LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Quinta parte)

ENTRAN EN EL FATÍDICO CABO DE HORNOS

la conquista del Pozuzo 8

Desde la timonera del NORTHON el capitán observaba con inquietud los nubarrones que se amontonaban a lo largo del horizonte. El sabe que las aguas en las que está navegando son peligrosas en esta época del año y en este punto de la mar.

Van a entrar en el temido Cabo de Hornos el infierno temido y odiado por todos los marinos de la tierra, donde la naturaleza asesta sus más traidores golpes. Es el camino más corto del Atlántico al Pacífico. Escarpado promontorio de 580 metros de altura situado en el extremo inferior de América del Sur donde los implacables vientos huracanados azotan el mar erizado de arrecifes que lo rodean y las gigantescas olas y fuertes corrientes costeras aumentan los riesgos de la navegación.

Pero algo más que las borrascosas tempestades y las bravas corrientes acechan al marino. Es una tenebrosa mezcla de lluvia impresionante, frío glacial, granizo, nieve, ráfagas, niebla, bancos de arena, gigantescos témpanos flotantes, marejadas e icebergs que llegan a alcanzar de treinta a cuarenta metros de altura. Por esta época todos los años naufragan dos barcos de cada diez. Es increíble ver cómo la cubierta del viejo barco carguero se ha convertido en refugio de miles de aves: gaviotas, cormoranes y petreles que se niegan a abandonarlo. Ellas saben que van a entrar en el «ojo de la tormenta», y que la presión atmosférica es tan baja que no podrán volar. Es decir: han entrado en el infierno.

Al enfilar por el temido estrecho, lejanos relámpagos zigzaguean en la silenciosa proyección del horizonte. El viento comienza a soplar salvajemente en recias y desiguales rachas. De la cada vez más creciente oscuridad del mar, avanzan en sucesión interminable, amenazantes olas que rompen estrepitosamente contra el costado del NORTHON.

El barco se dispone a cruzar el punto en el que se enfrentan los océanos Atlántico y Pacífico. Poco a poco van dejando atrás los bloques de hielo flotantes. Pingüinos, ballenas y cormoranes dejan de jugar a perseguirlos. Se sumergen en las aguas más salvajes del mundo. El viento sopla oeste-noroeste a una velocidad de 27 metros por segundo. La presión atmosférica es de 763 milibares. La temperatura del aire es de cuatro grados, y la del agua de apenas dos. La visibilidad es de poco más de seis millas. Las olas cruzan el barco por la cubierta y hacen que sus tripas crujan como los goznes de una vieja puerta. Los cabos están rígidos y los mástiles vibran. En el interior del barco las cosas no están mucho mejor. «!Si es necesario arrodíllense para caminar, no se avergüencen!», grita el capitán. No se puede comer: la comida se sale de los platos y hay que sostener los vasos con la mano. Los niños lloran de una manera que parte el alma. No se puede leer: los ojos bailan entre líneas y la cabeza comienza a girar alrededor del segundo párrafo. No se puede dormir: la cabeza y los pies se golpean rítmicamente contra los extremos de la litera y es necesario hacer fuerza con los codos para mantener la posición. Sólo se puede vomitar y ver cómo la vida se balancea. El Pacífico y el Atlántico, los dos océanos más grandes del planeta, chocan violentamente en un lugar solitario que se esconde en el extremo sur del continente americano. En este siniestro paisaje las tormentas barren el buen tiempo; las olas, del tamaño de un edificio de cinco pisos, pueden oscurecer el sol; y los vientos, que soplan desbocados en todas direcciones son capaces de arrancar de cuajo el mástil de un velero. Islas de hielo de cientos de metros de extensión capaces de destrozar el casco de cualquier barco flotan amenazantes a la deriva. En estas revueltas aguas donde se engendra el océano Antártico, el frío paralizaría el corazón de un náufrago en menos de cinco minutos. Sólo los fantasmas son capaces de sobrevivir en este infierno de agua y sal: dicen que las almas de los miles de marineros ahogados en la zona en los últimos cuatrocientos años sobrevuelan sus cielos grises reencarnadas en albatros.

Un negro espolón de nombre legendario es eterno testigo de este fascinante fenómeno natural: Cabo de Hornos. Es la pesadilla de los marineros y el sueño de viajeros inconscientes y aventureros suicidas. Se habla de él en voz baja en todos los puertos del mundo. Cuentan que quienes no han navegado por sus aguas no son auténticos marinos. Y que los que han vagado por su laberinto de olas no pueden olvidarlo jamás. Ningún otro lugar en el mar ha roto tantas quillas, ha segado tantas vidas y ha generado tantas leyendas como el cabo de Hornos. Descubridores, balleneros, misioneros, cazadores de focas, comerciantes, científicos, traficantes, piratas… Todos han sentido cómo el corazón les temblaba y el estómago se les encogía. Hay que imaginarse lo que está produciendo en el alma de los campesinos tiroleses y renanos que van en busca de felicidad.

Esa roca negra de perfil siniestro rodeada de ventisqueros sobrecogedores ha sido testigo del crecimiento y la agonía de los poderes marítimos y del nacimiento y el derrumbe de imperios. Esa roca negra, moldeada, agrietada y corroída por las tormentas, ha visto cómo veleros, goletas y bergantines eran juguetes en manos de las olas. Y cómo hombres de la talla de Vasco Nuñez de Balboa, Fernando de Magallanes, Francis Drake, Charles Darwin o el capitán Fitzroy, temblaban en sus aguas como asustadizos chiquillos.

