LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Sexta parte)

SE ENFRENTAN A OTRA HORRENDA TORMENTA

la conquista del Pozuzo 9

El 29 de junio, la ronca voz del trueno retumba ahora sobre el hervor del oleaje. Ha empezado a llover torrencialmente y el intenso frío austral se hace cada vez más insoportable. Las acongojadas madres de los niños enfermos tratan de recoger la lluvia en baldes y cacerolas, pero el barco sacudido por las olas da tales tumbos que casi no pueden mantenerse en píe. Al ver el aumento de la negrura de la noche con la rugiente tempestad, el capitán ordena que todos, menos los marineros, se retiren bajo cubierta.

Entretanto, los tres abnegados sacerdotes y el médico, premunidos de fuertes capotes marineros, alientan a los pasajeros que basados en la primera aterradora experiencia se han preparado debidamente. Están débiles, indudablemente, pero el espíritu enhiesto que los anima los ha hecho acondicionarse debidamente para la lucha que se aproxima.

Amarrados a la borda y de banda a banda del alcázar, hay treinta baúles con las ropas y pertenencias de los colonos; veinte sacos de papas medio podridas y treinta cestas de verduras mustias. Desde que el NORTHON saliera del puerto, éste ha sido el fundamental alimento de los viajeros. Doce niños tienen el cuerpo cubierto de una purulenta erupción cutánea. A uno de ellos, de quince meses de nacido, lo abrasa desde hace varios días una fiebre mortal de cuarenta grados. A otro de seis meses le es imposible abrir los ojos por habérsele ulcerado los párpados. Un niño de dos años no puede pasar bocado a causa de la increíble hinchazón de sus labios y garganta. El médico de la expedición, joven y sin mucha experiencia, se desvive por aliviar tantos males. La lucha es desigual.

Un viento salvaje de 40 millas por hora arremete contra el NORTHON. Su fuerza es tal que hace desprender la vela cangreja del palo de mesana estrellándose contra la cabeza del joven tirolés, Johan. El impacto ha sido tan salvaje que lo ha tirado muerto con una flor de sangre abierta en la cabeza. Los gritos se centuplican pero ya no hay nada que hacer. Otros jóvenes lo recogen y lo llevan a la caseta superior. Los jirones de la lona rota restallan como gigantescos látigos azotando la cubierta. Hay que tener cerradas las escotillas porque las olas barren continuamente la cubierta.

Los vaivenes violentos y pendulares de las lámparas iluminan intermitentemente la oscuridad de cubierta. El ruido que produce el viento al pasar por los aparejos parecen el estrépito de una gigantesca máquina infernal en tanto el golpe de las olas sobre el lado de barlovento de la proa, hace gemir el maderamen del castillo. El angustiado crujido de las mamparas, vigas y puntales producidos por la presión que sufre el barco, ahoga los gritos de terror de los niños alemanes. Por las bitas del castillo de proa entran trombas de agua corriendo por el piso de popa desapareciendo en la cala mayor.

En la estrecha bodega del NORTHON, hacinados en espacios mínimos, hay 303 personas. Deyecciones, sudor, vómitos, niños a los que no se les ha podido mudar de ropa, hacen el aire casi irrespirable. Pero nadie se atreve a abrir la lumbrera por la cual, aún manteniéndola cerrada, entra el agua de mar, remojando todo lo que encuentra a su paso. En estrechas literas que semejan cajones de tiendas de abarrotes, dispuestos en doble fila y de banda a banda, yacen inmóviles, niños muy enfermos, asidos de sus madres.

La lluvia y la espuma barren constantemente la cubierta. El timonel está gobernando a ciegas guiado tan sólo por el cabeceo de las olas. El capitán que no ha pegado los ojos en más de cincuenta horas permanece al lado del timonel guiándolo, alentándolo.

Las horas transcurren tétricas, monstruosas, amenazantes.

