LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Tercera parte)

la conquista del Pozuzo 5Cuando al repique de la campana siguió el ensordecedor pito del barco, el maestro de escuela dirigió el coro de una vieja canción alemana que los niños  entonaron con mucho fervor; pasados unos instantes ya todos cantaban con las voces quebradas. Todos lloraban. Las lágrimas corrían a raudales por los curtidos rostros campesinos. Estaban seguros que nunca más retornarían a la tierra amada. El estruendo de las máquinas y el sordo rugido del mar, acompañaban el canto dolido de aquellos aventureros. Cuando el casco comenzó a deslizarse sobre el mar, las voces subieron de intensidad y la ronca canción interpretada con el corazón oprimido se hizo más hermosa, más emotiva, más sublime; luego, ciegamente, como el destino, el Northon se adentró en la inmensidad del océano.

Rápidamente perdimos de vista a Amberes –Rememora Anna Katherine Egg- Por la noche echamos ancla en Holanda. Durante la noche el mar se agitaba y muchos comenzaban a sentir el mal de mar; primero náuseas y después vómitos. La sensación de pesadez es desesperante. Después se siente hambre”. 

EN ALTA MAR

El 9 de abril -entre Inglaterra y Francia- los pasajeros han comenzado a sufrir los problemas del mareo. El intenso balanceo del barco carguero los tiene en vilo. Nunca habían experimentado semejante movimiento. Mujeres y niños son los más afectados, pero gracias a la acertada intervención del médico de la expedición, se logra superar los estragos. A estos males, hay que añadir el de la alimentación deficiente y el hacinamiento dentro de la estrechez de la bodega. La fetidez de un olor agresivo dejado por las cantidades de guano que allí se transporta, ha dejado su secuela de hediondez insufrible. Por otro lado, la cubierta ofrece un espectáculo desagradable. Los pasajeros tienen que formar grandes colas ante los dos únicos retretes, casetas improvisadas a proa, al costado de babor. Para el aseo personal tienen que sacar agua del mar en baldes. El agua potable que llevan en los pañoles, estuvo a punto de propagar la disentería, pero una medida dura y obligatoria de higiene, lo ha evitado. Agustín Egg, al escribir el relato el viaje, dice: “El 9 de abril entramos en alta mar y las olas estuvieron muy agitadas. Los viajeros experimentaron la primera tormenta. Las olas golpeaban con furia y penetraban por la borda, impidiendo el encendido de sus cocinas por dos días. No se podía preparar los alientos”. Por su parte, Anna Katherine Egg deja escrito en su diario: “Es necesario dejar como recomendación a los próximos grupos humanos que tengan que viajar como nosotros, que deben abastecerse para el viaje con pan especial, tocino, nueces y frutas secas. Por lo agitado del mar los viajeros tuvieron que prescindir del oficio de la santa misa del domingo de pascua”. Por otra parte, en la carta que Joseph Überlinger envía al diario “Tiroler Bote” el 12 de octubre de 1857, bajo el título de: “Las descripciones del viaje a través del Atlántico”, dice: “El viaje es una completa pesadilla por el barco antiguo y mal condicionado donde sólo hay un gran compartimiento donde estaban todas las personas juntas con las provisiones y animales para el viaje. Los pasajeros sufrieron de mareos,  invasión de liendres y hambre, ya que no han llevado las provisiones suficientes. Por otro lado, Schultz nos ha mentido.  Él nos había dicho que había sólo católicos en el grupo renano, pero no; había personas de conducta moral dudosa que venían escapando de sus hogares, algunas mujeres solas y, un grupo de evangélicos.”. Llegados al Perú, Schultz tuvo que aceptar  que había incluido a cinco marinos a pesar de que eran protestantes. En cambio, en sus cartas, Joseph Egg, declaraba que el viaje era muy duro, pero soportable. En consecuencia apoyaba a Schultz.

Así, durante un mes, en cuyo lapso han avanzado hasta llegar al extremo ecuatorial del África, una de las zonas más peligrosas para la navegación. El calor es aquí escandalosamente asesino; calienta las planchas de cubierta que están ardiendo a sesenta grados bajo un sol infernal que obliga a pasajeros y tripulantes a tumbarse en los incómodos camarotes, sofocados por el calor, el miedo y la sed. Los niños son los que más sufren; casi todos lloran. El aire abrasador entra por los ojos de buey haciéndolos boquear como pez fuera del agua y las ajadas sábanas, mojadas de sudor, se pegan al cuerpo.

“El 5 de mayo atravesamos la línea del Ecuador. El calor es insoportable. En esta línea llueve continuamente, lo que para nosotros tenía la ventaja de permitirnos llenar nueve barriles de agua. Cada noche rezábamos el rosario. Gracias a Dios, teníamos  alimentos y su repartición era adecuada. De cuando en cuando había pequeños conflictos entre tiroleses y renanos, pero nunca se llegaba a la agresión física. Cada grupo tenía su propia cocina” –dice Anna Katherine Egg en su carta. “El 21 de mayo nos cruzó un velero americano a una distancia tan cercana, que el capitán de nuestro barco y el del otro, pudieron hablar mediante un megáfono. Mi padre daba las señales austriacas al otro barco, y obtuvo por respuestas, saludos de cañón”.

