EL CURA DE CHACAYÁN (Segunda parte)

El cura de Chacayan 2

En otra oportunidad, cuando el mayordomo de la hacienda Chinche, Nicolás Quevedo había viajado con sus ayudantes, José Pizarro y Pablo de Rivera, a revisar su campo de papas en la ranchería de Villo; encontrándolas listas para ser cosechadas, se trasladaron a Yanahuanca a beber en la chingana de Felipe de Luna.  Tras la copiosa celebración ya se retiraban cuando a la altura de El Molino, el cura los vio y comenzó a dar voces llamándolos. Con el fin de evitar un lío mayúsculo al que el fraile estaba acostumbrado apuraron el paso fingiendo no oír el llamado. Esto amoscó  al dómine que presa de ira incontenible, no sólo aumentó sus gritos sino que subiéndose al campanario tocó a rebato dando grandes voces fingiendo que había sido atacado por los tres hombres que apuraban el paso. Ante tremendo escándalo, hombres y mujeres acudieron en auxilio del cura díscolo que gritaba hasta desgañitarse:

— ¡Tráiganme a esos tres canallas que me han faltado!… ¡Tráiganmelos, vivos o muertos!… ¡Ahora mismo!… ¡Vive Dios!…

Al momento, un zambo criado del cura, montado en una mula y el opilado inter en otra, conformaron una comitiva de persecución que a medida que avanzaba, iba agigantándose en tanto se hacían comentarios oprobiosos en contra de los tres inocentes que huían para salvar el pellejo.

Cuando los beodos perseguidos ya estaban a punto de llegar a la ranchería de Villo, los pobladores que los perseguían, sin mediar un ápice de misericordia alertaron a los campesinos de Villo, diciéndoles…

—¡¡¡Detengan a esos tres asesinos que han dado muerte al cura de Chacayán…!!!

De tal manera fue dada la orden que los campesinos les cubrieron la retirada en tanto que los que los perseguían los atacaban por las espaldas. En un santiamén los que huían fueron alcanzados por los pedrones disparados con certeros hondazos que los desmontaron de sus cabalgaduras y los tiraron semimuertos y sangrantes. Fueron apresados y así, desangrándose, en umbrales de la inconsciencia, fueron llevados a Yanahuanca a presencia del cura Juan José de Hoyo y Somocurcio. Él vería lo que se hacía con ellos. Pero eso no quedó ahí, el zambo criado y el enteco inter del cura venenoso,  con el auxilio de otros hombres, desnudaron completamente al mayordomo Nicolás Quevedo, se apropiaron de sus vestimentas, aperos y dinero y lo arrojaron desde las alturas de Quisque al río caudaloso que por abajo corre. Llegados a Yanahuanca, presos, Pizarro y Rivera, fueron juzgados por el cura, amarrados al cepo y elevados hasta el cielo raso y así, torturados diariamente y sin alimentos, estuvieron detenidos dos meses. Sólo la intervención del escribano Félix Rocatallada, en nombre del Alcalde del pueblo, consiguió que fueran puestos en libertad aunque jamás les devolvieron sus pertenencias.

Los familiares del difunto elevaron sus quejas ante Manuel de Angulo, Teniente Gobernador del Partido de Pasco, pero éste, no obstante los airados reclamos de los campesinos, lo declaró inocente. Veinte marcos de plata piña compraron su asquerosa complicidad. El inaudito caso ocurrió no obstante que los deudos presentaron como prueba del delito, el cuerpo monstruosamente hinchado e irreconocible de la víctima hallado entre los peñascales ribereños.

