Los apodos en el Cerro de Pasco (Cuarta parte)

apodos de Pasco 4El reverendo padre don Anatolio Trujillo Zevallos, fue párroco de Chaupimarca en los tiempos de la muerte del prefecto. En ejercicio de su magisterio trató de hacer comprender al sátrapa que el pueblo ya estaba cansado de soportar su tiranía; éste se enojó y lo echó de su despacho. Cuando el lunes 16 de febrero vio desde su vicaría cómo el pueblo ajusticiaba al tirano, no pudo soportarlo más. Se retiró a Huánuco de donde era originario.

El lenocinio, burdel o “Casa Mala” como le decían las viejas, recibió desde antiguo una serie de remoquetes que sólo los iniciados los comprendían: BULIN, un argentinismo traído por el cinematógrafo del tiempo de Tito Lusiardo, Tita Merello, Francisco Petrone, Guillermo Bataglia y otros, que referían a la casa de cita como tal, como bulín. Después, TEPA: sacado de aquel corrido que Jorge Negrete cantaba con delectación: “La feria de las flores”, en uno de cuyos pasajes decía: “Vamos a “Tepa”, tierra soñada// donde la vida es un primor// Allí me espera, mi chaparrita// la única dueña de mi amor….También se le llamó,  BUQUE, (otros más modestos le decían BOTE) tal vez porque, a manera de un transatlántico, permitía la convivencia de gente de diversa pelambre. Otro nombre que llevó fue el de CHONGO, y más cariñosamente “Chongoyape”. Creo muy sinceramente que, este tema sería muy extenso en nuestra referencia porque, como ciudad minera pujante y rica, contó desde siempre con una interminable variedad de burdeles para todos los gustos y posibilidades económicas.

Ni qué hablar tiene de sus huéspedes, cada una de ellas con su correspondiente nombre de combate, cuanto más audaz, mejor; casi todos franceses, norteamericanos o cinematográficos pero, en todo caso, audaces y provocativos. A parte de estas denominaciones, los habitúes les endilgaban su ‘mote’ a cada pelandusca de acuerdo a su belleza, rendimiento o defecto. “La cien soles” por ser la más cara entre todas; “La zamba de oro” una zamba extraordinaria de atractiva belleza; “las llampito”, dos hermanas que, además de hermosas eran muy acicaladitas y limpias como las onzas de plata pura que se denominaban llampitos; posteriormente hicieron brillante temporada deslumbrantes mujeres que todavía son recordadas con nostalgia por pelados o encanecidos lupanarios de entonces: Omara, Norma, la negra María, Malena etc……….Bástenos leer las crónicas de don Carlos Malpartida para conocer algo de ese mundo vocinglero y escandaloso de las “Casas Malas”.

Pero no vaya a pensarse que sólo las mujeres de “vida alegre” eran las que contaban con sus sobrenombres, no; también otras que sin llegar a tamaña osadía eran de cascos ligeros y tenían sus apodos: La “Zangaracha”, “La Pisacha”, “La Anquicha”, “La Pachicche” “La Tagrash” etc….Dilettantes del amor libre en un pueblo de viejas pacatas y recios garañones.

Hubo, en tiempos del prefecto, una guapa muchacha que, consciente de su atractivo físico cayó en las redes del mandón del pueblo: el prefecto y se convirtió en una de sus queridas. El hermano de ésta, era un político contrario al déspota que, inclusive, estuvo en  la asonada que culminó con la muerte de su “cuñado”, motivo por el que estuvo muchos años en la cárcel. El caso es que el pueblo jamás le perdonó que fuera “amiga” del malhadado prefecto y la “Marcó” para siempre. Perdió amigos y quedó sola, completamente sola, pero, orgullosa como era, jamás se doblegó; prefirió llevar su vida en una espantosa y larga soledad. En sus tiempos mozos lucía muy bien emperifollada y fue la primera mujer que utilizaba todos los afeites, polvos y coloretes para resaltar su rostro aquilino. El pueblo, por esta razón la llamaba, “La payasa”. Andando los años simplificaron el apodo a sólo “La paya”. Su soledad fue tan larga y solitaria que, cuando murió, sus vecinas -en último acto de caridad- contrataron a cuatro cargadores para que transporten su cuerpo al camposanto. No tuvo acompañamiento alguno. Fue muy triste. La vindica pública fue muy severa con ella.

