LA CONQUISTA DEL POZUZO Inicios de colonización alemana en la selva pasqueña (Octava parte)

UNA MUERTE PIADOSA

la conquista del Pozuzo 11La llegada del florido mes de mayo, con la limpidez del cielo y los agradables calores del ambiente determinaron un febril laboreo de hombres y mujeres. Se sabían cercanos a la meta. El trabajo se redoblaba activamente. Sólo que entre este diligente grupo deambulaba la joven Helga, la novia solitaria, silenciosa, con el alma muerta, ya sin entusiasmo, como una autómata. Una tarde, ya cercana la noche, acompañada de hombres y mujeres avanzaba por la senda que se hacía cada vez más sombría; cansada por la caminata, se fue rezagando más y más. Sus compañeros sólo la llamaban urgiéndola a que caminara más rápido, hasta que rendidos, cada uno miró su propia y sola conveniencia. Llegados a destino, la esperaron; en vano. No llegó. Al día siguiente, premunidos de alimentos y bebidas calientes fueron a buscarla. Recorrieron la escabrosa senda por donde habían venido y en un recodo de difícil acceso, la encontraron tirada de espaldas, con los brazos abiertos en cruz, y con los inmensos ojos azules, fijos e inmóviles todavía abiertos, como expresando una interrogante cargada de misterios; sus brazos extendidos hizo pensar en una última plegaria, antes de su muerte.

A la vera de aquella senda estrecha y florecida, los hombres abrieron una fosa, las mujeres llorosas, cubriéndola con hermosas y blancas flores silvestres la vistieron de novia. Todos, traspasados de dolor, depositaron el cuerpo en la sepultura y la cubrieron de tierra. Pusieron una cruz, unos ramos de flores, y, siguieron avanzando. Ella, ni su novio, llegarían a la meta.

Para enero de 1858, el camino al Pozuzo había avanzado de tal manera que un pequeño destacamento pudo adelantar unas nueve leguas, pero con grandes dificultades y solamente a pie. En Santa Cruz -un miserable pueblo de indios- se realizó la otra pascana. Quedaban siete leguas o sea 21 millas inglesas de Santa Cruz a las riberas del Pozuzo. Pero cuanto más se alejaban de las tierras de cultivo y de las zonas habitadas, tanto más difícil resultaba la provisión de alimentos. La miseria y las privaciones aumentan enormemente. Incapaces de soportar tamaño inconveniente, cincuenta tiroleses palatinos renanos se separaron de la colonia y regresaron al Cerro de Pasco y a Lima, convirtiéndose en una carga para el gobierno y sus paisanos alemanes. Un grupo de mayor energía había partido por malos senderos en la sierra y por grandes desvíos al Pozuzo, para ver con sus propios ojos el valle que el gobierno peruano había elegido para su colonización y convencerse personalmente de las ventajas y desventajas que les esperaba después de tanto sufrimiento. Todos quedaron encantados de la belleza de la zona de su fertilidad y abundancia de tierras y regresaron a Santa Cruz con descripciones tan maravillosas sobre la belleza del valle, que les recordaba vivamente a los valles de su patria, por lo que inmediatamente 15 tiroleses (entre ellos una familia de 10 personas) emprendieron el viaje a Pozuzo para salir finalmente de situación desagradable y poder llevar una existencia más cómoda. Alivió su caminata el hecho de que existía ya un antiguo sendero hecho por los indios del pueblo de Huánuco al Pozuzo donde probablemente hubo una pequeña plantación de coca 120 años antes.

Durante los meses de mayo y junio, continuaron sin reposo. Pasaron por estrechas gargantas; rodearon roquedales, treparon por agrestes elevaciones, caminaron por zonas altas y, al finalizar el mes de junio, superaron un bosque espeso y asfixiante. Al salir de la fronda, divisaron una quebrada estrecha y profunda por donde discurría el torrente salvaje del Pozuzo, cuyas ondas reverberantes y amarillas, se dejaban ver de trecho en trecho. ¡Estaban ya muy cerca del término de la empresa!

A través de toda la senda encontraron blancos cálices de azafranes, piedras brillantes que presentaban hermosas vetas de caprichosos dibujos, la vegetación cada vez más exuberante, los colores siempre hermosos de exóticas flores que adornaban el paisaje. Todo esto emocionaba a los colonos y los empujaba a seguir adelante, raudos y seguros, como si la naturaleza les hubiera inyectado la eterna savia de su existencia. Cruzaron decididos muchos arroyos cuyas aguas desembocaban en el Pozuzo. Este río con muchas curvas y meandros se engrosaba a ratos a medida que los germanos se iban metiendo cada vez más y más en la estrecha garganta.

Durante muchos días avanzaron por aquella senda hasta que llegaron a una angosta cortada por donde, sin embargo, era el lugar más adecuado para pasar el río y llegar a la tierra prometida. Levantaron un armazón de árboles jóvenes y resistentes, tejieron vigorosas sogas con las lianas y, dos árboles gigantescos fueron derribados para servir de puente. Los hombres más jóvenes y fuertes cruzaron a la otra orilla donde aseguraron los troncos; clavaron estacas, los fijaron con piedras y barro, y el puente estaba listo.

¡Qué emoción en aquel momento!

Para darles confianza y ejemplo el primero en cruzar aquel puente fue el reverendo Egg. Al llegar a la otra orilla, un grito de triunfo emocionado y tierno, brotó de todas las gargantas. Las otras personas cruzaron con mucho cuidado por aquel histórico puente; los padres, conduciendo a sus esposas e hijos, demoraron algunas horas en efectuar la travesía. Debajo, tronante, el Pozuzo era rugiente testigo de la odisea.

Al promediarse el mediodía, todos estaban en la tierra conquistada ¡Su tierra!

“En el tiempo transcurrido desde la salida de Amberes (marzo de 1857) hasta el arribo a Pozuzo (julio de 1859) fallecieron 35 de los 304 emigrante, unos 120 abandonaron el grupo y nacieron unos quince bebés. Según el padre Egg, en marzo de 1859 el grupo lo formaban 165 personas, balance final de la empresa”.

De los 304 tiroleses y prusianos que habían partido después de dos años y cuatro meses de martirio sólo 150 llegaron a destino. Muchos de los niños que enternecían la escena, eran ya peruanos, con invencible sangre teutona en las venas.

¡¡Abrazos y alegría!!… ¡Recuerdos y emociones!! Aquel mediodía, como no había ocurrido antes, vieron los ojos azules de Joseph Egg anegados de cristalina emoción. ¡Lloraba! ¡Lloraba como un niño, y con palabras entrecortadas de rodillas sobre la tierra que supo conquistar rezaba dando gracias a Dios que les hubiera hecho llegar con bien.

¡¡Habían llegado a su destino…!!

la conquista del Pozuzo 12
Hermosa fotografía en el que se aprecia el histórico puente sobre el tronante río Pozuzo construido por los heroicos hombres y mujeres que iban a tomar posesión de las tierras que habían conquistado sobre la base de un sacrificio. La placa fue publicada en uno de los primeros números de la revista VARIEDADES.

 

 

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