Avezado intrigante, el cura maldito, en su deseo de seguir perjudicando al hacendado Gil de la Torre, se coludió con diez indios de Villo, yanaconas de la hacienda, quienes se declararon en rebeldía y no quisieron trabajar en  Chinche ni en Pomayarus. De nada le valió a Gil de la Torre presentar ante las autoridades coloniales el libro en el que se había asentado la entrega de estos hombres para su servicio personal. La disposición había emanado del teniente General Manuel Gómez Iparraguirre. Los indios fugaron de la hacienda, pero el ganado que el hacendado había puesto bajo su cuidado, fue a parar a manos del cura de Chacayán. Para pagar el “generoso” gesto de éste, los indios alzados tuvieron que trabajar de sol a sol hasta entregarle una casona en Yanahuanca a donde fue a vivir definitivamente. Desde allí ejercía su autoridad malhadada. Para terminar de hundir al hacendado se conchabó con  Tomás de Izuriaga y su hijo Agustín, naturales de Villo; Juan José Flores de la hacienda Huarautambo y los hermanos Basilio y Nicodemo Reyes de  Yanahuanca. Los malandrines, alentados por el cura que se había convertido en socio mayor, formaron una poderosa gavilla con otros chinchinos sanguinarios. Comenzaron arrasando chacras, ganado y otras propiedades de Bernardino Gil de la Torre, llegando a atacar sus minas  e ingenios diseminados en territorios de Bombón y Pasco. El imperio del tirano había llegado a límites insospechados. En el transcurso de un lustro –sangriento y fatídico- se había hecho dueño y señor de tierras, animales, minas e ingenios. En este lapso también nacieron muchos niños,  fruto de las inacabables aventuras de su Inter.

Como es de suponer, la extrema pasividad del pueblo llegó a convertirse en resentimiento nunca antes visto. Un odio contenido iba incubándose en el alma de hombres y mujeres de Chaupihuaranga y pueblos mineros de Pasco. Sólo faltaba un detonante. Éste llegó un 29 de junio en Yanahuanca, cuando se celebraba a San Pedro, Patrono del pueblo. Aquel día, terminada la misa, se enteró que el Alcalde de Campo de los pueblos de Huarautambo, Andachaca, Chango y Antapirca, no había cubierto el aporte pecuniario que correspondía debido a la miseria que pasaban. Sin medir palabra alguna el cura atacó con saña desmedida al Alcalde. Cogiéndole del cabello lo hizo arrodillar y delante de toda la feligresía la emprendió a puñadas en el rostro contraído del pobre anciano. Fue suficiente. Sin proferir una sola palabra de protesta, los campesinos esperaron a que el cura díscolo terminara de engullir una abundosa potajería pueblerina de cuyes, gallinas, terneros y lechones. Para remojar tremenda comilona, las mujeres habían preparado una chicha especial con abundantes plantas astringentes y venenosas. Cuando hubo terminado de comer, se sintió muy mal. Una opresión insoportable en el vientre abotagado lo convirtió en un montón de cianótica carne grasosa y gimiente. Tenía la sensación de que había ingerido, en lugar de carnes y papas, abundantes piedras. Tal su malestar que devino en sudoraciones frías y abundantes que caían por su rostro cianótico y transfigurado en un muestrario de muecas grotescas y asquerosas.

— ¡Ha comenzado la lipidia!! ¡Sus tripas se están enredando! -dijo un desdentado viejo indio.

Su agonía fue cruentamente larga. En el espacio de tiempo en que moría, hombres y mujeres se dedicaban sólo a mirarle sin atinar a hacer nada para auxiliarlo. Mismos cernícalos. El único que podía hacer algo era su Inter, pero éste, completamente borracho por obra y gracia de sus mujeres que le habían dado a beber abundante aguardiente de caña con chamico, también se encontraba al borde de la muerte. En ese estado, el maltratado cacique dio una orden: ¡Cápenlo! Al momento un enorme cuchillo diestramente manejado seccionó los genitales del abusivo que se transformó en un eunuco gimiente. Inmediatamente cogieron al moribundo que hedía a mil demonios y lo llevaron en vilo hasta  la esquina de El Molino desde donde, como quien arroja un fardo pesado, largaron el cuerpo del cura de Chacayán, cuando sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas. Lo mismo hizo con su adlátere, el opilado ayudante.

 

 

 

 

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