignado, se entrevistó con el prefecto.

– Señor Prefecto: Teníamos la seguridad que, en cumplimiento del contrato que tenemos firmado, nos alojarían debidamente en esta ciudad; pero con mucha indignación hemos comprobado que no ha sido así. La indiferencia de parte de las autoridades de Lima ha sido muy deprimente y atentatoria contra la salud de los viajeros. Sólo los habitantes de esta ciudad nos han auxiliado; de no ser así, muchos, especialmente niños, habrían muerto.

– ¡Calma!. ¡Calma, señor Conde!. Hago de su conocimiento que, ante el peligro que corría el gobierno peruano, nos hemos visto obligados a invertir los fondos destinados a la colonización, en la compra de armamentos necesarios para la defensa de la institución tutelar de la patria.

– Pero…

– ¡¡¡El estado peruano, está primero!!!…

– ¡¡Hay un contrato firmado por el Presidente de la República… !!

– Personalmente don Ramón Castilla está debelando la insurrección en el sur…

– Pero, entonces… ¿Qué va a ser de los colonos que han venido de tan lejos?

– Trataremos de ayudarlos en lo posible, señor barón… Trataremos de ayudarlos.

Pero la ayuda no llegó o fue escasísima y ridícula. Inclusive el dinero destinado a la construcción del camino al Pozuzo, se había esfumado. No había camino, ni semillas, ni animales, ni alimentos, ni nada. Esta fue la más dura noticia que conmocionó al reverendo Joseph Egg y a los heroicos braceros alemanes. La amarga nueva se difundió entre los colonos originando el desánimo inmediato. Un periódico cerreño que cubría las peripecias, informaba así aquel incidente: “El prefecto de Junín,  Juan José Salcedo, quien había recibido y despilfarrado los dineros destinados al Pozuzo, tratando de disimular la desgraciada actitud, exageró la amabilidad con los colonos, prometiéndolos ayudar debidamente en el futuro. Para hacer más inolvidable aquel momento, dispuso la acuñación de monedas de plata en homenaje a la inmigración. Muchos colonos, completamente conmovidos y en abierto gesto de gratitud llegaron a besar la manos del prefecto. El barón que contemplaba el momento se indignó al ver que como sirvientes besaban la mano del que debió darles el apoyo que estaba truncando la empresa y ordenó que culminara la ceremonia”. Mucho tuvo que trabajar el reverendo Joseph Egg para que el pánico no se apoderara de la totalidad de colonos. No obstante el celo patriarcal, veinte hombres se enrolaron en los trabajos de la ciudad, entre ellos el médico de la expedición, un carpintero y el relojero que había perdido a su esposa y a su hijo en la tormenta del África ecuatorial. Entre estos heroicos campesinos alemanes, fantasmal y silenciosa, sin aliento y sin ninguna esperanza, llevada como una autómata, iba Helga, la joven que había perdido a su novio en Alta Mar.

Otro periódico cerreño rememoraba así, tiempo después, el paso de la caravana de los heroicos alemanes: “En nuestra ciudad, algunos colonos desertaron y encontraron trabajo en los comercios de sus compatriotas. Dos de ellos contrajeron ventajosas nupcias con las hijas de dos mineros prominentes. Uno que otro determinó volver a Lima pero también se produjo tres defunciones de dos niños y un anciano. Los decididos a continuar viaje, continuaron rumbo a Acobamba donde terminaba el camino y, a partir de ahí, debían construir uno nuevo. Sin embargo por Huánuco se podía llegar a Pozuzo, pero el barón Cosme Damián tenía muchos temores porque era un camino  muy antiguo y abandonado. Temía también, con justa razón, que los hombres fueran inquietados por los hacendados de la zona para ser sus peones y no llegar a la meta. Resolvió entonces continuar el viaje el 25 de agosto, evitando así que los braceros más jóvenes se quedaran en el Cerro de Pasco. Como el nuevo camino prometido desde el Cerro de Pasco pasando por Sunic, Acobamba y Santa Cruz hasta Pozuzo, no estaba construido, llevó al primer grupo a la hacienda de la Quinua en el valle del río Huallaga y de ahí, siguiendo en dirección al valle, más al norte, hasta San Rafael. El barón quería evitar el atajo que pasa por Huánuco Panao y Muña, porque temía que acá continuaran las deserciones. De San Rafael subieron por Alcas a 3,700 metros s. n. m. para llegar a Maray y, de ahí, bajaron a Acobamba donde llegaron la primera semana de setiembre. Aquí tuvieron que construir un campamento de cabañas provisionales”.

 Finalmente, calmados los ánimos, partieron a ser dueños de las tierras que se les había prometido. Cargaron cuanto pudieron conseguir de los austriacos residentes y sus paisanos que quedaban en el Cerro. Después de un viaje de siete días llegaron a Chontabamba, un pueblo de indios, donde el camino deja de ser transitable para acémilas. Todos los víveres debían transportarse en bestias, a veces hasta una distancia de 20 leguas, produciéndose como consecuencia muchas irregularidades y retrasos por lo que permanecieron hasta tres semanas sin carne para sus alimentos.

