LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Séptima parte)

LOS HEROICOS COLONOS LLEGAN AL CERRO DE PASCO

la conquista del Pozuzo 10Promediaba el ventoso mes de agosto cuando con el reverendo Joseph Egg a la cabeza la caravana de prusianos y tiroleses entró en la vieja y legendaria ciudad minera. El aire terriblemente frío de aquella tarde se hizo insoportable para los visitantes. Las instituciones establecidas allí, muchas de ellas formadas por inmigrantes extranjeros, adoptaron medidas oportunas para ayudarlos. Italianos, franceses, ingleses, españoles, polacos, fundamentalmente austro húngaros vecinos del Tirol y Renania, los más solícitos. Las hermandades religiosas, hicieron lo propio acopiando alimentos, medicinas y ropas de abrigo para los viajeros. Según el contrato, el Prefecto debería haber organizado la recepción de estas gentes, pero inexplicablemente había desatendido órdenes expresas de Lima dejando abandonados a su suerte a los inmigrantes. El frío de la helada nocturna, la debilidad y el cansancio, la implacable altitud y la incomodidad del alojamiento que se improvisó, se palió con la generosa ayuda del pueblo cerreño. Sin embargo, aquí se presentaron más razones para aumentar la discordia alimentada por los austriacos que ya residían aquí abriéndose paso a través del comercio y la minería. Los austro-húngaros les dijeron que, debido a la inoperancia criminal del gobierno y la incapacidad de Schultz, era una triste suerte la que les esperaba en su incursión en la selva al otra lado de los Andes. Les invitaron a que se queden ofreciéndoles trabajo como operarios y ayudantes. Tras arduas discusiones llegaron a la conclusión de que un grupo liderado por el padre Uberlinger se quedaría en la ciudad minera. Otro, liderado por Joseph Egg, continuaría su marcha hacia el destino prefijado. Éstos eran en su mayoría, agricultores, hombres de campo a los que para nada les atraía el trabajo de las minas

Estaban embebidos en estas tareas cuando una noticia inquietante puso en zozobra al barón Schultz. El camino del Cerro de Pasco al Pozuzo no se había iniciado no obstante el compromiso formal que habían firmado los representantes del gobierno peruano. El barón no lo podía creer porque él mismo, el 26 de enero de 1857, había enviado una comunicación oficial desde Amberes en la que informaba que los colonos ya estaban listos para partir a su destino. Sabía también que el gobierno peruano a través de su Ministro de Hacienda, había impartido órdenes terminantes al prefecto Bernardo Bermúdez hiciera entrega de mil pesos a Seferino De La Puente, para que efectúen los sembríos preliminares necesarios en Pozuzo.

Existía otra comunicación gubernamental de fecha  23 de mayo de 1857 en la que se daba  cuenta de la inversión de 900 pesos a fin de que se destine todo lo necesario para que los colonos al llegar no carecieran de nada. Así las cosas el barón trató de entrevistarse con el general Ramón Castilla pero éste se encontraba en el sur tratando de sofocar una rebelión en su contra. En su reemplazo lo recibió el Ministro de Gobierno y Policía, general La Mar quien le manifestó terminantemente: “¡¡¡La totalidad del dinero destinado a la construcción del camino ya fue enviado al prefecto en el Cerro de Pasco. Él tiene cuenta de este dinero!!!”. Al barón no le quedó otra solución que viajar allá.  Indignado, se entrevistó con el prefecto.

– Señor Prefecto: Teníamos la seguridad que, en cumplimiento del contrato que tenemos firmado, nos alojarían debidamente en esta ciudad; pero con mucha indignación hemos comprobado que no ha sido así. La indiferencia de parte de las autoridades de Lima ha sido muy deprimente y atentatoria contra la salud de los viajeros. Sólo los habitantes de esta ciudad nos han auxiliado; de no ser así, muchos, especialmente niños, habrían muerto.

– ¡Calma!. ¡Calma, señor Conde!. Hago de su conocimiento que, ante el peligro que corría el gobierno peruano, nos hemos visto obligados a invertir los fondos destinados a la colonización, en la compra de armamentos necesarios para la defensa de la institución tutelar de la patria.

– Pero…

– ¡¡¡El estado peruano, está primero!!!…

– ¡¡Hay un contrato firmado por el Presidente de la República… !!

– Personalmente don Ramón Castilla está debelando la insurrección en el sur…

– Pero, entonces… ¿Qué va a ser de los colonos que han venido de tan lejos?

– Trataremos de ayudarlos en lo posible, señor barón… Trataremos de ayudarlos.