Cerca de mi barrio Misti, colindante con Buenos Aires, vivía una chica que tenía la piel muy blanca, pelo y pestañas, también blancos; ojos intensos pero clarísimos como remansos de agua clara; solo la sacaban a su puerta para que pueda divisar nuestro paisaje y tomar aire puro. Lo llamativo de esta niña fue que contaba con una habilidad extraordinaria para la adivinación y el arte de curar. Sus aciertos fueron muchísimos. Un día desapareció sin dejar huella. Sus vecinos del barrio la recuerdan todavía, la llamaban “La hija del sol” por su albinismo muy marcado.

“El Tuerto” Rojas, tarambana hermano del poeta Juvenal Augusto Rojas, era un hombre muy alegre, perennemente con una canción a flor de labios. Tocaba la guitarra pero, finalmente se especializó en el Jazz Band al que dominaba al revés y al derecho. No obstante tener un ojo cubierto por una gigantesca nube, el “Tuerto” Rojas, jamás se acomplejó. Era el alma de las fiestas en aquella época en que el Cerro de Pasco, debido a las radioemisoras, llegó a tener gran auge en la música.

Ya con unas canas encima quedó convertido en músico del elenco estable del burdel “Rancho Chico” conjuntamente con el pianista, “Trapito Rodríguez” y el “Cara de mango”, su tío. Las tardes de sol, justo en los atardeceres, cumplía otra misión. Salía a la calle con unos alicates, un rollo de alambre y una gran cantidad de somieres de las camas que “las chicas” utilizaban en su trabajo; las reparaba, las parchaba y siempre tarareando una canción terminaba su tarea a vista y paciencia de la gente que pasaba por la calle.

A propósito, en los atardeceres de mi tierra, cuando el sol estaba por ocultarse, los cerreños iban a acomodarse de espaldas a las paredes que recibían estos postreros y agónicos rayos de sol. Allí recibían el último calor el sol y todos decían “Vamos a tomar café jaujino”. Los lugares más socorridos para esta actividad eran, además el Kiosko Escardó, las paredes de Vicente Vegas, de Lizárraga y el Concejo Provincial. Allí, gozando el cálido ya muriente véspero los viejos se ponían a conversar y a hacer chistes.”Otro lugar preferido era la chingana de don “Incacho” Marcelo. Ahí chupaban y se alegraban cada tarde los viejos del barrio. No hay que olvidar que, el sol, era un huésped muy querido por nosotros en todos los tiempos.

“Sogpes” eran los que usaban los pantalones enormes a punto de caerse de la cintura. “Sogpe” Palomino, por ejemplo. Los cabezones son muchos: Cabezón  Malpartida, por ejemplo.

Los hipocorísticos son muy utilizados en la tierra minera: Anquicha, Tiucha, Antuco, Shisha, etc., etc. El trato nominal se hace mediante los hipocorísticos. El tratar a secas el nombre, es clara señal de que se está molesto.

Chinos porque tenían los ojos rasgados: Callupe, Way, Campoa, Chino Baldoceda etc. a diferencia de los auténticos chinos que se establecieron en nuestra ciudad. Miren lo que son las cosas, pasados los años, cuando los chinos auténticos se marcharon, la calle del marqués donde residían, se convirtió en conglomerado de chinganas que expendían bebidas tan dañinas llamadas “Racumín” que dejaba a sus consumidores convertidos en guiñapos humanos, con los rostros congestionados y los ojos lacrimosos y sanguíneos, tan hinchados que parecían chinos. Por esta razón terminó por recibir el nombre de “Barrio chino”.