LA ESTADÍA EN ACOBAMBA

Acobamba está situada en la Ceja de Montaña, aproximadamente a diez mil pies sobre el nivel del mar; región fría y húmeda donde crece solamente musgo y herpes, no habiendo en el bosque casi nada de vida animal. Esta región inhóspita no agradó nada a los colonizadores, especialmente a los tiroleses. Fue aquí done los marinos alemanes a los que se les había permitido integrar el grupo, provocaron una serie de altercados que originaron el caos moral que impidió el normal desarrollo de la marcha. Inconformes, setenta colonos se apartaron de la marcha para retornar a Lima. Por ellos, el gobierno tuvo las primeras noticias del fracaso de la planeada colonia. Días posteriores, el prefecto se presentó ante los colonos y les anunció que había sido nombrado administrador de la colonia ya que el barón tenía que presentarse ante el gobierno para dar cuenta de su administración y respuesta a muchas denuncias. En la mano portaba un memorial de denuncia firmado por los setenta colonos que se habían marchado, la acusación de los cinco marinos y, una muy grave acusación que un sastre alemán residente en el Cerro de Pasco, sosteniendo que el barón había vendido como a coolíes chinos una parte de los colonos al hacendado de Acobamba. Mucho tuvo que pelearse en aquel trance. Las autoridades no prestaron  oídos a la defensa de los colonos que amparaban al barón al que se le despojó de todos sus derechos que establecía el contrato firmado y que, en adelante, sólo tendría participación como persona privada. El barón, completamente desanimado, designó al padre Egg para que se pusiera al frente del grupo de viaje. Poco después, abandonaron la empresa otros 20 tiroleses más y sólo los esfuerzos diligentes del pastor Egg lograron mantener unido a los pocos que quedaban en espera de un futuro mejor.

Olvidados de los gobiernos, peruano y alemán, en Acobamba, tuvieron que trabajar como braceros en la hacienda de Ceferino de la Puente, para mantener a sus familias. Sembraron alimentos y con coraje digno de admiración enfrentaron todas las dificultades que se les presentó. Sin amilanarse en ningún momento se organizaron debidamente y, por su propia iniciativa tras dura lucha, lograron del gobierno peruano, la reparación del Camino de Acobamba a Pampa Hermosa, a un costo de 3,000.00 pesos. De este lugar, continuarían la construcción del camino por la antigua ruta hasta llegar a la confluencia de los ríos Delfín y Huancabamba, designado como el punto de colonización, entre Chorobamba y el Pozuzo. Gracias a la intercesión del Ministro La Mar, consiguieron también que el gobierno peruano cancelara las cuentas que le tenían pendiente al barón Cosme Damián así como el gasto de manutención de los colonos que quedaban en la expedición.

Temerosos de que los colonos siguieran desertando, las autoridades nacionales dispusieron que se establecieran a estribaciones de Pampa Hermosa, lejos de los pueblos aledaños. Sin ninguna consideración los concentraron en las faldas del cerro escarpado, allí donde comienza el suave declive de la selva. Este era un cuadro de dolorosa desolación dentro del majestuoso marco de la selva virgen. Ya le habían advertido al barón Cosme Damián que en aquellos lugares no quedaban ni vestigios del viejo camino: la vegetación lasciva e insaciable había cubierto con lianas y raíces todo aquel tramo añoso.

 COMIENZA  LA CONQUISTA DE LA SELVA

Desde tiempos muy remotos el valle del Pozuzo, estuvo habitado por indígenas amajes, nativos amueshas y yaneshas que dejaron una serie de vestigios líticos, restos de incipiente cerámica, armas y utensilios de piedra, encontrados en el Río Seco, carretera a Santa Rosa. (“Pozuzo” es palabra amuesha que significa, “Estanque o laguna de sal”. El nombre cristiano que le pusieron y así está asentado en Ocopa, es el de “Nuestra Señora de la Asunción de Yanahuanca”). Del tiempo de los incas quedan andenes y, en Toropampa, camino al caserío de Seso, hay un mirador antiguo. En plena colonia, fray Francisco de San José del Convento de Ocopa, llegado a Huánuco en 1711 con la misión de restablecer las conversiones de los Panatahuas, se dirigió a Pozuzo para evangelizar la zona. En 1730 época de gran florecimiento de estas conversiones, Pozuzo estuvo conformado por dos pueblos: Asunción de Pozuzo (164 nativos al cuidado del padre Francisco Honorio Matos) y Nuestra Señora del Carmen de Tillingo (100 nativos al cuidado pastoral del padre Francisco José Arévalo). Rebelado contra el poder español, en 1742, Juan Santos Atahualpa, dueño del Gran Pajonal, decide reconquistar el Imperio de los Incas con el apoyo de los  nativos. El Gobernador de la frontera de Huánuco con el respaldo del Padre Presidente de las conversiones de Huánuco, temerosos de que cayeran en poder del rebelde, ordenan el despoblamiento del Pozuzo, en 1753. Llevados al Pueblo de San Antonio de Cuchero, muchos nativos huyeron a los montes para luego volver a Pozuzo. El resto no tuvo buen fin. Muchos enfermaron porque no tenían qué comer, ni cocales qué comercializar; al poco tiempo murieron todos. Los Misioneros Franciscanos no tenían en mente aislarse totalmente de Pozuzo ni menos que el rebelde sometiera a los pocos nativos que se quedaron, por esa razón en el Pueblo de Santa Cruz de Muña fundaron un templo y así pudieron tener acceso y contacto rápido con Pozuzo. Todo estaba perdido. ¡¡Había que reabrir la ruta completamente!! Los hombres, necesitados de aliento, fijaron sus ojos en los penetrantes del reverendo Joseph Egg, que alto y delgado como un álamo, contemplaba también aquellas borrosas huellas por donde antes se dibujaba una senda. Sereno y noble, habló sentenciosamente: “Hemos decidido llegar, y llegaremos. Para ello, abriremos el camino con nuestras propias manos. Dios Todopoderoso nos guiará”.  Fue suficiente. El reverendo Egg comenzó el laboreo, y de inmediato, todos siguieron la tarea. La meta estaba lejanísima. El sol, los mosquitos, las enfermedades, los peñascales, los abismos, el río, las alimañas, los árboles, las lluvias, se interponían entre ellos y el destino final. Con una notable tenacidad inicial, y una voluntad a toda prueba, venciendo mil dificultades, y tras un tiempo considerable, avanzaron cuarenta y cinco kilómetros.