Pero la ayuda no llegó o fue escasísima y ridícula. Inclusive el dinero destinado a la construcción del camino al Pozuzo, se había esfumado. No había camino, ni semillas, ni animales, ni alimentos, ni nada. Esta fue la más dura noticia que conmocionó al reverendo Joseph Egg y a los heroicos braceros alemanes. La amarga nueva se difundió entre los colonos originando el desánimo inmediato. Un periódico cerreño que cubría las peripecias, informaba así aquel incidente: “El prefecto de Junín,  Juan José Salcedo, quien había recibido y despilfarrado los dineros destinados al Pozuzo, tratando de disimular la desgraciada actitud, exageró la amabilidad con los colonos, prometiéndolos ayudar debidamente en el futuro. Para hacer más inolvidable aquel momento, dispuso la acuñación de monedas de plata en homenaje a la inmigración. Muchos colonos, completamente conmovidos y en abierto gesto de gratitud llegaron a besar la manos del prefecto. El barón que contemplaba el momento se indignó al ver que como sirvientes besaban la mano del que debió darles el apoyo que estaba truncando la empresa y ordenó que culminara la ceremonia”. Mucho tuvo que trabajar el reverendo Joseph Egg para que el pánico no se apoderara de la totalidad de colonos. No obstante el celo patriarcal, veinte hombres se enrolaron en los trabajos de la ciudad, entre ellos el médico de la expedición, un carpintero y el relojero que había perdido a su esposa y a su hijo en la tormenta del África ecuatorial. Entre estos heroicos campesinos alemanes, fantasmal y silenciosa, sin aliento y sin ninguna esperanza, llevada como una autómata, iba Helga, la joven que había perdido a su novio en Alta Mar.

Otro periódico cerreño rememoraba así, tiempo después, el paso de la caravana de los heroicos alemanes: “En nuestra ciudad, algunos colonos desertaron y encontraron trabajo en los comercios de sus compatriotas. Dos de ellos contrajeron ventajosas nupcias con las hijas de dos mineros prominentes. Uno que otro determinó volver a Lima pero también se produjo tres defunciones de dos niños y un anciano. Los decididos a continuar viaje, continuaron rumbo a Acobamba donde terminaba el camino y, a partir de ahí, debían construir uno nuevo. Sin embargo por Huánuco se podía llegar a Pozuzo, pero el barón Cosme Damián tenía muchos temores porque era un camino  muy antiguo y abandonado. Temía también, con justa razón, que los hombres fueran inquietados por los hacendados de la zona para ser sus peones y no llegar a la meta. Resolvió entonces continuar el viaje el 25 de agosto, evitando así que los braceros más jóvenes se quedaran en el Cerro de Pasco. Como el nuevo camino prometido desde el Cerro de Pasco pasando por Sunic, Acobamba y Santa Cruz hasta Pozuzo, no estaba construido, llevó al primer grupo a la hacienda de la Quinua en el valle del río Huallaga y de ahí, siguiendo en dirección al valle, más al norte, hasta San Rafael. El barón quería evitar el atajo que pasa por Huánuco Panao y Muña, porque temía que acá continuaran las deserciones. De San Rafael subieron por Alcas a 3,700 metros s. n. m. para llegar a Maray y, de ahí, bajaron a Acobamba donde llegaron la primera semana de setiembre. Aquí tuvieron que construir un campamento de cabañas provisionales”.

 Finalmente, calmados los ánimos, partieron a ser dueños de las tierras que se les había prometido. Cargaron cuanto pudieron conseguir de los austriacos residentes y sus paisanos que quedaban en el Cerro. Después de un viaje de siete días llegaron a Chontabamba, un pueblo de indios, donde el camino deja de ser transitable para acémilas. Todos los víveres debían transportarse en bestias, a veces hasta una distancia de 20 leguas, produciéndose como consecuencia muchas irregularidades y retrasos por lo que permanecieron hasta tres semanas sin carne para sus alimentos.