Poco después del amanecer el NORTHON enfrenta otra gigantesca ola que lo embiste por la popa. Toneladas de agua salada caen sobre la cubierta hundiendo el barco un metro en las profundidades del mar helado. Abajo, en la bodega, la tremenda presión de la mole de agua hace reinar aterradora quietud. Hasta los niños, mudos de espanto, cesan de llorar, el capitán coge con sus manazas tachonadas de callos las ruedas del timón y lucha a brazo partido en tiempos que semejan eternidades. La envejecida tablazón del NORTHON cruje como quejándose, más al fin, el buque se libra de las toneladas de agua que lo agobian.

En esta clase de galernas el barco debe huir rápidamente. Debe desplegar todas las velas de que disponga para alejarse de la costa amenazante aunque sea en contra del propio viento que tiende a empujarlo hacia tierra y luchar en plena mar contra los elementos.

La inundación es ahora inminente. La bomba de mano, sacrificada por el supremo esfuerzo al que se le ha sometido, revienta en mil pedazos; los hombres provistos de baldes acometen la empresa de achicar la bodega. Hay que bajar y subir los baldes por el tragaluz; dos hombres, amarrados fuertemente al palo mayor, aprovechan el respiro entre ola y ola para abrir y volver a cerrarlo. Desde hace horas, todas las aterrorizadas mujeres, están rezando en común; sus voces angustiadas casi gritan las plegarias.

El NORTHON continúa sosteniéndose heroicamente después de haber sorteado una gran sucesión de olas. Lo furia del oleaje ha hecho desaparecer muchos de los treinta baúles que estaban amarrados en cubierta, entre el palo mayor y el de mesana. El implacable mar se ha llevado también algunos sacos de papas y cestas de verduras.

Es admirable cómo, en este sombrío y salvaje tiempo, los hombres luchan por sus vidas y las de sus hijos y mujeres guiados por un supremo valor que el reverendo Egg les ha imbuido, resistiendo hasta el límite de lo humano.

Las horas transcurren horriblemente.

El anticuado y cansado barco está haciendo agua por debajo de la línea de flotación. A pesar de las cuadrillas de hombres que achican el agua en baldes, el mar va ganando notable terreno dentro del buque. En la bodega, hombres, mujeres y niños, aprietan con sus cuerpos las mantas y ropa de cama, para evitar que el agua se filtre por las rendijas.

Lo único que se ha comido a bordo en estos últimos días ha sido pan duro remojado en agua de mar. Los pobres niños, consumidos por la fiebre inhumana, no han podido probar alimento. El agua de los pañoles, mezclada con toda clase de detritus, es absolutamente impotable.

CINCO MÁRTIRES MÁS SEPULTADOS EN ALTA MAR

Después de interminables horas de heroica resistencia el temporal ha comenzado a amainar desvaneciéndose poco a poco la cortina de lluvia. Recién se deja ver el borroso confín del horizonte. Con ollas y cacerolas, ya más tranquilas, las mujeres ayudan a desaguar la bodega. Mantas y ropas desempeñan el oficio de esponjas. En pocas horas, la bodega está completamente seca, y permite calafatearse las junturas con trapos embreados.

Cuando el barco ha cesado en su agresivo balanceo y la tranquilidad se ha aposentado en cubierta; por la puerta de la bodega han aparecido, silenciosas y adoloridas, cuatro madres, viva imagen de la tragedia que los expedicionarios hacen suya; en sus brazos llevan sendos despojos de los niños que han muerto durante la tormenta. Sus cuerpecitos débiles y enfermos, no han podido soportar el enorme suplicio de las pasadas horas. Inertes e inmóviles, ya no llegarán a su destino. En ese momento, también, cuatro mocetones de la expedición, han sacado en vilo, el joven cuerpo de Johan, el muchacho tirolés que ha muerto durante la tormenta: el palo de mesana de un chicotazo tremendo le ha abierto el cráneo. Helga, la novia, una niña de dieciséis años, llora inconsolable, sin llegar a comprender la magnitud de la tragedia. Iban a Pozuzo a formar un hogar. Ellos el uno para el otro, iban esperanzados, y ahora, él está ahí, frío, inmóvil, ausente, definitivamente ausente.