Mientras los hombres laboraban empeñosamente en la construcción del camino, las mujeres les daban el alcance llevándoles la alimentación: carnes, legumbres y frutos que habían hecho producir en Pampa Hermosa. Muchas de ellas –llegado el caso- dejaron de alimentarse para reforzar el alimento de los hombres. Los jóvenes más robustos también conformaban el grupo de laboreo que a brazo partido luchaban contra la naturaleza.

Largos meses estuvieron bregando en estos abruptos roquedales donde las lluvias llegaron en chubascos que fueron creciendo y nutriéndose hasta quedar convertidas en verdaderos diluvios. Distantes, a contraluz del crepúsculo, con colores calientes y suntuosos no obstante la humedad de las lluvias se destacaban las siluetas de los hombres que, pantalones andrajosos y torsos descubiertos, progresaban por las soledades agresivas.

LOS MUERTOS EN LA SELVA

Gracias a una determinación del reverendo Egg, seis familias se adelantaban unas leguas para sembrar y criar animales para alimentar a los braceros que abrían el camino hacia el Pozuzo. Era un verdadero milagro ¡¡Cómo crecía todo rápidamente!! La caña de azúcar brindaba su abundante jugo en seis meses; con él se hacía la chancaca y  huarapo. El maíz brindaba sus tiernas mazorcas en tres meses. El arroz, de un sabor y calidad extraordinarios, en seis meses. En un año, tenían gigantescas yucas, y en un año también, hermosos plátanos. ¡Las plantas crecían hermosas! Los panes cocidos con harina de maíz y yuca, amasados con abundantes huevos, eran sabrosísimos. Gran cantidad de gallinas, pavos, cerdos y patos, completaban el cuadro. Toda esta exuberante producción, significaban una bendición para quienes necesitaban de urgente y continuo apoyo. Sin embargo, llegadas las torrentosas lluvias, otra desgracia ensombreció la vida de los cruzados de la aventura.

Las seis familias que se habían aposentado en el recodo de un río para sembrar y criar animales a la espera de los braceros que abrían el camino, fueron sorprendidos a las nueve de aquella noche del 28 de febrero por una torrentosa y escalofriante avalancha de lodo y agua. El sordo sonido hizo temblar la tierra poniéndolos en alerta. De la parte alta de una estrechura, un gigantesco alud de miles de toneladas de barro se desplazaba arrastrándolo todo: agua, lodo, piedras, árboles. El cenagoso turbión envolvió en sus rabiosas entrañas, como si fueran débiles briznas, todo lo que hallaban a su paso. Posiblemente los árboles, ramas, piedras y lodo, caídos en la parte de arriba, habían represado el agua de tal manera que, convertida en una laguna artificial, por la abrumadora presión de su sobrecargado caudal, voló en mil pedazos originando una terrible torrentera que arrasó con plantas, animales y pertenencias de los colonos. Inclusive, sorprendidos por las aguas, ellos mismos fueron arrastrados río abajo. Los cuerpos iban dando tumbos entre el torbellino de barro, piedras y ramas, chocando contra los peñascos. En la oscuridad de la noche, era desesperante oír los gritos de las familias que entre ellas se buscaban unos a otros. Muchos salvaron a nado, cogiéndose después de ramas y arbustos de las orillas; no así la tirolesa Roesi Hormayer que, por un milagro inexplicable, fue arrastrada hasta un rincón en que no podía tocarse el fondo para posar los pies en la lucha por la supervivencia; prácticamente se hallaba flotando sobre las aguas agitadas. Con valor extraordinario se cogió fuertemente con la mano izquierda de un árbol que tocaba la superficie pero con raíces profundas que lo hacía resistente, con la otra mano, sostenía a su niño de poco tiempo de nacido. Era una lucha tremenda, sin tregua ni posibilidades de terminar. Las fuerzas estaban a punto de abandonarle pero rezando fervientemente y reuniendo todas sus energías, sobrellevaba la dura prueba. Felizmente, a manera de nido, la hojarasca con sus raíces había formado una plataforma donde colocó al niño que gritaba aterrorizado. La noche tan oscura impedía ver absolutamente nada; sólo el terrorífico rugido de la avenida lo cubría todo.  Cuando la lluvia estrepitosa y el torrente del río se fundían en la oscuridad de la noche los desgarrados gritos de las mujeres llamando a sus maridos y el de los hijos convocando a sus padres, era una taladrante sinfonía de lamentos. A Rocsi le parecía que el tiempo se había detenido pero, tiritando a extremos sobrehumanos, pudo ver que la luz filtrándose entre la hojarasca, le dejaba ver su realidad. Estaba salvada. Con la claridad del día volvieron a reunirse por milagro. ¡Era increíble! Lo habían perdido todo,  habían muerto seis personas, pero ellos estaban vivos.

Las tímidas luces aurorales del día siguiente, sorprendió a los hombres, con las miradas distantes y oscuras; torvos, silenciosos, inmóviles. Las mujeres, con los ojos inflamados por el llanto, sin haber dormido en toda la noche, extendían sus húmedas miradas hacia el infinito, sin alcanzar a comprender la magnitud de la tragedia. ¿Qué podían hacer? ¡Estaban tan lejos de la patria amada y el único camino que les quedaba, era el de la lucha!. ¡¡No podían claudicar!! ¡No podían dejarse vencer! Al promediar el mediodía y con el reverendo Egg a la cabeza, en respetuoso silencio, continuaron abriendo el camino al Pozuzo. Algunas familias aterrorizadas, abandonaron la empresa.

En su diario, Joseph Egg, escribía lacónicamente. “Ayer 28 de febrero de 1859, a las nueve de la noche se produjo una avalancha de lodo y piedras que arrasó con la mayoría de viviendas, causando la muerte de seis personas (tres adultos y tres niños). Han sido sepultados en el cementerio alemán”.

