EL PROFANADOR (Cuento popular)

El profanador

De esto hace muchísimo tiempo. Después de los agotadores trabajos de los patriotas por arrojar a los “chapetones” del Cerro de Pasco, su constancia tuvo su premio. Una gran cantidad de españoles fugaron hacia otras tierras. Sólo los que se avinieron a vivir bajo la tutela patriota que acababa de instalarse quedaron en la ciudad; los más, huyeron para no volver más. En su fuga dejaron ingentes cantidades de riquezas que los nuevos gobernantes cogieron para sí. Tesoros, ganado, minas, comercios, haciendas, ingenios.  Los pocos recalcitrantes y fieles al rey llegaron a dar con sus huesos en la Fortaleza de San Felipe en el Callao donde terminaron sus días.

Por aquellos años, a extramuros de la ciudad, camino a Yanacancha, donde más tarde se va erigir el castillo de la mina “El Diamante”, residía una viejecita que había convivido con un rico español que huyó sin importarle para nada el destino de su pareja. Sola y desamparada no quiso alejarse de la casa donde había transcurrido toda su vida y de la que guardaba hermosos recuerdos. Cuando vio que la muerte la rondaba hizo llamar a sus conocidos y, delante de un cura, les pidió que –llegado el momento- la enterraran con todas sus pertenencias. El cura dio fe de este pedido.

Cuando se produjo su fallecimiento, cumpliendo con el pedido la sepultaron con todas sus alhajas  que en realidad no eran muchas. El cementerio adyacente a la iglesia de Yanacancha, construido por el minero cerreño José Malpartida Cuestas, acababa de estrenarse. Ella fue la primera en  ocupar el campo santo.

Las almas pías que todavía existían por aquellos tiempos guardaron herméticamente el secreto del  acontecimiento. Sin embargo, por algún resquicio misterioso, se dejó escapar el encargo de la anciana, encendiendo la ambición de los sacrílegos.

Transcurridos algunos años se aposentaron en la iglesia unos malandrines que ya estaban enterados de la voluntad de la anciana.

Una lóbrega noche fría, entonados con unos tragos de aguardiente, éstos, procedieron a profanar la tumba de la anciana. No les fue difícil acopiar aquellos tesoros. Cuando ya estaban a punto de volver a cubrir el ataúd, uno de ellos se percató que en la huesuda mano izquierda de la difunta relucía un enorme anillo de oro. No obstante el hermético encierro la joya no se había ensombrecido. Exultante el malandrín quiso extraer el anillo, pero no pudo. No obstante que el dedo carecía de carnes, la joya estaba como pegado al hueso. El malandrín no se dio por vencido y utilizando la pala de cavar, seccionó el dedo. Recién lo tuvo en su poder.

El acontecimiento quedó cubierto por el silencio y la complicidad de los rateros. Nadie se enteró de la profanación.

Así transcurrieron los años.

Una tarde que la penumbra inundaba el ambiente por la puesta del sol. Estos mismos hombres que siguieron cuidando el camposanto, vieron sobre una tumba a una señora que no se movía concentrada en su oración.

Enojados por la desobediencia a los reiterados pedidos de que abandonara el cementerio, la tomaron de los brazos para sacarla. En eso, uno de ellos, vio que a una de las manos le faltaba un dedo. Aterrorizados, quedaron pasmados y vieron que el velo que la cubría cayó por los suelos dejando ver su cadavérica faz. Inmediatamente reconocieron que era el cadáver de la profanada. La muerta, misteriosamente, como guiada por una fuerza recóndita giró su esquelético rostro hacia el profanador que de inmediato cayó fulminado por un infarto. El cómplice huyó profiriendo gritos de terror y arrojando abundante espuma por la boca. Cuando lo llevaron al hospital no pudieron hacerlo reaccionar, miraba desorientado con una mirada tenebrosa que escarapelaba el cuerpo mirar. Murió muchos años después, víctima de una locura que jamás lo dejó.

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