EL MILAGRO DE LA MAMI (Cuarte parte)

El milagro de la mami 4

Trazados los planes con gran meticulosidad, el tres de mayo, “Día de las Cruces”, un carro mixto llegó al humilde oratorio cargado de buen número de mujeres extrañamente ataviadas de negro, con velos que les cubrían el rostro. La chunguinada que danzaba en la fiesta patronal se detuvo de pronto ante tal despliegue de recogimiento y todos, estáticos, alelados, contemplaron lo que aconteció a continuación.  Una matrona gorda, de ojos celestes y trajeada de negro, llevando un ramo de rosas rojas en los brazos se arrodilló al inicio del precario puente de madera que cruza el río, y así, de rodillas, sin que nadie la acompañara lo atravesó como una desesperada penitente. Su avance era lento y pesado. Llegó hasta el altar y ante la presencia del Cristo serrano, se deshizo en lágrimas. Colocó las flores y una mota de algodón pasó por sobre el sagrado cuerpo, con fe y recogimiento conmovedores. Siempre de rodillas miró al Salvador y con una voz quebrada, le dijo: “Señor, estoy aquí, arrepentida, bajo tus plantas, para pedirte por mi vida. Yo soy una indigna pecadora pero, arrepentida, te pido que me salves. ¡Cúrame Señor, Cúrame! Te lo pido con el alma. Si lo haces, te juro que el próximo año, tu santuario será más hermoso y sólido como te mereces para que todo el mundo pueda visitarte. ¡Señor, te lo pido! En tus manos encomiendo mi salud, ¡Sálvame!”. Todo lo dijo en medio de conmovedores sollozos. Cuando terminó, volvió siempre de rodillas en dramática penitencia voluntaria. Al final del puente la esperaban sus pupilas. La levantaron y todas se abrazaron llorando esperanzadas. Los numerosos romeros allí presentes no salían de su asombro. Una vieja desdentada que vendía comida masculló: “!¿A qué han venido las desgraciadas “putullunas”?. ¿Acaso el Señor les va hacer caso? ¡Desgraciadas chuchumecas! Se calló cuando la Mami ordenó que sirviera chicha y alimentos a todas sus pupilas. Tenía heridas las rodillas con las medias completamente destrozadas, pero se encontraba muy feliz, extrañamente feliz. Su rostro se había transfigurado con un extraño brillo de esperanza. En fin, aquel fue un día muy especial para la Mami. Inclusive los danzantes le dedicaron “La Imperial”, una hermosa coreografía de la chunguinada cerreña. Ella, muy alegre, olvidándose de su mal, les regaló con un costal de cerveza “Herold” y dos botellas de pisco “Puro de Ica”. Al atardecer retornaron, cantando, felices.

Nuevamente vendrás hacia mí, te lo aseguro

cuando nadie se acuerde de ti, tú volverás.

Otra vez hallarás en mí ser

el consuelo para tu dolor,

Otra vez volverá a renacer

nuestra felicidad.

Nuevamente vendrás hacia mi yo te lo juro

cuando nadie se acuerde de ti, tú volverás.

Cuando estés convencida que nadie en el mundo

te pueda querer como yo,

tú vendrás a buscarme, sé muy bien que vendrás.

Su cúmulo de sorpresas no había terminado aquel día. En el tren de la noche arribaron sus dos hijas procedentes de Lima; ambas abogadas graduadas en la Universidad Católica. Unidas en un abrazo, las tres lloraron muy emocionadas. Repuestas de la emoción, la Mami les reprochó que cómo se habían atrevido a venir a tanto frío y altura exponiendo su salud. Le contestaron que enteradas de la gravedad de su enfermedad tenían la obligación de venir a verla y acompañarla en la búsqueda de su sanación. Después de esas cuitas que siempre emergen en los encuentros familiares, le hicieron saber que habían venido para llevarla a Lima y hacerla ver con un especialista limeño. La Mami no pudo oponerse. Estaba de acuerdo. No quedaba otra salida. Todo se hizo de una manera rápida para poder atacar la enfermedad en sus inicios.  Viajaron y la pusieron en manos de un destacado especialista. Su examen duró una semana en la que, luego de concienzudos análisis, el médico –una autoridad en su ramo- le dijo: “Con la medicación que habremos de alcanzarle, se aliviará completamente. No tiene usted cáncer ni nada que se le parezca. Si ha tenido, ya no lo tiene más. Ha desaparecido”. La Mami no oyó nada más. No quería oír nada más. Un torrente de lágrimas acudió a sus ojos y pronto, como un extraño fulgor, apareció en su mente la sagrada imagen del Cristo serrano que, estaba segura, la había sanado. Nadie pudo persuadirle de lo contrario. Su felicidad fue tanta que, a los quince días ya estaba de vuelta al serrallo. Las muestras de alegría fueron espectaculares. No cabían de contentas las mujeres. ¡Se había producido un milagro! Entonces, con una energía y dedicación especiales, buscó al mejor alarife cerreño que se encargaría de erigir un santuario, acorde con la grandeza de su milagro. Quería cumplir su promesa. Tras el dibujo de planos y detalles correspondientes, los albañiles se echaron a construir el santuario. No dejaron nada a la improvisación ni se restringió gasto alguno. La misma Mami, personalmente, cuidó de que todo se realizara como se había previsto. Al final, la obra quedó como se había proyectado.