Don Agustín Egg, en su RESEÑA HISTÓRICA DEL VIAJE DE LOS COLONOS AL POZUZO, dice: “No obstante que el grupo de colonos pudo mantenerse penosamente aglutinado a los largo del año 1858 en el poblado de Pampa Hermosa, se recuerda estos tres acontecimientos históricos:

 PRIMERO.- El gobierno peruano destituyó al conde Damián Von Schültz Holhauzen como conductor y responsable del grupo de inmigrantes y le obligaron a devolver el dinero que había recibido para la compra de víveres, quedando el grupo a merced de de un gobierno criollo que no tenía la menos intención de cumplir el contrato suscrito el 6 de diciembre de 1855.

 SEGUNDO.- El grupo que aún quedaba de hombres y mujeres, se dividió en dos. Los primeros continuaron la construcción de la trocha o camino y, el segundo se abrió paso a través del bosque con dirección sur – este para alcanzar la divisoria de aguas del río Delfín, descendiendo por dicho valle; llegando así los primeros colonos, en mayo de 1858 al Pozuzo, estableciendo las primeras plantaciones.

 TERCERO.- El 28 de febrero de 1859,a las 9.pm., una avalancha de lodo y piedras arrasó todo el poblado de Santa Cruz pereciendo seis inmigrantes, entre ellas María Egg de siete años, hija de Gaspar Egg. “Poco a poco el grupo ve acercarse el día de la llegada al valle prometido, los catorce meses desde aquel mayo de 1858, fecha que señalan las crónicas que el grupo mayor se traslada del poblado de Santa Cruz al Pozuzo, se cierra un capítulo de nuestra historia y se abre uno nuevo que no tiene nada que envidiar a la espantosa travesía, el peregrinaje para cruzar los Andes, y la tragedia de Santa Cruz, el grupo quedó abandonado a sus propias fuerzas”.

LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Sexta parte)

SE ENFRENTAN A OTRA HORRENDA TORMENTA

la conquista del Pozuzo 9

El 29 de junio, la ronca voz del trueno retumba ahora sobre el hervor del oleaje. Ha empezado a llover torrencialmente y el intenso frío austral se hace cada vez más insoportable. Las acongojadas madres de los niños enfermos tratan de recoger la lluvia en baldes y cacerolas, pero el barco sacudido por las olas da tales tumbos que casi no pueden mantenerse en píe. Al ver el aumento de la negrura de la noche con la rugiente tempestad, el capitán ordena que todos, menos los marineros, se retiren bajo cubierta.

Entretanto, los tres abnegados sacerdotes y el médico, premunidos de fuertes capotes marineros, alientan a los pasajeros que basados en la primera aterradora experiencia se han preparado debidamente. Están débiles, indudablemente, pero el espíritu enhiesto que los anima los ha hecho acondicionarse debidamente para la lucha que se aproxima.

Amarrados a la borda y de banda a banda del alcázar, hay treinta baúles con las ropas y pertenencias de los colonos; veinte sacos de papas medio podridas y treinta cestas de verduras mustias. Desde que el NORTHON saliera del puerto, éste ha sido el fundamental alimento de los viajeros. Doce niños tienen el cuerpo cubierto de una purulenta erupción cutánea. A uno de ellos, de quince meses de nacido, lo abrasa desde hace varios días una fiebre mortal de cuarenta grados. A otro de seis meses le es imposible abrir los ojos por habérsele ulcerado los párpados. Un niño de dos años no puede pasar bocado a causa de la increíble hinchazón de sus labios y garganta. El médico de la expedición, joven y sin mucha experiencia, se desvive por aliviar tantos males. La lucha es desigual.

Un viento salvaje de 40 millas por hora arremete contra el NORTHON. Su fuerza es tal que hace desprender la vela cangreja del palo de mesana estrellándose contra la cabeza del joven tirolés, Johan. El impacto ha sido tan salvaje que lo ha tirado muerto con una flor de sangre abierta en la cabeza. Los gritos se centuplican pero ya no hay nada que hacer. Otros jóvenes lo recogen y lo llevan a la caseta superior. Los jirones de la lona rota restallan como gigantescos látigos azotando la cubierta. Hay que tener cerradas las escotillas porque las olas barren continuamente la cubierta.

Los vaivenes violentos y pendulares de las lámparas iluminan intermitentemente la oscuridad de cubierta. El ruido que produce el viento al pasar por los aparejos parecen el estrépito de una gigantesca máquina infernal en tanto el golpe de las olas sobre el lado de barlovento de la proa, hace gemir el maderamen del castillo. El angustiado crujido de las mamparas, vigas y puntales producidos por la presión que sufre el barco, ahoga los gritos de terror de los niños alemanes. Por las bitas del castillo de proa entran trombas de agua corriendo por el piso de popa desapareciendo en la cala mayor.

En la estrecha bodega del NORTHON, hacinados en espacios mínimos, hay 303 personas. Deyecciones, sudor, vómitos, niños a los que no se les ha podido mudar de ropa, hacen el aire casi irrespirable. Pero nadie se atreve a abrir la lumbrera por la cual, aún manteniéndola cerrada, entra el agua de mar, remojando todo lo que encuentra a su paso. En estrechas literas que semejan cajones de tiendas de abarrotes, dispuestos en doble fila y de banda a banda, yacen inmóviles, niños muy enfermos, asidos de sus madres.

La lluvia y la espuma barren constantemente la cubierta. El timonel está gobernando a ciegas guiado tan sólo por el cabeceo de las olas. El capitán que no ha pegado los ojos en más de cincuenta horas permanece al lado del timonel guiándolo, alentándolo.

Las horas transcurren tétricas, monstruosas, amenazantes.

