EL MILAGRO DE LA MAMI (Quinta parte)

El milagro de la mami 5A poco de terminar la audición, el teléfono no dejó de sonar un solo momento; los aplausos cariñosos y sinceros menudearon para nuestro periodista que para salvar el problema contrató a un curita de Carhuamayo que, con su bendición y apoyo, llevó la solemne inauguración. Aquella noche, como una sorpresa mayúscula, las pupilas del Tambo Colorado regalaron con un ágape al dinámico periodista Carlos Rodrigo Minaya Rodríguez y amigos.

Ya es muy tarde para remediar todo lo que ha pasado,

ya es muy tarde para revivir nuestro viejo querer.

Preferible, para ti, que olvides el pasado;

ya es muy tarde, si tratas e volver; eso no puede ser.

————–

En muchas ocasiones te busqué y a tus plantas de rodillas imploré,

ya no insistas, en reunir tu vida con la mía,

ya es muy tarde si tratas de volver: resígnate a perder.

Fue inolvidable aquella fiesta. Notable orquesta de Lima,  menú especial, tragos sofisticados servidos por mozos elegantes. Lo que más llamó la atención de los asistentes fue la elegancia de la Mami y sus muchachas que no sólo se habían maquillado como nunca, sino que lucían unos trajes de gala espectaculares y muy bien confeccionados. La primera pieza de baile estuvo a cargo de Carlitos, el periodista, con la Mami; luego todos los invitados compartieron la diversión que en ningún momento decayó. Ni siquiera en el Club de la Unión se realizaba por aquellos días una fiesta como aquella. Bueno, del alemán no se supo más. ¿A quién le importaba? El caso es que –tal vez elevado a los altares por la alcahuetería organizada- haya alcanzado insospechados honores sin haber dejado nada a cambio.

6

Después de aquel acontecimiento, la Mami vivió plenamente feliz diez años más. El temor a la muerte en sus prolongadas vigilias le había hecho meditar mucho sobre la vida que hasta entonces había llevado. Es así que, pagada de su suerte, respirando felicidad por los poros, se dio a gozar de los últimos años que le quedaba, sin restricción de ninguna clase; tanto que –como si gozara de un salvoconducto de vida- se dio al pleno goce dejando de lado toda prudencia y cuidado. Ají, tabaco, licor en una vorágine de noches de claro en claro que terminaron por minar su resistencia. Aquel su último día, se había pegado un atracón de papas amarillas con harto ají como guarnición de un magistral caldo de mondongo –plato típico cerreño- con abundancia de carnes, vísceras, copioso mote en encendida salsa de achiote en abundante manteca de chancho. Fue suficiente.

La mañana siguiente, una llamada del P. I. P. Guzmán Varillas Basurto, nos dio la mala nueva

  • Les llamo para informarles que acaba de ocurrir la muerte de la gran puta.
  • ¡¿Qué?!…
  • ¡La muerte de la gran puta!
  • .. ¿Quién ha muerto?
  • Acabo de decírtelo. La Gran Puta. ¡La Mami!

Emitido el “Flash”, la noticia se expandió rápidamente por toda la ciudad encendiendo el chisme general. La habían encontrado inmóvil. En sus ojos desmesuradamente abiertos, sus pupilas celestes sobre un reseco charco de sangre. La voz cascada y casi inaudible de “Dios” sancionó como epitafio. “Ha sido una terrible embolia cerebral. ¡Ha muerto!”. Fue la única vez que acertó.

Aquella noche, los fiesteros salones lucían el tétrico negro de los catafalcos. En silencio compungido los asiduos asistentes permanecían extrañamente silentes. Todos los clientes unánimemente solidarios, asistieron a velarla por dos noches, como la tradición manda. Las dolientes pasaban y repasaban las copas colmadas de licores que desde las primeras horas habían hecho llegar los marchantes. El cargado humo de los cigarrillos saturaba el ambiente pesaroso en medio de una asordinada conversación. El cuerpo rígido con el hábito de la virgen del Carmen lo estiraron con frente a la puerta del salón principal sobre una mesa enorme, donde la orquesta había actuado diariamente. La Rockola la cubrieron con un manto negro.

