Los apodos en el Cerro de Pasco (Primera parte)

apodos de PascoHemos querido ilustrar los apodos que hubo en nuestra ciudad con los acertados  apuntes de nuestro inolvidable artista, Dionisio Casquero Caso, “Dioni” que en las páginas de EL MINERO nos fue dejando una serie de acertadas caricaturas que son, a su manera, apodos gráficos de nuestros más queridos ciudadanos cerreños.

Este notable artista cuyo diseño revela su autocaricatura, fue no sólo atinado caricaturista sino también notable compositor y destacado bohemio. Recordamos aquellas noches amenas e imborrables con su parla emotiva cargada de reminiscencias en la cantina del señor La Madrid ubicada en la Esperanza. Nuestro agradecimiento por lo tanto que hizo por nuestra tierra.

Es costumbre en todos los pueblos del mundo resaltar las características más saltantes de los miembros de su comunidad por algo más que por sus legítimos nombres de pila. Para ello utilizan  sobrenombres o apodos que no son sino denominaciones que denotan burla, malicia, antipatía, envidia o maledicencia; a veces también, admiración, temor o simpatía pero, en todo caso, son muestras del agudo ingenio del que los pone.

El apodo tiene como sinónimos: sobrenombre, malcomer, remoquete, mal nombre, mote o la criolla “chapa”. Es infaltable entre la gente del hampa que lo utiliza como alias para ocultar el verdadero nombre, y  sirve en todo caso, como una identificación precisa sobre lo que el grupo siente hacia la persona apodada.

El diccionario de la lengua castellana lo define así: “El apodo es el nombre que suele darse a una persona tomando  sus defectos corporales o morales o de alguna otra circunstancia// (2) Chiste o dicho gracioso con que se califica a una persona o cosa, sirviéndose ordinariamente de una ingeniosa comparación”.

Es utilizado generalmente para motejar a los políticos, artistas, futbolistas, toreros, etc. Es más grande cuanto más crecida es la popularidad del apodado: “La pulga”, Lionel Messi; “El Ruiseñor de París” Edit Piaf; “El Pasmo de Triana”, (Juan Belmonte); “El Pecas”, Miguel Dávila Ramos; “Mono blanco” Hart; “El maestrito”, (Nolberto Solano); “Pelé”, Edson Arantes Do Nascimento; “El Loco”, Juan Vargas; “La Zurda de Oro” Cecilia Tait; “La Señito”, Gisela Valcárcel.

El origen del apodo es, indudablemente, creación individual  que pronto se hace colectivo y si ha tenido la precisión de una fotografía, se graba con letras de fuego en la memoria colectiva.

En el Cerro de Pasco, nuestra cambiante ciudad por sus límites pequeños, las clases sociales estaban claramente definidas y todos –los de arriba y los de abajo- se conocían precisamente  por sus apodos. Si bien algunas personas tomaban el sobrenombre con espíritu deportivo y amplio sentido del humor, otros lo recibían como una ofensa imperdonable que  había que castigar.

Los apodos más frecuentes son los que se complacían en señalar  los defectos físicos más saltantes, eran: gordo (chancho), flaco (agra), alto, (longo); bajo, (Chato); jorobado (Curco); labio leporino (Wisha); Cojo (Wegro); etc. En nuestra ciudad los remoquetes más notables que permanecieron retratando a sus propietarios fueron: “Liclish” Ráez, “Ciego” Urbina, “Ñahuirón” Malpartida, “Muerto” Pajuelo; “Frivor” Frías; “Chivillo” Frías; “Piñachuncho” Bustamante; “Capachón” Minaya; “Tablacasaca” Remuzgo; “Cullubotas” Rojas; “Anchico” Rojas; “Shilaco” Llanos; “Maratón” Llanos; “Trapito” Rodríguez; “Cocoliche” Ramón;  “Estimao” Lozano, “Sapo Parao” Tello Véliz,  “Teterón” Tello; “Pabilo” Arias; “Trompito” Llanos, “Sacha” Guerra, “Picucho” Salas, “Perico” Cárdenas, “Wisky” Lactayo, “Chunchulín” Pérez; “Mecapo” Paitán; “Llamacunca” Jurado; “Calaver” Díaz; “Chacalhua” Farge, “Chacalhua” Ramírez, “Mishino” Cervantes, “Chinchino” Robles, “Cuyuyinti” Galarza, “Cabito” Benavides, “Alejandro” Rodríguez, “Traca” Espinoza; “Malaco” Yupari, “Pico” Romero, “Samuray” González, “Rogromanca” Mendoza, “Patas a la  Oreja”, “Huevo” Lavado, “Cholo” Llanos, “Chancho” Torrecilla, “Gato” Porras, “Sogpe” Palomino, “Matango” Ordóñez, “Charol” Gamonal; “Tuto” Picón; “Loco” Pajuelo,  “Ruco” Castro, “Capón” Ramos,   “Chalwa” Meza, “Pecas” Dávila…

