EL MILAGRO DE LA MAMI (Tercera parte)

El milagro de la mami 3
Imagen referencial

La Mami había presenciado ocurrencias tragicómicas como la del “Chino” Campoa. Recién casado con una chica de buena familia había dejado de asistir por quince días mientras duraba su “Luna de Miel”; después, volvió a las andadas. No pudo olvidar a su camote; una petisa de grandes atributos físicos que le había sorbido los sesos y era “su mujer”. Diariamente, a las cuatro y media de la tarde ya estaba plantado en el lugar, hasta las once de la noche en que se marchaba a descansar. En su casa, la recién desposada, en la creencia que seguía trabajando, la esperaba amorosa. Un grupo de amigas, la sacó de su error. Una tarde fueron a visitarla. Lo que le contaron lo sumió en un mundo de desesperación y llanto. Le hicieron un pormenorizado relato de todo lo que sabían y habían visto, aderezándolo con atingencias vengativas, procurando que la damnificada reaccionara lavando su honor venido a menos. “Hemos venido a contártelo porque siendo tus amigas del alma no podíamos permitir que ignoraras la traición que te hace tu marido. Ese sinvergüenza, no obstante tener una hermosa mujer en su casa, se va a reunir concupiscentemente con una insignificante mujerzuela que lo único que tiene grandes son el culo y las tetas”. ¿Vas a permitir que te siga poniendo cuernos? ¿Ah? ¡Reacciona! No sea una “Wepla” (tonta) – le dijo la más venenosa de sus “amigas”-. Yo que tú, lo agarro a palos y le enseño a no sacar las patas del plato. ¡No hay que ser cojudas! Dejémonos ya de ser las opas que, silenciosas y serviciales, esperamos a estos chuchumecones de mierda, mientras ellos se encuentran revolcándose con las putas. Piensa que en una de esas te clava un “purgación” de la gran flauta y te quedas estéril. ¡Qué carajo! ¡Reacciona!”. La joven señora, no sabía qué camino tomar. No tenía experiencia en esos menesteres venéreos. Estaba obnubilada sin saber qué hacer. Tanto veneno destilaron en sus comentarios que al final, sin que ella pudiera oponerse, aceptó. Trazaron un plan “reivindicatorio” bien meditado donde ella sería la actriz principal. Iría el grupo de seis señoras acompañándola y, ocultas, esperarían que el “chino” entrara en el lenocinio y, calculado un tiempo prudencial, ella entraría en el salón y, sorprendiéndolo “in fraganti”, lo molería a palos para que nunca vuelva a traicionar su hogar. Eso sí, ellas quedarían fuera para que la cosa sea entre él y ella. Nadie más. Cuando la señora dio muestras de pusilanimidad y temor, sus “amigas” se encargaron de arengarla hablándole de la moral, las buenas costumbres y, sobre todo de su nombre que estaba por los suelos. Hasta que la convencieron. Así esperaron el día fijado.

Yo tengo un truquito que nadie lo sabe

con mi “tumbaíto” yo lavo mi ropa;

como no hay jabón, qué vamos hacer

como no hay jabón qué vamos hacer.

Yo tengo un “tumbaito” pa´lavar mi ropa

yo tengo un “tumbaito” pa´lavar mi ropa.

La mojo y la seco; la seco y la mojo.

Como no hay jabón, mi negra, tienes que aprender.

Se acabó el jabón qué vamos hacer

Se acabó el jabón qué vamos hacer.

Aquella tarde, como siempre, sin sospechar de la celada en la que iba a caer, el “Chino” llegó exultante y entró en el burdel donde su “chata” la estaba esperando. Pidió una cerveza cerreña “Herold” y se sentó en la banqueta del mostrador del brazo de su querida. La orquesta aceleraba el ritmo contagioso de “El Tumbaíto”, cuando de pronto calló de golpe produciéndose un silencio embarazoso. El “chino” sorprendido levantó la cabeza y a través del enorme espejo que estaba frente a él alcanzó a ver a  su mujer avanzando, amenazante, con un enorme garrote entre las manos. Como una ráfaga fugaz vio también la expectativa que se había formado en el salón. ¡No tenía escapatoria! En unos segundos, encontró la salida a su problema y poniéndose de pie eufórico comenzó a gritar:

— ¡Una nueva!  ¡Una nueva!, ¡Ha llegado una puta nueva! ¡Preséntenmela!  ¡Vamos a conocerla…! Lo que aconteció después fue increíble. La señora -“su señora”- centro de las miradas, comprendió la situación en la que se había metido. Coligió que, efectivamente, en un burdel no podía haber más que putas. Avergonzada, con el alma que se le chorreaba por las manos, dejó caer el palo y salió huyendo avergonzada sin hacer caso de nada, ni siquiera de las promotoras del escándalo que la estaban esperando. En su casa soltó toda la contenida emoción que la abochornaba por el papel que había protagonizado y lloró como nunca. A las once de la noche, cuando oyó el abrir de la puerta de su casa, temblando de temor y vergüenza se aprestó a ensayar una explicación y pedir perdón por el papelón que había cometido, pero no hubo necesidad. El “chino” entró, le dio su beso y le pidió que le sirviera su cena, como si nada hubiera ocurrido. Ni antes, ni después volvió a tocar el tema. Fue la  primera lección que tuvo que aprender la señora.

