Los apodos en el Cerro de Pasco (Tercera parte)

apodos de Pasco 3Un hombre extraordinario al que con reverencia, recordamos los cerreños de mi tiempo fue don Martín David Tarazona, destacado pedagogo, director de nuestra escuela 491; corresponsal del diario EL COMERCIO, miembro de la Comisión Departamental de Deportes de Pasco, varias veces Presidente de Rotary Club, Presidente de la Asociación Sanmartiniana y connotado miembro de la Unión Bolivariana.

 Fue muy conocido por su lugar de origen: HUALLANCA, de donde nos llegaban los quesos más sabrosos que, aquel tiempo, exportaban al extranjero.

 Bajo su dirección se iluminaron con sendas pinturas todos los salones de clase del plantel, designando cada una para una especialidad. Historia, Zoología, Botánica, Geografía, Anatomía etc.

 Don Martín sucedió en la dirección del plantel a otro notable maestro, a don Horacio Zárate Jurado en cuyo tiempo consiguió que el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe donara una beca integral al mejor alumno de cada promoción. Era un homenaje a Carrión que estudió en ambos planteles.

No todos los hombres que llegaron a nuestra tierra fueron ingratos. No. Hubo quienes debido a su cariño y a su don de gentes, se convirtieron en “cerreños adoptivos”;  hombres que sintieron los reveses y los triunfos de la tierra minera como suyos.

La nómina comienza con el maquinista Harry Wall, gringo al que apodaban “Cáceres Chico” admirador incondicional de nuestro egregio militar don Andrés Avelino Cáceres al que le salvo la vida en muchas oportunidades cuando los chilenos trataron de descarrilar el tren en el que iba y él se la jugo entero por el mariscal. Otro era el berlinés de gran personalidad y notable carisma: don Félix Lewandovsky. Este notable mecánico, trabajó codo a codo con los gringos de la compañía norteamericana en plena Guerra Mundial no obstante ser alemán. Es que su entereza y su gran sentido de responsabilidad lo hicieron insustituible. Fuera de su desempeño profesional en la empresa, todo su entusiasmo, energía y sensibilidad, lo volcó en su trabajo por el pueblo cerreño. Además de ser socio protector de muchísimas instituciones –un auténtico socio protector y no sólo de nombre- llegó a desempeñar el alto cargo de Comandante General de la Benemérita Compañía de Bomberos Salvadora Cosmopolita No 1. Su trabajo en este organismo pertenece a la Historia. En el tomo segundo de nuestro libro, hacemos referencia a su labor. Creo sinceramente que la Compañía de bomberos debe declarar a don Félix “Comandante ad eternum” por todo lo que ha hecho. Bueno, el caso es que don Félix Lervandowski, además de tener una voz gutural y áspera, sufría mucho para pronunciar las palabras. Hablaba como si estuviera descubriéndolas. Por esta manifiesta dificultad, en la ciudad se le conocía por “El gago”. Esta chapa pronunciada con respeto era el mejor homenaje a este gringo excepcional. Además, el gago vivía en La Esperanza, enfrente de la Estación del ferrocarril y como nunca se había casado, vivía acompañado de  dos jóvenes mujeres -hermanas ellas-  que fungían de cocineras, lavanderas,  jardineras, administradoras… es decir, eran “Amas de llaves”. Estas muchachas (22 y 23 años) eran muy agraciadas como unas muñequitas, pero tenían la desventaja de tener el cuerpo enteco y brazos y piernas como agujas. El pueblo las bautizó como “las escopetas”. Eran muy diligentes y amables con el gringo. Este, a su vez, era muy servicial y regalón con las chicas. Esta correspondencia hizo que en  más de una vez se escuchara decir a los muchachos del barrio: “El gago se las tira a las dos escopetas”. Un  amigo que era vecino de él en el barrio de Bellavista me asegura que casó oficialmente con la menor y que tiene un hijo que es ingeniero. Otro más fantasioso todavía –“Pavoni” Rosales-  me asegura enfáticamente que el actual jugador alemán del mismo apellido es su familiar, haciendo una cruz con los dedos me afirma: “Es su nieto “won”.