No obstante el peligro que se cierne sobre ellos, ninguno de los tiroleses ni renanos se ha acobardado. Se saben herederos del inmortal Andrés Höfer de Passeyer. Aquel fogoso guerrero que secundado por Specbacher y otros valientes ocuparon una notable posición a orillas del Isel, en su guerra por su libertad. El poder nada podía contra la superioridad de la táctica y la preponderancia de la artillería. Toda resistencia de pronto se hizo inútil. Acosado de puesto en puesto, de roca en roca, Höfer se vio de pronto abandonado de todos sus partidarios. Despidió a algunos amigos fieles que aún combatían con él, citándolos para una época más feliz. Su cabeza había sido puesta a precio. Se había retirado a una cabaña de Passeyerthal; un traidor lo entregó a los soldados encargados de su captura. Lo condujeron a Bolzano, luego a Mantua, y Napoleón no tuvo la generosidad de perdonarlo. Aunque el Consejo de Guerra encargado de juzgarle no se había pronunciado, una orden llegada de Milán ordenó su ejecución inmediata. Su muerte determinó que, en 1814, el territorio se incorporara a Viena. Coraje no les falta a estos aventureros que están decididos a no flaquear. Anna Katehrine Egg, dice en su carta: “Durante el Pentecostés estábamos a cinco líneas del cabo de Hornos. La nostalgia del Pentecostés nos causó cierto dolor. En lugar de escuchar el doblar de campanas y fuegos artificiales, estaba el ruido del mar. En lugar de la banda de música, el grito continuo de los niños. En lugar de la falda blanca, de la corona de las jóvenes y de la ciruela sobre el sombrero de los jóvenes, sólo había insectos y un hambre enorme, pues no habíamos comido la  víspera…”

Han pasado los años y esa negra roca que constituye el Cabo de Hornos sigue manteniendo su firme posición en el fin del mundo. Han pasado los siglos y el moderno navegante se encuentra con el mismo infierno de antaño. El escenario es el mismo. Pero los protagonistas del drama -no nos engañemos- se enfrentan a la naturaleza en unas condiciones mucho menos ventajosas porque nunca han navegado. Jamás habían experimentado semejante prueba. Con el mar en este estado de crispación es fácil imaginar cómo sufrían los viejos barcos, cómo sus velas se hinchaban hasta reventar y cómo los gavieros se destripaban contra la cubierta o desaparecían para siempre entre las nubes de espuma de las olas. El miedo sigue viviendo aquí, en los 55 grados 59′ de latitud S. y 67 grados 12′ de longitud O. del meridiano de Greenwich. Si observamos el globo y seguimos la línea de los paralelos, lo encontramos 1.300 millas marinas más al sur que el Cabo de Buena Esperanza, el extremo sur de África, y a 600 millas bajo la latitud de la Isla Stewart, de Nueva Zelanda. Justo en mitad de la nada. Ni siquiera en un día soleado es fácil visitar Isla de Hornos, la más austral de las islas Hermite. El suelo de la playa está sembrado de grandes y redondeadas piedras, cubiertas de musgo y algas, y el viento golpea de norte y este. Las olas parecen esperar agazapadas algún descuido del viajero para robarle el alma. En ese lugar se levanta un monumento a los marinos desaparecidos, en el que está escrito un poema de Sara Vial:

«Soy el albatros que te espera en el fin del mundo,

soy el alma olvidada de los marinos muertos

que cruzaron el Cabo de Hornos desde todos los mares de la tierra;

pero ellos no murieron en las furiosas olas;

hoy velan en mis alas hacia la eternidad,

en la última grieta de los vientos antárticos».

Al salir de Cabo de Hornos hacia Ushuaia la ciudad más austral del mundo, el tiempo enloquece, el viento supera los 40 nudos, las olas se levantan por encima de los tres metros y llueve aguanieve. A la altura de la bahía de Nassau la velocidad del viento ha descendido a 30 nudos, y las olas tienen un metro de altura. En el canal de Beagle el viento sopla a 15 nudos y las aguas están llanas. La enrevesada red de canales de la Tierra del Fuego logra domar el mar.

En 1616, cuando el dominio marítimo español había descendido, un capitán holandés al filo de la cincuentena llamado Willem Cornelis Schouten navegaba por aguas vírgenes de los mares del sur. Le acompañaban a bordo del Unity un puñado de hombres jóvenes, cubiertos con capotes de cuero engrasados con sebo de león marino y pesados chaquetones de lana tejidos a mano; buscaban una nueva derrota por el Pacífico para eludir las restricciones en las Indias Orientales. Era verano, la corta noche del 29 de enero, cuando Schouten escribió en su diario: «Encontramos olas muy grandes e hinchadas, procedentes del sudoeste. El agua era también de color azulino por lo que juzgamos que a mano derecha, al sudoeste de nosotros, había un mar grande y profundo, presumiendo sin duda de que era el gran mar del Sur y que habíamos descubierto un paso, que hasta entonces había sido desconocido y oculto… En este lugar soportamos gran cantidad de lluvia, tormentas de granizo y un viento de tal forma variable que frecuentemente teníamos que dar la vuelta y navegar aquí y allá según las circunstancias, pues aunque era pleno verano se sucedían grandes fríos y grandes tempestades del sudoeste… Le llamaremos al cabo Horn, en nombre de nuestra buena ciudad de Hoorn». Schouten fue el primero en domar Hornos. Tras él, miles. Y cuentan que todos ellos tienen derecho a tres cosas negadas al resto de mortales: orinar al viento, permanecer cubiertos en presencia de un rey y colgarse un aro de la oreja. Viejas leyendas que ocultan los verdaderos dramas del mar. Como que los viejos marinos, manirrotos, derrochadores y pendencieros cuando pisaban tierra, tenían que colgarse aros de oro de las orejas como inversión. Sólo así tenían la seguridad de que siempre les quedaría algo con que pagarse un entierro digno si morían en una reyerta.

CONTINUA…

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