En esta vida lo mejor es callar

cuando se quiere conservar un amor,

aunque se tengan muchas ansias de hablar

el silencio es mejor.

 

Por eso tú no debes nunca decir

que tú me quieres y te quiero yo a ti

y así en secreto no podremos amar

y vivir nuestro amor.

 

Por eso no debes decir que me quieres,

por eso no debes decir la verdad,

porque la envidia es enemiga fatal

del dulce sueño que queremos lograr.

Mejor guardarlo entre los dos y esconder

Nuestra felicidad.

2

Desde que descendió del ferrocarril de Lima, excitó la atención de las personas que colmaban el andén. Trajeado de negro de pies a cabeza llevaba dos valijas: una grande y otra pequeña en la mano izquierda; en la derecha, un bastón. La bufanda al cuello que apenas dejaba ver un rostro pálido como la muerte y ojos profundamente oscuros circundados de manifiestas ojeras. Nadie sabía quién era. Los oletones comenzaron a observarlo tratando de descubrir su identidad. En poco tiempo encontraron que era médico y que su apellido era Villena; su nombre: Alejandro. Alojado en el “Hotel América”, tomó pensión alimenticia en el “Club de la Unión”, donde atendían a los más destacados profesionales del medio. Pulcramente vestido, realizaba manifiestos esfuerzos por parecer menos provecto de lo que era. Trataba de llevar con decoro su apergaminada ancianidad, amparado por su fino bastón de empuñadura de marfil. Como su senectud saltaba a la vista, los “especialistas” en chapas, le clavaron muchas. Desde la que aseguraba que pertenecía a la edad de los metales por su pelo de plata, sus dientes de oro y sus pies de plomo; hasta “Guadaña”, por su cercanía a la muerte y en alusión a su rostro mortuorio, pálido, ojeroso y tétrico. Pero el apodo que más lo retrató fue el de “Dios”. Se la clavaron porque en una publicidad que había contratado en radios y periódicos locales afirmaba que curaba todos los males de estómago, bronquios, pulmones, enfermedades venéreas, descensos, flores blancas, impotencia y cáncer. ¡Dios mío!  Así, con todas sus letras: ¡Curaba el cáncer! Por eso le decían: “Dios”. Todo el pueblo se carcajeó y las cucufatas se santiguaron por tamaño despropósito. Él no se dio por enterado. Sordo como una tapia, se las arreglaba muy bien leyendo los labios de sus interlocutores. Si no, no se enteraba de nada. En un mes había logrado relacionarse muy bien con personajes influyentes que lo convirtieron en rotario, miembro de la Cruz Roja, médico de bomberos, miembro de la Asociación Médica, integrante de la Asociación Bolivariana, Miembro de la Beneficencia Pública, Hermano Terciario Franciscano, estaba a prueba para ser masón, etc.  Un domingo en la mañana, a poco de llegar, tuvo su primer paciente. Había sido  despertado urgentemente y llevado, casi en vilo, al burdel de Tambo Colorado.

Dos gardenias para ti, con ellas quiero decir:

te quiero, te adoro, mi vida.

Ponle toda tu atención y verás tu corazón y el mío.

Dos gardenias para ti que tendrán todo el calor de un beso,

de esos besos que te di, y que jamás encontrarás

en el calor de otro querer.

A tu lado vivirán y te hablarán como cuando estás conmigo,

y hasta creerás que te dirán, te quiero.

Pero si un  atardecer las gardenias de mi amor se mueren,

es porque han adivinado que tu amor me ha traicionado

porque que existe otro querer.

Continúa……

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2 thoughts on “EL MILAGRO DE LA MAMI (Tercera parte)

  1. Estimado Profesor:
    Gracias por su valioso trabajo y blog sobre la memoria del Pueblo de Cerro de Pasco. Yo soy bisnieto de Enrique Aristobolo Frias..y nieto de Severino Frias.. quisieria saber si tiene información sobretodo de Enrique Aristobolo que segun cuentas algunos familiares fue sub-prefecto de Cerro de Pasco..
    Mi correo es :
    friazzz@hotmail.com

    espero su respuesta prontamente
    gracias..saludos cordiales
    Christian Frias

    1. Estimado Christian:
      He tenido el honor de conocer a tu abuelo “Chivillo” un personaje extraordinario del que he escrito en este blog muchas notas rememorativas. Respecto de tu bisabuelo, fue notable subprefecto que dejó su impronta de rectitud y servicio a nuestro pueblo. En muchas de mi narraciones he recordado su accionar. Búscalas.
      Un abrazo cariñoso.
      Chau

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