Poco después del amanecer el NORTHON enfrenta otra gigantesca ola que lo embiste por la popa. Toneladas de agua salada caen sobre la cubierta hundiendo el barco un metro en las profundidades del mar helado. Abajo, en la bodega, la tremenda presión de la mole de agua hace reinar aterradora quietud. Hasta los niños, mudos de espanto, cesan de llorar, el capitán coge con sus manazas tachonadas de callos las ruedas del timón y lucha a brazo partido en tiempos que semejan eternidades. La envejecida tablazón del NORTHON cruje como quejándose, más al fin, el buque se libra de las toneladas de agua que lo agobian.

En esta clase de galernas el barco debe huir rápidamente. Debe desplegar todas las velas de que disponga para alejarse de la costa amenazante aunque sea en contra del propio viento que tiende a empujarlo hacia tierra y luchar en plena mar contra los elementos.

La inundación es ahora inminente. La bomba de mano, sacrificada por el supremo esfuerzo al que se le ha sometido, revienta en mil pedazos; los hombres provistos de baldes acometen la empresa de achicar la bodega. Hay que bajar y subir los baldes por el tragaluz; dos hombres, amarrados fuertemente al palo mayor, aprovechan el respiro entre ola y ola para abrir y volver a cerrarlo. Desde hace horas, todas las aterrorizadas mujeres, están rezando en común; sus voces angustiadas casi gritan las plegarias.

El NORTHON continúa sosteniéndose heroicamente después de haber sorteado una gran sucesión de olas. Lo furia del oleaje ha hecho desaparecer muchos de los treinta baúles que estaban amarrados en cubierta, entre el palo mayor y el de mesana. El implacable mar se ha llevado también algunos sacos de papas y cestas de verduras.

Es admirable cómo, en este sombrío y salvaje tiempo, los hombres luchan por sus vidas y las de sus hijos y mujeres guiados por un supremo valor que el reverendo Egg les ha imbuido, resistiendo hasta el límite de lo humano.

Las horas transcurren horriblemente.

El anticuado y cansado barco está haciendo agua por debajo de la línea de flotación. A pesar de las cuadrillas de hombres que achican el agua en baldes, el mar va ganando notable terreno dentro del buque. En la bodega, hombres, mujeres y niños, aprietan con sus cuerpos las mantas y ropa de cama, para evitar que el agua se filtre por las rendijas.

Lo único que se ha comido a bordo en estos últimos días ha sido pan duro remojado en agua de mar. Los pobres niños, consumidos por la fiebre inhumana, no han podido probar alimento. El agua de los pañoles, mezclada con toda clase de detritus, es absolutamente impotable.

CINCO MÁRTIRES MÁS SEPULTADOS EN ALTA MAR

Después de interminables horas de heroica resistencia el temporal ha comenzado a amainar desvaneciéndose poco a poco la cortina de lluvia. Recién se deja ver el borroso confín del horizonte. Con ollas y cacerolas, ya más tranquilas, las mujeres ayudan a desaguar la bodega. Mantas y ropas desempeñan el oficio de esponjas. En pocas horas, la bodega está completamente seca, y permite calafatearse las junturas con trapos embreados.

Cuando el barco ha cesado en su agresivo balanceo y la tranquilidad se ha aposentado en cubierta; por la puerta de la bodega han aparecido, silenciosas y adoloridas, cuatro madres, viva imagen de la tragedia que los expedicionarios hacen suya; en sus brazos llevan sendos despojos de los niños que han muerto durante la tormenta. Sus cuerpecitos débiles y enfermos, no han podido soportar el enorme suplicio de las pasadas horas. Inertes e inmóviles, ya no llegarán a su destino. En ese momento, también, cuatro mocetones de la expedición, han sacado en vilo, el joven cuerpo de Johan, el muchacho tirolés que ha muerto durante la tormenta: el palo de mesana de un chicotazo tremendo le ha abierto el cráneo. Helga, la novia, una niña de dieciséis años, llora inconsolable, sin llegar a comprender la magnitud de la tragedia. Iban a Pozuzo a formar un hogar. Ellos el uno para el otro, iban esperanzados, y ahora, él está ahí, frío, inmóvil, ausente, definitivamente ausente.

Durante todo el día han velado los cadáveres previamente cubiertos de lona. Mudos y cavilosos, hombres y mujeres, han permanecido callados. Hasta los niños han estado en silencio. Todos suponían que la prueba tendría que ser dura, pero nadie imaginó que llegase a tanto.

Al promediar la tarde, cuando un débil resplandor en occidente hace presagiar el ocaso en el cielo de plomo; el capitán, presidiendo la marinería, los sacerdotes con sus estolas encarnadas y hombres, mujeres y niños alemanes en respetuoso silencio rodean los cadáveres. Sobre la borda de estribor se ha preparado una planchada en donde se colocarán los cuerpos para ser sepultados en el mar. Terminados los rezos y con la campana de a bordo doblando dolorosamente, comenzando por los niños, los despojos han sido arrojados al mar, uno tras otro. Cuando se hizo caer el cuerpo del joven tirolés, su novia Helga, anegada en llanto y sosteniéndose a duras penas, arrojó a las aguas del mar, el sombrero de su amado. Un coro dolorido y sollozante, en sordina, entonaba la canción tirolesa del adiós.

EL ARRIBO AL CALLAO

Grande fue la alegría que experimentaron estos mártires de la aventura cuando la madrugada del 26 de julio de 1857, la campana de a bordo repicaba bulliciosa  anunciando la llegada a destino.

– ¡¡¡El Callao…!!!… ¡¡¡El Perú!!!… ¡¡¡Hemos llegado…!!!