Durante todo el día han velado los cadáveres previamente cubiertos de lona. Mudos y cavilosos, hombres y mujeres, han permanecido callados. Hasta los niños han estado en silencio. Todos suponían que la prueba tendría que ser dura, pero nadie imaginó que llegase a tanto.

Al promediar la tarde, cuando un débil resplandor en occidente hace presagiar el ocaso en el cielo de plomo; el capitán, presidiendo la marinería, los sacerdotes con sus estolas encarnadas y hombres, mujeres y niños alemanes en respetuoso silencio rodean los cadáveres. Sobre la borda de estribor se ha preparado una planchada en donde se colocarán los cuerpos para ser sepultados en el mar. Terminados los rezos y con la campana de a bordo doblando dolorosamente, comenzando por los niños, los despojos han sido arrojados al mar, uno tras otro. Cuando se hizo caer el cuerpo del joven tirolés, su novia Helga, anegada en llanto y sosteniéndose a duras penas, arrojó a las aguas del mar, el sombrero de su amado. Un coro dolorido y sollozante, en sordina, entonaba la canción tirolesa del adiós.

EL ARRIBO AL CALLAO

Grande fue la alegría que experimentaron estos mártires de la aventura cuando la madrugada del 26 de julio de 1857, la campana de a bordo repicaba bulliciosa  anunciando la llegada a destino.

– ¡¡¡El Callao…!!!… ¡¡¡El Perú!!!… ¡¡¡Hemos llegado…!!!

Hombres, mujeres y niños miraban tierra peruana y profundamente emocionados se estrechaban en expresivos abrazos. La alegría había hecho presa de todos. Aquella mañana, el capitán del barco escribía en el Cuaderno de Bitácora: «Hemos llegado a destino después de cuatro meses exactos de navegación. En la travesía han muerto cinco niños y dos adultos. De 304 que salieron, han llegado 297. Es verdaderamente admirable cómo, estos campesinos alemanes, han sobrellevado con valor la dura prueba de la larga travesía. Cualquiera hubiera perdido la fe en estos embates; pero ellos se mantuvieron firmes y serenos en todo momento. Nunca -lo confieso- he visto tanta fe y tanto valor juntos. Creo firmemente que toda la tierra que puedan conquistar en esta su patria adoptiva, será muy poca. Ellos se merecen toda la más grande buenaventura. Me es imperativo mencionar que el artífice de todo este valor,  temple y entrega colectiva, es el reverendo Joseph Egg; un padre, un caudillo, un hermano; un verdadero santo. Yo lo he visto sacrificarse hasta el martirio por los fieles que conduce. Nunca le oí una queja, ni un reproche. Fue siempre primero en el sacrificio y en el trabajo. En estos cuatro meses de navegación, he conocido a un santo, a un verdadero santo. ¡Qué Dios le bendiga!». Callao 26 de julio de 1857.

Cuando el barco hubo atracado en la rada del Callao recibió la visita de inspección correspondiente. Cuál sería el aspecto del barco a los ojos de los sanitarios que por expresa disposición de la Capitanía del Puerto fue remitido de inmediato a la isla de San Lorenzo para cumplir cuatro días de observación. Como indeseables apestados fueron depositados en los arenales de la isla.

En una carta dirigida por el padre Joseph Egg al diario “Tiroler Schützer Zeitung” el 7 de setiembre de 1857, describiendo su llegada al Perú, dice: “Fueron 113 días de viaje, desde el 30 de marzo hasta el 21 de julio, en los que, fatalmente murieron dos adultos y cinco niños; pero en ese mismo lapso nacieron tres niños. Debido a una cuarentena forzosa fuimos enviados a la isla San Lorenzo y, el 26 de julio, navegamos hasta Huacho sin tocar nuevamente el Callao”. En la carta también refiere que solamente él, de todos los colonos, en compañía del barón Scultz, visitó la ciudad de Lima en donde fue nombrado Párroco y Padre Espiritual de la nueva colonia. Al padre Joseph Uberlinger se le nombró Vice – Párroco o Cooperador.