Los artistas en poner apodos -entre otros- fueron principalmente Capachón Minaya y Ramiro Ráez. Usaban los “Bandos” y “Mensajes” carnavalescos para poner en vigencia su ingenio. Don Ramiro, además tenía en el “Hipo”, festivo periódico de su dirección, un efectivo medio para poner en vigencia los apodos que en casi todos los casos acompañaron a sus poseedores hasta la muerte. Igual cosa diremos del CAPACHON. Su nombre era Alberto Minaya Rolando, pero nadie lo conocía por tal; en todos los confines de la tierra minera se le nombraba CAPACHON.

A veces, los apodos sirven para que la colectividad ejerza su venganza contra hombres o mujeres que por su talento concitan envidia; el apodo es el más común medio de venganza. Por ejemplo, en el Cerro de Pasco había un joven poeta, alto y simpático, hijo de un escocés en cerreña que, por sus habilidades poéticas, se había ganado la mala voluntad de la chusma: Arturo Mc Donald. Como este joven –abandonado por su padre- era mecánico y siempre andaba con el mameluco grasoso, lo llamaron: “Carca pecho”, es decir pecho grasoso. A otro joven notable, poeta y escritor que llegó a representarnos diplomáticamente en varias ciudades importantes del mundo, porque usaba unas polainas abrigadoras para combatir el frío que origina las continuas nevadas, le llamaban “Huagrabotas”, es decir botas de cuerno, fue nuestro genial e inolvidable Dionisio Rodolfo Bernal. Al más brillantes violinista de pasados tiempos, Lucho Remuzgo Kesovia, hijo de una pareja de croatas, nacido en el Cerro de Pasco, por usar  perennemente un grueso y abrigador saco de cuero, le pusieron: “Tablacasaca”. Al famoso compositor Víctor Arriola, autor del hermoso huaino, “Bien Mío”, lo conocían por: “Mocho” porque le faltaba un dedo en una mano. Al que durante más de cincuenta años nos engañó como autor de la muliza “A ti”, Mariano B. Collao, que además era notable cantante, le decían el “Burro”, por su enorme parecido con el boxeador peruano Rosendo Icochea.

Por lo demás, los apodos de animales forman interminable lista; por ejemplo, los perros: Perro Porras, Perro Suárez, Perro Espinoza, Perro Palomino. Los gatos forman otra cantidad de apodados cerreños: Gato Galarza, Gato Rivera, Gato Parra, Gato Solís … Todos ellos con ojos claros: azules, celestes o verdes, es decir con ojos parecidos a los de los gatos. Aquellos que tenían largas y ensortijadas barbas eran apodados “Shapos”: Shapo Chaparro, Shapo Cristóbal. Los de cabello rojizo, son los “Pucas” como todos los “puca”  Porras. Los sapos también forman una legión respetable: Sapo Meza, Sapo Heredia, Sapo Parao…… A veces ocurre un sobre apodo, como en el caso de “Chacha-Sapo”, mote con el que se le conoce a un ingeniero de minas al que no hay más que mirarlo para comprender el por qué del apodo, sólo que éste ya peina canas y por ello le llaman “Chacha”, es decir, viejo; “Chacha-sapo” Sapo viejo. A propósito de viejos, actualmente hay un atildado viejecito que anda muy emperifollado con ropa de marca de última moda; le dicen “Auquin Pituco” (Viejo elegante).

