LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Cuarta parte)

UNA GRAN TORMENTA Y LOS PRIMEROS MUERTOS

la conquista del Pozuzo 7A medianoche del 10 de junio, la bruma se ha espesado aumentando la alarma entre la tripulación que está en cubierta embutida en chubasqueros y botas de jebe. El viejo capitán -ojo avizor- no abandona la toldilla. En el antepuente donde están los alemanes reina la oscuridad. Desde tempranas horas la atmósfera se ha hecho cada vez más sofocante. En ese momento ha comenzado la tormenta en toda su intensidad. La rugiente cresta de agua se eleva como un espectro amenazante para luego romper, como un trueno, sobre los baluartes, sacudiendo marineros y pasajeros que se prenden de las sogas, aterrorizados. El barco cabecea horriblemente. Es imposible mantenerse en pie. Las mujeres sujetando fuertemente a sus niños hablan a grandes voces cogiéndose de las sogas. Tienen que gritar para hacerse oír. En el auge más dramático de esta emergencia tambaleante con su estola encamada y su Biblia en la mano, el reverendo Joseph Egg, grita:

¡¡¡De rodillas, hijos míos…!!! …¡¡¡De rodillas!!! – Hombres, mujeres y niños obedecen, sin soltarse de las sogas. Con voz atronadora el cura Egg inicia las preces de los atormentados.

«Padre nuestro, que estás en los cielos…”… la angustiosa Oración se pierde ante el monstruoso chirrido de los maderos del barco y el tenebroso estruendo de las olas rompiendo salvajemente sobre el casco que parece una cáscara de nuez. Algunos, no obstante las plegarias y los gritos alentadores del cura ya se sienten invadidos por el pánico. De pronto se produce un tumulto sobre el puente. La niebla se ha espesado de tal manera que no se puede ver a dos pasos y, monstruosas, las olas se suceden una tras otra. Los alemanes, hombres y mujeres, crispados de pánico no atinan a nada.

Se oyen cuatro enérgicos toques de campana y la ronca voz del capitán opacada por el rugido de las olas.  ¡¡¡Todos los hombres cuiden de mujeres y niños…!!!… ¡¡Ténganlos junto a los botes para abordarlos en caso necesario…!! . Esa es la sola voz que se escucha venciendo el bramido de las olas.

¡¡¡A babor…!!! … ¡¡¡A babor…!!!… ¡¡¡Bajad el contrafoque!!!… ¡¡¡Foque a barlovento…!!! …¡¡¡Abajo el trinquete…!!!

En ese instante una monstruosa ola gigantesca se ha elevado para romper  estruendosamente sobre cubierta con tan furia y potencia que ha arrebatado a un niño de los brazos de su madre. Todo ha sucedido en un segundo. Un grito sobrehumano se impone sobre el trueno de las olas. Desesperada, la madre corre tambaleante a rescatar a su hijo, pero otra ola gigantesca del mar embravecido la arroja contra los maderos y se traga el cuerpo de su hijo.

¡¡¡Hombre al agua…!!! Un relámpago ilumina el anegado piso de cubierta pero ya el cuerpecito ha sido arrastrado mar adentro. La madre que ha visto desaparecer a su niño, trata de tirarse por la borda para rescatarlo pero la contienen con energía. Está como loca. Las mujeres aterrorizadas gritan en arrebato de desesperación; los niños se prenden de sus madres y con los ojillos muy abiertos contemplan el horrible holocausto que están viviendo. Las olas en un solo y dantesco rugido acallan todos los gritos humanos.

“Ha muerto del hijo de Alois Witting,  de Haimingen, arrebatado de las manos de su madre en medio de la tormenta. Ha sido una muerte espantosa que ha todos nos ha conmovido grandemente” –escribe Anna Katherine Egg.  Han seguido horas de confusión pero la enérgica y paternal actitud del reverendo Joseph Egg calma la desesperación y fortalece los ánimos. El mar ha ido tranquilizándose amainando el pánico y los gritos.

Cinco, diez, doce horas ¿Cuánto duró este inhumano suplicio? Para los aterrorizados campesinos alemanes: una eternidad.

Tardaron mucho en reponerse de la espantosa prueba que les había tocado vivir. Habían perdido a un niño en Alta Mar. Todos estaban acongojados. Fue una experiencia que nunca olvidarían. Con oraciones y mucha calma, con palabras de consuelo y afecto del abnegado sacerdote las heridas fueron cicatrizándose y las dolorosas experiencias disipándose. Los sacerdotes fortificaron los mellados ánimos de los improvisados viajeros de la nave. Por su parte, el médico que integraba la expedición, tuvo intenso trabajo atendiendo a heridos y mareados.