LA ESTADÍA EN ACOBAMBA

Acobamba está situada en la Ceja de Montaña, aproximadamente a diez mil pies sobre el nivel del mar; región fría y húmeda donde crece solamente musgo y herpes, no habiendo en el bosque casi nada de vida animal. Esta región inhóspita no agradó nada a los colonizadores, especialmente a los tiroleses. Fue aquí done los marinos alemanes a los que se les había permitido integrar el grupo, provocaron una serie de altercados que originaron el caos moral que impidió el normal desarrollo de la marcha. Inconformes, setenta colonos se apartaron de la marcha para retornar a Lima. Por ellos, el gobierno tuvo las primeras noticias del fracaso de la planeada colonia. Días posteriores, el prefecto se presentó ante los colonos y les anunció que había sido nombrado administrador de la colonia ya que el barón tenía que presentarse ante el gobierno para dar cuenta de su administración y respuesta a muchas denuncias. En la mano portaba un memorial de denuncia firmado por los setenta colonos que se habían marchado, la acusación de los cinco marinos y, una muy grave acusación que un sastre alemán residente en el Cerro de Pasco, sosteniendo que el barón había vendido como a coolíes chinos una parte de los colonos al hacendado de Acobamba. Mucho tuvo que pelearse en aquel trance. Las autoridades no prestaron  oídos a la defensa de los colonos que amparaban al barón al que se le despojó de todos sus derechos que establecía el contrato firmado y que, en adelante, sólo tendría participación como persona privada. El barón, completamente desanimado, designó al padre Egg para que se pusiera al frente del grupo de viaje. Poco después, abandonaron la empresa otros 20 tiroleses más y sólo los esfuerzos diligentes del pastor Egg lograron mantener unido a los pocos que quedaban en espera de un futuro mejor.

Olvidados de los gobiernos, peruano y alemán, en Acobamba, tuvieron que trabajar como braceros en la hacienda de Ceferino de la Puente, para mantener a sus familias. Sembraron alimentos y con coraje digno de admiración enfrentaron todas las dificultades que se les presentó. Sin amilanarse en ningún momento se organizaron debidamente y, por su propia iniciativa tras dura lucha, lograron del gobierno peruano, la reparación del Camino de Acobamba a Pampa Hermosa, a un costo de 3,000.00 pesos. De este lugar, continuarían la construcción del camino por la antigua ruta hasta llegar a la confluencia de los ríos Delfín y Huancabamba, designado como el punto de colonización, entre Chorobamba y el Pozuzo. Gracias a la intercesión del Ministro La Mar, consiguieron también que el gobierno peruano cancelara las cuentas que le tenían pendiente al barón Cosme Damián así como el gasto de manutención de los colonos que quedaban en la expedición.

Temerosos de que los colonos siguieran desertando, las autoridades nacionales dispusieron que se establecieran a estribaciones de Pampa Hermosa, lejos de los pueblos aledaños. Sin ninguna consideración los concentraron en las faldas del cerro escarpado, allí donde comienza el suave declive de la selva. Este era un cuadro de dolorosa desolación dentro del majestuoso marco de la selva virgen. Ya le habían advertido al barón Cosme Damián que en aquellos lugares no quedaban ni vestigios del viejo camino: la vegetación lasciva e insaciable había cubierto con lianas y raíces todo aquel tramo añoso.

 COMIENZA  LA CONQUISTA DE LA SELVA

Desde tiempos muy remotos el valle del Pozuzo, estuvo habitado por indígenas amajes, nativos amueshas y yaneshas que dejaron una serie de vestigios líticos, restos de incipiente cerámica, armas y utensilios de piedra, encontrados en el Río Seco, carretera a Santa Rosa. (“Pozuzo” es palabra amuesha que significa, “Estanque o laguna de sal”. El nombre cristiano que le pusieron y así está asentado en Ocopa, es el de “Nuestra Señora de la Asunción de Yanahuanca”). Del tiempo de los incas quedan andenes y, en Toropampa, camino al caserío de Seso, hay un mirador antiguo. En plena colonia, fray Francisco de San José del Convento de Ocopa, llegado a Huánuco en 1711 con la misión de restablecer las conversiones de los Panatahuas, se dirigió a Pozuzo para evangelizar la zona. En 1730 época de gran florecimiento de estas conversiones, Pozuzo estuvo conformado por dos pueblos: Asunción de Pozuzo (164 nativos al cuidado del padre Francisco Honorio Matos) y Nuestra Señora del Carmen de Tillingo (100 nativos al cuidado pastoral del padre Francisco José Arévalo). Rebelado contra el poder español, en 1742, Juan Santos Atahualpa, dueño del Gran Pajonal, decide reconquistar el Imperio de los Incas con el apoyo de los  nativos. El Gobernador de la frontera de Huánuco con el respaldo del Padre Presidente de las conversiones de Huánuco, temerosos de que cayeran en poder del rebelde, ordenan el despoblamiento del Pozuzo, en 1753. Llevados al Pueblo de San Antonio de Cuchero, muchos nativos huyeron a los montes para luego volver a Pozuzo. El resto no tuvo buen fin. Muchos enfermaron porque no tenían qué comer, ni cocales qué comercializar; al poco tiempo murieron todos. Los Misioneros Franciscanos no tenían en mente aislarse totalmente de Pozuzo ni menos que el rebelde sometiera a los pocos nativos que se quedaron, por esa razón en el Pueblo de Santa Cruz de Muña fundaron un templo y así pudieron tener acceso y contacto rápido con Pozuzo. Todo estaba perdido. ¡¡Había que reabrir la ruta completamente!! Los hombres, necesitados de aliento, fijaron sus ojos en los penetrantes del reverendo Joseph Egg, que alto y delgado como un álamo, contemplaba también aquellas borrosas huellas por donde antes se dibujaba una senda. Sereno y noble, habló sentenciosamente: “Hemos decidido llegar, y llegaremos. Para ello, abriremos el camino con nuestras propias manos. Dios Todopoderoso nos guiará”.  Fue suficiente. El reverendo Egg comenzó el laboreo, y de inmediato, todos siguieron la tarea. La meta estaba lejanísima. El sol, los mosquitos, las enfermedades, los peñascales, los abismos, el río, las alimañas, los árboles, las lluvias, se interponían entre ellos y el destino final. Con una notable tenacidad inicial, y una voluntad a toda prueba, venciendo mil dificultades, y tras un tiempo considerable, avanzaron cuarenta y cinco kilómetros.