Los “Cachabotas” y los “Huagrabotas” son varios.

Los burros también son numerosos. El “Burro” Morón para quien las matemáticas fueron no sólo su problema sino también su suplicio, constituyó un reto muy serio para él; al final salió triunfante. Lo  admirable es la constancia de este burro porque, hasta hace poco era un cumplido profesor de matemáticas en una Universidad de Chosica. ¿Qué hubiera dicho el “Cocobolo”, su profesor en el Carrión, al enterarse de su profesión. Otro “Burro” era Mariano Collao.

Hubo en mi tierra, un hombre trabajador como ninguno, jaranista y trompeador y principalmente, futbolista. De profesión sastre se ganó al pueblo cerreño a poco de llegar de Ancash por su gracejo y su jocundidad extraordinarios. El hecho de tener los ojos como a punto de cerrarse como  los de un muerto, le ganaron el apodo de: Muerto. El muerto Pajuelo, para diferenciarlo de otros muertos que andaban por ahí. Lo que caracterizaba al muerto era no sólo su habilidad futbolística sino que, alegre por los tragos, en cada baile social que se realizaba en nuestra ciudad y ya cuando las “hijas de familia” y la viejas se habían retirado, el muerto pedía una marinera  que de inmediato era complacido. Es entonces que poniéndose un vaso lleno de cerveza a la cabeza  bailaba alegremente sin que  el recipiente se le cayera. Lo extraordinario era que durante el baile ejecutaba mil piruetas a cual más alegres pero sin que vaso fuera a dar al suelo. Finalizada la proeza bebía el contenido en medio de los aplausos de admiración de sus amigos. Al poco tiempo partió a vivir a Chosica; su salud lo requería. Un día –pasados muchos años- la noticia se irradió por todo el Cerro de Pasco conmoviendo a las gentes laboreras.

— ¡Ha muerto, “el muerto”…!!! – y la tristeza abrumó a los hogares cerreños.

Los carros tampoco se libraron de tener su mote; especialmente el de transporte de pasajeros. En mi tiempo había uno que tenía la particularidad de contar con cobertura solamente para dos o tres primeras filas, junto al chofer; el resto estaba al descubierto. Estos recibían el nombre de MIXTOS. En la parte delantera viajaban las personas importantes como el alcalde, el juez, el cura, el comisario y uno que otro notable. En el resto viajaba el “común”, de decir hombre y mujeres el pueblo que no contaban con ninguna prerrogativa.

La vez que los huanuqueños tenían que venir al Cerro para tomar el ferrocarril para Lima, los carros más utilizados eran: el “VENTE CONMIGO” de Laureano Nájera y el carro de Benigno Bazán “Don Biñi”.

Una vez pregunté el por qué del apodo de “Chicle” que le habían “clavado” al guitarrista Rojas y “Pato” Paredes me respondió: Porque nadie lo pasa.

En mi época de estudiante conocí a un muchacho al quien le llamaban “Lolo”, era hijo de un viejito muy querido en la ciudad. Casi todos creían que le llamaban así en homenaje y recuerdo de Lolo Fernández, nuestro inolvidable ídolo deportivo. El caso es que este “Lolo” era un papanatas para cualquier deporte. Al salir del Colegio, desapareció por completo. Era la época en que Fidel Castro había tomado el gobierno de Cuba. Pasados algunos años me encontré en nuestras calles cerreñas. Lucía una gorra de cuero que parecía un kepí y en la parte delantera brillaba una estrella roja. Hablaba como lo cubanos. Me dijo que había estado en Cuba al lado de Fidel que era su amigo y muchas cosas parecidas. Pasado un tiempo el pueblo advirtió que seguía siendo el bueno para nada que siempre había sido. Un fiasco.

 

 

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