LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Segunda parte)

EL DÍA DE LA PARTIDA

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Fue dramáticamente emotiva aquella mañana del 16 de marzo de 1857. Centenares de personas emocionadas repletaban la plaza tirolesa de Silz, aldea de la Baja Austria en los Alpes. Los que partían –inmigrantes de Silz y Haiming- y los que los despedían, se hallaban contritos en la iglesia del lugar donde se celebró misa. “No son ustedes los que tienen que llorar -dijo emocionado el cura Egg en su homilía- es el Tirol que tiene que hacerlo, porque imposibilitado de alimentar a sus propios hijos, los deja partir. No hay otro camino a la vista. Ustedes los viajeros, en cambio, son tan valientes que se han decidido viajar a un lugar tan distante para construir su nueva casa; por eso tienen que elevar sus corazones y confiar en la suprema ayuda de Dios que habrá de protegerlos”. Después de los abrazos, besos, lágrimas y promesas, abordaron el ferrocarril que los llevaría al puerto de embarque.

Pasaron por Ausburg, donde tras hacer efectivo un cheque, adquirieron víveres; Stuttgart, donde encontraron al grupo de viajero de Voralberg y llegaron a Mannheim, donde desembarcaron. El 23 de marzo continuaron a Koblenz por vía fluvial hasta Colonia, donde se unieron a los renanos que los esperaban guiados por el padre Joseph Überlinger, párroco de Brixen. A éstos se sumaron 32 renanos que habían superado dificultades en Colonia.  Total, son 200 tiroleses y 104 prusianos comandados por los sacerdotes católicos Joseph Egg y Joseph Überlinger. Van también, un médico, un maestro de escuela y un sacerdote más. Son 304 aventureros que partían con destino al Perú.

El mediodía del 26 de marzo de 1857, el puerto de Amberes bulle de gente ávida entre ensordecedor bufido de turbinas, bronco ronquido de motores, pitos, gritos de aves marinas, sirenas y voces estridentes de estibadores en sus tareas faeneras. Amberes, olor a agua quieta, a estachas húmedas y el lebeche moviendo las banderas de los barcos amarrados y los gallardetes en los palangres de los pesqueros. Redes al sol, costados herrumbrosos de mercantes abarloados a los muelles; y ese olor a sal, a brea y a mar viejo, denso de puertos que han visto ir y venir muchos barcos y muchas vidas. Con dos dársenas construidos por Napoleón para convertirlo en el primer astillero de su Imperio, es uno de los principales puertos de Europa donde confluyen 81 importantes líneas de navegación. Los muelles, más allá de la plaza principal donde se levanta una estatua a Pedro Pablo Rubens, son también obras de Napoleón. Presentan en toda su longitud, una anchura de cien metros con dos amplios paseos sobre una calzada metálica, por encima de los almacenes, que permiten visitar los puertos sin estorbar las operaciones de carga y descarga.

Los tiroleses son hombres venidos de una de las comarcas más accidentadas y frías de Europa. Tres grandes cadenas de montañas de los Alpes lo atraviesan de oeste a este cubriendo la casi totalidad de su superficie; su diversidad de climas y altitud han originado grandes diferencias en el aspecto de país y en el carácter de su vegetación. El Tirol disfruta de todos los climas. Su altitud se inicia en los 900 metros y, a los 2,500, comienzan las nieves perpetuas. Ocupa un territorio tan extenso que los riachuelos principales que salen de sus nieves se convierten en verdaderos ríos antes de haber escapado a los últimos desfiladeros de las montañas. Las aguas del Tirol van al mar del Norte por la cuenca del Rhin, al Mar Negro por la cuenca del Danubio, y al Mar Adriático por las cuencas del Po, del Adigio, del Brenta y del Piave. Su población está lejos de ser homogénea por la raza y la lengua. Los tiroleses están muy mezclados. Con las tribus que han convivido entre celtas, han vivido otros pueblos del país. Por ignorancia, se daba en otros tiempos a los montañeses de estas comarcas el nombre general de interioli (gentes de interior) de donde deriva el nombre de TIROL aplicado a toda la comarca.

