EL SACRIFICIO DE UNA MADRE

La señorita Anna Katherina Egg, de la Villa de Silz -quince años de edad- se inscribió para el viaje desde Alemania al lejano Pozuzo. El aporte de esta joven mujer fue muy significativo para conocer los pormenores dramáticos de aquella travesía heroica. Escribió muy bien documentadas y extensas cartas a su tío Joseph Schöpe relatándole las descarnadas peripecias de los peregrinos que partían ilusionados a su nueva patria. Tenían la seguridad que allá encontrarían el nido que habían soñado.

De una de sus dramáticas cartas, sacamos este pasaje de aquella inolvidable  aventura:

el sacrificio de una madre“Gracias a una determinación del reverendo Joseph Egg, seis familias se adelantaban unas leguas para sembrar y criar animales para la alimentación de los braceros que abrían el camino hacia el Pozuzo. Era un verdadero milagro ¡¡Cómo crecía todo rápidamente!! La caña de azúcar brindaba su abundante jugo en seis meses, con él se hacía chancaca y  huarapo. El maíz brindaba sus tiernas mazorcas en tres meses; el arroz, con sabor y calidad extraordinarios, en seis meses; en un año tenían gigantescas yucas, y en un año también, hermosos plátanos. ¡Las plantas crecían hermosas! Los panes cocidos con harina de maíz y yuca, amasados con abundantes huevos, eran sabrosísimos. Gran cantidad de gallinas, pavos, cerdos y patos, completaban el cuadro. Toda esta exuberante producción, significaba una bendición para quienes necesitaban de urgente y continuo apoyo. Sin embargo, llegadas las torrentosas lluvias, otra desgracia ensombreció la vida de los cruzados de la aventura”.

“Las seis familias que se habían aposentado en el recodo de un río para sembrar y criar animales, a la espera de los braceros que abrían el camino, fueron sorprendidos a las nueve de aquella noche del 28 de febrero de 1859, por una torrentosa y escalofriante avalancha de lodo y agua. El bronco sonido hizo temblar la tierra poniéndolos en alerta. De la parte alta de una estrechura, un gigantesco alud de miles de toneladas de barro se desplazaba arrastrándolo todo: agua, lodo, piedras, árboles. El cenagoso turbión envolvió en sus rabiosas entrañas, como si fueran débiles briznas, todo lo que hallaban a su paso. Posiblemente los árboles, ramas, piedras y lodo, caídos en la parte de arriba, habían represado el agua de tal manera que convertida en laguna artificial con abrumadora presión por su sobrecargado caudal, voló en mil pedazos originando una terrible torrentera que arrasó con plantas, animales y pertenencias de los colonos. Ellos mismos fueron arrastrados río abajo. Los cuerpos iban dando tumbos entre el torbellino de barro, piedras y ramas, chocando contra los peñascos. En la oscuridad de la noche, era desesperante oír los gritos de las familias que entre ellas se buscaban unos a otros. Muchos salvaron a nado, cogiéndose después de ramas y arbustos de las orillas; no así la tirolesa Roesi Hormayer que, por un milagro inexplicable, fue arrastrada hasta un rincón en el que no podía tocarse el fondo para poder posar los pies en la lucha por la supervivencia; prácticamente se hallaba flotando sobre las aguas agitadas. Con valor extraordinario se cogió fuertemente con la mano izquierda de un árbol que tocaba la superficie pero con raíces profundas que lo hacía resistente, con la otra mano, sostenía a su niño de poco tiempo de nacido. Era una lucha tremenda, sin tregua ni posibilidades de terminar. Las fuerzas estaban a punto de abandonarle pero rezando fervientemente y reuniendo todas sus energías, sobrellevó la dura prueba. Felizmente, a manera de nido, la hojarasca con sus raíces había formado una plataforma donde colocó al niño que gritaba aterrorizado. La noche tan oscura impedía ver absolutamente nada; sólo el terrorífico rugido de la avenida lo cubría todo.  La lluvia estrepitosa y el torrente del río fundiéndose en la oscuridad, era lo más horrísono que invadía la noche lóbrega. Los desgarradores gritos de las mujeres llamando a sus maridos y el de los hijos convocando a sus padres era una dolorosa sinfonía de lamentos. A Rocsi, completamente desesperada le parecía que el tiempo se había detenido en medio del horror. Haciendo todo lo que su cansado cuerpo le permitía, esforzándose a extremos sobrehumanos, pudo ver que la luz filtrándose entre la hojarasca, le dejaba ver su realidad. Estaba salvada. Con la claridad del día volvieron a reunirse por milagro. ¡Era increíble! Lo habían perdido todo,  habían muerto seis personas, pero ellos estaban vivos”.

“Las tímidas luces aurorales del día siguiente sorprendió a los hombres con las miradas distantes y oscuras; torvos, silenciosos, inmóviles. Las mujeres, con los ojos inflamados por el llanto, sin haber dormido en toda la noche, extendían sus húmedas miradas hacia el infinito, sin alcanzar a comprender la magnitud de la tragedia. ¿Qué podían hacer? ¡Estaban tan lejos de la patria amada y el único camino que les quedaba, era el de la lucha! ¡¡No podían claudicar!! ¡No podían dejarse vencer! Al promediar el mediodía y con el reverendo Egg a la cabeza, en respetuoso silencio, continuaron abriendo el camino al Pozuzo. Algunas familias aterrorizadas, abandonaron la empresa”.

Al respecto, en su dramático diario, el reverendo Joseph Egg, escribía lacónicamente. “Ayer 28 de febrero de 1859, a las nueve de la noche se produjo una avalancha de lodo y piedras que arrasó con la mayoría de viviendas, causando la muerte de seis personas (tres adultos y tres niños). Han sido sepultados en el cementerio alemán”.

Este es uno de los dramáticos pasajes de los que está plagada aquella riesgosa aventura. Hombres y mujeres valientes supieron conquistar la gloria y el bienestar para sus familias. Nuestro homenaje de admiración y afecto para los héroes de la odisea.

FUENTE: Libro: PUEBLO MÁRTIR (Historia del Cerro de Pasco)

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