Los gordos en el Cerro de Pasco son numerosos. Basta que se note la obesidad de alguien para clavarle la chapa. El más recordado en nuestra tierra es un maestro que se distinguía por su robusta complexión y al que los alumnos primero, los padres de familia después y el pueblo en general finalmente, lo llamamos: “Chancho” Mayta. ¿Quién no lo recuerda? Era don Zózimo Mayta López. Notable maestro. Estuvo trabajando infatigablemente por más de cuarenta años en nuestra tierra. Su consecución más notable fue la construcción de una escuelita en Yanacancha. Levantada con la colaboración de los padres de familia obtuvo finalmente el  apoyo de la Cerro de Pasco Corporation y el respaldo del Estado que le donó 20 mil soles. Esta Escuelita se inauguró en medio de la emoción general de los yanacanchinos, en marzo de 1963, justo para el inicio del año lectivo siguiente.  En cuarenta años, un sin número de promociones fueron formados por su talento, su ejemplo y su pundonor. Casado con su colega, Mercedes Rodríguez de Mayta, una maestra, tan buena y laboriosa como él, dedicó su vida a sus alumnos. A todos los llamaba: hijos. Y era cierto. El jamás pudo tener un hijo propio.

El día que se ausentó de nuestra tierra dejó la escuelita tan sencilla y hermosa que fue creciendo con su nombre, es decir: “Chancho Mayta”. No importó el número que le pusieron. Era la Escuelita del “Chancho Mayta”. Todos la conocimos así, con ese nombre. La última vez que visité mi tierra, en el frontis que reemplazaba a la escuelita que cayó por acción de la dinamita y los bulldosers del tajo abierto, en lugar de “Chancho Mayta”, figuraba el nombre de un insigne pedagogo nacional.  Posiblemente algún sabihondo quiso honrar al pedagogo de marras sumando un plantel más a los centenares que llevan ese nombre cuando, creemos, debió denominarse con toda justicia: ZÓZIMO MAYTA LÓPEZ. Nuestro pueblo es, a todas luces, muy ingrato. No importa. Para todos los que egresaron de sus aulas y para los que lo quisimos esa escuelita seguirá siendo del “Chancho Mayta”, como parte de nuestro pueblo, cariñoso la llama.

La mina –lo hemos dicho tantas veces- es no sólo emporio de riquezas y misterios, sino también de intrincadas vivencias. Como no podía ser de otra manera en ella también se da la más extensa diversidad de apodos que se necesitaría un libro completo para consignarlos, especialmente aquellos que fingiendo extrema sumisión y humildad, los obreros le endilgaban en quechua a los yankis. Éstos, al no comprender lo que les decían daban por aceptado el apodo creyendo que les habían saludado o dicho alguna palabra de aprecio: Llamacunca (cuello de llama); esguetrra (cagón).

Entre los laboreros de la mina hay un grupo que está compuesto por un contingente de muestreros que, provistos de picsas (pequeños picos de dos agudas puntas) van recogiendo muestras del terreno por orden de los geólogos a fin de ser remitidas al laboratorio para el análisis correspondiente y ver cómo anda la ley de los minerales. A estos hombres se les denomina AYAGCHIUCHES, en recuerdo a aquellos inquietos pajarillos serranos que andan arrebatados picoteando aquí y allá en busca de alimentos con su pico punzante y filoso semejante a la picsa minera. De aquí su denominación.

Estos esforzados mineros dependen mucho de su lámpara. Ella les dirá -llegado el momento- si el frontón en el que están trabajando está libre de gases tóxicos en cuyo caso la llama seguirá amarilla y enhiesta; si cambiara de color de inmediato se darán cuenta que hay gases venenosos en la vía. Si la llama se apagara inopinadamente, el peligro es mayor porque la lámpara está avisando que  NO HAY OXIGENO y el riesgo es mortal.  En ese caso, los hombres tienen que abandonar la labor rápidamente. El peligro y la incomodidad a que están expuestos es vigente porque “si en la mañana están en el caluroso 400 donde el plomo está cortado en cubitos; es posible que por la tarde estén en el 16 o el 21 donde el frío es espantoso y la gotera de sulfato es continua”.

Continúa……

Ni una menos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s