Hombres, mujeres y niños miraban tierra peruana y profundamente emocionados se estrechaban en expresivos abrazos. La alegría había hecho presa de todos. Aquella mañana, el capitán del barco escribía en el Cuaderno de Bitácora: «Hemos llegado a destino después de cuatro meses exactos de navegación. En la travesía han muerto cinco niños y dos adultos. De 304 que salieron, han llegado 297. Es verdaderamente admirable cómo, estos campesinos alemanes, han sobrellevado con valor la dura prueba de la larga travesía. Cualquiera hubiera perdido la fe en estos embates; pero ellos se mantuvieron firmes y serenos en todo momento. Nunca -lo confieso- he visto tanta fe y tanto valor juntos. Creo firmemente que toda la tierra que puedan conquistar en esta su patria adoptiva, será muy poca. Ellos se merecen toda la más grande buenaventura. Me es imperativo mencionar que el artífice de todo este valor,  temple y entrega colectiva, es el reverendo Joseph Egg; un padre, un caudillo, un hermano; un verdadero santo. Yo lo he visto sacrificarse hasta el martirio por los fieles que conduce. Nunca le oí una queja, ni un reproche. Fue siempre primero en el sacrificio y en el trabajo. En estos cuatro meses de navegación, he conocido a un santo, a un verdadero santo. ¡Qué Dios le bendiga!». Callao 26 de julio de 1857.

Cuando el barco hubo atracado en la rada del Callao recibió la visita de inspección correspondiente. Cuál sería el aspecto del barco a los ojos de los sanitarios que por expresa disposición de la Capitanía del Puerto fue remitido de inmediato a la isla de San Lorenzo para cumplir cuatro días de observación. Como indeseables apestados fueron depositados en los arenales de la isla.

En una carta dirigida por el padre Joseph Egg al diario “Tiroler Schützer Zeitung” el 7 de setiembre de 1857, describiendo su llegada al Perú, dice: “Fueron 113 días de viaje, desde el 30 de marzo hasta el 21 de julio, en los que, fatalmente murieron dos adultos y cinco niños; pero en ese mismo lapso nacieron tres niños. Debido a una cuarentena forzosa fuimos enviados a la isla San Lorenzo y, el 26 de julio, navegamos hasta Huacho sin tocar nuevamente el Callao”. En la carta también refiere que solamente él, de todos los colonos, en compañía del barón Scultz, visitó la ciudad de Lima en donde fue nombrado Párroco y Padre Espiritual de la nueva colonia. Al padre Joseph Uberlinger se le nombró Vice – Párroco o Cooperador.

Anna Katherine Egg, al respecto dice en su carta: “Llegamos al Callao, sano y salvos. Vimos que había muchos barcos. El capitán y el señor Úberlinger desembarcaron. El barón Scultz ya había llegado. Un barco con un médico y un policía se dirigió a nosotros. Nos dijeron que teníamos que salir del puerto e ir a la isla San Lorenzo debido a la fiebre amarilla. Las reglas eran estrictas y al principio debíamos quedarnos 36 días en cuarentena pero nuestro capitán negoció tres días. Nos llevaron a esta isla donde teníamos la orden de quedarnos 12 horas. Todos debían lavarse. Los niños encontraron lindas conchitas, los adultos encontraron pesadas balas de cañón, restos de la última revolución. A la entrada de la isla hay un faro que nos llamó la atención”.

Cumplida la cuarentena, el 30 de julio de 1857, embarcaron en San Lorenzo en el INCA con rumbo a Huacho –pequeño puerto a 120 kilómetros al norte del Callao- donde llegaron tras dos días de viaje. El Barón Cosme Damián manifestó que tenía razones justificadas para desembarcar en Huacho y no en el Callao. Sabía que había comerciantes y negociantes alemanes residentes en Lima que querían emplearlos en sus negocios y empresas sin importarles para nada el plan de colonización que traían. Ello habría significado un desbande general. Tenía el interés indesmayable de realizar la colonización y desarrollo de nuestra selva para que el Mayro se convirtiera en un importante puerto fluvial del Perú con salida  al Amazonas y, por ende, al Océano Atlántico.

Durante su permanencia en Huacho, el padre Joseph Uberlinger realizó tres matrimonios con permiso arzobispal de Lima. Con el entusiasmo al tope los colonos se prepararon para el largo cruce de los Andes. Sus escasas pertenencias salvadas del mar, especialmente los inmensos y coloridos baúles de madera por los cuales tenían especial preferencia y cuidado, fueron vendidos con mucho pesar. En ellos traían grandes recuerdos y tenían un enorme valor espiritual. Lo necesario que tenían que transportar fueron adecuados en 400 mulas. Las mujeres y niños irían sobre acémilas pero los hombres, a pie, haciendo recorridos diarios de 3 a 4 leguas.

Partiendo de Huacho avanzaron 55 kilómetros hasta alcanzar Sayán, ubicado a 650 metros sobre el nivel del mar. Aquí quedó un grupo con el fin de cambiar las bestias de carga que mostraban agotamiento. De Sayán salieron a través de del valle de río Huaura hasta llegar a Chiuchín,  a ochenta kilómetros. En este lugar permanecieron dos días reponiéndose del viaje agotador y tratando de aclimatarse a la altura. Ya estaban a 2,700 m.s.n.m. por lo que tuvieron que volver a cambiar de bestias. Después del ligero descanso avanzaron hasta la hacienda Quisque donde se les brindó alojamiento y ayuda. Desde la hacienda Quisque, los colonos largaron el último tramo de la ruta de 85 kilómetros hasta arribar a la ciudad más alta del mundo, el Cerro de Pasco.

El viaje no fue de ninguna manera placentero. La tensión anímica estaba enervada por las privaciones sin fin, la rigurosidad del clima, las limitaciones alimenticias y otros múltiples factores. Muchos achacaron el naciente fracaso de la expedición a la pésima organización de Damián Schultz; otros, los que lo apoyaban, afirmaron que no. Se produjo entonces una ostensible división que hizo peligrar la marcha. Los descontentos estaban comandados por el joven clérigo, Joseph Uberlinger, mientras que los incondicionales por el maduro, Joseph Egg. En el trayecto los enfrentamientos entre ambos grupos fueron muy abiertos y peligrosos. Para nada logró calmarlos la muerte de un inmigrante de 65 años que cansado y maltrecho había sido fulminado por el mal de altura, ni la de un bebé recién nacido por pulmonía fulminante. Las desgracias aumentaron el distanciamiento entre los colonos.