Anna Katherine Egg, al respecto dice en su carta: “Llegamos al Callao, sano y salvos. Vimos que había muchos barcos. El capitán y el señor Úberlinger desembarcaron. El barón Scultz ya había llegado. Un barco con un médico y un policía se dirigió a nosotros. Nos dijeron que teníamos que salir del puerto e ir a la isla San Lorenzo debido a la fiebre amarilla. Las reglas eran estrictas y al principio debíamos quedarnos 36 días en cuarentena pero nuestro capitán negoció tres días. Nos llevaron a esta isla donde teníamos la orden de quedarnos 12 horas. Todos debían lavarse. Los niños encontraron lindas conchitas, los adultos encontraron pesadas balas de cañón, restos de la última revolución. A la entrada de la isla hay un faro que nos llamó la atención”.

Cumplida la cuarentena, el 30 de julio de 1857, embarcaron en San Lorenzo en el INCA con rumbo a Huacho –pequeño puerto a 120 kilómetros al norte del Callao- donde llegaron tras dos días de viaje. El Barón Cosme Damián manifestó que tenía razones justificadas para desembarcar en Huacho y no en el Callao. Sabía que había comerciantes y negociantes alemanes residentes en Lima que querían emplearlos en sus negocios y empresas sin importarles para nada el plan de colonización que traían. Ello habría significado un desbande general. Tenía el interés indesmayable de realizar la colonización y desarrollo de nuestra selva para que el Mayro se convirtiera en un importante puerto fluvial del Perú con salida  al Amazonas y, por ende, al Océano Atlántico.

Durante su permanencia en Huacho, el padre Joseph Uberlinger realizó tres matrimonios con permiso arzobispal de Lima. Con el entusiasmo al tope los colonos se prepararon para el largo cruce de los Andes. Sus escasas pertenencias salvadas del mar, especialmente los inmensos y coloridos baúles de madera por los cuales tenían especial preferencia y cuidado, fueron vendidos con mucho pesar. En ellos traían grandes recuerdos y tenían un enorme valor espiritual. Lo necesario que tenían que transportar fueron adecuados en 400 mulas. Las mujeres y niños irían sobre acémilas pero los hombres, a pie, haciendo recorridos diarios de 3 a 4 leguas.

Partiendo de Huacho avanzaron 55 kilómetros hasta alcanzar Sayán, ubicado a 650 metros sobre el nivel del mar. Aquí quedó un grupo con el fin de cambiar las bestias de carga que mostraban agotamiento. De Sayán salieron a través de del valle de río Huaura hasta llegar a Chiuchín,  a ochenta kilómetros. En este lugar permanecieron dos días reponiéndose del viaje agotador y tratando de aclimatarse a la altura. Ya estaban a 2,700 m.s.n.m. por lo que tuvieron que volver a cambiar de bestias. Después del ligero descanso avanzaron hasta la hacienda Quisque donde se les brindó alojamiento y ayuda. Desde la hacienda Quisque, los colonos largaron el último tramo de la ruta de 85 kilómetros hasta arribar a la ciudad más alta del mundo, el Cerro de Pasco.

El viaje no fue de ninguna manera placentero. La tensión anímica estaba enervada por las privaciones sin fin, la rigurosidad del clima, las limitaciones alimenticias y otros múltiples factores. Muchos achacaron el naciente fracaso de la expedición a la pésima organización de Damián Schultz; otros, los que lo apoyaban, afirmaron que no. Se produjo entonces una ostensible división que hizo peligrar la marcha. Los descontentos estaban comandados por el joven clérigo, Joseph Uberlinger, mientras que los incondicionales por el maduro, Joseph Egg. En el trayecto los enfrentamientos entre ambos grupos fueron muy abiertos y peligrosos. Para nada logró calmarlos la muerte de un inmigrante de 65 años que cansado y maltrecho había sido fulminado por el mal de altura, ni la de un bebé recién nacido por pulmonía fulminante. Las desgracias aumentaron el distanciamiento entre los colonos.

CONTINÚA….

 

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