Otro gringo que el pueblo recordó por muchos años, fue Henry Stone. “Nacido en Londres en 1871, llegó a nuestra ciudad a los veintidós años de edad y se estableció en ella. Para 1903 ya había desempeñado la Alcaldía de la ciudad. Fue Director de la Beneficencia Pública y Síndico en el Concejo Municipal. Fue gerente de la Salinas de San Blas de propiedad de don Agustín Tello y Apoderado de la Cerro de Pasco Mining Company a la que vendió previamente su minas”  dice la escueta semblanza que hemos conseguido de él. Por eso pensamos que, habiendo logrado innumerables oportunidades para triunfar en la tierra minera, no sólo la llegó a amar entrañablemente sino que se identificó tanto con ella que dejó establecido como última voluntad, ser enterrado en ella.

Cuando acaeció su deceso en 1912, se le tributó el sepelio más espectacular de que se tuvo memoria y contraviniendo pedidos hechos por su majestad británica que quiso llevárselo a Londres, se le sepultó en el cementerio de Yanacancha. Bueno pero es que durante su estada en nuestra ciudad, convertido en “cerreño”, compartió con nuestros abuelos los momentos más hermosos y los más dramáticos de su historia. Cantaba y bailaba como los mejores y premunido de su poncho de vicuña y su infaltable gorrita de lana, se le veía pasear, rodeado de amigos, por las arterias urbanas de nuestra tierra. Su habilidad en el baile la heredó una hija tenida en uno de sus tantos amores. La llamaban “La Pechocha” (La opreciosa) en alusión cariñosa a su belleza. Era blanca de cabellos rubios y ojos clarísimos que bailaba como la mejor de las cerreñas. En las jaranas era pareja del “Ñahuirón” Malpartida, emperifollado sastre que tenía los ojos grandes y negros, de allí el apodo.

Motes históricos fueron, si se quiere, el que usó por ejemplo un recio muchachote cerreño descendiente de italianos cuyo nombre era Tomás Alunni. Trompeador y conflictivo encontró su destino cuando llegaron al Cerro los integrantes del Luna Park de Lima: El Yanqui, el Ciclón, El Conde, Renato El Hermoso, Rey Namur, el Chiclayano, El Peta, Hiena Chaqueña, para combatir con nuestros vernaculares representantes que les hicieron frente: Segovia, Montañita, Tarzán Cerreño, El Pulpo y el aparatoso “Enmascarado de Plata” que al aparecer en el ring con toda la espectacularidad del caso, fue recibido con el estentóreo mote que los chiuches conocían: ¡¡¡ AÑAS… !!!. (Zorrillo) De aquella inolvidable jornada quedó como gran recuerdo que Tomás Alunni se marchara con los visitantes. A partir de entonces, el éxito fue su compañero infaltable. Por esos días realizaron una visita a la “Arena de México” en donde nuestro paisano se quedó. Pasaron algunos años y, un día, el Cerro de Pasco se estremeció cuando en la película “Huracán Ramírez”, junto a los nombres de Crox Alvarado, Wolf Rubinski, y otros, aparecía nítidamente el  de Tomás Alunni.

Por otro lado, el esplendor artístico alcanzado por Imma Sumac, -nuestra más notable cantante vernacular- originó como sabemos, el surgimiento de una ola de cantantes de coloratura que alcanzaron sonoros éxitos. El firmamento lírico del Perú de pronto se vio poblado de notables intérpretes con llamativos nombres en quechua, Sumac Ticka (Flor hermosa) por ejemplo y hasta las señoritas de la sociedad incursionaron en el género. Aquí en el Cerro de Pasco, para entonces, había una familia dedicada al arte, siendo la mayor de las hermanas una cantante de muy buen registro y llamativa belleza.