Mientras los hombres laboraban empeñosamente en la construcción del camino, las mujeres les daban el alcance llevándoles la alimentación: carnes, legumbres y frutos que habían hecho producir en Pampa Hermosa. Muchas de ellas –llegado el caso- dejaron de alimentarse para reforzar el alimento de los hombres. Los jóvenes más robustos también conformaban el grupo de laboreo que a brazo partido luchaban contra la naturaleza.

Largos meses estuvieron bregando en estos abruptos roquedales donde las lluvias llegaron en chubascos que fueron creciendo y nutriéndose hasta quedar convertidas en verdaderos diluvios. Distantes, a contraluz del crepúsculo, con colores calientes y suntuosos no obstante la humedad de las lluvias se destacaban las siluetas de los hombres que, pantalones andrajosos y torsos descubiertos, progresaban por las soledades agresivas.

LOS MUERTOS EN LA SELVA

Gracias a una determinación del reverendo Egg, seis familias se adelantaban unas leguas para sembrar y criar animales para alimentar a los braceros que abrían el camino hacia el Pozuzo. Era un verdadero milagro ¡¡Cómo crecía todo rápidamente!! La caña de azúcar brindaba su abundante jugo en seis meses; con él se hacía la chancaca y  huarapo. El maíz brindaba sus tiernas mazorcas en tres meses. El arroz, de un sabor y calidad extraordinarios, en seis meses. En un año, tenían gigantescas yucas, y en un año también, hermosos plátanos. ¡Las plantas crecían hermosas! Los panes cocidos con harina de maíz y yuca, amasados con abundantes huevos, eran sabrosísimos. Gran cantidad de gallinas, pavos, cerdos y patos, completaban el cuadro. Toda esta exuberante producción, significaban una bendición para quienes necesitaban de urgente y continuo apoyo. Sin embargo, llegadas las torrentosas lluvias, otra desgracia ensombreció la vida de los cruzados de la aventura.

