EL CURA DE CHACAYÁN (Primera parte)

El cura de ChacayanEste era un cura de pocas pulgas y muy malas intenciones que al  hacerse cargo del  curato de Chacayán -cabeza de doctrina de la zona- quiso imponer sus apetitos, ni pocos ni santos, de la manera más expeditiva y cruel posible.

Era un español de talla descomunal de fiera mirada de predador aquilino. Todo era excesivo en él: manos, pies, tórax y cabezota pelada: desproporcionada y desagradable. No paraba mientes en escanciar de un solo tiro una botella de cañazo o engullir en un santiamén cuyes, perdices, cabritos, terneras o lechones aderezados en hirviente achiote de quemante ají. Su enorme bocaza de belfos colgantes, dientes filudos y formidables se prestaban para ello. Era una máquina para tragar. Con voz tronante y destemplada, envenenada de maldad e imposición, lastimaba a quienes se les pusieran al frente y humillaba a los campesinos que estaban bajo la férula eclesial. Agresivo de lascivia dispuso que las mujeres más jóvenes y agraciadas estuvieran a su servicio, no sólo en la cocina, lavado, zurcido, siembra y crianza de animales, sino como compañeras de cama donde satisfacía bestialmente sus inacabables apetitos venéreos.

Su nombre era Juan José de Somocurcio y Hoyos, había llegado a poco de iniciarse la cosecha de papas de aquel año de 1759. Venía con él, su Inter, es decir su  ayudante; un fraile alfeñique de cara larga, palidez extrema, pómulos salientes, ojos chispeantes y desgreñados cabellos negros. Era una desvaída y flaca figura escapada de un lienzo del Greco. Su nombramiento se debió a su apellido de alcurnia que traía como trapo de limpieza por su rapacidad comprobada. Se llamaba Juan Antonio González de Vidaurre y Escobedo. Ambos sabandijas conformaban un dúo de temer que se entendían a la perfección. Eran el uno para el otro. Si el cura era la encarnación de la gula y la lujuria, el ayudante era parco en el yantar, pero inigualable garañón de misteriosa y resistente voluptuosidad. Una perfecta combinación de enervante maca, wanarpo, miel de abejas, polen y abundante caldo de ranas, logró el prodigio de formar a aquel fornicador incansable, hacedor de proezas jamás igualadas.

Esta odiosa yunta gobernaba la cabeza de doctrina que abarcaba todos los ubérrimos pueblos de la quebrada de Chaupihuaranga, ubicada a centenares de leguas de la capital, y por lo tanto, oculta a los ojos de las  autoridades virreinales. Aquí, lejos de cualquier control y como lo habían planificado detenidamente, sentaron sus reales para obtener los más provechosos botines.

Posesionados de la casa cural y terrenos adyacentes, el tándem decidió iniciar su acción nefasta, a poco de arribar.  Su  primera víctima fue don Bernardino Gil de la Torre -español como ellos-  rico terrateniente y minero muy considerado en el ambiente poblano, dueño de la hacienda Chinche  y la Estancia Pomayarus, a quien, sin mediar trato de comedimiento ni buenas maneras, exigieron les otorgue todas las lanas producidas en la hacienda para iniciar un lucrativo negocio. Ofrecieron de muy malas maneras precios exiguos e insultantes que con todo comedimiento el hacendado rechazó. Es más, les dijo  que la venta estaba comprometida por su Administrador al Gobernador don Pablo Sáez de Bustamante que compraría toda la producción del año. En ese momento, sin sospecharlo, el hacendado estaba firmando su condena. El monstruoso clérigo cogió del cogote al endeble anciano  y, cuando estaba a punto de quebrárselo, los hombres de la hacienda y el desgreñado fraile que lo acompañaba, lograron que lo suelte, pero al hacerlo, rojo de ira, con mirada asesina prendida de los ojos de su víctima, sentenció: ¡Has cavado tu tumba!. En medio de un silencio producido por el terror de un acto que jamás podría esperarse de un sacerdote, volvió las espaldas pronunciando terroríficos latinajos y, haciendo una señal a su opilado  ayudante, montó en su mula negra y partió. Cuando la noticia se difundió por toda la quebrada de Chaupihuaranga, nadie lo creyó.