Una noche de publicitada actuación, salió el padre que ejercía de maestro de ceremonias y luego de una atinada introducción dijo: “Quiero que ustedes, los admiradores,  le pongan el nombre artístico a mi hija. Aquel nombre que gane se hará acreedor a una jugosa suma de dinero”. Para hacer estimulante la acción del público presentó a la artista que desfiló por una pasarela especial. Ella estaba elegantemente ataviada con hermoso traje rojo de aires andinos completamente ceñido a su cuerpo que, dicho sea de paso, era ampliamente generoso y artísticamente relleno. Ya habían aplaudido muchas propuestas, todas ellas en quechua como Cori Huayta (Flor de oro), Colque Coya (Princesa de Plata) etc. El momento era electrizante. La chica daba vueltas en el escenario para inspirar al público participante cuando, una voz socarrona y sonora de la cazuela, gritó:

—¡¡¡Sumac Siqui…!!! (Culo hermoso).

Al comprobar el acierto del mote, entre risas y aclamaciones, el público dio por ganadora a la propuesta con atronadores aplausos. Naturalmente que el mote no le gustó a la señorita cantante,   menos al padre, pero a partir de entonces la chapa quedó definitivamente sellada y la chica quedó como la ¡Sumac Siqui!,  por el resto de sus días.  ¿Dónde estará?

Otra cosa fue lo que le ocurrió a otra cantante como la anterior, sólo que ésta no muy favorecida por la naturaleza y damnificada por una agresiva viruela, lucía su rostro dañado por el mal,  agravado por su fiero continente de pocos amigos y un marcado mal carácter; de niña se trompeaba y jugaba fútbol con los varones de sus edad; cuando llegó al colegio, se convirtió en la brigadier general que puso en vereda a sus colegas juguetonas y chismosas. No siendo la feminidad una característica que la adornara, en el Colegio le clavaron un mote que también la acompañó toda su vida: “La Mariscala”. Julia Tello, poseía un notable registro de soprano que todos aplaudían.

El apodo de “Casimiro” le endilgaron en un circo a un comedido muchacho cerreño que al arribo de la “Troupé” se desvivía por atender a los recién llegados; los servía de guía y ayudaba a plantar estacas, levantar lona, acomodar sillas y banquetas, pintar los carteles y  auxiliar a los payasos y acróbatas. Por sus ojitos estrábicos y casi tuertos le pusieron el nombre de “Casimiro”.

“Muto” (manco), era el apelativo con el que se designaba a los que carecían de  manos o brazos y sus muñones los usaban como manos. Al que más se le recuerda es al “Sirriachi”, un  galifardo que mendigaba ubicándose en una de las tranqueras de fierro que había puesto la compañía después del terremoto de 1947. Estiraba su única mano en tanto la otra la dejaba visiblemente vendado, como un herido de guerra, pidiendo la voluntad de la gente. A quien le diera una limosna de poco centavos se los arrojaba por la cara y lo amenazaba con su palo que le servía como bastón. Como la policía ya estaba harta de tanta majadería y no hacía caso de las quejas ciudadanas, el “Sirriachi” despareció como por encanto dejando tranquila a la población cerreña.

Se llama también “muto” a los que, por defectos de nacimiento, tienen los brazos demasiado cortos. En el Cerro había muchos de estos personajes. Uno de los más populares era el diligente “Muto” López que alternaba su ocupación de ayudante de enfermero con la tocata de violín (tocaba por los Huérfanitos).

La viruela ha dejado a través de la historia, deprimentes secuelas que quedaban impresas en los rostros de los que la sufrieron. Tras una fiebre devoradora y un escozor insoportable, las pústulas que habían cubierto totalmente el rostro de la víctima se secaban y le dejaba profundos agujeros. A estos hombres los apodaban “Borrados”. “Borrao” Parra, “Borrao” Cotrina, “Borrao” Uribe, “Borrao” Maracho etc.. Así en nuestro pueblo minero hubo una gran cantidad de borrados, como que cada temporada llegaba la viruela y no se iba sino habiendo dejado considerable cantidad de dañados; pero, el ingenio minero, creo sus variantes para éstos y diferenciarlos a uno de los otros; así nació el “Picoteao” Buendía, o “El espumadera” Tucto ó, el “Rachi” Casas  Los borrados por la viruela también eran llamados “sagchos”.