Cuando todo hubo terminado programó una bendición acorde con la majestad  del santuario sin importarle el gasto que tuviera que hacer. Habría romería general con el traslado de la feligresía desde la Plaza Chaupimarca hasta el santuario, misa solemne, adoración general y procesión, con la participación de puntas de “Chunguinada”, “Auquish danza” y “Negritos de Huánuco”. Nadie debía estar ausente del acontecimiento. Era contagioso el entusiasmo de la Mami. Fatalmente, no todos estaban de acuerdo con la celebración proyectada. Surgió un enemigo impensado: la iglesia. El cura párroco, un alemán altanero, (actualmente Obispo) se opuso terminantemente a la realización de los actos celebratorios. Su estupidez era tal que, ignoraba por ejemplo que una puta llegó a ser santa, como nos lo recuerda Efraín de Odessa que escribió, en el siglo VI, “Vida de Santa María la Puta”, en el que relata el caso de una virtuosa doncella que fue confinada en un burdel de Assos (Mesopotamia, Irak). Dicho infortunio no destruyó el fervor místico de María, entereza cristiana por la cual fue canonizada. Bueno, el asunto es que el caso estaba cerrado. La iglesia no estaría presente a través de su ministro, ni bendeciría el oratorio. La Mami casi se muere. No podía creer que esto estuviera sucediendo.

Virgen de medianoche, virgen, eso eres tú

para dorarte toda, rasga tu manto azul.

Señora del pecado, luna de mi canción

mírame arrodillado junto a tu corazón.

Incienso de besos te doy, escucha mi rezo de amor

Virgen de medianoche, cubre tu desnudez,

bajaré las estrellas para alumbrar tu piel.

5

Por aquellos días, apremiantes problemas administrativos, obligaron a un viaje urgente del Gerente de la Radio Corporación, don Humberto Maldonado Balbín, y con la precaria rapidez que el caso determinaba, dejó al mando de la Gerencia a su segundo y, como Director del Radio periódico –eficiente y muy sintonizado noticiero local- a Carlitos Minaya Rodríguez (El titular, Florencio Casquero, estaba de vacaciones).

Deseoso de sacar lustre a su cargo –aun cuando fuese efímero- el dinámico periodista buscó por todos los medios enfrentar los más álgidos problemas que entonces agobiaban a la ciudad. No le fue difícil. Llegó a sus oídos el entrampamiento originado por el párroco que de ninguna manera quería bendecir el santuario. El cura alemán no quería saber nada con la obra que una “Mayúscula pecadora” como la Mami, “Reincidente del oscuro mundo carnal de Sodoma y Gomorra”. Para él, era un atrevimiento sin nombre, una herejía mayúscula el que pidiera que la Iglesia intervenga en el caso. Es decir, utilizando los más atroces epítetos condenatorios pedía a la feligresía “que no asistiera a tal demostración de ofensa a Dios”. Carlos Minaya no esperó otra cosa. El problema le venía como anillo al dedo. Buscando ser justo y equitativo, trató de conversar con ambas partes. Mientras la Mami, completamente apesadumbrada y perpleja por la negativa del alemán le puso en antecedente de los hechos; el autócrata fraile extranjero, ni siquiera quiso recibirlo. Para él la decisión estaba tomada y no había nada que hacer.

Cuando te ausentes al verme de nuevo tan solo sin ti

cuando te vayas dejándome en sombras ¿Qué será de mi?.

Después de vernos y amarnos como antes, volver a partir

yo le pregunto en voz baja a mi pena: ¿Qué será de mí?

Mi vida, el extraño destino de los dos

por distintos caminos nos llevó

y hoy nos une otra vez. ¿Por qué, por qué?

Cuando mañana me vea la aurora llorando por ti

cuando mi alma se sienta muy sola, ¿Qué será de mí?