La mala suerte quiso que a pocos días del desgraciado acontecimiento, el hijo de un caporal negro, un angelito de tres años, muriera en la hacienda por la coz de una mula. En cumplimiento del mandato eclesiástico, el mismo caporal  fue a la iglesia a pedir al cura el auxilio de la religión para el muertito. Herido como una fiera, el fraile abusivo no sólo no quiso autorizar el entierro, ni siquiera quiso cantarle el laudate al pobre negrito, sino que amparado por su sotana, le arrebató un hermoso caballo y una yegua preñada que hizo quedar como garantía, diciendo que no realizaría ningún acto religioso en tanto el hacendado no abonara una cuenta de cincuenta pesos de plata que debía al cura anterior, don Agustín de Gorostiza. Naturalmente ésta era una deuda inventada. En este trance, el caporal Ascencio Herrera, rogó que el hacendado abonara la deuda ficticia que posteriormente se lo descontaría a él. Abonada la “cuenta” el cura y el inter realizaron el sepelio cuando el cadáver ya hedía insoportablemente.

Después del hacendado, las víctimas más perjudicadas fueron los habitantes de los pueblos  de Chaupihuaranga: Yanahuanca, Chacayán, Goyllarisquizga, Páucar, San Pedro de Pillao, Santa Ana de  Tusi, Tápuc y Vilcabamba. Hombres, mujeres y niños, comenzaron a ser tratados como animales por el abusivo que con meticulosidad  que no conocía límites, hizo coincidir el santoral católico con cada uno de los domingos para que se rindiera pleitesía y acatamiento a cada santo. De las fiestas patronales, ni se diga. El programa para cada uno fue redactado con ahínco, teniendo cuidado que cada prioste  apuntado en la lista tomara en cuenta la responsabilidad que estaba asumiendo. Quería obtener notables beneficios en cada una de las celebraciones.

Llegado cada domingo, los mayordomos debían juntar cuatro pesos y medio por misa cantada y dos por el sermón que sólo consistía en decir cuatro o cinco palabras en medio de amenazas de castigos divinos para los que no cumplieran; concluida la rápida homilía se sacaba al santo en procesión para lo cual debían abonar tres pesos más por el recorrido bajo palio, las ceras y el incienso. Todo esto se debía pagar al instante. Tras la procesión y ya en el atrio de la iglesia, los mayordomos debían entregar al clérigo, dos o tres docenas de gallinas, cuyes, huevos, carneros y uno que otro lechón para ser llevados a la casa parroquial. Los niños que tampoco se libraban del desmedido apetito del cura, debían llevar un huevo cada uno, abundantes haces de leña para alimentar el fuego casero además de hierbas para alimentar las mulas y caballos de su propiedad. Todo concluía con una comilona pantagruélica donde, entre eructos y ventosidades, engullía todo lo que le ponían delante.

El día de difuntos, por su amenazante disposición, todos los deudos debían asistir al camposanto a recordar a sus muertos. Para ello se agenciaba dos botellas de vino compradas en el Cerro de Pasco con las que hacía su negocio. Las ponía sobre la sepultura y cantaba un rápido responso, finalizado el cual, el deudo debía pagar el servicio y el  precio del vino que era la mejor manera de homenajearlo. El vino, ya de su propiedad, le era vendido al siguiente deudo. Nadie podía alegar porque para hacer cumplir lo estipulado, estaba acompañado de sus dos negros sirvientes, mal encarados y completamente desalmados. En todo ese tiempo, el Inter, cura lujurioso, ha ido anotando nombre y dirección de las más apetecibles jóvenes de la comarca para hacerlas pasto de sus abusos sexuales. Su alegría se desbordaba en cada fiesta patronal; en ellas, siguiendo ancestrales costumbres del pueblo, adornaban a las pallas –hermosas jovencitas, castas   y puras- para adorar al Inca. Naturalmente, el Inter se las arreglaba para estar presente en el acontecimiento. Más tarde este enjuto semental, las convertía en sus concubinas.

Continúa…..

 

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