EL ORIGEN DEL CERRO DE PASCO

Por Víctor Rodríguez Bao

De un libro inédito cuyo autor es don Víctor Rodríguez Bao, tomamos este fragmento del Capítulo Segundo, y que precisa con referencias históricas el nacimiento del Cerro de Pasco. Cómo éste, nuestros amigos, van a encontrar interesantes relatos y entrevistas. Don Víctor fue un ilustre periodista norteño,gran amigo del Cerro de Pasco y su historia.

El origen del Cerro de PascoEran los días afiebrados de la conquista. El corcel español piafaba sobre los escombros de ese edificio magnífico que fuera la organización imperial de los Incas. Por la inmensidad del territorio sólo se paseaba desafiante la anarquía. La nada sobre los despojos. Los indios en el cataclismo de la derrota eran como oleajes de mares en tormenta. Al orden jurídico había substituido la fuerza, y al derecho natural, una voluntad aturdida. La tierra se desvinculó del concepto de propiedad y desde la familia imperial hasta el curaca y el ayllu colectivo, dejaron de ser los poseedores y usufructuarios. Aquello, como era natural, esperaba una nueva norma después del frenesí; sin embargo, desde 1533 hasta 1569, se constata un sensual apetito de dominio, en el que el derecho de gentes se desvincula del hombre como ser pensante, dejándolo en la condición de instintivo absoluto. Durante esos 36 años la tierra pasó de mano en mano al calor de la ley del más fuerte.

El Licenciado Don Lope García de Castro, Gobernador con poderes reales, da principio al reparto de las tierras, pero sin criterio orgánico integral. Es la tímida tentativa de una acción que bien podía merecer la condenación del amo. Los comisionados reales llenan el cometido más por obediencia que por convicción, sujetándose a las recomendaciones para no olvidar a los validos. Don Francisco López, secretario de la Cámara de la Audiencia que presidiera el Licenciado, es el primer funcionario de esa índole en el territorio del desaparecido imperio de los Incas. Su labor, parcial y caprichosa, no hecha los cimientos de la propiedad con basamento jurídico; igual la de los demás visitadores. Hubo que levantarse tal tempestad de pasiones que el Virrey Don Juan de Mendoza y Luna, Marques de Montesclaros, se opuso con firmeza a la venida de visitadores reales pues nunca dieron provechoso resultado. Solía decir: “deben compararse a los torbellinos que suelen haber en plazas y calles que no sirven de levantar polvo y paja, y otras horruras de ellas y hacer que se suban a las cabezas”.

Es, pues, con el virrey Toledo que recién asoma el orden. Es el hombre de hierro para las pasiones desbocadas. Da principio a una vida jurídica y es con él que nace a la convivencia de relación ese precepto tan humano y de una ortodoxia irrebatible: la propiedad bajo el cielo del Perú. La tierra ha de tener dueño que la trabaje, que la haga fructificar y que colabore a la existencia del hombre. Dentro de las sabias teoréticas ordenanzas del virrey famoso, se apuntan aquellas que disponen la propiedad de la tierra. El Perú es inmenso, es ubérrimo y es pródigo; sin embargo le sobran postulantes para la posesión fragmentaria del suelo. Como medida de prudencia, hay que repartirla; y se da comienzo a la faena laboriosa, contempladora, además de sólidos intereses creados. Aquel rugido del encomendero de Chancay con que amenaza a Núñez de Vela; “el que me quitare la tierra con la vida habrá de pagarme”, sería muy en cuenta en la distribución y el reparto. Se designa esta vez a Pedro Ordóñez Flores para la tarea de alta trascendencia futura: la de repartir la tierra a quienes deben ser dueños de ella. Le faltan juventud y decisión; fracasó, retirándose a España donde le esperaba un arzobispado.

Es entonces cuando entra en acción don José de Cadalso y Salazar, Alcalde ordinario del Cabildo de Lima. Recibe el encargo de crear la propiedad, de elevarla a la cúspide del derecho, de vincularla al hombre forjando así al ciudadano; dando vida, de ese modo, a un dogma jurídico en la  inmensidad  ensombrecida del caos. Durante cinco años, Cadalso y Salazar recorre el Contisuyo, el Antisuyo, el Chinchasuyo y el Collasuyo, repartiendo la tierra a “encomenderos”, a audaces ganapanes y a las órdenes religiosas, activas en el monopolio de las almas y de las cosas lucrativas en el mundo terrenal.

De paso por estas comarcas, rumbo a las provincias de Conchucos y de los Panatahuas, el Visitador regio hace entrega, a quien le solicita, de vastas extensiones de tierra poseídas aún por los caciques, restos olvidados de la organización incaica. Por encargo especial del Virrey, entre otras, hace entrega al conquistador don Juan Tello de Sotomayor, uno de los fundadores de Lima, de una “encomienda” situada a la salida de Huánuco, río arriba, por Ambo hasta la estancia “Yanahuanca”; además, las tierras de Paucartambo, de la dependencia de Tarma, donde se instala un obraje, y parte de la meseta del Bombón. Imprecisión y arbitrariedad en el reparto. En 1601, el hijo del conquistador, Don Fernando Tello Contreras, recibe otra encomienda por la misma zona, merced a la disposición del Virrey Don Luis de Velasco, formándose, así, el gran mayorazgo de los Tello.