Ataviados con sombreros de vivos colores, chalecos pintorescos sobre claras camisas, pantalones a la altura de las rodillas, medias de lana y pesados zapatones de montaña saturados de clavos, conducen también su bergsak de resistentes correas, atada a las espaldas; algunos llevan sus infaltables acordeones. “Deben vestir trajes de domingo y viajar por Alemania y por Perú elegantemente vestidos para causar buena impresión, sobre todo a los adversarios de la inmigración”, había recomendado el padre Joseph Egg. Estos viajeros provenían de Oberinntal (Silz, Haiming y Zams), algunos de Unterinntal, Wipptal y Atubaital; otros de Tirol oriental y Voralberg.

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Los prusianos, especialmente de la región de Renania, Moseltal y del Wiedtal –parte izquierda y derecha del Rhin- otros de Hessen y Nassau, tierras montañosas de Europa Central, situadas a orillas del Rhin, como los tiroleses son integrantes del mismo Imperio. Llevan el Kraxen -mochila personal- en las manos, además de baúles y petacas atiborradas de las más urgentes pertenencias; las mujeres de largas polleras oscuras, pañuelos atados a la cabeza y tristeza indefinible, conducen de las manos a sus niños que recién están abriendo los ojos al mundo, y de un golpe, se impregnarán de otros paisajes y otras realidades. Esta es la imagen que marcará sus vidas para siempre: la nostalgia prematura del mar cuyas vías de acceso son los puertos viejos y sabios como éste, poblados de fantasmas que descansan entre las grúas, a la sombra de los tinglados. Los niños, señalando las gaviotas hacen preguntas y las madres, entornando los ojos cubiertos de lágrimas, ven difuminados los barcos amarrados a la línea del horizonte al otro lado de los faros, como si buscaran algo olvidado en la memoria: un recuerdo, una palabra, una explicación de lo que les está ocurriendo, de lo que irán a experimentar en el futuro.

