PATRONES Y MATRONAS DEL PUEBLO CERREÑO (Primera parte)

la conquista del Perú

Para perpetrar la conquista del Perú, los españoles trajeron dos elementos que se complementaron estrechamente: la espada y la cruz. Con la espada –símbolo de la  diabólica parafernalia bélica- sometieron dramáticamente a los nativos de estas tierras. Con la cruz los asimilaron a la práctica de una nueva religión: la católica. Ambos elementos fueron compulsivamente impuestos. Del uso de la espada son conocidos los sangrientos episodios que registra nuestra historia. La imposición de la religión católica  comenzó con la fundación de ciudades, villas y pueblos. Cada uno de estos estamentos fueron establecidos bajo la advocación de personajes del santoral católico a fin de que fueran reverenciados: Vírgenes, santos, cruces, señores Jesusees, Cristos y Jesuscristos”.  Así se funda primera ciudad española en América: “Santo Domingo de Guzmán”, capital de la República Dominicana, el 4 de agosto de 1496; “La Villa de San Cristóbal de la Habana”, en Cuba, en 16 de noviembre de 1519; “Ciudad de la Veracruz”, la primera de México, en 1519; “Nuestra Señora Santa María del Buen Aire”, en 1536, actualmente capital de la República Argentina; “Santa Fe de Bogotá”, el 6 de agosto de 1538, en Colombia; “Santiago de la Nueva Extremadura”, el 12 de febrero de 1541, capital de Chile. En el Perú hicieron los propio: “San Miguel de Piura”, el 15 de agosto de 1532; “Ciudad de los Reyes del Perú”, que así se llamó inicialmente a Lima, el 18 de enero de 1535; “Santa Ana de la Rivera de Tarma”, el 26 de julio de 1538; “San Juan de la Frontera de Chachapoyas”, el 5 de setiembre de 1538; la “Villa de la Asunción de Nuestra Señora del Valle Hermoso de Arequipa”, el 15 de agosto de 1540, etc. Después de ciudades y villas, una terminante disposición del virrey Toledo, entre 1570 y 1572, dispone la fundación de pueblos para someter a los nativos a la práctica de la nueva religión  y al régimen de explotación feudal.

Ordenó que fueran juntados todos los indios en los llamados pueblos y no pudieran vivir en otros lugares. Los pueblos,  entregados a los “encomenderos” en pago de sus servicios a la conquista con  enormes extensiones de tierra con todo y su producción, habitantes y animales. En reciprocidad, el encomendero debía disponer que un cura doctrinero impartiera el conocimiento y la práctica de la religión católica.

Esto fatalmente se convirtió en una manera de abuso y exacción. Felizmente, el 12 de junio de 1720, se dio término a las nefastas encomiendas: “Los pueblos fueron centros habitacionales de carácter rural fundados a manera de ciudades y villas. La diferencia estaba en que, los pueblos, fueron lugares exclusivamente para indígenas. Todas las demás castas, españoles, negros y mestizos, quedaron prohibidos de fijar sus moradas en los pueblos.

 En cuanto a jerarquía, primero estaban las ciudades, después, las villas, luego, los pueblos. No tuvieron escudos de armas ni calles ni plazas que estuvieron exornados con el boato de edificios públicos y eclesiásticos que lucieron ciudades y villas.” Así nacieron: “Nuestra Señora de la Nieves de Pasco”, “San Juan Bautista de Huariaca”,  “San Juan de los Cóndores” (Óndores), “San Juan de Yanacocha”,  “San Juan Bautista de Yanacachi”; “San Pedro de Yanahuanca”,  “Nuestra Señora de la Santísima Concepción de Vicco”; “Santa María Magdalena de Chinche”; “San Miguel de Pallanchacra”;  “San Rafael de los Yaros”; “San Pedro de Pillao”; “Santa Ana de Tushi”; “San Francisco de Asís de Yarushacán”; “El Espíritu Santo de Chacayán”;  “San Antonio de Rancas”; “Inmaculada Concepción de Tápuc”; “San Santiago de Antapirca”; “San Juan de Yanacocha”; “Santo Domingo de Angasmarca”; etc. etc.

