JUAN SANTOS ATAHUALPA Por Francisco Loayza

Francisco Loayza, revelando manuscritos de los años 1742 y 1755, en su obra JUAN SANTOS EL INVENCIBLE (Lima 1942), afirma que Santos era directo descendiente del inca Atahualpa. Los respaldan documentos  del Archivo General de Indias en Sevilla, España.

Juan Santos Atahualpa

En 1730, Juan Santos habría tenido entre 18 y 20 años, y está claro que su decisión revolucionaria estaba tomada desde aquellos años de juventud en el Colegio del Cusco, antes de su viaje a Europa y Angola (África).

Este hombre de férrea y arrolladora personalidad hablaba varios idiomas aprendidos  en Europa, especialmente el latín.

La cultura de Juan Santos fue sólida. Era un políglo­to, era un estratega, era un psicólogo y era un gran sugestionador, como todos los conductores de hombres. La contemplación de las ruinas del poderío de sus abuelos, y los sufrimientos de su raza vencida por un poder cruel y bárbaro, rumbearon su alma hacia horizontes de inconformidad y rebeldía. (Op.cit)

Era profundamente religioso cristiano que rezaba todos los días, que leía las Sagradas Escrituras, que predicaba a los indios con la fe con que lo hacían los sacerdotes; que sobre el pecho descubier­to, franco y poderoso, llevaba un sólido crucifijo de plata asegurando que EL guiaba sus pasos. Sebastián Lorente dice al respecto:

Entre los salvajes alzados formaron una masa imponente en torno de un indio del Cusco, llamado Juan San­tos(…) Según cuentan, llevaba sobre el pecho una patena de oro que los deslumbraba reflejando los rayos del astro del día; conservaba la cruz y las imágenes veneradas.(LORENTE, Sebastián-HISTORIA DEL PERU BAJO LO BORBONES-)

Cuando una tarde de junio de 1742, el conversor de San Tadeo, el padre Santiago Vásquez de Caicedo, entrevista a Santos Atahualpa, éste le dice terminantemente que: “Ha venido a organizar su reino con la ayuda de sus hijos los indios y mestizos con terminante exclusión de los negros porque eran sirvientes incondicionales de los explotadores. Pone en aviso al Virrey para que no trate de impedir su movimiento porque él y su compañía,  les torcerá el cuello como a unos pollos”. Además añade- esto es muy interesante- que vea por dónde escapa porque “por mar viene su pariente inglés”.  Cuando el visitante insiste en la “pacificación”, Juan Santos es terminante al afirmar:”Tiene derecho a su reino. Es cristiano. Reza todos los días; lee la doctrina y predica a los indios. No tiene nada contra los sacerdotes ni la ley de Cristo, pero en cambio quiere que negros y viracochas abandonen su tierra” (Loayza Op, cit: 30).

En cumplimiento de su prédica y teniendo al Gran Pajonal como cuartel general, se pone en acción inmediata arrasando con todo. Destruye veintisiete misiones franciscanas, haciendas y obrajes, apoderándose de las pertenencias de los españoles, apre­sando y castigando a los negros, llegando a matar a los más rebeldes. Alentado por esta victoria decide atacar a la sierra para expulsar a los españoles, pues estaba bien enterado de los infamantes abusos que éstos cometían contra los indios. Es en esta ocasión que el gobierno español, poniendo todo su empeño, procede a tender un cerco desde Huánuco hasta Huanta con el fin de contener el movimiento. Se da categoría de frontera a toda la línea y se dispone que los gobernadores de Jauja y Tarma ataquen al rebelde. En cumplimento de esta orden, Troncoso de Jauja y Milla del Campo de Tarma, en condición de jefes, llegan con sus fuerzas hasta Quisopango en medio de la hostilización de los indios rebeldes pero sin entrar en combate franco. Eludiendo fácilmente a estas inocuas columnas, Juan Santos Atahualpa avanza sobre Huancabamba en defensa de cuya plaza salen nuevas y más pertrechadas tropas de Tarma. Así las cosas, ante el avance arrollador de los rebeldes, los españoles instalan un fuerte en Quimiri (La Merced) sin logar contenerlos. Los insurgentes muy fácilmente se apoderan del fuerte dando cuenta de sus defensores.

El avance de Juan Santos Atahualpa Apu Inca es incontenible.

Así las cosas el compungido Rey de España decide poner a la cabeza del virreinato peruano a un militar de oficio. Sustituye a Juan Antonio de Mendoza y Caamaño y Sotomayor por José Manso de Velasco, Conde de Superunda. Este nuevo Virrey organiza una expedición militar al mando del Marqués de Mena Hermosa, la misma que es batida en todas sus líneas por el inca insurgente con la consiguiente pérdida de vidas y material de guerra para los españoles que, desesperados, se baten en retirada estableciendo dos poderosos fuertes de contención; uno en Oxapampa y otro en Chanchamayo. El invicto rebelde destruye esos fuertes y luego vence a otra expedición al mando del marqués de Mena Hermosa.

A estas alturas es necesario mencionar que los serranos siempre estuvieron del lado del mesiánico líder. En sus huestes actuaban muchísimos indios que, huyendo de las atrocidades de las minas, se habían internado en la selva. En LA SAL DE LOS CERROS, Stefano Varese, dice:

En 1743, la rebelión cuenta ya con el apoyo de muchos serranos que se han agregado a aquella miserable gente chuncha. (…)En el mismo año, en la expedición del Gobernador de Tarma, se apresa a un serrano, un cierto

José Pulinche. Hacia el final de octubre, cerca de Quimiri, capturan a otro indio de la sierra, Bartolomé López que declara que más de cincuenta serranos y varios campas están esperando a la expedición para atacarla. El apoyo de los andinos había comenzado en agosto de 1743(…) se había esparcido la voz que el nuevo inca quería a los quechuas y los llamaba a su lado. En esa ocasión se le unieron cien indios de la sierra. (VARESE; 188).