CONTINÚA….

 

LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Quinta parte)

ENTRAN EN EL FATÍDICO CABO DE HORNOS

la conquista del Pozuzo 8

Desde la timonera del NORTHON el capitán observaba con inquietud los nubarrones que se amontonaban a lo largo del horizonte. El sabe que las aguas en las que está navegando son peligrosas en esta época del año y en este punto de la mar.

Van a entrar en el temido Cabo de Hornos el infierno temido y odiado por todos los marinos de la tierra, donde la naturaleza asesta sus más traidores golpes. Es el camino más corto del Atlántico al Pacífico. Escarpado promontorio de 580 metros de altura situado en el extremo inferior de América del Sur donde los implacables vientos huracanados azotan el mar erizado de arrecifes que lo rodean y las gigantescas olas y fuertes corrientes costeras aumentan los riesgos de la navegación.

Pero algo más que las borrascosas tempestades y las bravas corrientes acechan al marino. Es una tenebrosa mezcla de lluvia impresionante, frío glacial, granizo, nieve, ráfagas, niebla, bancos de arena, gigantescos témpanos flotantes, marejadas e icebergs que llegan a alcanzar de treinta a cuarenta metros de altura. Por esta época todos los años naufragan dos barcos de cada diez. Es increíble ver cómo la cubierta del viejo barco carguero se ha convertido en refugio de miles de aves: gaviotas, cormoranes y petreles que se niegan a abandonarlo. Ellas saben que van a entrar en el «ojo de la tormenta», y que la presión atmosférica es tan baja que no podrán volar. Es decir: han entrado en el infierno.

Al enfilar por el temido estrecho, lejanos relámpagos zigzaguean en la silenciosa proyección del horizonte. El viento comienza a soplar salvajemente en recias y desiguales rachas. De la cada vez más creciente oscuridad del mar, avanzan en sucesión interminable, amenazantes olas que rompen estrepitosamente contra el costado del NORTHON.

El barco se dispone a cruzar el punto en el que se enfrentan los océanos Atlántico y Pacífico. Poco a poco van dejando atrás los bloques de hielo flotantes. Pingüinos, ballenas y cormoranes dejan de jugar a perseguirlos. Se sumergen en las aguas más salvajes del mundo. El viento sopla oeste-noroeste a una velocidad de 27 metros por segundo. La presión atmosférica es de 763 milibares. La temperatura del aire es de cuatro grados, y la del agua de apenas dos. La visibilidad es de poco más de seis millas. Las olas cruzan el barco por la cubierta y hacen que sus tripas crujan como los goznes de una vieja puerta. Los cabos están rígidos y los mástiles vibran. En el interior del barco las cosas no están mucho mejor. «!Si es necesario arrodíllense para caminar, no se avergüencen!», grita el capitán. No se puede comer: la comida se sale de los platos y hay que sostener los vasos con la mano. Los niños lloran de una manera que parte el alma. No se puede leer: los ojos bailan entre líneas y la cabeza comienza a girar alrededor del segundo párrafo. No se puede dormir: la cabeza y los pies se golpean rítmicamente contra los extremos de la litera y es necesario hacer fuerza con los codos para mantener la posición. Sólo se puede vomitar y ver cómo la vida se balancea. El Pacífico y el Atlántico, los dos océanos más grandes del planeta, chocan violentamente en un lugar solitario que se esconde en el extremo sur del continente americano. En este siniestro paisaje las tormentas barren el buen tiempo; las olas, del tamaño de un edificio de cinco pisos, pueden oscurecer el sol; y los vientos, que soplan desbocados en todas direcciones son capaces de arrancar de cuajo el mástil de un velero. Islas de hielo de cientos de metros de extensión capaces de destrozar el casco de cualquier barco flotan amenazantes a la deriva. En estas revueltas aguas donde se engendra el océano Antártico, el frío paralizaría el corazón de un náufrago en menos de cinco minutos. Sólo los fantasmas son capaces de sobrevivir en este infierno de agua y sal: dicen que las almas de los miles de marineros ahogados en la zona en los últimos cuatrocientos años sobrevuelan sus cielos grises reencarnadas en albatros.

Un negro espolón de nombre legendario es eterno testigo de este fascinante fenómeno natural: Cabo de Hornos. Es la pesadilla de los marineros y el sueño de viajeros inconscientes y aventureros suicidas. Se habla de él en voz baja en todos los puertos del mundo. Cuentan que quienes no han navegado por sus aguas no son auténticos marinos. Y que los que han vagado por su laberinto de olas no pueden olvidarlo jamás. Ningún otro lugar en el mar ha roto tantas quillas, ha segado tantas vidas y ha generado tantas leyendas como el cabo de Hornos. Descubridores, balleneros, misioneros, cazadores de focas, comerciantes, científicos, traficantes, piratas… Todos han sentido cómo el corazón les temblaba y el estómago se les encogía. Hay que imaginarse lo que está produciendo en el alma de los campesinos tiroleses y renanos que van en busca de felicidad.

Esa roca negra de perfil siniestro rodeada de ventisqueros sobrecogedores ha sido testigo del crecimiento y la agonía de los poderes marítimos y del nacimiento y el derrumbe de imperios. Esa roca negra, moldeada, agrietada y corroída por las tormentas, ha visto cómo veleros, goletas y bergantines eran juguetes en manos de las olas. Y cómo hombres de la talla de Vasco Nuñez de Balboa, Fernando de Magallanes, Francis Drake, Charles Darwin o el capitán Fitzroy, temblaban en sus aguas como asustadizos chiquillos.