Los pueblos para mantener la fe estaban obligados a celebrar a su patrono o matrona durante tres días como mínimo. Los más solventes, señalados por el cura, ejercían el rol de mayordomos, priostes, caporales, capitanes o lo que se llamare, afrontando el gasto de la celebración. ¡Habían nacido las “Fiestas Patronales”!. Hoy  día con gran boato tienen plena vigencia en nuestro país.

El Cerro de Pasco fue puesto bajo la advocación -no de un santo como los demás- sino de dos y, hasta tres, como veremos. En el momento de nacer -1567- al efectuarse el primer denuncio de minas, recibe el nombre de San Esteban de Yauricocha. San Esteban, en homenaje al protomártir de la iglesia, muerto en santidad un lustro después que Jesús fuera crucificado y, Yauricocha, nombre quechua por estar entre una enorme laguna mineral.

Establecida con su flamante patrono, la ciudad inicia un exitoso camino en la producción minera; al siglo siguiente, olvidando la práctica de su veneración, sufre una calamitosa tormenta de nieve que la sepultó. En ese momento, los fieles resentidos por la “indolencia” de San Esteban, adoptan -motu proprio- a Santa Rosa como matrona de la ciudad y le erigen su iglesia; el siglo XVIII, convertido en el centro de todos los pecados, sufre como castigo el más apocalíptico terremoto del que se tiene memoria en el Perú. Ese terremoto echó por los suelos a la iglesia de Santa Rosa. En reemplazo construyen como la iglesia de Chaupimarca y lo ponen bajo la advocación de San Miguel Arcángel, Jefe del Paraíso y Príncipe de las Milicias Celestiales, vencedor del demonio. A partir de entonces e el guardián de la vida de sus habitantes. En ambos casos tuvieron que ocurrir sendos milagros que las crónicas de entonces relatan. Veamos cómo sucedieron ambos prodigios.

En la plenitud del siglo XVI -albores de su vida lustral- los primeros aventureros que se arriesgaron a vivir en estas alturas tuvieron que enfrentar garras y picos de cóndores carniceros que los atacaban;  la inclemencia de heladas nocturnas que convertían en carámbanos cuando se quedaban dormidos en las cuevas; el martilleo implacable de granizos que parecían huevos de paloma y traían por los suelos precarios aposentos; o el pasmo de la nieve que transformaba la superficie como dunas de blancura sobrecogedora; o rías implacables de nieve derretida o trombas de agua que caían todo el año, arrastrando todo a su paso. La tierra les cobraba un precio exorbitante como pago de las primicias que después habría de entregarles.

Así y todo, la explotación minera siguió adelante. ¡Mucho poder tiene la ambición! Su producción fue  tan abundante que llamó la atención del mundo entero. ¡Se había iniciado el “boom” de la minería colonial en el Perú! En 1620, con su riqueza al tope, se la denomina, “El Nuevo Potosí”. Ahora sabemos, por trabajos de notables estudiosos como el inglés John Fisher, que en aquel momento comenzamos a eclipsar al legendario yacimiento del sur. La saca mineral es tan abundante y valiosa, que el mismo rey de España le confiere el título de: “Ciudad Real de Minas” (1639).

Los historiadores aseguran que los milagros de santos, ángeles y arcángeles y hasta los elementos de uso diario como vajilla, fuentes, jarras, espuelas, escupideras, y hasta las  bacinicas estaban fabricadas en plata. Pero, magras crónicas de entonces relatan que el pueblo maravillado por los abundantes filones que encontraba, olvidó la reverencia y el homenaje a Dios y a su santo patrono.  Se dedicó a vivir en pecado olvidándose de los mandamientos de la santa iglesia. Así las cosas, ante la manifiesta indolencia del pueblo -1610- un nefasto día se manifiesta una nevada implacable que no dejó de caer por once días y once noches consecutivas.