Con todo el trapo arriba el barco navegaba con el viento silbando en la jarcia y la cubierta escorando a estribor. El rumor del agua corría junto a la borda y los claros destellos de la claridad lunar en la mar picada a barlovento. El timonel sujetando la rueda la guardia alerta en cubierta escrutando la oscuridad. El capitán de pie en la toldilla, el rostro preocupado hacia fantasmal pirámide de lona blanca desplegada, atento a los crujidos y rogando a Dios para que aguante la arboladura y la jarcia dañados por el pasado temporal; callado, calculando distancias, rumbo, abatimiento, bordos, con la angustia del que sabe que una decisión equivocada llevaría a la nave y su pasaje al desastre. Angustiosas miradas hacia la costa, atento al ruido de arriba, al chascar de jarcia y crujido de masteleros que hiela el corazón de los tripulantes agrupados junto a los obenques de barlovento. Pasado el tiempo, como si no hubiera ocurrido, hombres y mujeres hicieron todo lo posible para olvidar lo acontecido.

Todo se había ido por la borda cuando en 1742 ashánincas y yaneshas se suman incondicionalmente a la rebelión de Juan Santos Atahualpa. Al año siguiente, el Gobernador de la Frontera con el respaldo del Padre Presidente de los pueblos del Pozuzo, con el fin de protegerlos ordenó que los pobladores sean trasladados a San Antonio de Cuchero. Fue fatal la determinación. Aquí, sin tener qué comer y víctimas de enfermedades extrañas, murieron todos. Los franciscanos con la intención de no alejarse del Pozuzo se quedaron en Santa Cruz de Muña. El Pozuzo había desaparecido junto con las trochas que se habían abierto para entrar en él.

En 1761 había sido nombrado Comisario de Misiones el padre Manuel Gil que en 1765 entra para conquistar a los infieles de Ucayali por el río Pozuzo, dos años después, para conquistar a los “Cunibos” y en 1768, por el río Pachitea busca a los “Amages”, indios apóstatas. El padre Francisco Antonio de San José, entra por el Pozuzo al Ucayali con el padre comisario José Hernández Herrera, en 1767. El padre Francisco de la Cruz entró en las conversiones de Pozuzo donde trabajó intensamente, muriendo en 1778 en Muña.

A principios de 1778 llegó al Perú una comisión de sabios naturalistas botánicos enviados por Carlos III de España para que estudien nuestra naturaleza. Componían la comisión, Ruiz y Pavón, Carlos José Dombey,  los dibujantes José Brunete e Isidro Gálvez y los peritos Juan Tafalla y Francisco Pulgar. Empezaron sus estudios en Lima, pasaron por Chile, luego regresaron al Perú y entraron por Huánuco al Pozuzo donde hallaron más de 400 ejemplares de distintas plantas. Los escritos por el sabio Ruiz y Pavón son: “Descripción del Pozuzo y viaje a Huánuco”.

Después de navegar durante tres meses, la travesía ha sido relativamente tranquila, conviviendo con los problemas ya conocidos. La dura experiencia que han soportado en el África ecuatorial, ha sido superada. Algunas noches en cubierta, iluminados por las lámparas marineras los hombres han pasado largas horas conversando y cantando nostálgicas melodías, en tanto las olas repetían, en la profundidad de la noche, su ronca y eterna canción. Una noche muy hermosa, clara y serena en alta mar, el capitán, recostado sobre la toldilla señalaba la Estrella Polar, aquella que por miles de años está en el mismo lugar y en el mismo lugar seguirá miles de años más. Después de contemplar la placidez en los rostros de Johan y Helga, señaló otro grupo de estrellas mencionando sus nombres: «Orión», «Perseo», «Las Pléyades». Después un silencio grave. Ya nada dijo. Sólo sus ojos vagando de un extremo a otro de los cielos se iluminaban al contemplar los incontables luceros en medio de una noche tranquila.

Con la urgencia que el caso requería, adelantándose a la expedición para preparar la llegada de los colonos, el barón Cosme Damián ha efectuado su viaje a la capital peruana. Aquí realizó las gestiones pertinentes al cumplimiento del contrato. Presentado el presupuesto correspondiente, el Estado Peruano le hizo entrega de 9,200 pesos para la adquisición de ganado y el pago correspondiente de fletes. En esta ocasión se le informó que se había remitido el importe total del costo del camino a Pozuzo al prefecto de Junín residente en Cerro de Pasco con las órdenes precisas que el trabajo se acelerara, y se hicieran los preparativos para el arribo de los colonos. Esta noticia lo reconfortó enormemente. Entretanto el NORTHON llegaba a la zona más escabrosa de su itinerario, el lugar por donde tenía que pasar del Atlántico al Pacífico: el Cabo de Hornos.

Extraña tripulación la del NORTHON: 198 tiroleses –un niño desaparecido en la tormenta-  y 104 prusianos, entre hombres, mujeres y niños; tres sacerdotes, un médico y un maestro de escuela, que huyen de la pobreza en busca de la redención. El capitán, cenceño inglés, incipiente calvicie y bondadosos ojos azules es el único extranjero entre la tripulación. Continuamente lo recordaba que un periodista había afirmado: «Es una loca aventura esta de ir a un país desconocido y es todavía un crimen el hacerse a la mar llevando tanta gente en un buque carguero tan viejo». Encrespado en su orgullo él había respondido de inmediato asumiendo la responsabilidad, animado por la perspectiva de llevar a estas personas para las que se iniciaría una nueva vida.

CONTINÚA….

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