Estos no eran los primeros alemanes que se aventuraban en tierras peruanas. En 1851, al amparo de la Ley de Inmigración, en cinco veleros fletados especialmente, había llegado un primer grupo de 1,096: “sumamente pobres que pretendían afincarse en el Perú como colonos.  Ignoraban que a espaldas del gobierno de Ramón Castilla, el inescrupuloso empresario peruano Antolín Rodulfo, ya los había vendido como coolíes para que trabajaran en las haciendas de la costa. Ésta fue una desgraciada aventura porque, no obstante el espíritu emprendedor del grupo, no pudo asentarse en ninguna parte a pesar de que había ido a pie hasta Tarapoto. Muchos perecieron en la odisea. Las altas cordilleras, caminos abruptos y, sobre todo, las inclemencias de un clima duro en medio de una selva agresiva, terminaron por sepultar el sueño de estos primeros aventureros. Cuando el gobierno llegó a saber de estos maltratos que habían sufrido, adoptó medidas inmediatas, derogando incluso la primera ley de inmigración masiva que se había promulgado en el país. Sin embargo, a estas alturas eran ya muchos los infortunados inmigrantes que habían muerto de malaria u otras enfermedades”. Éstos y otros descarnados relatos de una durísima realidad que tuvieron que afrontar, permanecen en las cartas que el suizo Christoff Lang, envió a uno de sus familiares. Ésta como las cartas de Anna Katharina Egg, son documentos valiosísimos para comprender la tragedia que siempre estuvo rondando sus vidas.

A lo lejos, al extremo occidental del África, un cabo yergue su cabeza imponente, como la de un monstruo surgiendo de las profundidades del mar. El viento arrecia subiendo poco a poco su ímpetu. A las seis de la tarde, la señal de llamada indica que ha aumentado en intensidad y que el barómetro ha descendido notablemente. Las olas están adoptando formas grotescas como fieras enjauladas, persiguiéndose una tras otra, en distintas direcciones, hasta que una, más imponente que las otras, como una masa gigantesca de verde líquido coronada con su penacho de espuma blanca, se alza sobre el seno palpitante del océano y hace desaparecer a las otras en feroz derroche de sombría turbulencia. Las pesadas crestas se ocultan tras las  nubes oscuras que se desplazan rápidamente de oeste-noreste, seguras mensajeras de la tormenta que se avecina. Los tres sacerdotes, el maestro y el médico, se han repartido tareas específicas para el auxilio de los pasajeros, temerosos de la borrasca  que se avecina. Johan, sin ser perito en las bregas de mar, se ha convertido en el brazo derecho del capitán. Todos estos esperanzados campesinos alemanes esperan armados de coraje la tempestad que está al llegar.

la conquista del Pozuzo 6

En 1853 se había intentado otro ensayo en nuestra selva, pero siempre con resultado desgraciado. Se pretendía colonizar el litoral de Loreto. El protagonista principal de esta nueva aventura fue el acaudalado minero cerreño, Manuel Ijurra que, imbuido de desbordante entusiasmo decide realizar la empresa poniendo en juego su fabulosa fortuna. Asesorado por el alemán Cosme Damián Schutz, experimentado en la materia, que le había pintado grandes perspectivas; en la creencia que alcanzaría un éxito rotundo, celebra contrato con el Gobierno el 4 de junio de 1853. Por él recibía el nombramiento de Gobernador de Loreto y, las catorce cláusulas del contrato le obligaban a introducir en la selva trece mil colonos en el espacio de seis años. Recibiría por ello, una prima mensual de treinta pesos por cada colono y, a cuenta, se le adelantaría diez mil pesos en cada uno de los tres primeros años. En cumplimiento del pacto, gastó enormes sumas de su fortuna personal en remitir dos expediciones de estudiosos alemanes y peruanos; éstos conducirían colonos que se establecerían apenas se encontrara un lugar apropiado. Durante tres años estuvieron recorriendo las zonas ubicadas entre los ríos Huallaga y Pichis y la región fluvial del Pachitea y Ucayali. En ese lapso tocaron Tarapoto, Moyabamba, Amazonas y Tingo María. Cuando llegaron al Pozuzo, se enteraron que en 1711, el padre Francisco de San José había ocupado el lugar con los naturales de Chaglla y Muña, mucho antes que los otros colonizadores iniciaran la cristianización del Ucayali. Para 1730, las conversiones de Pozuzo se encontraban florecientes y reducidas a dos pueblos. Uno, Asunción de Pozuzo, con 164 nativos al cuidado pastoral del padre Francisco Honorio Matos; otro, Nuestra Señora del Carmen de Tilingo, con 100 nativos al cuidado del padre Francisco José Arévalo.

En 1853, como los terrenos no habían sido preparados oportunamente y aquellas regiones se encontraban separadas por inmensos desiertos de los pueblos civilizados, los primeros colonos solventados por Ijurra, aventureros y corrompidos, se dispersaron llevándose los instrumentos y provisiones que habían recibido en la capital. El contrato caducó automáticamente en diciembre de 1854 sin ningún resultado positivo. Por estas desastrosas consecuencias, Ijurra enfermó gravemente y falleció en Nueva York en marzo de 1855. Schutz, su socio, resultó ganancioso. En 1885 estaba viviendo en Alemania, atiborrado de dinero, con el pomposo título de Conde. Es decir Damián, Barón de Schütz Holzhausen. Había desaparecido el nombre de Cosme y el título de doctor.

CONTINÚA…

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