Rubio, alto y enteco, el reverendo Joseph Egg, párroco de Wald, ordena a su grey emocionada que está cambiando impresiones a grandes voces para hacerse oír entre el barullo del puerto. No es muy joven; tiene 37 años, ha nacido el 13 de agosto de 1820, pero su vida frugal, austera y muy laboriosa le ha dotado de una vitalidad asombrosa. En todo momento ora. Reza ensimismado porque es dueño de un secreto que ningún otro pasajero conoce. El barco carguero en el que viajan está inscrito en registros ingleses pero lleva bandera belga. No tiene derroteros específicos, cartas actualizadas, trazos de veriles en metros o brazas, enfilaciones en tal o cual cabo, reglamentos de abordajes ni horizontes limpios para calcular las rectas de altura. Prácticamente navega a ciegas. Es un barco de carga y no de transporte de pasajeros. Ha realizado centenares de viajes transportando guano, riqueza temporal del territorio peruano. Tiene que navegar con sumo cuidado de los arrecifes que rompen en las rocas a flor de agua, evitando el chirrido que hace estremecer los mamparos. ¿Qué pasaría si topase con una de esas trampas mortales? Él lo presiente, pero calla. Sus ojos de añil, invadidos por la pena, los dirige al cielo de barlovento, luego a las profundidades de las aguas. Van a dejar estos escenarios amados para un viaje peligroso por mares situados más allá de los cabos tormentosos. Por los rincones, las jóvenes parejas, tomadas de las manos, iluminadas de esperanza, buscan escondrijos para besarse. El curtido capitán del Northon es un duro inglés de sesenta años bien llevados; menudo, de frente arrugada y rojiza, pelo gris. Tiene cuatro décadas de mar en las arrugas de la cara y nadie la ha visto jamás perder la compostura ni siquiera en las más horribles tormentas. Es uno de esos capitanes por el que sus subalternos ponen la mano al fuego. Seco en el puente, serio en la camareta, invisible en la tierra; ahora está al mando de esta vieja fragata de bandera belga de la Compañía Lembcke y Cía, que transporta guano del Perú a Europa. Con amplia suficiencia estudia la jarcia, el velamen y la arboladura del barco, probando las largas gavias por las que duros hombres deben avanzar manteniendo el equilibrio sobre inestables marchapiés, aferrando la lona en mitad de los temporales con viento silbante y el mar implacable debajo, junto a la cubierta que oscila bajo los palos. Tiene un buen aspecto y en las bocamangas de la coca luce el galón dorado de su capitanía. Ambos, capitán, autoridad máxima de la nave y, sacerdote, guía espiritual y comandante de la aventura, como lo habían programado previamente y, en ejercicio de mando tradicional que los asiste, celebraron el sacramento del matrimonio de 23 parejas jóvenes que parten. ¡Qué emocionante es este momento! Tomadas de las manos las parejas ocupan la primera fila en compañía de sus improvisados padrinos. Todos están emocionados. Dos acordeones sublimizan el momento con hermosas melodías. Las novias, con los ojos nublados de lágrimas besan a sus novios y luego, todos, hermanados por la bella aventura, los rodean cantando sus alegrías. El mar bronco, como coro de eternidades, golpea su oleaje verduzco sobre el casco del carguero. Todavía se siente el frescor del mar que abanica con sus olas a las naves surtas en el puerto antuerpience; es una brisa refrescante que tras correr por tierras del viejo continente, cobra nuevo impulso trayendo olores industriales de usinas y chimeneas, olores que como despedida, husmeaban los vigías desde las altas cofas del Northon. Helga, una de las novias, joven todavía, con las mejillas ardientes, el cabello revuelto por la brisa, como juguetonas medusas por los aires, sonríe contenta; ha nacido en Bregenz, que en opinión de todos, a sus mujeres habría que otorgarles el título de belleza femenina por la perfección de sus rasgos y donaire; son de raza alamannica. Su esperanza es muy grande. El amor de su vida viaja con ella a fundar un hogar nuevo y limpio. Johan, el novio, es tan joven como Helga; campesino como ella, de atractivas facciones; es un muchacho guapo; debajo de la camisa se adivina un torso marmóreo de soberbia reciedumbre; de talla elevada, hombros poderosos que se ensanchan en potente envergadura. Desde muy niño ha trabajado en duras faenas del campo. Ahora está ahí, con su amor, viajando hacia su cita con el destino. Se han conocido desde muy niños y tras compartir sueños e ilusiones juveniles conllevarán el resto de vida que les queda. Mira con fijeza el agua siempre cambiante que ahora se ha cubierto de medusas iridiscentes cuyos olores cambian al vaivén de las olas quedándoles la constante de un azul añil dorado con festones rojos.

El 26 de marzo nos embarcamos en Amberes. Lloré mucho al preguntarme si alguna vez volvería a pisar esta mi tierra; pensé que las olas podrían ser mi tumba, o la de mis padres y hermanos, pero la fe da fuerzas. El resonar desgarrador de las trompetas despierta a cualquiera, a un muerto que reposa en una fría tumba de tierra o bajo las olas” – dice emocionada en su carta, la joven Anna Katherine Egg- “Miles de persona estaban a la orilla y agitaban sus manos hacia nosotros por última vez. Los tiroleses agitaban sus sombreros, los gritos de los marineros llenaban el aire, y desde el muelle se oía el doblar de las campanas. El baron Schutz se despidió de nosotros, él se adelantaría en un barco a vapor. Tocaron el himno nacional de Austria, saludaron en alta voz la casa del Emperador de Austria, y le dijimos adiós a nuestra patria, Tirol”.

CONTINÚA…

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