Una desolada parva crónica de entonces refería así la catástrofe: “Cayéronse muchas casas con el peso de la nieve y en ellas perecieron españoles e indios con todas sus familias. Como la nevazón había cubierto todos los caminos haciéndolos intransitables, a dos días de la tormenta, comenzó  escasear  los alimentos que se traían de pueblos vecinos;  leña y  champa que servía para calentar las casas, se esfumaron por el uso indiscriminado de los primeros días, ya las gentes morían por falta de mantenimiento y fortaleza para resistir el frío.  Finalmente sucedió un milagro por intercesión de un santo fraile franciscano (Buenaventura de Salinas y Córdova). Dejó de caer  la nieve tras once días sin haber cesado un punto; creció tanto que en muchas partes superaba las dos varas de alto formando grandes montones. Pasados los once días  comenzó a derretirse y crecieron los arroyos que corrían por las calles arruinando casas y rancherías de indios asentadas en la naciente ciudad. Nunca se había visto semejante fenómeno de nieve; sólo por un castigo divino se explicaría su ocurrencia”. La ciudad, convertida en una hermética cárcel de frío espantoso, paso a sufrir las consecuencias del fenómeno. Ancianos y niños murieron. Las gentes no podían atenuar el frío encendiendo estufas o fuegos salvadores.

Los leños, champa, taquia, bosta y otros elementos que se utilizaban para estos casos, estaban sepultados o completamente mojados. El hambre era inclemente. Desde siempre, el Cerro de Pasco ha vivido de la producción agrícola y ganadera de pueblos aledaños, pero en aquellos tiempos los caminos habían desparecido sepultados por la nieve. Los moradores reconocieron cuánto era el peso de sus culpas para recibir tal castigo. Por eso, para merecer el divino perdón, sincronizaron rezos, cánticos, rosarios, misas y procesiones por las calles encharcadas. Una mañana, por intercesión del  fraile franciscano que misteriosamente había llegado tras los once días aterradores, el sol asomó sobre un cielo azul y las nubes desaparecieron como por encanto; entonces, al unísono y por consenso de arrepentimiento, optaron –motu proprio- elegir a su nueva matrona, Santa Rosa de Lima, que había obrado el milagro de detener la nieve.

No sólo este prodigio y la falta de popularidad de San Esteban gravitaron en la decisión, sino también la fama que en aquellos momentos había alcanzado la santa limeña que emergía triunfante y milagrosa. El entusiasmo fue tanto que, reverentes, edificaron una iglesia en el barrio La Esperanza, en su homenaje. Este fue el primer templo oficial que se registra en el archivo arzobispal. Desde entonces –treinta de agosto- conmemoraban aquella advocación con novenario masivamente concurrido en el que se agotaba cientos de pesos en ceras.

Después de la misa solemne salía la pomposa procesión. Tras las andas del Santísimo iba la de Santa Rosa, matrona del pueblo minero. Con trajes de gala, espadas, chambergos y capas pluviales –los varones-; con mantones, rosarios y ceras decoradas encima de los breviarios, la mujeres. Seguidos por una treintena de indios disfrazados de españoles con lujosas vestiduras de caballeros y linajudas damas españolas, con máscaras, pelucas, penachos multicolores, bandos y adornos de plata y piedras, simbolizando el baile garboso de sus señores: La Chunguinada.

El notable barón belga Jean Battiste Popelaire de Terloo que en ese momento nos visitaba, deja algunos valiosos testimonios de nuestra tierra. En uno de ellos, dice: “Luego,  cuarenta indios ataviados con plumas y ricos plumajes en la cabeza: los “chunchos”, bailando y tocando indianos instrumentos como flautas de gruesas cañas, trompetas de calabazos con cañas largas y unos canutillos amarrados duplicadamente que siendo el mayor el primero van disminuyendo hasta el último que es pequeñito, y soplando de un cabo a otro, hacen la armonía conforme al tamaño de su caña. Llaman a este instrumento “ayarichis”. Otro grupo, también de indios, la cabeza cubierta con pellejos simulando testas añejas, bailando con una  música monótona pero alegre que avivaban los cascabeles que llevaban en los pies y campanillas de plata en las manos: el “Auquish danza”. Acabada la luz del día en medio del regocijo general, se encendían grandes luminarias en calles y plazas; a puertas, balcones y ventanas, gran cantidad de faroles y hachones de cera. Todo esto con  una nutrida diversión y jolgorio de música, comida y bebida, que todo el pueblo compartió por quince días”.

Continúa….

 

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