En las que fueran estancias de Pucunán, Alcacocha, Pacoyán, Rancas, Pariajirca, Yanacancha, Chacayán, Tusi, Yanamate y otras tantas, entran como dueños y señores, unos sobre otros, nobles de dudosa procedencia y guerreros cansados de la lucha. Cadalso y Salazar cumple un mandato real y un encargo vehemente del virrey; pero en aquellos tiempos en que la geodesia y la topografía eran ciencias en pañales y no cooperaban en la demarcación de pretensiones, la propiedad estuvo muy lejos de tener contornos precisos. Desde entonces arranca el expediente y la lucha porfiada en los estrados judiciales.

Por aquellos tiempos lejanos, precisamente en 1567, dos años antes que Cadalso y Salazar iniciará el lleno de su cometido, bajo el gobierno del mencionado Don Lope García de Castro, es cuando al decir de documentos existentes en el Archivo Nacional, se hacen los primeros denuncios de minas –fijarse que lo de Huaricapcha ocurre en 1630- en el que había de ser en los siglos futuros: el Cerro de Pasco, famoso por sus riquezas y más famoso aún por sus desventuras. Afluyen mineros blancos, mestizos e indios, y en la yerma puna, donde sólo se oye silbar el viento de los pajonales, se aboceta la población futura. Nacen las construcciones junto a las “media – barretas” de las bocas de las minas, y, único caso, hay un desorden arbitrario; no se sujetan a un plan de urbanización; de ahí que la naciente población minera tiene todas las trazas de campamento nómada en descanso después de larga jornada.

Corren los años tranquilos, monótonos. Los mineros en callada brega, pasan vencidos siempre, sin pena ni gloria; y así hasta aquel 1630 del despertar resplandeciente. Huaricapcha es el héroe de una leyenda romántica. El descubrimiento –no estamos de acuerdo- por lo poético y sorpresivo, se parece al de los fenicios cuando descubrieron el vidrio. Gobierna el nombre de la Corona, don Luis Jerónimo de Cabrera, conde de Chinchón. La noticia corre más allá de las fronteras de la llanura inmensa; se estremece la ambición de los aventureros; y en el asiento sórdido, miserable y diminuto, plantan su tienda quienes se aprestan a hundir su coraje en las entrañas de la tierra. Y empieza la lucha brava entre el Santisteban de Lauricocha y el hombre que busca su riqueza. Dice el historiador Mateo Paz Soldán que “la fama del nuevo mineral acrecentó rápidamente el número de trabajadores”; sólo desde entonces Cerro de Pasco es la fragua de las esperanzas de los que perdieron en México y Potosí. Afluyen luchadores de verdad y aventureros codiciosos. El asiento minero recibe de todo y sin medida. Los holgazanes, los pendencieros siempre y los consumidores sin aprovecho, significan un peligro en el colmenar del esfuerzo y la tenacidad constantes, a tal punto que el virrey don Baltazar de la Cueva Henríquez, conde de Castellar, ese que en la historia pasa como el más honrado de los servidores de la Corona, mandó expulsar del asiento minero que historiamos, de Huancayo, de Huancavelica, de Laycacota a “desocupados, curas y frailes”.

Tal es la importancia que en breve cobra el asiento minero, que se define y precisa como el foco central de la industria extractiva. Por mandato de su mismo valor, es todo un centro administrativo de primer orden. Es así como en 1660, ya sea por decadencia de las minas o con miras hacia un servicio, las Cajas Reales de Conchucos son trasladadas a Cerro de Pasco, igual ocurre con las de Atunjauja. Por si solo habría de imponerse como el hogar de oro y plata.

Es en esa hora crucial cuando el Cerro de Pasco se afirma definitivamente como un perdurable centro poblado. En 1569 los mineros y sus casas eran tantos como dedos tienen las manos; en 1630, 63 años después, la población se densificaba ascendentemente; y cuando han corrido 141 años fragorosos y su nombre ha llegado a la altura de los de Guanajuato, Huancavelica y Potosí, don Manuel Amat y Juniet, le otorga en 1771, una titulación jurídica y política. Ya no será sólo asiento minero, menos aúnmeta de trotamundos trashumantes; en adelante ostentará el título hidalgo de “Villa del Cerro de Pasco”.

 

 

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One thought on “EL ORIGEN DEL CERRO DE PASCO

  1. GRACIAS MUCHAS GRACIAS POR COMPARTIR ESTAS BELLAS PÁGINAS DE LA HISTORIA DE CERRO DE PASCO, DEL AYER,Y HOY,SIN LUGAR A DUDAS CERRO DE PASCO FUE EL CENTRO COSMOPOLITA DEL SIGLO 15,16,17,18,19,HASTA NUESTROS DÍAS ACTUALES SAQUEADO,ROBADO,POR EXTRANJEROS,AVENTUREROS ARMADOS,AUN EN ESTE SIGLO XXI,ERA MODERNA SIGUEN SAQUEANDO LA RIQUEZA NACIONAL EN COMPLICIDAD CON GOBIERNOS CORRUPTOS DE TURNO,DIOS LE BENDIGA SIEMPRE.

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