César Bustamante Guerra (Músico inolvidable)

César Bustamante
Conjunto musical “Lira Cerreña” entre los que se encuentra César Bustamante Guerra (El primero de la izquierda con saxofón) También están: Micenio Cervantes, los hermanos Cornelio, Alejandro Álvarez, Zózimo Angulo, Aquilino Morales, Alejandro Álvarez, Silverio Laurent, entre otros. (1940)

Los que lo conocimos, nos gratificamos con la extraordinaria calidad de sus interpretaciones y la amena disposición de amistad que hacía gala en sus conversaciones. De aquella noches hermosas en las que degustamos de sus chascarrillos y sus citas, nos ha quedado en la memoria algunos pasajes de su vida que, él mismo, en diversas entregas, no los hizo conocer. Rememoremos.

Hermano de madre de los hermanos Yacolca, compartió con ellos los grandes triunfos de la música. Iniciado como guitarrista, en secreto y sin que sus hermanos  lo supieran, en las horas que quedaban libres en la casa materna, ensayaba la embocadura del clarinete y el saxofón. Su constancia, al fin tuvo su premio.

Una noche que tenían un serio compromiso con el Club de la Unión, llamaron a su saxofonista  para la presentación correspondiente pero, ante la indignada sorpresa del Director, éste jamás se presentó a la cita. Así las cosas,  se vio perdido en un mundo de impotencia por la falta del instrumentista, en esa circunstancia César se acerca a sus hermanos y tímidamente les dice que él puede reemplazar al titular. Sus hermanos no lo podían creer, pero cuando lo emplazaron en plena sala del Club, no sólo lo igualó, sino que lo superó con creces. Desde ese instante quedó como saxofonista titular de la orquesta y desde entonces también comenzó su ruta de triunfos.

Muchos años transcurrieron desde entonces, pero en ese lapso, llegó a adquirir el pleno dominio de su instrumento que a lo largo de muchos años fue  el músico que, con su orquesta debió alegrar todas las jaranas cerreñas, no sólo en la localidad, sino también en otros escenarios vecinos y de la capital donde residieran los paisanos mineros. ¿Quién no lo recuerda?

Su embocadura le permitía ejecutar huainos, mulizas y chimaychas con un aire tan nuestro, tan inconfundible que todos lo recordamos con especial afecto y emoción.

Nosotros, en nuestras noches de bohemia llegábamos a su casa en compañía de Carlitos Amador y Julio Baldeón, y nos pasábamos horas enteras conversando amenamente y ya, al promediarse la medianoche, sacaba su instrumento y nos regalaba con hermosísimas creaciones.

Fue Director de muchas orquestas y conjuntos carnavalescos que triunfaron plenamente en nuestros escenarios y en los ajenos. Creó una gran cantidad de huainos y mulizas para los carnavales de cada uno de los años que le tocó vivir.

Todavía se comenta con admiración y cariño ese don especial que lo caracterizaba. Su sola presencia llenaba un escenario con su arte y su gracia jaraneras. Nunca permanecía estático en un solo lugar; a medida que tocaba, se desplazaba con gracia inigualable entre las parejas que bailaban y todos, sin  excepción, lo admiraban y querían. ¡Qué alegres noches nos pasamos en su compañía! Ahora que no está con nosotros, con reverencia y admiración recordamos su arte que, estamos seguros, sus hijos habrán de heredar.

Su final fue nebuloso, cargado de misterio. Me contaron que había venido a Lima a cumplir un compromiso con los cerreños residentes. Para reforzar su elenco llamó a su hijo –saxofonista como él- para que se integrara al elenco. Aquella noche fue exitosa, como siempre. Al promediarse la medianoche, después de haber hecho bailar nuestro huayno y traviesas cachuas, solicitaron que tocaran un “serio”, es decir una pieza moderna. Ejecutaron un vals criollo. Al finalizar, su hijo que ya había tenido notables avances musicales en la banda de la Fuerza Aérea del cual era integrante, se permitió hacerle algunas observaciones técnicas. Éste le amoscó y en un gesto de fastidio dejó el saxo a un lado y, salió de la reunión. Como sabían que muy pronto regresaría pasado su enojo, siguieron tocando sin él. Fatalmente, el resto de la noche no apareció.

Al día siguiente, su hijo llamó a cada uno de sus hermanos diciéndoles que le dijeran a su padre que viniera a recoger su instrumento. Le contestaron que no lo habían visto. En las averiguaciones transcurrió la semana. Como no aparecía por ninguna parte se alarmaron y lo buscaron más tesoneramente. No lo encontraron. Para entonces había transcurrido mucho tiempo. Allí nació la leyenda en nuestro pueblo fantasioso. Unos aseguraban que lo habían visto deambular por las calles de Bajo el Puente. Otros a la orilla del río Rímac. Otros por la victoria, etc. El caso es que nuca más apareció.

Ahora que han pasado muchos años de su desaparición, todavía lo recordamos con mucho cariño quienes le conocimos, elevando preces para su eterno descanso. Fue un artista popular que se ganó el aprecio y respeto de su pueblo minero. César: Descansa en paz, hermano.

 

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