Los “togros”, eran los que hablaban medio gangosos por el exceso de mocos en las narices o por algún defecto en el mismo órgano. Muchos son los “togros” en el Cerro de Pasco; uno de los  más recordados: el “togro” Rojas, excelente jugador del Esperanza en sus buenas épocas y notable dirigente en las presentes.

En mis tiempos de escolar, más de un muchacho lucía desaprensiva y asquerosamente sus verdes mocos colgados de la nariz, como la gran cosa; cuando éstos estaban a punto de caer, se los absorbían ruidosamente ,  ¡Santo remedio!. A estos mocosos los llamaban “Togros”  y creo que cada barrio tenía más de un “togro”. Uno de estos recordados muchachos era un compañero de salón que me tenía un odio gratuito tan marcado que no perdía la oportunidad de hacerme la vida imposible. Su alianza con otros “niños bien” que residían en el centro de la ciudad, (yo vivía en el barrio obrero del Misti), determinó que en una oportunidad en la que llegaron a formar una “Cuadrilla” torera y sus corridas las efectuaban con carretas especialmente armadas simulando a los bureles y enterado de mi ardiente deseo de integrar la mencionada cuadrilla, hizo todo lo posible por impedir que mi sueño se tornara en realidad y, lo consiguió, sumiéndome en un dolor tan grande que no pude superar en toda mi vida. Bueno, el caso es que un día en vísperas de una corrida en la que él iba a tomar la alternativa, subió sobre una carpeta y, con el fin de zaherirme, mirándome fijamente a los ojos y para que todos le oyeran dijo: “Quiero que ustedes me pongan mi mote de torero porque mañana me voy a “doctorar”. Mi respuesta,  impulsada por el dolor de la frustración, fue rápida y estentórea ¡Mocosillo!!!.. Y entre un marco de risas y festejos, se quedó con el apodo que nunca pudo quitárselo. Ahora, “Mocosillo” es un brillante marino mercante,  que cuando arriba a puerto después de cruzar los siete mares, tramonta los Andes y  me busca para tomarnos unas cervezas y hablar de viejos tiempos.  Recordamos -ya sin rencor-, a los integrantes de aquella cuadrilla: Marín Castellanos, “El Califa”; Gustavo Malpartida, “Niño de la Arena”; Ceferino Dávila “mister Babas”; Jorge Barrón, “Papá Negro” y, el más palomilla del grupo, Ricardo Acquaronne “El Cua – cuá”. Estoy seguro que muy pocos amigos me quieren como “Mocosillo”. Bueno, tal vez sea porque, estimulado por aquella odiosa marginación infantil, yo llegué a Lima y tuve la oportunidad de alternar en Acho con novilleros consagrados, cosa que ninguno de los “toreros señoritos”  lo ha logrado.

Otros amigos de infancia son: “Paja Chuco”, “Cucharita”, “Cara e’Palo”, “Burro” Morón, “Pato” Pagán, “Uto” Soto, “Oso” Amador, “Chancho Winshe”, el más arrastrado y oliscón de mis compañeros; acusete y terco como una mula; era el espía de la clase, el soplón.

A mí me decían “Cushuro”, porque tenía el pelo crespo que parecía esas algas serranas que crecen en el agua cristalina de los  puquiales.

A propósito de Colegio. Conocí a un muchacho muy amiguero y hablantín que tenía la extrema debilidad de empinar el codo por cualquier motivo. Su nombre era José Tello, pero era más conocido por “Pepe Botellas”; una chapa muy precisa. Cuando íbamos de excursión, jamás retornaba con nosotros. Se quedaba muchos días más en los pueblos que visitábamos porque fácilmente había hecho amigos. Tres o cuatro días después llegaba él con la cara como un tomate.

Continua…

 

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