Transcurren algunos años y, en 1752, con el deseo de darles una lección de su poderío bélico y organizativo a los españo­les, decide atacar la sierra. El sabe que allí es donde la sangrienta opresión de sus hermanos es más abominable y dantesca. Después de arrasar con el pueblo de Andamarca, inexplica­blemente se detiene, posiblemente a la espera de una mejor oportunidad que fatalmente no llegó. A esto hay que añadir que las fuerzas españolas se habían organizado para presentar fiera resistencia contra cualquier ataque.

El camino a la sierra estaba abierto. La resistencia en la selva central había sido vencida después de veintiún años ininte­rrumpidos de luchas continuas sin que jamás el inca rebelde fuera derrotado. ¿Qué ocurrió entonces?… ¿Por qué no terminó de tomar la sierra? No lo sabemos, pero tampoco podemos comprenderlo. La invasión la sierra habría significado la libertad de numerosos esclavos indios; entre ellos los pobres mineros.

El caso es que después de veinte años de lucha, Juan Santos había cumplido gran parte de su promesa. Antiguos territorios tribales habían vuelto a manos de sus legítimos dueños, libres de españoles y negros. En ese momento el virreinato se estreme­ció. Vieron de lo que eran capaces los indios. El movimiento mesiánico y reivindicatorio de Juan Santos Atahualpa había encontrado eco en todos los habitantes de la selva y de la sierra.

La fecha de la muerte física de Juan Santos interesa a los biógrafos pero a los ojos de la tradición campa, éste es un dato de escasa importancia. Los franciscanos, que nunca vieron con buenos ojos la rebelión De Juan Santos, lo hacen aparecer como un salvaje. Otros como Albino Carranza, en su libro EL VALLE DE CHANCHAMAYO, respecto de la muerte del adalid, dice:

Después de sus encuentros con las guarniciones españolas y expulsión definitiva de los Padres Misioneros continuó sus merodeos entre las quebradas de Chanchamayo, Vitoc y Monobamba…Murió por los años de 1755 a 1756 en una fiesta que acostumbraban celebrar los salvajes en la cosecha del choclo. Consis­tía en beber y practicar simulacros de combate arrojándose las corontas; en el fragor del simula­cro, un indio émulo de Santos que tomaba parte en la fiesta, pa­ra cercio­rarse si era realmente hijo de la Divinidad le asestó una pedrada, lanzada con una honda, que le hirió gravemente y de cuyos resultados murió. Antes de su muerte hizo que llevasen a su presencia al asesino, quien, según unos, fue muerto por sus propias manos y según otros, victimado por orden su­ya”(CARRANZA, Albino, EL VALLE DE CHANCHAMAYO-Lima 1894)

Para aquellos indios que conservan el recuerdo de la gran rebelión, Juan Santos no ha muerto nunca…«Desapareció su cuerpo echando humo…».La imagen del Mesías indio portador de un mensaje y una promesa de soberanía se confunde en el recuerdo de los campas, se pierde tal vez como su cuerpo físico en el humo. Su enseñanza, el espíritu de su rebelión, permanece entre sus hijos los indios, aunque lo único tangible que queda es un pequeño montículo de piedras, restos silenciosos, arrimados al Cerro de la Sal, único testigo de una antigua tumba que miraba al oriente (VARESE;208).

Al respecto, pasados muchísimos años y finalizando el siglo XIX, (1891), luego de visitar la zona en viaje de estudios, la Comisión presidida por el doctor Joaquín Capelo de la Sociedad Geográfica de Lima, decía:

“La capilla que los indios erigieron en el sitio llamado Metraro, es un monumento de 18 metros de largo por ocho de ancho, sostenido por ocho columnas de madera en esqueleto; los techos son de  humiro y en forma cruzada. En medio se eleva el túmulo donde descansaba el cuerpo de Juan Santos Atahualpa y estaba hecho de cinco tablas de  jaracandá labrado de 8 a 10 centímetros de espesor de una altura de un metro veinte centímetros y está situado en medio del templo, mirando hacia Oriente”. (Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, Tomo I, nº7 de 1891).

Este movimiento indio de gran envergadura dejó profunda huella en todo nuestro territorio porque, aún después de muerto, su movimiento siguió latiendo por muchos años. Uno de los que más dedicadamente estudió este movimiento nos dice:

La sublevación de Juan Santos Atahualpa, una de las más importantes de las poblaciones indígenas de la selva sudamericana, refleja un estado de saturación alcanzado por las culturas nativas maltratadas y ofendidas en lo más profundo de sus tradiciones. La clara conciencia indígena de que el creciente avance y la intromisión cada vez mayor de los blancos y mestizos en sus territorios, es la causa principal de su decaimiento cultural y de su lenta agonía fí­sica, encuentra su expresión en una esperanza mesiánica encarnada en la figura de Juan Santos Atahual­pa.(VARESE, 1973:173).

“El fin de este caudillo tiene visos maravillosos, legendarios, en el recuerdo de los montañeses. Para unos, no ha muerto; creen que es inmortal. Para otros ha subido al Cielo en cuerpo y alma, rodeado de nubes; y volverá a la tierra…”(Loayza).

 

 

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