LA MUJER QUE CAMBIÓ EL TIEMPO (Crónica)

Por Manuel Scorza.

la mujer que cambio el tiempoEl era tan poderoso y temido que una vez, en una plaza, dejó caer de su bolsillo una moneda de un sol. Nadie se atrevió a tocarla durante un año. He contado la historia en Redoble por Rancas. Era juez de la provincia de Yanahuanca, en los Andes Centrales, donde hoy arde la guerra civil de Sendero Luminoso.

Pepita Montenegro, su legendaria mujer, disfrutaba tanto de las fiestas que ofrecérselas era requisito obligatorio para presentarse a la justicia o simplemente para no enemistarse con el juez Montenegro. Por su orden, pleiteantes y notables, ofrecían festines y festines. Y cuando los notables ya no pudieron costearlos, se ordenó que los banquetes los ofrecieran los pobres. Para que no adujeran miseria o falta de recursos, se les obligó a aceptar cuantiosos préstamos que los oferentes arruinados demoraban años en pagar. Deudas hubo que tardaron una generación en cancelarse. Y como Pepita Montenegro encontrara demasiado largo el tiempo que separa el Año Nuevo del Año Nuevo, la Navidad de la Navidad, el Aniversario Nacional del siguiente Aniversario Nacional -celebraciones que los pueblos no podían eludir- suprimió el correo y dispuso acelerar el tiempo. Abrevió los meses (tenían diez días) y acortó los años. El tiempo montenegrino avanzó más veloz que en el lento calendario gregoriano. Cuando su pueblo de siervos decidió rebelarse, en sus dominios se vivía el año 2386. He contado estas desmesuras en El Jinete Insomne y en Cantar de Agapito Robles.

El novelista peruano Guillermo Thorndike reveló en una serie de artículos publicados (julio, agosto, 1971) en el diario Correo, de Lima, que el verdadero nombre de Montenegro era Francisco Madrid y el de su esposa Alcira Benavides de Madrid.

Un destacamento desprendido de las Cordilleras de Ayacucho que hoy asola infaustamente la guerra civil, hace poco, secuestró a Pepita Montenegro de su hacienda “Huarautambo” -la Bastilla del feudalismo de Cerro de Pasco que Agapito Robles y su comunidad tomaron en 1962- y la fusiló en una plaza pública de la provincia.

La comunidad de Yanacocha la había perdonado. Pero, aparentemente, ese perdón público no extinguió todos los rencores.

“Los protagonistas, los crímenes, la traición y la grandeza casi tiene aquí sus nombres verdaderos… Ciertos hechos y su ubicación cronológica han sido excepcionalmente cambiados para proteger a los justos de la Justicia”, advirtió la Noticia de Redoble por Rancas, en 1970.

Eran tales los excesos que nadie los creyó. La llamada literatura fantástica de América es simplemente realista. Los excesos no están en la literatura sino en la realidad. En 1970 era posible nombrar a los héroes. Imposible aludir a los intereses o al los hombres que con sus intransigencias provocaban esas guerras entonces silenciosas. Nombré si al existente Héctor Chacón, el Nictálope. ¿Qué podía perder un prisionero condenado a 20 años en una colonia penitenciaria de la Amazonia? Pero el sorpresivo eco del libro también sacudió al Perú. El 28 de julio de 1971 el presidente Juan Velasco Alvarado dispuso su liberación.

Poco antes Fermín Espinoza, Garabombo, me contó su historia. Y poco después fue asesinado. Y la intrusión de la realidad prosiguió. En enero de 1982, durante el “Simposio de Narrativa Peruana”, organizado por la Universidad de Huamanga, en la hermosísima ciudad de Ayacucho, ya desgarrada por la guerra civil, el antropólogo Juan Rivera informó que Garabombo -personaje de Garabombo, el Invisible – era reverenciado como jirca (divinidad protectora) de la montaña Jupaicanán. Los aniversarios de su muerte su comunidad realiza peregrinaciones a la cueva de Jupainacán – a cinco mil metro de altura – donde Garabombo vivió años impedido de descender de las nieves eternas por la prepotencia de los hacendados que amparaba el juez Montenegro. En 1962 descendió a la cabeza de una formidable tempestad agraria. Que lo reverencien se entiende.

Se entiende menos que la comunidad de Tusi -cuyas hazañas cuento en La Tumba de Relámpago – sostenga que los imaginarios ponchos donde la imaginaria ciega Doña Añada teje el porvenir existan y se exhiban en esa comunidad. ¿Quién imaginó a quién?La realidad provocó las novelas pero las novelas cambiaron la realidad. Más allá del autor, indiferente a su voluntad, la realidad sigue (y seguirá, creo) escribiendo capítulos o añadiendo finales nunca figuraron en los libros.

En un momento de Redoble por Rancas, un personaje sueña que un destacamento de jinetes llega a la provincia desde las cordilleras de Ayacucho y después de un juicio en el que se llama a testimoniar hasta a los animales ejecuta a Francisco y Pepita Montenegro. Eso es exactamente lo que, trece años después, acaba de ocurrir. ¿La fantasía antecedió la realidad o la realidad ya estaba escrita en el sueño colectivo? La historia ideal -dice Hegel- sería aquella que narra todos los sueños que todos los habitantes de un pueblo sueñan en una noche. ¿No es lo que a través de sus libros formula la literatura latinoamericana?

Más allá de los fanatismos y las pasiones, de la aprobación o la censura, quizás es necesario buscar en la historia las razones de la guerra civil que asola hoy las serranías peruanas. A veces la historia obliga a los pueblos a perder la memoria. Pero cuando la recupera, comienza otra historia.

 

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