Así las cosas, una noche, utilizando el más sintonizado programa que tenía la radio –El Noticiero- el periodista se las jugó. Sabía que levantaría mucho polvo con su comentario. Sin embargo, conmovido por lo que había llegado a saber, emplazó al intocable, al que nadie podía siquiera chistar, el que hacía y deshacía como quería en la iglesia cerreña y a riesgo de ganarse una excomunión, habló sin ambages, con valentía. Primeramente se refirió a la falta de cooperación de un pueblo a veces indolente ante tantas cosas que hay por hacer y muchas veces, esperanzado en las dádivas del Gobierno central, dejaba pasar las oportunidades más brillantes para progresar. “En este momento – decía- una buena mujer, imbuida de las más grande fe en nuestra religión, ha construido con su propio peculio, sin pedir nada al Gobierno, menos aún a la iglesia, un santuario donde se venera al Salvador del Mundo y ¿qué ocurre?, lejos de aplaudir la iniciativa y agradecer la dádiva cariñosa, se la ha rechazado. ¡Sí, señores! Es increíble, pero rigurosamente cierto. ¿Y saben quién ha sido el primero en oponerse? ¡¿Saben quién?! –dejó un silencio de suspenso para casi gritar. ¡El Párroco!, el extranjero que ejerce ese cargo y, lejos de honrarlo, lo degrada con su actitud egoísta y malsana. ¡Usted amigo oyente, conoce nuestra iglesia que se cae a pedazos! En todos estos años, ¿ha notado alguna mejora? ¡No, por supuesto que no! ¿No parece la casa de Dios una cueva, un oscuro caserón donde deprime entrar? Y ¿qué ha hecho el cura autócrata en estos últimos tiempos?  Nada. ¡Nada!. Y cuando, sin que él haga nada, se erige un monumento a la gloria de Dios, ¿saben lo que hace? Lo condena y le niega su bendición. Si no lo creen, yo les digo que esto es muy cierto; dramáticamente cierto, escarniosamente cierto”. En ese momento, las personas que escuchaban la radio -un noventa y nueve por ciento- se miraban estupefactas, no solo porque fuera cierto que aquello estuviera ocurriendo, sino porque el protagonista era el que debía dar ejemplo de amor, comprensión y apoyo: el cura. Carlos Minaya siguió perorando. ¿Saben por qué hace esto el autócrata? ¿Saben por qué? Porque la edificación la ha realizado la señora Mercedes Henríquez Vélez de Villa y Ruiz de Somocurcio. ¿Saben quién es ella? Es la que regenta el burdel de Tambo Colorado. La Mami, ¡Nada menos!. ¡Claro, es una pecadora!, estará usted pensando. Es que como no hay sepulcros blancos que hagan la obra, ella lo ha hecho. Lo ha hecho porque está conmovida y agradecida por el milagro que ha recibido. No es importante decir cuál.  Tampoco importa. El caso es que ella es pecadora, la más terrible de las pecadoras, y claro, hay que condenarla. ¡Quién mejor que el cura, personaje que debe perdonar y comprender a los pecadores; el que debe ayudarles a redimirse. ¡El cura! Usted ha olvidado, señor cura, lo que Cristo hizo frente a una pecadora. La perdonó. ¡La perdonó! No era un simple cura, era el hijo de Dios y, la perdonó! Si lo ha olvidado mi querido sacerdote, le recuerdo a Lucas en el versículo siete:

“Cristo cenaba en la casa de un fariseo donde la pecadora se presentó. Al momento se arrojó al suelo frente al Señor y se echó a llorar desconsoladamente, luego le enjugó los pies con sus cabellos. Después le ungió con el perfume que llevaba en un vaso de alabastro. El fariseo interpretó el silencio y la quietud de Cristo como  aprobación del pecado y murmuró en su corazón. Jesús le recriminó por sus pensamientos. Primero le preguntó en forma de parábola cuál de dos deudores debe mayor agradecimiento a su acreedor: aquél a quien se perdona una deuda mayor, o al que se perdona una suma menor. Y descubriendo el sentido de la parábola, le dijo directamente: “¿Ves a esta mujer? Al entrar en tu casa, no me diste agua para lavarme los pies, pero ella me los ha lavado con sus lágrimas y me los ha enjuagado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; en cambio ella no ha cesado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza y ella me ha ungido los pies. Por ello, te digo que se le han perdonados muchos pecados, pues ha amado mucho. En cambio, aquél a quien se perdona menos, ama menos”. Y volviéndose a la mujer, le dijo: “Perdonados te son tus pecados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. (Lc. 7)

¿Quiere más señor cura? Dios perdonó a la pecadora y, aquella mujer, jamás olvidó el gesto del hijo de Dios; lo acompañó en los momentos más cruciales de su pasión y estuvo junto a él en el Gólgota cuando lo crucificaron y luego velándole en su sepulcro cuando murió crucificado. Estuvo la pecadora, pero no sé de ningún cura que acompañara al Señor en aquel trance.

Ya nuestro pueblo sabe la verdad. Nuestro pueblo que tiene discernimiento conoce lo que está aconteciendo en su iglesia. Nosotros cortamos nuestro alegato aquí, no sin antes agradecer y felicitar a la señora Meche por este regalo a la feligresía pasqueña y estaremos con ella y seguramente nuestro pueblo también, aunque los alemanes no aparezcan por ahí. ¡Mejor! Y para que no haya especulaciones gratuitas, estamos elevando copia de este comentario al Cardenal del Perú en la confianza de que él podrá calificar los hechos con más serenidad y cordura.

Continúa…

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