No obstante el peligro que se cierne sobre ellos, ninguno de los tiroleses ni renanos se ha acobardado. Se saben herederos del inmortal Andrés Höfer de Passeyer. Aquel fogoso guerrero que secundado por Specbacher y otros valientes ocuparon una notable posición a orillas del Isel, en su guerra por su libertad. El poder nada podía contra la superioridad de la táctica y la preponderancia de la artillería. Toda resistencia de pronto se hizo inútil. Acosado de puesto en puesto, de roca en roca, Höfer se vio de pronto abandonado de todos sus partidarios. Despidió a algunos amigos fieles que aún combatían con él, citándolos para una época más feliz. Su cabeza había sido puesta a precio. Se había retirado a una cabaña de Passeyerthal; un traidor lo entregó a los soldados encargados de su captura. Lo condujeron a Bolzano, luego a Mantua, y Napoleón no tuvo la generosidad de perdonarlo. Aunque el Consejo de Guerra encargado de juzgarle no se había pronunciado, una orden llegada de Milán ordenó su ejecución inmediata. Su muerte determinó que, en 1814, el territorio se incorporara a Viena. Coraje no les falta a estos aventureros que están decididos a no flaquear. Anna Katehrine Egg, dice en su carta: “Durante el Pentecostés estábamos a cinco líneas del cabo de Hornos. La nostalgia del Pentecostés nos causó cierto dolor. En lugar de escuchar el doblar de campanas y fuegos artificiales, estaba el ruido del mar. En lugar de la banda de música, el grito continuo de los niños. En lugar de la falda blanca, de la corona de las jóvenes y de la ciruela sobre el sombrero de los jóvenes, sólo había insectos y un hambre enorme, pues no habíamos comido la  víspera…”

Han pasado los años y esa negra roca que constituye el Cabo de Hornos sigue manteniendo su firme posición en el fin del mundo. Han pasado los siglos y el moderno navegante se encuentra con el mismo infierno de antaño. El escenario es el mismo. Pero los protagonistas del drama -no nos engañemos- se enfrentan a la naturaleza en unas condiciones mucho menos ventajosas porque nunca han navegado. Jamás habían experimentado semejante prueba. Con el mar en este estado de crispación es fácil imaginar cómo sufrían los viejos barcos, cómo sus velas se hinchaban hasta reventar y cómo los gavieros se destripaban contra la cubierta o desaparecían para siempre entre las nubes de espuma de las olas. El miedo sigue viviendo aquí, en los 55 grados 59′ de latitud S. y 67 grados 12′ de longitud O. del meridiano de Greenwich. Si observamos el globo y seguimos la línea de los paralelos, lo encontramos 1.300 millas marinas más al sur que el Cabo de Buena Esperanza, el extremo sur de África, y a 600 millas bajo la latitud de la Isla Stewart, de Nueva Zelanda. Justo en mitad de la nada. Ni siquiera en un día soleado es fácil visitar Isla de Hornos, la más austral de las islas Hermite. El suelo de la playa está sembrado de grandes y redondeadas piedras, cubiertas de musgo y algas, y el viento golpea de norte y este. Las olas parecen esperar agazapadas algún descuido del viajero para robarle el alma. En ese lugar se levanta un monumento a los marinos desaparecidos, en el que está escrito un poema de Sara Vial:

«Soy el albatros que te espera en el fin del mundo,

soy el alma olvidada de los marinos muertos

que cruzaron el Cabo de Hornos desde todos los mares de la tierra;

pero ellos no murieron en las furiosas olas;

hoy velan en mis alas hacia la eternidad,

en la última grieta de los vientos antárticos».

Al salir de Cabo de Hornos hacia Ushuaia la ciudad más austral del mundo, el tiempo enloquece, el viento supera los 40 nudos, las olas se levantan por encima de los tres metros y llueve aguanieve. A la altura de la bahía de Nassau la velocidad del viento ha descendido a 30 nudos, y las olas tienen un metro de altura. En el canal de Beagle el viento sopla a 15 nudos y las aguas están llanas. La enrevesada red de canales de la Tierra del Fuego logra domar el mar.

En 1616, cuando el dominio marítimo español había descendido, un capitán holandés al filo de la cincuentena llamado Willem Cornelis Schouten navegaba por aguas vírgenes de los mares del sur. Le acompañaban a bordo del Unity un puñado de hombres jóvenes, cubiertos con capotes de cuero engrasados con sebo de león marino y pesados chaquetones de lana tejidos a mano; buscaban una nueva derrota por el Pacífico para eludir las restricciones en las Indias Orientales. Era verano, la corta noche del 29 de enero, cuando Schouten escribió en su diario: «Encontramos olas muy grandes e hinchadas, procedentes del sudoeste. El agua era también de color azulino por lo que juzgamos que a mano derecha, al sudoeste de nosotros, había un mar grande y profundo, presumiendo sin duda de que era el gran mar del Sur y que habíamos descubierto un paso, que hasta entonces había sido desconocido y oculto… En este lugar soportamos gran cantidad de lluvia, tormentas de granizo y un viento de tal forma variable que frecuentemente teníamos que dar la vuelta y navegar aquí y allá según las circunstancias, pues aunque era pleno verano se sucedían grandes fríos y grandes tempestades del sudoeste… Le llamaremos al cabo Horn, en nombre de nuestra buena ciudad de Hoorn». Schouten fue el primero en domar Hornos. Tras él, miles. Y cuentan que todos ellos tienen derecho a tres cosas negadas al resto de mortales: orinar al viento, permanecer cubiertos en presencia de un rey y colgarse un aro de la oreja. Viejas leyendas que ocultan los verdaderos dramas del mar. Como que los viejos marinos, manirrotos, derrochadores y pendencieros cuando pisaban tierra, tenían que colgarse aros de oro de las orejas como inversión. Sólo así tenían la seguridad de que siempre les quedaría algo con que pagarse un entierro digno si morían en una reyerta.

CONTINUA…