El día del funeral fueron llegando, una tras otra, hermosas coronas de flores frescas pero sin ninguna tarjeta que identificara a los remitentes. Querían permanecer en el anonimato. La única que se veía unida a un hermoso ramo de rosas rojas era el que decía: “La hermandad de camioneros de Puncuy, a su presidenta vitalicia: Mercedes Henríquez Vélez de Villa y Ruiz de Somocurcio.  (Q. E. P. D)”.

A las cuatro de la tarde –trance más triste- momento de clavar el ataúd, las putas, una a una, en un mar de llanto incontenible se fueron despidiendo de la que había sido su regente. De inmediato, cuatro de ellas, de riguroso luto, sacaron el féretro con las cintas llevadas por las mayores. Presidían el duelo sus dos hijas que tuvieron que respetar la última voluntad de su madre de reposar en la tierra que la había cobijado.  Muchas veces, con testigos presentes, solemnemente las hizo jurar que la sepultarían en la tierra que tanto quería “Quiero quedarme aquí en mi Cerro de Pasco, me oyen; total aquí estoy más cerca del cielo y de mis amigos que tanto me quieren” No se habló más.

Todas las asistentes a las exequias eran mujeres. Ningún hombre. Los únicos que estuvieron presentes –olvidando viejos rencores-, fueron los defenestrados que habían estado en la orquesta para cumplir misiones específicas. “Trapito” Rodríguez, coordinando con la iglesia para que un cura dijera el responso (Temían que los alemanes se lo negaran); “Tuerto” Rojas, coordinaría el servicio de atención a los asistentes: teteras de chinguirito, cigarrillos, fósforos; “Cara e’ mango” de adecuar el nicho donde se la depositaría; el cachascanista Segovia, prepararía peroles de café para servirse al retorno del funeral; el “Borrao” Davicho, transportaría los soportes para el ataúd; el “negro” Godoy, se encargaría del papeleo legal para que todo fuera en orden. No hubo más hombres.

Aquella luctuosa tarde se produjo una extraña coincidencia entre las mujeres del pueblo. Todas, premunidas de sendos bolsos, salieron de compras y, como nunca, los comercios y las calles céntricas estaban atiborradas de curiosas.

Cuando apareció el cortejo en la plaza principal todos quedaron mudos. Cuatro mujeres de negro cargaban el féretro y el resto acompañaba silente. Ni un hombre. Más de una curiosa, sin proferir palabra, tan solo a codazos y el travieso lenguaje de los ojos se fijaban en aquellas dolientes, desgarradamente tristes. Ninguna estaba pintarrajeada y el negro que la uniformaba resaltaba los pálidos rostros de dolor.

Llegados a la puerta del templo, colocaron el ataúd y esperaron la bendición del cura. Felizmente no encontraron a ningún alemán. Salió Ascanio Santiváñez con un rostro entomatado como niño sorprendido en falta, con una casulla blanca que hacía resaltar su achanchamiento. Todos sabían que era uno de los más asiduos clientes del burdel. Mientras rezaba y asperjaba agua bendita sobre el féretro, los chismosos avivaban sus comentarios salpimentados de risitas picantes.

El cortejo pasó por el club de la Unión, “El Trocadero”, “La Esperanza”, “Apolo”; “C. J.C” y, extrañamente, como temerosos de contagiarse, saturaban sus ventanas rostros cubiertos con chalinas, anteojos contra el sol y sombreros alones para contemplar  aquel desfile de dolor. Todos los hombres –asiduos visitantes de la “Casa Mala”- estaban escondidos para que no fueran a reconocerlos. Así siguieron avanzando hasta que llegaran al despoblado que conduce al cementerio. De la chingana “Aquí me quedo”, salió completamente disfrazado con poncho, sombreros, bufanda hasta los ojos, un hombre pequeño. Todos los reconocieron. Era el “Sopero” Ponce que ya, medio briago, se había unido al grupo dolorido. Bastó esa decisión para que, poco a poco, salieran de sus escondites, estrafalariamente disfrazados, los habitúes y amigos de la gringa muerta. Cuando la enterraron, estaban enterrando también una parte de la historia del pueblo. Ya todo estaba cambiando. Lo cierto es que allá –cerca del cielo- hay un oratorio inmensamente hermoso en su simplicidad, dejado por la gringa querendona, que cobija a los fieles que van a orar al milagroso Señor de Puncuy, “Patrono de los camioneros”.

FIN…………….

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