Las seis familias que se habían aposentado en el recodo de un río para sembrar y criar animales a la espera de los braceros que abrían el camino, fueron sorprendidos a las nueve de aquella noche del 28 de febrero por una torrentosa y escalofriante avalancha de lodo y agua. El sordo sonido hizo temblar la tierra poniéndolos en alerta. De la parte alta de una estrechura, un gigantesco alud de miles de toneladas de barro se desplazaba arrastrándolo todo: agua, lodo, piedras, árboles. El cenagoso turbión envolvió en sus rabiosas entrañas, como si fueran débiles briznas, todo lo que hallaban a su paso. Posiblemente los árboles, ramas, piedras y lodo, caídos en la parte de arriba, habían represado el agua de tal manera que, convertida en una laguna artificial, por la abrumadora presión de su sobrecargado caudal, voló en mil pedazos originando una terrible torrentera que arrasó con plantas, animales y pertenencias de los colonos. Inclusive, sorprendidos por las aguas, ellos mismos fueron arrastrados río abajo. Los cuerpos iban dando tumbos entre el torbellino de barro, piedras y ramas, chocando contra los peñascos. En la oscuridad de la noche, era desesperante oír los gritos de las familias que entre ellas se buscaban unos a otros. Muchos salvaron a nado, cogiéndose después de ramas y arbustos de las orillas; no así la tirolesa Roesi Hormayer que, por un milagro inexplicable, fue arrastrada hasta un rincón en que no podía tocarse el fondo para posar los pies en la lucha por la supervivencia; prácticamente se hallaba flotando sobre las aguas agitadas. Con valor extraordinario se cogió fuertemente con la mano izquierda de un árbol que tocaba la superficie pero con raíces profundas que lo hacía resistente, con la otra mano, sostenía a su niño de poco tiempo de nacido. Era una lucha tremenda, sin tregua ni posibilidades de terminar. Las fuerzas estaban a punto de abandonarle pero rezando fervientemente y reuniendo todas sus energías, sobrellevaba la dura prueba. Felizmente, a manera de nido, la hojarasca con sus raíces había formado una plataforma donde colocó al niño que gritaba aterrorizado. La noche tan oscura impedía ver absolutamente nada; sólo el terrorífico rugido de la avenida lo cubría todo.  Cuando la lluvia estrepitosa y el torrente del río se fundían en la oscuridad de la noche los desgarrados gritos de las mujeres llamando a sus maridos y el de los hijos convocando a sus padres, era una taladrante sinfonía de lamentos. A Rocsi le parecía que el tiempo se había detenido pero, tiritando a extremos sobrehumanos, pudo ver que la luz filtrándose entre la hojarasca, le dejaba ver su realidad. Estaba salvada. Con la claridad del día volvieron a reunirse por milagro. ¡Era increíble! Lo habían perdido todo,  habían muerto seis personas, pero ellos estaban vivos.

Las tímidas luces aurorales del día siguiente, sorprendió a los hombres, con las miradas distantes y oscuras; torvos, silenciosos, inmóviles. Las mujeres, con los ojos inflamados por el llanto, sin haber dormido en toda la noche, extendían sus húmedas miradas hacia el infinito, sin alcanzar a comprender la magnitud de la tragedia. ¿Qué podían hacer? ¡Estaban tan lejos de la patria amada y el único camino que les quedaba, era el de la lucha!. ¡¡No podían claudicar!! ¡No podían dejarse vencer! Al promediar el mediodía y con el reverendo Egg a la cabeza, en respetuoso silencio, continuaron abriendo el camino al Pozuzo. Algunas familias aterrorizadas, abandonaron la empresa.

En su diario, Joseph Egg, escribía lacónicamente. “Ayer 28 de febrero de 1859, a las nueve de la noche se produjo una avalancha de lodo y piedras que arrasó con la mayoría de viviendas, causando la muerte de seis personas (tres adultos y tres niños). Han sido sepultados en el cementerio alemán”.

Don Agustín Egg, en su RESEÑA HISTÓRICA DEL VIAJE DE LOS COLONOS AL POZUZO, dice: “No obstante que el grupo de colonos pudo mantenerse penosamente aglutinado a los largo del año 1858 en el poblado de Pampa Hermosa, se recuerda estos tres acontecimientos históricos:

 PRIMERO.- El gobierno peruano destituyó al conde Damián Von Schültz Holhauzen como conductor y responsable del grupo de inmigrantes y le obligaron a devolver el dinero que había recibido para la compra de víveres, quedando el grupo a merced de de un gobierno criollo que no tenía la menos intención de cumplir el contrato suscrito el 6 de diciembre de 1855.

 SEGUNDO.- El grupo que aún quedaba de hombres y mujeres, se dividió en dos. Los primeros continuaron la construcción de la trocha o camino y, el segundo se abrió paso a través del bosque con dirección sur – este para alcanzar la divisoria de aguas del río Delfín, descendiendo por dicho valle; llegando así los primeros colonos, en mayo de 1858 al Pozuzo, estableciendo las primeras plantaciones.

 TERCERO.- El 28 de febrero de 1859,a las 9.pm., una avalancha de lodo y piedras arrasó todo el poblado de Santa Cruz pereciendo seis inmigrantes, entre ellas María Egg de siete años, hija de Gaspar Egg. “Poco a poco el grupo ve acercarse el día de la llegada al valle prometido, los catorce meses desde aquel mayo de 1858, fecha que señalan las crónicas que el grupo mayor se traslada del poblado de Santa Cruz al Pozuzo, se cierra un capítulo de nuestra historia y se abre uno nuevo que no tiene nada que envidiar a la espantosa travesía, el peregrinaje para cruzar los Andes, y la tragedia de Santa Cruz, el grupo quedó abandonado a sus propias fuerzas”.

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